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Charlottesville: Estados Unidos es contradictorio por esencia

Lunes, 21 de Agosto 2017 - 15:00

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Stephanie Henaro Canales

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Lo ocurrido en Charlottesville ilustra, mediante su carga histórica y presente, que el racismo continúa presente en Estados Unidos, que “la unión” bajo la que se han constituido contiene diferentes matices, y que cuando el discurso de la intolerancia es aquel que rige la nación, esta tenderá a aumentar y a ensombrecer el futuro.

De manera histórica y precursora a los hechos que ocurrieron el pasado sábado, la importancia de Charlottesville radica en sus fuertes nexos con el origen y el desarrollo social de ese país. La ciudad es parte del Estado de Virginia, la primera de las trece colonias que mediante una peculiar conjunción de ideales y genocidios dieron origen a una potencia mundial, que al haber sido engendrada con una esencia contradictoria, ha dado pie a las fisuras que han y prometen seguirla fracturando. Tal y como se vio en la Guerra Civil.

Durante la Guerra Civil, probablamente uno de los eventos más traumáticos en la historia de Estados Unidos, Charlottesville tampoco parece haberse quedado afuera. Virginia formaba parte de los Estados Confederados, y si bien en dicha ciudad no se vivió tanta violencia como en el resto del estado, se contribuía fabricando armas, uniformes y atacando de manera constante a los afroamericanos locales. Razón por la que puede entenderse que al enterarse de la propuesta para retirar la estatua de Robert E. Lee, quien luchó en el bando de aquellos que eran favorables a la esclavitud, fuera tomada por algunos como una agresión y se convirtiera en una invitación a la violencia.

Como se puede ver, el racismo siempre ha formado parte de la historia de Estados Unidos y representa la vena de una de sus mayores fisuras. Ha existido desde sus orígenes y se ha mantenido latente, saltando siempre sobre la etnia que llega en el último barco a los costas de un país que aún mantiene la mentalidad de su isla de origen. Los indios nativo–americanos, los irlandeses, los escoceses, los italianos, los afroamericanos, los asiáticos, la comunidad LGBT, y los latinos han sido los últimos barcos de sus respectivas épocas y han mostrado las grietas de la “unión” americana, que hoy bajo el gobierno de Trump, prometen acrecentarse.

El discurso de la intolerancia encarnado por el actual presidente, ha dado paso a una efervescente intolerancia que mantiene al racismo como una de sus piedras angulares y que de expandirse lo ocurrido en Charlottesville al matiz de la construcción de un muro, pudieran a su vez generarse los suficientes muros mentales para que “la unión” “se desuna” y se dé paso a algún nuevo conflicto civil que pudiera determinar su futura historia, y que en base a los más de 1.600 grupos extremistas en el país monitoreados por el Southern Poverty Law Center (SPLC), no suena tan descabellado.

Lo ocurrido en Charlottesville, más allá de hablarnos de un acto de violencia que acabó con el saldo de un muerto y 19 heridos, nos habla de un problema de origen en la esencia contradictoria de un país que mientras sufre de conflictos étnicos latentes con el suficiente potencial para fragmentarlo, es capaz de defender a la igualdad, a la democracia y a la libertad del mundo, como si en su interior ya los hubiera consolidado, y que al estar gobernado por el discurso de la intolerancia, ésta vuelve a emerger para recordarnos nuevamente una de sus caras en donde la contradicción por esencia pudiera convertirse en la madre de otro conflicto interno cuyo objeto ya no sea lo civil, sino más bien, la civilidad.


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