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Gracias COVID-19 (Parte 1)

Martes, 24 de Marzo 2020 - 12:45

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Elizabeth Cruz Ramírez

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Y fue así que el ambiente cambió de tonos rojos y morados por el alto índice de violencia y las manifestaciones por los feminicidios, que pasamos a un color gris desesperanzador ante la pandemia generada por el COVID-19 (Coronavirus); en realidad, apenas empezamos el proceso de cuarentena, reforzado por las recomendaciones sanitarias y la difusión de SuSanaDistancia para evitar el contagio y colapsar los servicios médicos, así como proteger a la población vulnerable. El tema ya está en las mesas de análisis y de los especialistas, pero siempre vale la pena detenerse a reflexionar sobre el entorno y los daños colaterales.

La controversia y la división entre la población no se hace esperar. Algunos apoyan, entienden y asumen la cuarentena como parte de un proceso natural ante situaciones de este tipo; de hecho, otras enfermedades nos obligan a cursar un periodo de aislamiento que no resentimos tanto (o tal vez sí) porque la vida “afuera” sigue su curso, pero también lo pasan y lo han pasado todas las mujeres con hijos porque se trata de una cuestión biológica, obligada, necesaria. Pero implementar casi un “toque de queda” sin opción a réplica, para muchos se trata de una medida drástica, extrema y dramática también porque ¿qué harán aquéllos que viven “al día” como resultado de sus actividades diarias?, ¿qué pasará con su economía?, ¿de qué vivirán? El comercio informal es por tradición una forma de autoempleo a la que muchos recurren, producto de otros efectos colaterales principalmente asociados a la paupérrima economía en la que siempre ha vivido el país. Se dice también que el COVID-19 es una enfermedad para ricos, quienes pueden trabajar desde casa, llenar sus alacenas y acudir a un servicio médico particular; sin embargo, por experiencia en primera persona diré que he podido confirmar que la única diferencia entre un sistema médico público y uno particular es el costo, así que si la capacidad instalada es rebasada, lo mismo da el hospital porque simplemente no habrá los recursos para enfrentar el caos.

Por otro lado, están los que se informan, los que atienden las medidas precautorias, los que comparten, los que colaboran con otros y entienden que esto es necesario pero pasajero y finalmente, están aquellos que aprovechan la oportunidad para hablar de hacer una vida hacia “el interior” porque eso es justamente lo que estamos haciendo: vivir hacia dentro de nuestras casas, de nuestras familias, de nuestros miedos, de nuestras esperanzas, de nuestras ociosidades y de nuestra creatividad; lo sorprendente es confirmar la manera en que esa forma de vida está resultando desquiciante para la mayoría porque hemos olvidado VIVIR como lo había hecho la humanidad hasta hace unos cuantos años con la mesa llena de familiares, con la despensa comprada por mes, con las salidas al mercado, con comida preparada en casa, con juegos infantiles para diversión de toda la familia, con lectura antes de dormir, con música para alegrar el alma, con el contacto humano. Sí, nos sentimos en prisión, pero nos han devuelto la gracia de ver, mirar, escuchar, abrazar y valorar a los que tenemos cerca aunque no sean familiares nuestros porque seguramente hemos descubierto quiénes son nuestros vecinos, cómo es la persona que levanta la basura, quién nos atiende en la tienda, qué música escucha el de a lado, estamos descubriendo que hay vida más allá de nuestra soledad, esa soledad obligada que nos mantiene con la mirada fija en el dispositivo electrónico que más utilizamos, que nos obliga a pasar horas revisando la programación de la TV de paga. Estamos recuperando la vida humana para dejar en pausa esa vida virtual que nos satura la mente de imágenes, sonidos e información; estamos entendiendo que la vida es un suspiro (o un respiro) y que no es eterna por más cosas materiales que acumulemos, que incluso un auto no puede llevarnos lo suficientemente lejos para escapar de lo que odiamos, tampoco lo puede lograr un barco o un avión.

Estamos frente a una situación grave, a nivel mundial que no nos había tocado vivir en muchas generaciones pero estamos recobrando el sentido de la vida, ese que hemos perdido minuto a minuto entre la falsedad de la inmediatez y el estrés.

¡Se los dejo de tarea!

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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