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EL TRABAJO Y EL CORONAVIRUS

Lunes, 25 de Mayo 2020 - 10:00

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Xavier Ginebra Serrabou

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Xavier y Mireia Ginebra Serrabou

Y aquí estamos. Todos. O casi todos. O bastantes todos. O algunos todos. En casa trabajando. Solo necesitamos una silla y una mesa. Bueno ¡y una computadora!, además de los conocimientos de la gente de sistemas que ha trabajado como loca para que podamos tener acceso a nuestro correo corporativo, el de la oficina y a nuestros archivos que están en el servidor. Además de buscar la mejor plataforma para las reuniones con los jefes o con nuestro equipo. 

¿Tu laptop es la de la oficina? ¡Qué suerte! ¿No lo es? ¿Es la computadora vieja y lenta que tienes en casa solo para tus asuntos personales? Pues ni modo. Como dice el refrán: “con esta compu hay que arar”.

Se amontonan (palabra pronto en desuso porque en la web las cosas no  pueden formar un montón)  artículos en el Whats sobre la ruptura del paradigma de “la oficina”, las ventajas del Home Office (HO), la revolución tecnológica que esto supone, el Covid nos ha obligado a dar un salto cualitativo que de otra manera hubiéramos tardado mucho más en dar: los niños y adolescentes “aprendiendo” en casa, ahorro en desplazamientos (sobre todo en el área metropolitana de la CDMX), acabar con las mismas paredes de 8 a 18 horas, acabar con tu silla, tu escritorio, “tu lugar”, ya no más el vecino de oficina que toma sus llamadas a voz en grito.  ¡QUE LIBERACIÓN! Y qué inteligente manera de trabajar.

Pues gracias al Covid 19 muchos nos encontramos haciendo un experimento sociológico de manera repentina y sin planeación previa, que es el susodicho HO. 

Seguro hay trabajos específicos y concretos que pueden adaptarse muy bien a HO con beneplácito tanto del empleado como de la empresa. Por ejemplo, esa persona que capacita al cliente en la oficina del cliente. Tiene su programa de trabajo, va, viene, se comunica con su jefe o con la oficina cuando lo requiere y no hay más. No necesita ocupar un espacio físico en la oficina ni checar asistencia ni pasar tarjeta en el reloj de la entrada. Y como éste habrá otros. Hay que analizarlos uno por uno y “sacar de la oficina” aquellos que no aportan nada ocupando metros cuadrados en el corporativo de la compañía.

Sin embargo, aunque el trabajo sí pueda desarrollarse fuera de la oficina, a veces el que no puede hacerlo es el trabajador. Primero hay que contar con un mínimo de espacio acondicionado para trabajar en casa, tanto físico como de acceso a la red y al servidor de la propia empresa. En muchos hogares mexicanos la casa no es suficientemente grande para el número de personas que viven en ella, no digamos ya trabajar desde ella.

Las reuniones, por cualquier plataforma, parecen un bosquejo de stand up: alguien no envió la contraseña, alguien no encuentra cómo habilitar la bocina, alguien aporta ladridos de perro, gritos de niños o el paso de un camión, a alguien se le corta la comunicación a brinquitos y nadie entiende nada de lo que dijo, otros se ponen a hablar a la vez (otra vez no se entiende nada) y se van callando a medida que se dan cuenta. Pero bueno, esto la tecnología lo va a solucionar relativamente pronto así como la aparición de reglas de urbanidad para atender una conferencia virtual (por ejemplo, el convocante procede a quitar el sonido a todos y lo asigna cuando alguien levanta la mano).

En segundo lugar, se necesita silencio, orden y confidencialidad. Los niños van a la escuela de 8 a 12 o de 12 a 16 o de 7 a 14.  ¿Y después? ¿Cómo se puede trabajar con niños jugando y gritando (en el mejor de los casos) o peleándose en la misma habitación? Y ¿si hay un bebé en casa todo el día? ¿o si tu hermano ensaya para tocar en la banda de jazz? Añadir a eso que toda la familia comparte la información de la empresa que el trabajador suelta por la bocina del teléfono.

El tercer elemento y el más difícil a mi modo de ver es el autocontrol o la autoexigencia. Estar trabajando a las 8 de la mañana cuando nadie te ve y nadie lo sabe requiere mucha autodisciplina. Se podrá argumentar que lo de trabajar determinadas horas o en determinados horarios es algo anacrónico, que hay que trabajar por proyecto y por objetivos. Si se cumple con el objetivo uno puede realizar el trabajo cuando más le acomode. Sin embargo, no todos los trabajos pueden adaptarse a esta manera de medir el desempeño. 

La tentación de perder el tiempo es sobrehumana. Llamadas que no se harían desde la oficina, lecturas, chats, memes, todo se confabula contra el bien intencionado trabajador para disminuir su productividad. Y el dios griego que devora las horas de trabajo se llama ahora DistraCrono. Prendieron la tv en la habitación de al lado, la chela junto a  la computadora a partir de las 12, llega la esposa y plática algo que le pasó en la calle.

Pero el trabajo en una oficina es mucho más que “el trabajo”; más que orden, estructura, espacio, condiciones de conectividad, marco profesional. La oficina marca territorios: Cuando trabajo, trabajo y cuando no, “pues no”. No solo físicos, también mentales. Dejar el espacio físico, cambiar el espacio físico, favorece la desconexión o del trabajo o de la casa. Así somos los seres humanos, los elementos físicos ayudan a los mentales y anímicos y viceversa. Para ir a la oficina no solo te bañas, también te arreglas. Buscas tu mejor yo y empieza la exigencia aunque sea en el aspecto exterior. Mi roomie trabaja y trabaja mucho. Se pone el despertador a cinco para las 8 porque a las 8 ya tiene juntas y reuniones. Asiste a ellas en shorts (seguramente con los que durmió) y chanclas. Y está de esa guisa todo el día, pero puedo constatar que trabaja mucho.

La oficina nos aporta y nos obliga a socializar. El hombre es un ser social por naturaleza, como lo proclamó Aristóteles en el siglo IV a.c. (Política). En la escalera o en el elevador, cuando llegas, en el pasillo, en el centro de café, en la comida, se platica de la última película en cartelera, de la mañanera, de una nueva receta de espagueti que alguien hizo ese fin de semana, del libro que a tu compañero no le gustó, que si tu mamá está enferma y un largo etcétera que nos da entorno y nos hace llegar problemas, información y opiniones que no hemos buscado. Que nos interpelan más allá de la omnisapiencia de la red.

Incluso cuando estamos esperando a que empiece una reunión, una persona comenta de un problema de un área diferente a la nuestra, una compañera relata algo de la competencia (que pensamos es buena idea y la anotamos) o el cliente nos platica de una experiencia con otro proveedor mientras se arma barullo entre los que le van al Barcelona y al Real Madrid. La oficina es la excusa que agranda nuestro mundo y rompe la burbuja.

Si nos cansamos de “las cuatro paredes de la oficina 5 X 9 h”, ¿las vamos a cambiar por “las cuatro paredes de la casa 24 X 7”?

La moneda está en el aire.

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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