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El pato Donald

Viernes, 03 de Julio 2015 - 10:00

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Rafael Orozco Flores

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El título es sólo un juego de palabras, pero el caso binacional del magnate norteamericano, Donald Trump, parece ir en aumento por los deslindes y rompimientos en cadena que se han venido dando, desde que anunció su pretensión de competir por la nominación republicana a la presidencia de los Estados Unidos. Binacional porque la reacción ha sido mayoritariamente virulenta en México y el vecino del norte, aunque también han habido reacciones a nivel internacional.

Es innegable que la nación norteamericana se encuentra dividida en quienes aceptan que es un país conformado, de origen y desarrollo, por grandes masas de migrantes y quienes, con un dejo de puritanismo al respecto, declaran y demuestran abiertamente un rechazo a las personas de otras nacionalidades que se encuentran (legal o ilegalmente) en Estados Unidos. Donald Trump es de estos últimos.

¿Es malo que así sea? No. Él y los ciudadanos que piensan así tienen todo el derecho de fincarse una postura ante un fenómeno tan crucial para su país, como el de la migración. Sin embargo, cuando esa postura ideológica o de pensamiento traspasa ese umbral, el asunto adquiere un matiz distinto.

Todos los países del mundo poseen un marco regulatorio para el tránsito de personas. En México, la Constitución, en el capítulo de las Garantías Individuales, nos da el derecho de recorrer el país en entera libertad, por ser ciudadanos mexicanos. Respecto a la extranjería, hay, insisto, como en prácticamente todas las naciones, una reglamentación que limita, entre otras cosas y a manera de ejemplo, la posibilidad de trabajar en nuestro país. Y está bien.

El matiz al que me refería tiene que ver con actitudes que implican acciones xenófobas y con agresiones físicas. Hay que recordar la cacería de mexicanos que se emprendió en la frontera entre los dos países, destacadamente en el estado de Texas, donde los intolerantes con rifle en mano, trataban de impedir el cruce de indocumentados.

Ha dicho Donald Trump que de llegar a la presidencia norteamericana, impulsaría la construcción de un muro impenetrable que impidiera el tránsito y tráfico de indocumentados de mexicanos y latinos que llegan por la frontera Sur. Sus palabras, sin embargo, van más allá de la defensa de los hipotéticos empleos que los migrantes arrebatan a los norteamericanos, y son la personificación de actitudes de intolerancia, que desde la presidencia de la nación más poderosa del mundo tendrían un cariz preocupante.

A sus declaraciones, es sabido, importantes sectores sociales –los hispanos y mexicanos, sobre todo- y empresariales han reaccionado negativamente. Unos, con protestas y proclamas que han alcanzado virulencia en las redes, y las otras, deslindándose de los vínculos de negocios con el magnate de los certámenes de belleza. Ciertamente el control de los daños que ha emprendido Donald Trump ha empezado a ser visible, con declaraciones, también poco afortunadas, como “Amo a México pero no los acuerdos comerciales desleales que los Estados Unidos hacen estúpidamente con el país. Muy mal para los empleos de Estados Unidos, buenos sólo para México”, además de las demandas en los tribunales, por el rompimiento de contratos con cadenas mediáticas.

El affaire, por lo que se ve, apenas empieza pero ya nos ha mostrado en carne y hueso al aspirante presidencial, y nos impele a pensar en los escenarios que se construirían respecto a las relaciones comerciales y socio-políticas entre los dos países.


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