Hace apenas cien años

1922 fue un gran año para la humanidad: se editan los poemarios Trilce de Vallejo y Tierra baldía de Eliot; Joyce publica Ulises; Proust concluye su magna obra; el muralismo mexicano se encuentra en su apogeo…  

2 de febrero, 2022

Vamos a liberarnos por un rato, vamos a dejarnos de cosas urgentes para ir a fondo con las importantes porque los árboles tan horrorosos que nos han tocado en suerte durante esta parte del trayecto no nos dejan ver el bosque que no ha perdido belleza ni interés. Bajémonos del jaleo de la Casita que el amable lector ya sabe, que si vamos a seguir quemando carbón para eliminar la pobreza quién sabe cómo mientras nos asfixiamos ricos y pobres que, desde luego, tiene su toquecito de igualdad. Justo en este año que comienza se cumplen cien de algunos asuntitos que vinieron a revolucionar el mundo y que nos pueden ayudar a entender cómo es que nos metimos en este berenjenal y cómo hemos logrado cosas enormes y magníficas.

Comencemos por algo que parece carecer de importancia y que, por cierto, la tiene y mucha. Hoy mismo 2 de febrero se cumplen cien años desde que James Joyce publicó su Ulises. Resulta que cuando ese maestro de inglés con gafas que más parecían telescopios publicó su novela partió la historia de la literatura. Se propuso narrar la Odisea de Homero en su presente irlandés y en solo un día. Así nació la novela psicológica moderna y los autores se metieron en la cabeza de sus personajes. Aprendimos a narrar de maneras distintas y desde entonces aprendimos a leer la realidad de otro modo. Todos los novelistas posteriores somos un poco sus hijos. 

En este año también se cumplirán cien años de que Marcel Proust concluyera En busca del tiempo perdido y eso, amigos míos, es la avanzada de esa revolución hecha de palabras. Aunque no lo sepa, aunque no esté consciente de ello, cada autor que escribe narrativa en el mundo es deudor de ese monumental libro de Proust, es decir, hace cien años comenzó lo que llamaríamos la literatura moderna, contemporánea si se quiere, fenómeno que aún sigue y quién sabe hasta cuándo. El hecho es que el mundo lo percibimos por los sentidos, pero ese mundo sólo puede ser interpretado a través de la cultura.

Hace cien años el mundo todavía se estaba lamiendo las heridas de la Gran Guerra; el mundo había entrado en aquello que llamamos los locos años veinte y que trajeron, en esa paz tensa y transitoria, el germen de nuestro mundo que después de todo y como cualquier heredero, no tardamos en deformar y algunos dicen que en echar a perder; los ojos de la humanidad también cambiaron porque justo hará el siglo en marzo que se haya estrenado Nosferatu de Murnau y los vampiros brincaron de los libros a nuestros cuellos a través de la pantalla. Lo digo muy en serio, nuestros ojos cambiaron, se vinieron abajo los planos fijos, las sutiles imágenes tenues e inmóviles y el vampiro de Murnau, feo y horroroso que incluso hoy nos parece ridículo, en realidad significó que la estética de lo grotesco, de la profanación, entró en nuestra conciencia como parte de nuestra percepción de la realidad, a partir de entonces la imagen no sólo diría más que mil palabras sino que sería necesaria para justificar la realidad a tal grado que cien años después dudamos que haya existido aquello que no puede ser representado en imágenes.

Y harán ya diez décadas, un siglo entero que el horror se nos metió a través de la ideología con estética incluida, la política dejó de ser cosa de viejos panzones y rancios fumando un puro en la Cámara de los Lores, no señoras y señores, hace cien años Mussolini entró a Roma y echó a andar aquella maquinaria diabólica que convirtió la política en mercancía, ese 27 de octubre vino al mundo el Fascismo.

En ese año de sucesos terribles y magníficos, dos poetas iban a retorcer la poesía para dejarnos de sutilezas, T. S. Eliot publica Tierra baldía y César Vallejo, Trilce. El mundo se estaba recuperando del terror, necesitaba volver a vivir y lo hizo más allá de lo que la propia vida autorizaba; Ludwig Wittgenstein publicó, sí en ese año prodigioso de 1922, el Tractatus logico-philosophicus, gigante filósofo que decía que de lo que se puede hablar hay que decirlo con claridad pero de lo que no se puede hablar es mejor guardar silencio, ese fundó este invento que puede darnos pistas sobre esta realidad confusa e ingrata, los estudios modernos del lenguaje.

Hace cien años la humanidad tenía ansias de vivir, unas ansias locas de reventarse en otra cosa que no fueran las guerras, Diego Rivera fundaba el muralismo con su obra La Creación en el Antiguo Colegio de San Ildefonso y partía plaza para que todos estuviéramos representados en el arte y pudiéramos contemplarnos en sus muros.

Y hoy, cien años después, nos desgreñamos mentando madres por una sección maniquea y ridícula que dice “quién es quién en las mentiras”, algo que nadie recordará en unos años. Veámoslo con perspectiva, porque pronto, muy pronto, ya mismo quizá, habremos incubado aquella enorme, brutal, ansia de vivir y entonces, volveremos a hacer historia.

 

@cesarbc70

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