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Francisco en Nápoles. ¿Milagro?

Lunes, 23 de Marzo 2015 - 18:00

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Mónica Uribe

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En una tercera visita al sur de Italia, la zona más marginada de la península y donde el crimen organizado es parte del paisaje, Jorge Mario Bergoglio no dudó un segundo en criticar la corrupción, en poner ejemplos críticos sobre la acción de los agentes pastorales y reafirmar que una comunidad de fe implica elementos éticos que deben observarse en todas las circunstancias.

Antes de la visita a Nápoles, hubo un hecho sorprendente que reafirma la voluntad del Pontífice por ser consistente entre lo que dice, lo que hace y, por supuesto, lo que piensa. Y si bien este acontecimiento no fue difundido como algo excepcional, sí lo es y marca un punto de inflexión en lo tocante a la autocrítica interna: el Papa retiró todos los derechos inherentes al cardenal Keith Patrick O’ Brien, arzobispo emérito de Saint Andrews y Edimburgo, primado de Escocia, cuya conducta inapropiada  - alcoholismo y relaciones homosexuales con otros sacerdotes -  lo llevó a renunciar al cargo y a enfrentar un juicio civil por abuso sexual. Poco antes de la elección de Francisco, O’Brien dimitió al cargo por motivos de salud, pero el escándalo lo obligó a abstenerse de asistir al cónclave.

El retiro de prerrogativas y canonjías a O’Brien, quien conservará el título de cardenal aunque tendrá que llevar una vida prácticamente en reclusión y no podrá participar del próximo cónclave, es una advertencia contra todos los clérigos que lleven una vida contraria a lo que las normas de la Iglesia exigen. La última vez que un cardenal fue desposeído de sus canonjías fue en 1927, porque el cardenal Louis Villot renunció voluntariamente a ello, para poder pertenecer libremente a una agrupación condenada por el papa Pío XI: la Acción Francesa.

El destino de O’Brien, probablemente será Coventry en Inglaterra, pues hay una profunda repulsa de los fieles escoceses a que siga viviendo dentro de Escocia.

Tras darse a conocer esta resolución, el Papa se trasladó el sábado tempranísimo a Pompeya, en la región de Campania, donde ofició una misa en honor a la Virgen del Rosario. De ahí partió a Nápoles, donde también ofició una misa, ésta vez en una plaza pública en el barrio de la Scampia, al norte de la ciudad. Se trata de un barrio marginal en todos sentidos, al que acudieron representantes del mundo de la cultura, abogados, funcionarios judiciales, profesionistas, trabajadores, marginados y migrantes para estar presentes en la liturgia ofrecida por Francisco, que, como es su costumbre, no se refirió a temas puramente espirituales, sino que hizo alusión a las condiciones sociales, políticas y económicas imperantes en la zona.

Ahí el Papa no se privó de decir que una sociedad corrupta, apesta y que “un cristiano que deja entrar en sí a la corrupción, no es cristiano y apesta”, en clara alusión a las mafias, especialmente la Camorra, que campean en toda la región.

Como era de esperarse, Francisco habló sobre los migrantes, a quienes recordó que no son humanos de segunda categoría, porque en realidad todos somos migrantes hacia la patria celestial. Y de manera más terrenal, señaló que trabajar once horas por seiscientos euros sin fondos de retiro es prácticamente una forma de esclavitud que debe ser denunciada, lo mismo que un sistema económico que descarta a los jóvenes del trabajo y les niega la posibilidad de laborar dignamente para llevar el sustento a sus casas.

En pocas palabras, el Papa señaló los elementos que se hallan detrás de una sociedad violenta: la injusticia en el reparto de la riqueza, la imposibilidad de encontrar un trabajo digno justamente remunerado y la salida fácil de la delincuencia.

Aludió a la corrupción en respuesta al discurso del presidente de la Corte de apelación napolitana, pues Francisco considera, desde el análisis social, que la situación de los migrantes en el sur de Italia es producto de la enorme corrupción del sistema judicial. Palabras fortísimas que calaron hondo en la audiencia.

Tuvo palabras de aliento para los ciudadanos de a pie, a los que pidió no perdieran la esperanza ni la alegría, pues sólo a través de ellas pueden revertirse los males que afligen a la sociedad napolitana.

La visita del Papa a Nápoles fue redonda; lo más sorprendente es que hubo un asunto sobrenatural.

El mismo sábado, después de que el Papa dio algunos consejos a los religiosos, sacerdotes y seminaristas de Nápoles  - y criticaba a unas monjas argentinas que descuidaban sus deberes por ver las telenovelas -  ocurrió un milagro: se licuó la sangre de San Genaro.

San Genaro, obispo de Benevento y mártir de una de las persecuciones del emperador Diocleciano, allá por el año 305 de nuestra era, es venerado en Nápoles desde tiempo inmemorial. Resulta que en la catedral hay una reliquia muy particular: una ampolla de cristal que se dice que contiene la sangre de san Genaro, misma que normalmente está seca, pero tres veces al año, en días precisos, se vuelve líquida.

Un tanto forzado por las monjas que custodian la reliquia, el papa Francisco dio la bendición a la ampolla, la cual estaba seca al llegar a sus manos; al devolverla al arzobispo de Nápoles, el cardenal Crescencio Sepe, según testigos oculares, el contenido de la ampolla estaba semilíquido. Sepe le dijo al Papa: “Se ve que San Genaro ama al Papa, pues la sangre se ha licuado ya a medias”. Francisco, con su peculiar talante, dijo: “Se ve que el santo nos quiere sólo a medias. Tenemos que convertirnos más”.

La última vez que la sangre se licuó ante la presencia de un pontífice fue en 1848, cuando, durante los prolegómenos de la reunificación italiana, el papa Pío IX se vio obligado a huir de Roma y se refugió en Nápoles, donde veneró las reliquias del mártir. Ahora, casi 170 años más tarde, vuelve a suceder lo mismo ….

Una anécdota que seguro dará mucho de qué hablar, pero es obvio que Francisco prefiere otra clase de milagros… y puede que tampoco le guste que lo comparen con Pío IX…



Número 32 - Agosto 2019
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