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¡De mil héroes la patria aquí es!

Viernes, 22 de Septiembre 2017 - 15:00

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Julio Chavezmontes Messner

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La puerta de nuestra habitación se abrió de golpe con un estruendo que nos dejó paralizados.

Era temprano por la mañana.

Un instante después, nos percatamos de que estaba temblando.

Encendimos el televisor para sintonizar el noticiero, cuando de pronto se interrumpió la transmisión y la pantalla quedó en blanco.

Era el 19 de septiembre de 1985.

Aquella mañana, tenía yo una cita en la X.E.W para definir los últimos detalles de un programa piloto con el locutor Claudio Lenk.

Cuando llegó a la casa mi chofer, me dijo que había visto caerse infinidad de edificios durante su trayecto, y que de seguro no íbamos a poder pasar.

Mis dos hijos eran aún muy pequeños; Julio tenía apenas dos años y Rodrigo cuatro meses de haber nacido.

Al intuir la magnitud de las consecuencias del terremoto, decidí bajar al centro de la ciudad donde la casa de mis papás, justo al lado de la Iglesia de la Sagrada Familia, en la colonia Roma, se encontraba vacía.

Al iniciar el camino hacia el centro, no se habían establecido todavía retenes ni acordonamientos, de manera que pudimos transitar sin problema hasta Orizaba y Puebla.

Después de llegar a casa de mis papás, continuamos a pie hacia Ayuntamiento.

Mientras recorríamos las calles desde la colonia Roma, pudimos apreciar la magnitud del desastre. Desde ese día abrimos en Orizaba 31 un centro de acopio y coordinación de voluntarios con la ayuda de los vecinos y de los padres de la Sagrada Familia.

Los daños presentaban a la vista una imagen abrumadora. Sobre Avenida Chapultepec, cerca de la Escuela Horacio Mann, un edificio “se salió a la calle” como si lo hubieran empujado sobre unas ruedas. ¡Se encontraba “intacto” sobre el arroyo de circulación!

Antier, aquí, lejos de México, recordamos la fecha (¡cómo olvidarla!); por eso, cuando llegaron las primeras noticias del mismo fenómeno, creímos inicialmente que se trataba de una efeméride y no de la réplica de la tragedia a 32 años de distancia.

Indudablemente, el 19 de septiembre ahora fusiona la memoria de nuestra cotidianeidad, haciéndose sentir como si todos estos años no hubieran transcurrido.

Los sismos del ’85 no fueron captados “en vivo” de la forma que esta vez se ha podido grabar a traves de los miles de teléfonos celulares que nos trajeron las imágenes de un Xochimilco convertido en “Pie de la Cuesta”, con oleaje sin precedente.

Vimos venirse abajo edificios colapsados en una implosión que pone en duda las versiones gringas de sus dichosas y cantadísimas “Torres Gemelas”.

“Presenciamos” como se dice “en tiempo real”, las escenas de miedo e impotencia; pero tambien hemos sido testigos del mismo espíritu de un pueblo con alma de Ave Fénix.

No había amainado el temblor cuando, recuperados de su sorpresa, nuestros compatriotas dispusieron el corazón y  sacaron las uñas para remover a mano los escombros y rescatar a quienes se pudiera, sin esperar la llegada de rescatistas con  instrumentos y equipos adecuados.

Todavía no se disipaba el polvo de los derrumbes, y los mexicanos ya le estaban “echando agua a los frijoles” para aliviar las inminentes necesidades de quienes habían sido afectados más gravemente.

La hospitalidad de los hermanos de patria se multiplica al son de “donde caben tres, caben cuatro”, y abren las puertas para abrazar con muros y cobijar con techos a los que han perdido los suyos.

Mi primer recuerdo de un terremoto, (como el incipiente anciano que ya soy), es del terremoto de julio de 1957; cuando se cayó el Ángel de la Independencia.

Algo que nunca olvidé del “terremoto del Ángel”, y en lo que mi padre tuvo razón, fue su referencia al multifamiliar Presidente Juárez en el extremo sur de la calle de Orizaba, en la Colonia Roma.

Todos los fines de semana cuando íbamos a la casa ¡de campo! de mis abuelitos en Churubusco, pasábamos por debajo de aquellos edificios al circular por Orizaba.

No fueron demolidos ni reforzados a raíz del sismo de 1957, y en 1985, se vinieron abajo, dándole la razón (por desgracia) a mi papá.

La casa de mis papás, (Orizaba 31) ha resistido incólume todos los terremotos del siglo XX, incluyendo el del día en que Francisco Madero hizo su entrada en la capital el 7 de junio de 1911. Aquel temblor presagiaba el cataclismo que se cernía sobre México confirmando la “profecía” del General Porfirio Díaz cuando dijo, “Maderito no sabe lo que ha hecho; ya soltó al tigre”.

Honrar la solidaridad y el valor heroico de los mexicanos no puede darse por descontado; no puede pasar desapercibido y no es un lugar común.

Para mí, como mexicano, creo que si alguien debería aprender del ejemplo que México da en circunstancias adversas como esta, es Donald Clairol Trump.

Si pusiera menos atención a su peluca sin canas, y pudiera observar y aprender del único México que existe; el México al norte y al sur del río Bravo, entendería que somos un pueblo al que los muros nos hacen “lo que le viento a Juárez”; que al son que nos toquen, bailamos; que sin tapar el sol con un dedo, sabemos ponerle buena cara al mal tiempo; que sabemos convertir las bayonetas en arados; los cascos de los soldados, en floreros; las desgracias en ocasión de consuelo y de amor reforzado.

Los mexicanos vistos en vivo a la hora de las pruebas que la vida nos pone, somos invencibles, porque somos el pueblo siempre fiel que convirtió a Juan Pablo II en el primer Papa mexicano; porque estamos unidos bajo la Virgen de Guadalupe que fue nuestra primera bandera de libertad, en aquel septiembre de 1810; porque cuando las tormentas y los sismos se nos presentan, los mexicanos, inmediatamente dejamos de pensar en el “primero yo” y nos volcamos en el "nosotros".

Somos raza que por ser de bronce, puede doblarse, pero no se quiebra.

El terremoto “conmemorativo” de antier, me hace recordar y compartir una de las muchas estrofas de nuestro amado Himno Nacional que pocos conocen y que nunca se cantan:

“Y tus templos, palacios y torres

Se derrumben con horrido estruendo;

Y sus ruinas existan diciendo

De mil héroes la patria AQUÍ ES”

México en septiembre, honra a sus hijos caídos junto a sus hijos que los emulan.

Septiembre es de la patria.

¡Viva México!

    ___________________________________________________

Dedico estas líneas a Doña Sidonia Cárdenas, de Chinameca, Morelos (mi mamá adoptiva). Ese pueblo sagrado está a escasos kilómetros de Axochiapan, que fue el epicentro del sismo de antier.

Chinameca, en lengua Náhuatl, significa (para mí), “donde palpita el corazón de México”

Foto: Héctor Tapia / Instagram: @santogallo

 


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