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Amando el lastre

Martes, 15 de Agosto 2017 - 17:00

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Luisa Ruiz

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El mundo se iba a acabar en los últimos minutos del año 1999. No amanecerían los humanos empezado el 2000 porque la tecnología nos estallaría en la cara. El mundo se iba a acabar y muchos lo creyeron. Se suicidaron juntos, por ejemplo, 39 integrantes de la secta Heaven’s Gate que, adelantándose al fin del mundo abordaron una nave espacial que los llevaría, en marzo de 1997 a las puertas del cielo.

Antes y después de este suicidio masivo, ha habido muchos más alrededor del mundo, todos, en la creencia de que el mundo se acabaría y no querían ser desintegrados por una bomba, una descarga solar o un meteoro gigante.

En 1910, cuando el mundo no padecía lo que podemos ver hoy, ya estaba por terminar cuando regresara el cometa Halley, provocaría una nube de polvo cósmico que caería sobre la tierra acabando con la vida del planeta.

En 1938, quizá haya sido la histeria colectiva más aterradora y a la vez, más cómica del fin del mundo. Orson Welles narraba la Guerra de los mundos en una estación de radio, esta historia de ficción sembró pánico en los escuchas que empezaron a huir en todas direcciones en la creencia de que escaparían al fin del mundo.

O lo que sucedió en Bugarach, un pueblito en una montaña de Francia. El pueblo, de apenas 200 habitantes se vio envuelto en una invasión de histéricos que creyeron que a ese lugar llegaría una nave espacial para rescatarlos del fin del mundo. Muchos, construyeron bunkers en ese lugar para protegerse, otros solo llegaron a ser testigos de la psicosis colectiva y a desayunar tranquilamente mientras los otros esperaban ansiosamente ser rescatados por los marcianos. Mas de 40,000 visitantes dieron cuenta de la falsedad en la que cayeron. El pueblo por supuesto, vivió el mejor fin de semana económico de su historia.

Son unos de los cientos de ejemplos que existen acerca de las histerias colectivas en el tema del fin del mundo. Cada evento ha contribuido para que el comportamiento de los seres humanos siga siendo mecánico, robótico, obediente y sumiso. Y todos estos hechos han sido orquestados por los gobiernos a manera de convocatoria para agrandar el país de adorables maltratados.

El ser humano se ha acostumbrado a ser amenazado, a vivir en la incertidumbre, se ha acostumbrado a vivir en pánico. Los seres humanos ya saben vivir con piedras sobre los hombros, se sienten cómodos; al mismo tiempo, reniegan y suponen que se manifiestan y protestan, no es cierto, están enamorados de sus piedras y lastres. Esperan todos los días algo que les aplaste más, que los asuste y los haga marchar al ritmo que los poderosos quieren.

Así, los poderosos no se salvan porque arriba de ellos siempre hay alguien más y la cadena de sumisión es interminable. Todos aplastados por los pies de un gigante llamado histeria, una paranoia que solo deja bocas libres para que no dejen de gritar, ese gigante necesita seres humanos vivos, es un sádico que aplasta masoquistas y ambos, aprendieron a amarse.

No es cierto que los seres humanos busquen la paz porque no sabrían vivir en ella, serían seres agotadoramente aburridos, necesitan algo que los agobie, algo que los sacuda para poder seguir sufriendo y, además, decirlo.

La política, los medios de comunicación masiva, las redes sociales y la tecnología, conocen esa debilidad en los seres humanos y la aprovechan. Necesitan gente que olvide sus inteligencias, gente que sepa vivir pecho a tierra y que tenga voz para pedir un auxilio que no tendrá.

Quien crea que el mundo se va acabar está necesitando razones para no progresar, para no levantarse, para dejar de funcionar y quien anuncie que el mundo se va a acabar, está viendo que unos cuantos levantan sus inteligencias y eso les da miedo, por eso, las mentiras, la corrupción, los asesinatos y las noticias sensacionalistas a diez por segundo. Es necesario para el poder, seguir bombardeando al pueblo con toda clase de noticias, una que otra buena para que agarren fuerza, solo una bocanada de aire antes de ser aplastados de nuevo.

Los sucesos de caño en el gobierno son tantos y pasan tan rápido que es imposible darle seguimiento a uno solo para levantar la voz, protestar, denunciar y levantarse. La forma de gobierno, la gente que ocupa esas sillas y las leyes maltrechas son una trampa para coyotes. Cada vez menos gente se atreve o quiere meterse en la maraña, empieza a dar flojera y la indiferencia también somete. Algunas inteligencias están de pie y no son una amenaza para el gobierno, el gobierno solo se ocupa de la multitud para que no se levante.

Se han olvidado los poderosos del mundo, que ellos también son seres humanos, son mortales y no están exentos del fin de su propio mundo cuando les ataque la soledad, el menosprecio en solitario, la indiferencia y el silencio, con más suerte, la pobreza y el hambre que los guíe al suicidio.

El fin del mundo sucede todos los días, todas las noches. El mundo se acaba para quien se muere, para quien se rinde. Para los arrastrados, agachados, sumisos y conformistas, el mundo se acabó cuando se enamoraron de sus piedras y del pie de gigante que los aplasta.

Hasta que el ser humano deje de amar su lastre, se quite las piedras de los hombros y vea que el pie del gigante no es sino su pensamiento destructivo, será cuando, aunque caiga un meteoro, se levante, se sacuda el polvo de la cabeza y empiece a funcionar por sí solo sin perseguir al redil, y como esto no ha sucedido a lo largo de la historia, es muy poco probable que suceda hoy.


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