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Del telegrama Zimmermann a la visita de Merkel

Viernes, 16 de Junio 2017 - 16:30

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Julio Chavezmontes Messner

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Hace cien años, precisamente en enero de 1917, el Káiser Guillermo II de Alemania invitó a México a unirse a las Potencias Centrales en la Gran Guerra Europea contra Estados Unidos, a cambio de recibir armamentos, municiones, instructores y apoyo logístico para abrir un frente de combate sobre la frontera norte de nuestro país, para recuperar California, Nuevo México y Tejas.

LA INVITACIÓN ALEMANA IMPLICA EN SÍ MISMA, UN RECONOCIMIENTO EXPRESO E INEQUÍVOCO DE LOS DERECHOS TERRITORIALES DE MÉXICO SOBRE LAS PROVINCIAS QUE NOS FUERON ARREBATADAS CON VIOLENCIA ENTRE 1836 Y 1848.

A cien años del famoso telegrama, tengo la impresión de que Alemania no ha quitado el dedo del renglón; y México, tampoco.

Los factores han cambiado sustancialmente; hoy viven más de 40 millones de mexicanos al norte del río Bravo; siete veces más que en toda la república durante la agresión angloamericana.

Hoy existen algunos movimientos más o menos fuertes en California y Tejas, que buscan separarse de Estados Unidos, aun cuando no estan pidiendo que los gobierne Peña Nieto ni el Peje…

California por sí sola, sería la octava economía del mundo; y se preguntan los californianos: ¿en qué nos beneficia estar atados a la Union Americana?

Alemania tiene viejos motivos de agravio con los Estados Unidos; y de pura casualidad, México también.

Carranza, conocido como el Varón de Cuatro Ciénegas (alias barbastenango; alias don Venus; alias “el primer jefe”), no comía lumbre y sacando las cuentas declinó la amable invitación alemana de 1917, pero dejándola “PARA MEJOR OCASIÓN”, como le predijo Benito Juárez a Matías Romero en 1865.

En 1917, Alemania nos invitaba a participar en una guerra perdida de antemano, con la sola intención de usarnos como carne de cañón para distraer a los Estados Unidos y tener tiempo de rematar a los franceses e ingleses, después de haber derrotado a Nicolás II; el zar idiota que desató el conflicto europeo por andar de payaso movilizando un ejército de muertos de hambre y resentidos, armados con rifles obsoletos y más ganas de fusilarlo a él, que de matar alemanes.

Tan es así, que Alemania pudo vencer a los rusos y firmar la paz de Brest-Litovsk para volcar toda su fuerza hacia el frente occidental, en la esperanza de derrotar a los aliados antes que Estados Unidos hiciera valer su peso en la balanza final del conflicto.

En 1917, al norte del río Bravo había poquísimos mexicanos, y no existía consciencia clara de nuestros derechos territoriales vigentes.

A diferencia de Otto Von Bismarck, “el canciller de hierro”, Ángela Merkel es una estadista de seda; sutil como oráculo pero firme como valkiria.

En vez de mandarnos un telegrama para que recuperemos California, Nuevo México y Tejas por medio de las armas, ha venido a México a invitarnos a pertenecer al “club de amiguitos y admiradores” del anciano de la peluca sin canas que deambula twitteando compulsivamente por la Casa Blanca.

Dicha invitación incluye la diversificación de nuestros mercados; nuestra liberación de los monopolios gringos; la posibilidad de abrirnos a un horizonte en el que Estados Unidos deje de ser el factor decisivo de todos y cada uno de nuestros pasos. Ángela puede poner fin al viejo adagio de “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”…

Si Ángela Merkel hiciera incluso una mínima referencia a las bases de fondo del Telegrama Zimmermann, destacando que (aparte de la disparidad de fuerzas), la invitación del Káiser tenía bases jurídicas a nuestro favor, Mister Clairol solamente podría aspirar a cuatro muros en vez de uno, bellamente acolchonados en la institución psiquiátrica que lo está esperando ávidamente.

Una voz de la autoridad internacional de Merkel, podría mover los indicadores bursátiles de Nueva York, hasta hacerlos parecer el electrocardiograma de un paciente con infarto al miocardio.

Bastaría que Merkel aludiera “de pasadita” a los derechos de México sobre esos territorios conquistados por la fuerza, para desquiciar toda la política interna de Estados Unidos, con mucha más eficacia que los hackers rusos  imaginarios de sus elecciones presidenciales pasadas.

Doña Angelita tiene suficientes tablas como para organizar alborotos sin alzar ni la voz; y puede cobrarle facturas mucho más costosas a los gringos, que el cuentachiles del bisoñé indescifrable exigiendo las cuotas “atrasadas” de la OTAN.

Merkel tiene autoridad política y moral sobradas como para crearles a los gringos un auténtico avispero, con solo comparar California, Nuevo México y Tejas con Kosovo y Crimea, y hacerlo además como la Chilindrina, “sin querer, queriendo”.

Con que Ángela Merkel compare el muro imaginario de Trump con el de Berlín, bastaría y sobraría para hacerle imposible la vida al ruletero (1) de Atlantic City mientras dure en la Casa Blanca.

Como mexicano, creo que la visita de Merkel en el mismísimo centenario del telegrama Zimmermann, encierra más significado en lo que está por decirse y hacerse, que en lo que ya ha sido dicho.

Hasta me imagino a doña Angelita murmurando entre dientes para sus adentros:

¡Pinche Trump; cobrándome a mí…!

Siempre será más temible una mujer prudente y sensata como Merkel, que un anciano poseído por su taxidermista y su peluquero (es decir: el tejedor de sus pelucas).

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  1.  Trump era ruletero en Atlantic City, donde tenía (¿o tiene?) algunas ruletas.

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Número 35 - Noviembre 2019
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