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El golpe de autoridad de Ricardo Anaya

Jueves, 27 de Agosto 2015 - 17:30

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Guillermo Vázquez Handall

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La designación de Marko Cortez como coordinador de la bancada del PAN en la próxima legislatura de la cámara de diputados, es un sorpresivo golpe de autoridad de su recién electo presidente, Ricardo Anaya.  

Mucho se especuló respecto de la posición de sumisión del llamado “chico maravilla” hacia Gustavo Madero, pero con este nombramiento, esa percepción ha quedado completamente eliminada.

En el pasado Anaya había dado diversas muestras de un comportamiento congruente, inteligente, con tintes de brillantez, pero de alguna manera le hacía falta un acto contundente que demostrara realmente sus capacidades de liderazgo.

La designación de Cortez, por el simple hecho de que se concibe como un posicionamiento, independientemente de sus implicaciones legislativas, implica reconocer que Anaya va en serio, porque con ello asume y demuestra quién manda en Acción Nacional, aun cuando eso no suponga un rompimiento político o personal con Gustavo Madero.

Es difícil pensar que, en un acto de generosidad política, incluso de estrategia, Madero haya consentido esta decisión de buen grado, porque esto conlleva un franco debilitamiento de su posición y eventuales aspiraciones personales.

Claro que el resultado es que Anaya, sin deslindarse por completo de Madero, abiertamente impone el que será el estilo de su presidencia en el partido, lo que como consecuencia implica que será de plena independencia.

Esta situación significa una transformación de gran trascendencia al interior del partido, expresa nuevas rutas y objetivos en la conducción del instituto político.

Sin omitir que esta decisión y las subsecuentes por venir, le pueden otorgar a Ricardo Anaya tal fortaleza que lo colocarían como el panista más importante, independientemente de su cargo.

Tendrá, por ejemplo, la oferta de aperturar los espacios de participación, en contraste con la cerrazón instituida por Madero, la intención de convocar a todas las fuerzas, haciendo a un lado las rencillas que han deteriorado el ambiente interno.

Un comportamiento personal intachable, con conductas que se enfocan a recuperar la confianza ciudadana y que en simultáneo favorecen su prestigio personal. 

Porque en esa dinámica, suponiendo que Anaya sea capaz de hacer converger las expresiones de los grupos en torno del interés del partido, por encima de los de los grupos en disputa, estará en camino de alcanzar una dimensión política sobresaliente, de gran calidad moral.

La actitud de Anaya no puede verse como un acto de rebeldía, ni siquiera como un reflejo caprichoso, para justificar su plena independencia, mas bien se avizora como el primer paso de un proyecto diseñado con antelación.

Porque si consideramos el rango de votación que obtuvo en la elección por la presidencia del partido, el margen tan abrumador que consiguió no le obliga a tener que hacer nada para legitimar su posición.

Siendo así, lo que habría que visualizar es que Anaya realmente está convencido de hacer las transformaciones que el partido necesita, por encima de mantener los privilegios del grupo que lo dominaba.

Esto a su vez obliga a pensar en dos escenarios, el primero, por supuesto, es que no se puede infravalorar a Anaya, desestimar sus capacidades, talento e intenciones, sino por el contrario, reconocer las posibilidades de la dimensión a la que puede llegar.

En esta época en que nadie cree en los políticos con sobrada razón, la irrupción de Ricardo Anaya, con las características que representa y defiende más allá del discurso, constituye una posibilidad real de liderazgo genuino.

En consecuencia, el segundo argumento de análisis es que si Anaya logra la unidad del partido, lo hace medianamente más competitivo, y mantiene como oferta una conducta y personalidad tan interesante como hasta ahora, el mismo se convertirá en su principal figura.

Aunque en este momento no lo parezca, las primeras decisiones del “chico maravilla” apuntan hacia un desempeño destacado y eso lo puede llevar a ser el mismo, el candidato presidencial de su partido por consenso.


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