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Debatitis

Jueves, 29 de Septiembre 2016 - 16:30

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El Oso Travieso

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El debate presidencial en Estados Unidos nos tiene expectantes, ya que la presidencia de nuestros vecinos del norte es un asunto de relevancia.

De los muchos debates que he seguido, el más reciente me recuerda el que sostuvieron Diego Fernández de Cevallos y Andrés Manuel López Obrador, invitados por Joaquín López Dóriga a raíz de un diferendo vigente en los medios en ese momento.

El tema se centraba en lo que Andrés calificaba como enriquecimiento ilícito de Diego por unos terrenos en Acapulco conocidos como “Punta Diamante” y su actuación como colaborador de los gobiernos priístas.

El contraste de actitudes es notable: Andrés con afirmaciones viscerales, actitud irracional, cerrado a toda posibilidad de diálogo, contradicciones, mentiras y demagogia explotadora de resentimientos; Diego documentado, explícito, firme, ofreciendo pruebas de sus afirmaciones y tolerando ironías e insultos que quedaban muy lejos de afectarlo.

Mi opinión de aquel debate fue favorable a Diego, pero el postdebate, medios, encuestas y amigos me decían que Andrés había arrollado a Diego. Me preguntaba si habían visto otro debate.

La hábil manipulación de información que caracteriza a Andrés había logrado orientar a su favor la opinión pública. Llamadas masivas a los medios, orientación de encuestadores, opiniones pagadas, etc.

El debate Clinton-Trump presenta las mismas características, una señora política dueña de sí misma, controlada, informada, equilibrada, preparada para debatir contra la versión primer mundo del dictador en ciernes, explotador de resentimientos en busca del favor popular.

Me parece que el debate lo ha ganado la promotora de la Ley y el Orden, sin embargo, tengo que estar preparado para que el resultado final le sea adverso gracias al manejo de opinión que puede hacerse con los medios al alcance de Trump.

Me queda claro que más allá de las personas, lo que presenciamos es el enfrentamiento de dos culturas que compiten por subsistir en el mundo contemporáneo:

La cultura del esfuerzo, la preparación, la constancia, el prepararse, trabajar, ascender, aspirar a mejores posiciones, no perder de vista el objetivo propio, el llevar a cabo los sueños de toda una vida, la lucha por mejora continua día con día, vivir con valores en pos de la construcción de un mundo mejor.

La cultura del dinero a cualquier costo, sin principios ni valores, “tanto tienes, tanto vales”, no importa de dónde proceda el dinero, si es dinero, es bueno, pises a quien pises, robes a quien robes, mientas a quien mientas, lo único que importa es acumular bienes y posesiones, aparentar aunque no te pertenezca; difama, que algo queda; si no te reditúa no lo hagas; que mueran de hambre los que no puedan pagar, que corran riesgos, que hagan las cosas a mi gusto o al menos me dejen un pretexto para quejarme y dejar de pagarles; si me demandan les saldrá más caro, aquéllos que son capaces de vender a su madre siempre y cuando la oferta sea atractiva.

Hillary y Trump me mostraron en el debate der dignos representantes de ambas culturas y esto deja a los estadounidenses con la alternativa entre las culturas que representan.

La decisión que tomarán en sus próximas elecciones será el plebiscito de los valores. ¿podrá superar el valor económico a la verdad, la bondad, la justicia y la belleza?

Si gana el dinero me dirá el mundo que no es digno de seguirse viviendo en las condiciones en las que quedaría y como decía mi abuelita: “que Dios nos coja confesados”, la posibilidad existe. 


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Número 33 - Septiembre 2019
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