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Great balls of fire…

Miércoles, 29 de Agosto 2018 - 15:00

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Julio Chavezmontes Messner

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¡Murió el senador John McCain the third!

What else is new?

Para comenzar, Johnny McCain era nada menos que paisano de Manuel Antonio Noriega, puesto que nació en Panamá el 29 de agosto de 1936, cuando el país istmeño arrebatado por Teodoro Roosevelt a Colombia para construir el canal interoceánico (¡del que por chiripa nos salvamos!), era colonia gringa al igual que Cuba, Puerto Rico, Guam y las Filipinas.

De manera que McCain albergaba desde la cuna, la convicción de que América era para los americanos; es decir, todo el continente para los gringos, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego; y luego, el mundo entero, incluyendo desde luego a Vietnam.

Cuando McCain III nació, la infame Army School of the Americas, ya operaba en Panamá, para adiestrar y formar próceres como Anastasio Somoza, Augusto Pinochet, y el propio Manuel Antonio Noriega.

El senador republicano por Arizona (territorio mexicano, por cierto), no alcanzó a celebrar su 82 cumpleaños por apenas tres días…

¡Qué lástima! Clamaron los gorrones que estaban listos para acompañar al “last action hero” en la celebración de su onomástico, donde habrían degustado champange y sidra de Huejotzingo, en vez de café y pastitas como ahora lo harán en su velorio.

Haber nacido en Panamá, descendiente de marineros de tradición que llegaron hasta el grado de almirantes de cuatro estrellas (como la harina para hotcakes), definió en gran medida la forma de pensar de este viejito cascarrabias cuyos afanes bélicos no amainaron a pesar de sus experiencias en Indochina, donde los vietnamitas intentaron reeducarlo en vano.

En tiempos recientes, durante una reunión con veteranos gringos de las guerras libertadoras emprendidas por el Tío Sam alrededor del mundo, McCain cantó una tonada de los Beach Boys, pero con una letrita que decía: bomb, bomb, bomb, bomb Iran…

¡Que simpático era este ocurrente senador!

Haber nacido en Panamá, “speaks volumes” del origen moral del que se nutrió este vástago de almirantes gringos, formados en el espíritu del Comodoro Mathew Perry, y de Theodore Roosevelt, que hizo de la marina estadounidense el instrumento de la diplomacia conocida como “de las cañoneras y el gran garrote”, para imponer la voluntad del Tío Sam, aunque claro está, para bien y regocijo de la humanidad…

Las banderas en Hanói estarán ondeando a “media asta” en reconocimiento a este auténtico “American hero”  que conoció de primera mano (aunque no en carne propia), las horrorosas quemaduras que el Napalm producía sobre los necios vietnamitas que, como en la canción rumbera de María Cristina (1), “no se querían dejar gobernar”.

Cuando fue derribado el avión de guerra a bordo del cual John McCain buscaba extender el manto de la democracia sobre Indochina, este incansable luchador por la libertad y los derechos humanos, fue hecho prisionero del Viet Cong por todo un sexenio, y a partir de ahí, la mercadotecnia política se hizo cargo de construir la leyenda de McCain como “todo un héroe”, aunque sus propios compañeros de armas la desmienten y la atribuyen a las ambiciones de su padre y de su abuelo y a sus conexiones políticas en Washington.

La niña cuya imagen ilustra este “obituario”, se llama Kim Phuc.

Ahora vive en Canadá, inmensamente sorprendida de que después de la victoria comunista de Ho Chi Minh, los que verdaderamente ganaron la guerra de Indochina, fueron la Coca–Cola y McDonald’s, cuyos productos se venden no solamente en Vietnam, Laos y Camboya, sino en la mismísima China comunista.

Cuando Eduardo Ruiz–Healy me comisionó como su enviado especial para cubrir la devolución de Hong Kong a China, pude comer una Big Mac y beber “agua negra del imperialismo yanqui”, en el MaoDonalds que se encuentra justo atrás del Maosoleo de Mao Tse Tung en Beijing.

John McCain regresó de Vietnam hecho una furia; una furia que nunca amainó; tanto así, que hasta el día de su muerte, encabezó el comité de servicios armados del Senado gringo, desde el cual prestaba servicios armados a millones de civiles inocentes en todos los confines del planeta.

No conforme con haber derramado Napalm, agente naranja y malation sobre el Sudeste asiático, hasta el último día de su vida, seguía sediento de derramar sus cargas libertarias sobre Afganistán, Paquistán, Yemen, Sudán, Somalia y sobre todo y muy especialmente, sobre Siria, Corea del Norte e Irán.

No conforme, el incansable mensajero aéreo de la paz sepulcral, se quedó con las ganas de ver culminada la democratización de Siria, a la cual deseaba enviar los mismos mensajes de amor y felicidad que en su juventud difundió sobre Vietnam, Laos y Camboya a bordo de su F5 Tomcat supersónico.

Una de sus últimas metas ha quedado pendiente, porque la muerte lo ha alcanzado, antes de ponerle fin a la revolución bolivariana de Venezuela y enviar un mensaje vía “Air Mail” a Terán, evitando que otro país del Oriente Medio (aparte de Israel), tenga armas nucleares o de destrucción más IVA.

A raíz del fallecimiento del octogenario senador republicano, Clairol Trump se negó a sumarse a la cascada de elogios por este panameño naturalizado Arizoniano, y en vez de emitir una más de las alabanzas al “mítico” sembrador de paz y democracia, se limitó a aventarle un tuit diciéndole a los deudos del finado, que los acompaña en sus oraciones y colorín colorado; a otra cosa mariposa.

John McCain es el que se murió, pero el presidente venezolano Nicolás Maduro, cuyo país quería invadir el senador por Arizona, es el que por ello, descansa en paz.

Los muchos millones de vietnamitas que recibieron en carne propia los mensajes amorosos del hoy occiso y que sobreviven a McCain, deben recordar su legado, que bien puede resumirse en la letra de otra canción gringa:

Goodness gracious, great balls of fire!

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  1. Maria Cristina: Canción rumbera de los años 30/40 de autor desconocido, una de cuyas líneas decía: “María Cristina me quiere gobernar, y yo le sigo, le sigo la corriente…”

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Número 33 - Septiembre 2019
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