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EL QUÉ Y EL CÓMO

Lunes, 17 de Febrero 2020 - 16:15

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María del Carmen Maqueo Garza

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Terrible la cifra de feminicidios en México.  Paradójico que se pretenda eliminar dicha figura delictiva en aras de aumentar la duración de las sentencias por este delito.  Absurdo, además, en un país en el que, en poco tiempo después de emitida una sentencia, artilugios legales hallan la manera para liberar a los condenados a purgar una condena. Sucede aun cuando se trate de asesinatos llevados a cabo con extrema violencia.

Como mujer me sumo a la indignación de mis congéneres ante los casos cuya crueldad ha venido escalando al paso de los años.  Se adivina una carga de violencia de género inaudita, que va –inclusive— en contra de niñas pequeñas, como es el caso de Fátima, niña de 7 años, vejada y asesinada con saña, cuyos restos recibieron tratamiento como si de basura se tratara.  El mensaje es muy claro: se trata de un ataque a un ser humano debido a su género.

Con relación a este problema no hemos visto acciones contundentes en ninguno de los últimos tres o cuatro sexenios, como deberían emprenderse. Con promesas, peroratas y mensajes en redes sociales no se resuelve un problema tan profundo y menos aún cuando el presidente de México emite el reclamo de que este engorroso asunto de los feminicidios opaca la rifa del avión sin avión.

Me solidarizo con el dolor de las madres que despidieron a sus hijas rumbo a clases, o a una reunión con amigos, y nunca volvieron a verlas.  No puedo imaginar qué habrán de sentir el día que las llaman del Semefo para informarles que unos restos humanos sobre la fría plancha metálica corresponden al cuerpo de su hija.  No sé cómo habrán hallado fuerzas para recogerlos, acunarlos entre sus brazos como hicieron cuando su hija era pequeña, y salir de aquel recinto de muerte a seguir viviendo la vida.  O cómo es que el abatimiento no las lleva a morir también.

A la incompetencia, que se pone de manifiesto en muchos de los casos, llega a sumarse la indolencia. Más allá del dolor y  la angustia que están sufriendo los familiares con motivo de la desaparición, se agrega todo lo que implica tocar puertas, ser recibidos de mala manera, adelantando hipótesis para inculpar a la víctima de su desaparición. En muchos casos, por desgracia, a todo lo anterior se agrega el desgaste físico, económico y emocional de los familiares, al ponerse a realizar las investigaciones, ante la falta de atención de la autoridad. 

Todo lo anterior describe el “qué” del problema, la razón por la cual –de manera  justificada-- surgen grupos de mujeres que salen a las calles a señalar el estado de cosas y a protestar por la falta de resultados.  Es muy entendible su exasperación, en particular frente a expresiones del propio presidente que enfatizan el respeto a criminales, casi por encima de los derechos de las víctimas. De manera colateral a las manifestaciones en vivo, las redes sociales hacen lo suyo; baste recordar la fuerza que pueden alcanzar, trayendo a la mente cómo, a partir de un evento aislado en Túnez, creció el movimiento denominado “Primavera árabe”, en 2010, hasta extenderse a diversas naciones, muy en particular aquellas del mundo árabe que compartían una problemática similar, llevando así al derrocamiento o la renuncia de diversos personajes en el poder, en varios países.

Los grupos feministas están denunciando la violencia contra las mujeres, acción digna del mayor reconocimiento. Reclaman al gobierno la pobreza de resultados y la evidente falta de voluntad para colocar el asunto como de alta prioridad, en todas las instancias de gobierno. No existe hasta ahora un plan de acción que garantice seguridad a la mujer, desde la infancia hasta la senectud, para desplazarse a sus actividades habituales, abordar un medio de transporte o salir a una fiesta, sin correr el riesgo de ser atacada, asesinada y humillada, aún después de muerta, como fue el caso de Ingrid Escamilla, cuyo cadáver fue fotografiado y difundido a través de redes sociales.

El problema lo encuentro en el “cómo”.  Mientras las protestas deriven en vandalismo y franca violación a los derechos de los ciudadanos, en su persona o en su patrimonio, el gobierno seguirá teniendo argumentos para zafarse del problema. Como fue el “ahorita no” de Claudia Sheinbaum o la expresión de que el feminicidio opaca la rifa del avión, o que las fachadas del centro histórico son igual de importantes que la vida  de mujeres y niñas violentadas o asesinadas. 

Uno de los mayores problemas de nuestro país ha sido la falta de solidaridad. No reconocemos que debamos actuar frente a un problema, mientras éste no se halle en nuestro entorno personal.  Del mismo modo, somos proclives a no reconocer los derechos de otros, situación que se presenta en muy diversos momentos. Sin embargo, si queremos establecer una comunicación eficiente, con miras a resultados claros y concretos, el continuar actuando con violencia en contra de la violencia, difícilmente llevará a los resultados que se buscan obtener.

Todas las mexicanas nos merecemos seguridad, respeto y libertad. Actuemos para exigir que así sea, de manera congruente. De otro modo, difícilmente se dará el cambio que tanto se necesita.

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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