Se encuentra usted aquí

El intrincado e irresoluble asunto del perdón

Martes, 02 de Abril 2019 - 13:20

Autor

venus-rey-jr.jpg
Venus Rey Jr.

Compartir

el_intrincado_e_irresoluble_asunto_del_perdon.png

El perdón que, según el presidente mexicano, debería pedir el rey de España a los pueblos originarios por los excesos en la conquista y la colonia, es un asunto tan complejo en el que, si lo vemos fríamente, casi todos tienen cierta razón. Pero, ¿tendrá algún sentido solicitar hoy que España pida perdón? Lo pregunto porque liberar a los fantasmas de la Historia es abrir la Caja de Pandora.

La semana pasada el presidente mexicano expresó que solicitará al rey de España que pida perdón a los pueblos originarios de México por los excesos y abusos en la conquista y durante la colonia. Muchas voces se hicieron oír. Como sucede en esta clase de asuntos de la Historia, todas esas voces tienen cierta razón. Pero el problema no es ese. El problema es que cada voz cree que es dueña absoluta de la verdad. Así las cosas, lo único que puede suscitarse es la confrontación, la descalificación, la humillación del otro y, muy peligroso, la exaltación de los sentimientos de pertenencia: el nacionalismo.

Tiene cierta razón el presidente de México porque se cumplirá el quinto centenario de la caída de Tenochtitlán. 2021 es una fecha muy significativa. De haber surgido esta petición en otro momento, quizá no se hubiera justificado. La petición no está fuera de contexto. Una declaración del gobierno español habría hermanado más a ambas naciones. Pero también tienen cierta razón cuatro de los más grandes escritores vivos de la lengua castellana: Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías y Martín Caparrós. Y, por difícil que parezca, también la ultraderecha y la izquierda españolas tienen cierta razón. Explico.

Vargas Llosa dijo: «A propósito de controversias, me gustaría citar una carta que el flamante presidente de México ha enviado al rey de España y entiendo que también al Papa, sugiriéndoles que pidan perdón por las violencias que se cometieron en aquellos años rudos. Tengo la impresión de que el mandatario mexicano se equivocó de destinatarios, ya que esa carta debió mandársela a él mismo y responderse –o respondernos– a la pregunta de por qué México, que desde hace 200 años es independiente y soberano, tiene todavía tantos millones de indios marginados, pobres, ignorantes y explotados.» Y es verdad. Claro que hubo abusos en la conquista y durante la colonia, pero en 200 años los gobiernos mexicanos han sido incapaces de procurar mejores condiciones de vida a los indígenas. Ni siquiera los presidentes post-revolcionarios, con un supuesto enfoque reivindicatorio, nacionalista, popular y social en el ejercicio del gobierno, ni siquiera ellos hicieron gran cosa por los indígenas, ya no digamos los presidentes del llamado periodo neoliberal.

Aunque con un lenguaje muy agresivo, también tiene cierta razón Arturo Pérez-Reverte: «Que se disculpe él [AMLO], que tiene apellidos españoles y vive ahí. Si este individuo se cree de verdad lo que dice, es un imbécil, si no lo cree, es un sinvergüenza.» Tiene cierta razón –no en sugerir que el presidente mexicano pudiera ser imbécil o sinvergüenza– porque la marginación y abandono que han sufrido los indígenas no fue por parte de los españoles que se quedaron en España, sino de los españoles que se quedaron en México; es decir, la discriminación que sufren los indígenas mexicanos proviene de los que viven en México y tienen apellidos españoles. Por eso dice Pérez-Reverte «que se disculpe él». Y aunque fue excesivo que usara las palabras “imbécil” y “sinvergüenza”, no deja de ser verdad que quien crea que la culpa de la pobreza y marginación actual de los indígenas es sólo de los españoles conquistadores y colonizadores, revela en su pensamiento pobreza de juicio; y también es verdad que, si se culpa a los españoles a sabiendas que tal señalamiento no tiene sustento, se actúa sin escrúpulos. ¿Cuál será el caso del presidente mexicano? La paradoja a lo que lo orilló Pérez-Reverte es muy difícil de evadir.

También es cierto lo que dijo Javier Marías. Y aunque no lo dijo tras la petición del presidente mexicano, sí refrendó su postura y ha sido citado por muchos. En un artículo publicado en El País en octubre del año pasado, Marías se refiere a “la ampliación infinita del pecado original”: se culpa a individuos por las acciones que cometieron sus ancestros: «Si usted es blanco –escribe Marías–, ya nace con un buen pecado; si además es varón, lleva dos a la espalda; si europeo, y por tanto de un país que en algún momento de su historia fue colonialista, apúntese tres; si nace en el seno de una familia burguesa, será culpable de explotaciones pretéritas; si encima lo inscriben en una religión monoteísta (todas violentas y opresoras), usted está todavía en la cuna, acostumbrándose al planeta al que lo han arrojado, y la culpa ya se le ha quintuplicado.» Al final, el escritor español apunta: «A mí déjeme en paz y no me culpe de lo que no he hecho ni propiciado. Hable usted por sí mismo, y haga el favor de no mezclarme en sus ridículas vergüenzas hereditarias». Esto último viene al caso, porque la izquierda en España siente que los españoles de hoy tienen culpa y ve con buenos ojos que el rey pida perdón a México.

También tiene cierta razón el gran escritor argentino, Martín Caparrós. En un artículo publicado en el New York Times señala que los que invadieron México fueron los ancestros de los americanos, no los ancestros de los actuales españoles. Y es cierto. Los conquistadores y colonizadores de las tierras mexicanas son ancestros de los mexicanos actuales. Esto es sumamente difícil de entender, menos aún si la virulencia de la pasión ya se ha manifestado. Y también es verdad que los mexicas no fueron vencidos por los españoles, sino por los pueblos indígenas que sometían. Estos pueblos vieron en los españoles la oportunidad de liberarse del yugo azteca. En este sentido los españoles de hoy son inocentes. Los culpables de la marginación de los pueblos indígenas son los propios mexicanos: «hace dos siglos que los que oprimen a los indios mexicanos no son los españoles sino el Estado y los ricos mexicanos.» Esto es fundamentalmente cierto.

Fuera del ámbito intelectual, y aunque cueste admitirlo, también tiene cierta razón Santiago Abascal, líder de la extrema derecha en España: «López Obrador, México y toda América deberían agradecer a los españoles que llevaran la civilización y pusieran fin al reinado del terror y barbarie al que estaban sometidos. Nada más que decir. España dejó Nueva España como un territorio rico y próspero.» Nunca es políticamente correcto darle la razón a la ultraderecha, porque en ese momento uno podría ser tachado de fascista, pero es verdad que los mexicas fueron un reinado de terror y barbarie. La visión romántica que se tiene de los pueblos prehispánicos, especialmente del mexica, hoy en día es insostenible. Fue una cultura brutal, atroz, extremadamente cruel, en la que todo se castigaba con la muerte. El dominio que ejercieron sobre los pueblos y culturas circundantes sería, a la luz de parámetros actuales –parafraseando al presidente mexicano, que insiste en juzgar con parámetros actuales lo que sucedió hace tanto tiempo–, imperdonable. Pero no usemos parámetros actuales: también bajo criterios de la época, el dominio azteca era inaceptable, condenable e intolerable. Tan es así, que los pueblos indígenas sometidos a los mexicas vieron en los españoles la gran oportunidad de liberarse. En ese sentido, los españoles fueron su única y anhelada esperanza de liberación. Los españoles no fueron, pues, sus conquistadores, sino sus libertadores. Sé a lo que me expongo por escribir estas líneas. Sí, el choque que supuso la conquista entre el mundo prehispánico y España fue brutal y en ese proceso se cometieron terribles injusticias. Jamás un puñado de españoles habría conquistado Tenochtitlán. La conquista de Tenochtitlán no fue de España, sino de España y de los indígenas. Insisto: la visión romántica de los mexicas, fomentada por los gobiernos mexicanos, es falsa y peligrosa: en Tenochtitlán se practicaba el sacrificio humano, el canibalismo, el culto a la sangre, la exaltación de la muerte y no se tenía ningún respeto por la dignidad de la vida humana: era una civilización oscura y malvada. No estoy diciendo que los españoles fueran la luz y el bien, pero santificar a los mexicas/aztecas puede producir cualquier cantidad de nacionalismos y odios. La llegada de los españoles y la colonización de estas tierras supuso en un primer momento una mejoría en la calidad de vida de todos los pueblos sometidos por los aztecas, incluidos los mexicas, aún visto desde una dialéctica marxista (por aquello que dijo Santiago Abascal en el sentido de que López Obrador estaba “contagiado de socialismo indigenista”).

Por otro lado, la izquierda en España ha visto con buenos ojos la petición del presidente mexicano. Ione Bellarra, portavoz de Unidos Podemos, dijo: «Andrés Manuel López Obrador es el digno Presidente de México. Tiene mucha razón en exigirle al Rey que pida perdón por los abusos en la Conquista.» Como era de esperarse, en España la opinión quedó dividida. Es verdad que hubo abusos y excesos. Algunos han dicho, con cierta indolencia o ignorancia, que hace 500 años no existían ni México ni España. La verdad es que hay una continuidad histórica y una identidad sustancial entre los antiguos reinos de Castilla y Aragón con el Estado Español actual. Tan es así que el Estado Español ha invocado muchas veces la incorporación de Cataluña durante la edad media a los dominios del rey de Aragón, y la ha invocado como fundamento de la pertenencia de Cataluña a España… y tiene razón. Por otro lado, el Estado Español se ha identificado a sí mismo con los reinos de Castilla y Aragón, pues de lo contrario no se entendería que en 2015 el gobierno español haya pedido perdón por la expulsión en 1492 de los judíos de España. Sí, de España. A partir de 1492 prácticamente toda la península estaba bajo los dominios de Castilla y Aragón, con excepción de Portugal y el reino de Navarra –el reino musulmán de Granada fue incorporado al reino de Castilla ese mismo año–. En 1521, año de la caída de Tenochtitlán, Carlos I ya era rey de España: su cabeza reunía las coronas de Aragón y de Castilla, columna vertebral y fundamento del Estado Español moderno. Decir que España no debe pedir perdón porque no era España, es un sinsentido, aún para los propios españoles, quienes, como he señalado, han subrayado la identidad de la España de hoy con los antiguos reinos de Castilla y Aragón. Si España recientemente ha pedido perdón a los judíos del Sefarad por la expulsión de 1492 y en compensación les ha ofrecido la nacionalidad española, no se entiende entonces por qué no habría de pedirlo a los pueblos originarios del México actual.

Claro que también tienen cierta razón quienes dicen que no es lo mismo un perdón que se pide espontáneamente que un perdón que se exige. Pero la verdad es que el presidente mexicano no lo está exigiendo. Hasta Podemos se fue con la finta y se refirió al “perdón exigido”. A fin de cuentas, si existe un agravio, un sujeto pasivo del agravio (el agraviado) y un sujeto activo (el que agravia), la petición, o incluso la exigencia para que este último lo pida o implore, es irrelevante. Perderse en ese punto de la discusión es perder el tiempo y no resolver el fondo del problema. El perdón debido no es una gratuidad: es una obligación, y es irrelevante si es espontáneo o exigido.

La caída de Tenochtitlán en 1521 es una fecha fundamental en la historia de México. Es uno de los momentos fundacionales de nuestra moderna nación, aunque en aquel entonces no existiera el Estado Mexicano actual. La caída de Tenochtitlán, la conquista española y la colonia son elementos esenciales de la mexicanidad. Y si, en efecto, la conquista fue una serie de acontecimientos violentos y brutales que implantaron un sistema de explotación que se extendió durante tres siglos, no por eso se puede negar que sean parte integrante y fundacional de la nación mexicana de hoy. Como acontecimientos traumáticos, deben disolverse y aliviarse en las aguas de la reconciliación: y no únicamente de la reconciliación con España, sino, más importante aún, de la reconciliación con nosotros mismos. Un quinto centenario puede ser una buena ocasión para ello. Pero se ha politizado tanto, allá en España y aquí, que el asunto está herido de muerte. Yo estoy seguro que en el contexto de este quinto centenario, el rey de España motu proprio habría solicitado el perdón. Y ahora, dadas las circunstancias, eso parece imposible. Qué pena.

Sin embargo, de algún modo el rey Juan Carlos ya había pedido perdón. Conforme se acercaba el quinto centenario del descubriendo de América, se hicieron toda clase de preparativos para las conmemoraciones, y en ese contexto el rey de España pidió perdón. Lo hizo el 13 de enero de 1990, dos años antes de la gran conmemoración, y lo hizo en Oaxaca, ante representantes de los pueblos originarios. Ahí reconoció el abuso que supuso el sistema de la encomienda y pidió perdón. Quizá no dijo: “¡indígenas de Oaxaca y de México, perdonadnos por favor!”, pero sus palabras invocaban el perdón y la reconciliación. Se refirió el rey al espíritu de fray Bartolomé de las Casas, que se alzó en defensa de los indios: «fue capaz de concebir [fray Bartolomé] y ejercitar una seria, coherente y honesta actitud intelectual ante el mundo indígena, y eso es algo que debería servirnos de modelo y pauta a cuantos nos acercamos a vuestro mundo con respeto y admiración.» 29 años después, el presidente mexicano solicita al rey de España que pida perdón. Me parece que tal petición ya no es necesaria. Quienes más han hecho por humillar, marginar, discriminar y negar a los indígenas la oportunidad de una vida mejor, no han sido los españoles, sino los mexicanos.

España es una de las civilizaciones y culturas fundantes del mundo moderno. Junto con la civilización anglosajona, la española es una de las más exitosas en la Historia. Exitosa en el sentido de que, al menos en el mundo occidental, el peso de España se deja sentir de una manera prominente. Pronto seremos 500 millones de hispanoparlantes en el mundo. España ha sido un crisol de arte y cultura. Yo admiro profundamente la cultura y los artistas de España. Como en todo, hay claroscuros, pero a final de cuentas el balance que nos deja España es positivo. Hay muchas más razones para hermanarnos con España que para distanciarnos. España vive, pervive y subyace profundamente en la idiosincrasia mexicana, en la esencia misma de la mexicanidad. México es tan indio como español, y aún podría decir que el México de hoy es más español que indio –la prueba está en la marginación que sufren los indígenas por parte de los mexicanos–, aunque esto me genere toda clase de descalificaciones. La amalgama de lo español y lo indígena es el mestizaje, fusión eterna e irresoluble de dos mundos que chocaron y quedaron unidos. Nuestras naciones son dos, pero en México se hacen Una, y eso es maravilloso, aunque no lo queramos aceptar. Eso es México. Y como no lo acabamos de entender, entonces tenemos el trauma de aquel choque y una nausea existencial que nos lleva al auto-desprecio.

Disolver y aliviar las heridas de la historia en las aguas de la reconciliación es deseable y es bueno. Si llegamos a ello a través de declaraciones formales, México y España iniciarán los siguientes 500 años aún más hermanados. Y si no, también, pues ya estamos desde hace mucho tiempo reconciliados.



Número 29 - Mayo 2019
portada-revista-29.png
Descargar gratis