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Everest, el doble riesgo

Lunes, 03 de Junio 2019 - 13:05

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Manuel Torres Rivera

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Se cierra la temporada de la montaña más elevada del planeta. Mayo cierra la ventana de oportunidades, como se dice en el lenguaje de montaña. Once vidas cobró Sagarmatha, como es conocida la montaña en Nepal, esta temporada. Veamos algo de lo que rodea este espectro: los ascensos de montaña desde luego reúnen ciertos peligros, nunca serán recomendados para personas sin experiencia y sin el entrenamiento que brindan los años. Las cordilleras y cadenas de montañas siempre han despertado la inquietud de conquista. Después de Los Alpes, las cordilleras Andinas tomaron delantera en la carrera por llenar los espacios del cielo. Los retos se multiplicaron en grados de dificultad y en alturas. Los tres “siete miles” de América, Aconcagua en Argentina, Huascarán en Perú y Denali o Mc Kinley en Alaska, ya rendían tributo a alturas de consideración. Las dos cordilleras del Himalaya, una denominada Karakorum, con  nombres ingleses, incluido el Everest, invitaban a los exploradores del siglo XX en sus inicios, a la exploración. Las dos cordilleras reúnen 14 picos con más de ocho mil metros.

George Mallory intentó el Everest en 1924 y falleció en el intento. No fue hasta 1953 cuando Sir Edmund Hillary junto con Tensing Norgay, coronaban el techo del mundo. De esos días a la fecha, Everest no solamente se ha convertido en la meta de cualquier carrera alpina, también se ha convertido en un símbolo de cualquier actividad coronada de éxito y por sobre toda actividad de desarrollo humano, el empresarial. Ahí inicia un riesgo. El que lo sigue, es el reto del ascenso mismo.

Everest ha conjuntado desde los años noventa, una industria, redituable para el gobierno nepalés y para un buen número de empresas de montaña. El procedimiento que se persigue es de convencimiento sin exigencias de rigor, las que impondría una disciplina de montaña. Un buen acondicionamiento físico es condición y después de eso, un desembolso aproximado a los 60,000 dólares y en ese momento el candidato es aceptado para ascender a 8,848 metros sobre el nivel del mar, e inscribir su nombre en la épica colección de un puñado de personas que lo han logrado con éxito.

Revisemos ese procedimiento en detalle: después del arribo a Katmandú, los arreglos aéreos y otros menesteres sitúan a los participantes, que para entonces ya reúne un buen grupo, en el campamento base, cuna multilingüe y heterogénea con cientos de instalaciones y gran colorido. Inunda el amarillo de las tiendas de campaña, las tiendas habilitadas como comedores y reunión y otras de observación meteorológica. La aclimatación dura unos días; el promedio de la expedición es de cinco semanas.

Después de la aclimatación viene la labor de los guías, profesionales todos, junto con los Sherpas, ayudantes locales, la gran mayoría con experiencia. La vanguardia de la expedición la llevan estos últimos. Salen de avanzada para situar cuerdas fijas en todos los trayectos. Esto quiere decir que los participantes no cargan equipo, no escalan en forma independiente y tampoco planean su expedición. A las cuerdas tendidas de antemano se fija un ascensor, llamado Jumar, que va al centro del cuerpo de cada escalador y evita una caída. En cada tramo, se instala un campamento de altura; en el Everest es común instalar cuatro. Todos los campamentos esperan el arribo del grupo con absolutamente todo armado, desde tiendas, bolsas de dormir y comida caliente, labor de los Sherpas.

Después del cuarto campamento, una vez diseminadas las deserciones naturales, se inspecciona la ventana de tiempo en coordinación con el campamento base, por radio, y se decide el ataque a la cumbre. Aquí empieza el problema. La necesidad de oxígeno empieza a cundir, lo delgado del aire adelgaza las arterias y la dificultad para respirar se hace presente. Inicia una combinación de premura contra el tiempo para lograr la cumbre. El paso conocido como el Paso de Hillary es una ladera estrecha en donde no existe un paso alterno. La mayoría de las expediciones que ya convivieron desde el base hasta el campamento cuatro, encontraron terreno no muy amplio pero suficiente para ascender. En el Paso de Hillary no es posible. La espera a esa altura puede ser mortal, son más de ocho mil metros y la sensación de pérdida de movimiento es catastrófica.

Ahí es donde las expediciones fracasan, unas por la espera, otras por la promesa de lograr la cumbre, como fue el caso de un famoso guía, Rob Hall, con un cliente que intentaba el ascenso por tercera vez. Rob condescendió a llevarlo fuera de horario y murieron ambos. Todas las montañas del orbe tienen sus reglas y una inquebrantable es el horario de arribo a la cumbre. Unas pueden permitir una llegada en las horas de la media mañana, dependiendo de la latitud. El Everest es una montaña que no perdona un arribo después de las nueve de la mañana.

El horario lo es todo en el montañismo. No olvidemos que el ascenso es únicamente el 50% de la empresa. Es preciso regresar y las condiciones en la montaña pueden ser diametralmente opuestas a las del ascenso, cuando se desciende. La fatiga es un considerando, la dimensión de cada paso en descenso produce una óptica diferente; la escala de una persona erguida en una vertiente con 45 grados de inclinación a ocho mil metros de altura puede confundir el equilibrio natural y la perspectiva de la nieve en grandes extensiones no produce dimensión de escala.

La protección de expertos no necesariamente cubre todas las contingencias en una expedición.  A determinada altura, un novato puede reaccionar en forma inesperada. La atmósfera hostil es ya un factor en contra, el encierro en un espacio confinado a más de seis mil metros de altura y el pánico pueden hacer de una expedición una pesadilla para todos los integrantes. La industria cobra adeptos entre los CEOs y líderes en sus ramos. El desafío es considerable, Everest no siendo una montaña muy técnica y muchos lo han logrado. Esto no necesariamente es montañismo, lo es en la forma y tal vez lo premie una fotografía de cumbre, pero se insiste en los dos riesgos: el mayor es la incursión en un terreno desconocido y en una actividad reservada para profesionales. El segundo es poner la vida en riesgo al lado de personas inexpertas y al lado de cientos de personas que están haciendo lo mismo, en una montaña que no admite un exceso de expediciones todas a la vez y tampoco errores.



Número 30 - Junio 2019
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