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El dinosaurio está vivo y coletea

Martes, 13 de Junio 2017 - 16:30

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Guillermo Vázquez Handall

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Durante el transcurso de la campaña por la gubernatura del Estado de México, gran parte de las opiniones se inclinaban, al menos en el análisis e independientemente de sus deseos individuales, a favor de la derrota del PRI y el triunfo de Morena.

Los argumentos apuntaban hacia ese eventual resultado con base en el desgaste de los gobiernos federal y estatal priistas, la corrupción, la impunidad, la inseguridad pública, pero sobre todo a la influencia de la figura protagónica de López Obrador en los comicios mexiquenses.

Sin embargo, si la elección del Estado de México sirve como elemento de estudio, por lo que finalmente sucedió, y por lo que implica en función de la sucesión presidencial, en este momento es imposible garantizar anticipadamente una conclusión.

López Obrador utilizó la candidatura de Delfina Gómez, más que para derrotar al priismo, para realizar un examen de su propia fuerza personal y popularidad. El corolario no sólo deja claro que cometió muchos errores, sino que a pesar de la percepción, ni ha ganado la Presidencia, ni es invencible.

De tal suerte que si el Estado de México fuera un espejo de la situación nacional, la realidad es que López Obrador demostró cuál es su tope, cuáles son sus cualidades y que éstas no pueden ni se deben confundir con virtudes.

Seguramente su peor falta es el desdeño a las alianzas, porque de otra forma la izquierda en conjunto hubiera logrado la mitad de los sufragios y la narrativa hacia el dieciocho hoy sería muy diferente.

El menosprecio hacia el PRD no sólo le resultó costoso, sin proponérselo le brindó al sol azteca una oportunidad de crecimiento extraordinaria, que ahora lo coloca en una posición de ventaja que hace sólo dos meses nadie podría haber presagiado.

No sólo queda claro que Morena no suprime ni suplanta al PRD, sino que la alternativa de izquierda tendrá dos vertientes, pero con la diferencia de que mientras Morena se sustenta en el radicalismo y el autoritarismo de su líder, el PRD oferta un escenario de mucha mayor flexibilidad.

Esto por supuesto cambia las cosas completamente, el PRD que estaba muy cercano a su extinción ahora es el fiel de la balanza, el aliado más atractivo para cualquier otra fuerza política.

Lo que supone que si continua el interés de crear una coalición con el PAN, la negociación a partir de ahora tendrá que ser entre iguales, porque aunque Ricardo Anaya, con la arrogancia que le caracteriza, insista en que en estos comicios el ganador fue su partido, la realidad es que es totalmente al contrario, el vencedor fue el PRD y el derrotado el PAN.

Si sumamos los votos que obtuvieron por su cuenta PAN y PRD en las recientes tres elecciones para gobernador en Coahuila, Nayarit y Estado de México, vamos a encontrar que la diferencia a favor de Acción Nacional es de apenas unos cuantos de miles solamente.

Esto los coloca a ambos casi en un empate en el tercer lugar, por debajo de Morena y sobre todo a la mitad de distancia del PRI, que le sacó a cada uno el doble de sufragios.

Lo que deja como conclusión que el PAN de Anaya perdió por completo la oportunidad de instalarse como el segundo competidor en la sucesión presidencial.

La batalla por la presidencia será entre dos, López Obrador y el candidato que designe el PRI, incluso pensando que si se plantea un llamado al voto útil para derrotar al tabasqueño, este será a favor del Revolucionario Institucional como sucedió en el Estado de México.

A pesar de la perspectiva negativa en su contra, el dinosaurio priista está vivo y coletea con fuerza; sería una omisión de cálculo descartarlo. Primero, porque una vez más demostró su enorme capacidad estructural y operativa, pero sobre todo porque al menos después de este ejercicio, la sociedad lo escoge como el rival capaz de enfrentar a López Obrador.

Esta reflexión no induce a pensar que el priismo pueda echar campanas al vuelo, por el contrario, su debilitamiento es brutal, le urge hacer cambios en materia de políticas públicas, comportamiento de sus actores y el recambio de sus figuras.

Lo que no omite el hecho de reconocer que por su tamaño y fuerza, en términos pragmáticos, es la única formación política con el volumen nacional para ser la opción contra López Obrador.

El PAN atraviesa por su peor época de división interna, muestra de ello el saldo que obtuvo en las tres elecciones referidas, mientras que aun cuando el PRD recibió una bocanada de oxígeno, tampoco le alcanza para ir solo, en todo caso será la manzana de la discordia.

El hecho es que la percepción y perspectiva que con tanta insistencia se ha querido implantar como tendencia dogmática, no sucedió como se anunció, los porcentajes de participación ciudadana se mantuvieron en sus márgenes históricos.

El hartazgo social que muchos pensábamos era colectivo, no es exclusivo en contra del gobierno y su partido, se aplica en igual medida a todas las fuerzas políticas.


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