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Anaya, la versión panista del lopezobradorismo

Martes, 05 de Septiembre 2017 - 17:30

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Guillermo Vázquez Handall

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Hace apenas unos pocos años, Ricardo Anaya irrumpió en la política nacional con una imagen fresca, un perfil serio, un discurso inteligente y articulado, su ascensión a los primeros planos fue meteórica.

Sin embargo, el chico maravilla, como llegó a llamársele, se contagió de esa enfermedad tan común en la clase política mexicana denominada coloquialmente ladrillitis, esa que implica marearse cuando se sube un peldaño.

Pasó de ser una promesa a convertirse en una suerte de dictador en su partido, a desarrollar una ambición desmedida por el poder que hoy lo tiene obsesionado con la candidatura presidencial.

La primera muestra de esa descomposición personal se observó mediante el aprovechamiento de su posición como presidente nacional del PAN con todas las prerrogativas que eso conlleva, para desplegar una excesiva promoción en pos de dicha nominación.

Eso lo enfrentó abiertamente con sus dos contrincantes: Margarita Zavala y Rafael Moreno Valle, situación que provocó una confrontación marcada por las acusaciones y descalificaciones, que finalmente no hacen más que dividir a los grupos al interior del partido.

Pero hasta ese momento, la lucha se circunscribía a la competencia por la postulación y aunque las formas no fueran las correctas, de alguna manera se podían entender como parte de esa misma circunstancia.

Sin embargo, hace unos meses se documentó y publicó la estancia y el costo de la residencia de su familia en la ciudad norteamericana de Atlanta, además de los viajes que realizaba todas las semanas para estar con ellos.

Esta coyuntura dio pie a una investigación respecto de su patrimonio, que recientemente publicó el periódico El Universal, donde se da cuenta de sus inversiones en bienes raíces.

Si bien es cierto que esos señalamientos no constituyen todavía la consignación de actos ilegales, la presunción de posibles actos de corrupción desataron una polémica discusión, que han acaparado la atención más allá del mundo de la clase política.

Es evidente que la intención, independientemente de su valor probatorio, era colocar a Anaya en el paquete de la corrupción, que él mismo tanto ha criticado y que incluso es la base de su discurso esencialmente en contra del régimen y de su partido el PRI. 

Lo que es un hecho es que esta estrategia, aun y cuando no llegue a alcanzar efectos legales, lo que sí logró fue sacar de sus cabales al otrora chico maravilla, quien además de hacer públicas las explicaciones respecto de la obtención de su patrimonio, luce desesperado.

El asunto es que hoy su agenda ya no está dedicada a la promoción de su imagen, sino a tener que defenderse y eso no es precisamente el mejor escenario para un precandidato.

Peor aún, que ha puesto de manifiesto su lado oscuro, porque más allá de culpar al régimen de esta campaña en su contra, en sus alocuciones Anaya empieza a parecerse cada día más a López Obrador.

Su actitud y mensaje ha cambiado de forma radical, ya no es aquel político mesurado y conciliador que fundamentaba con base en argumentos, ahora se le ve como alguien que impone y decreta, como si fuera el único dueño de la realidad.

En las diversas entrevistas que ha concedido a los medios, interrumpe a sus interlocutores porque no acepta más verdad que la suya, rehúye los señalamientos y sólo contesta lo que a él le conviene.

Pero sin lugar a dudas, el momento crucial que termina por definirlo y desnudarlo han sido las galimatías de la elección del presidente de la Mesa Directiva del Senado la República.

Como parte de su estrategia de defensa y en un mismo sentido de contraataque, Anaya pretende utilizar como una especie de moneda de cambio la designación del nuevo Fiscal General de la República.

Anaya inteta distraer la atención de su problema creando una cortina de humo, pero para ello requería del consenso de todos y cada uno de los senadores de su partido y eso sólo se logra más allá de la lealtad personal y partidista bajo una premisa fundamental: el interés colectivo.

En los círculos panistas se entendió que esta batalla era personal y considerando que varios de ellos están en abierta oposición en su contra, le arrebataron esa posición a favor del alfil calderonista Ernesto Cordero.

El escándalo protagonizado por el coordinador de la bancada panista, que llegó al grado de llamar traidor a Cordero, nos remite en igualdad de circunstancias al escenario lopezobradorista: quien no está conmigo está en mi contra.

El peor error de Anaya no es confrontar o defenderse, es precisamente el asemejarse a López Obrador porque al no existir diferencia ni contraste se coloca en la misma canasta y es evidente que no podrá vencer al tabasqueño en el terreno que mejor domina.

También porque la desunión y el rompimiento que atraviesan Morena por el tema de Ricardo Monreal y en el PAN por los exabruptos de su joven líder, a quien benefician es al PRI.


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Número 29 - Mayo 2019
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