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Ajustar la rueca

Lunes, 19 de Agosto 2019 - 13:05

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María del Carmen Maqueo Garza

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Una ciudad limpia no es la que más se barre, sino la que menos se ensucia.
Sabiduría popular

 

El escenario es caótico: múltiples pintas con aerosol de distintos colores exhiben leyendas de protesta contra varones y contra gobernantes. Las que se realizaron en el basamento del Ángel de la Independencia, imprimen a la majestuosa Avenida Reforma un aspecto deplorable. De igual manera hacen las que cubren fachadas de edificios sobre la misma arteria, así como en instalaciones del metro.

La manifestación del pasado viernes 16 en la Ciudad de México, quedó señalada de esta y muchas otras formas: daño patrimonial a empresas de la iniciativa privada que nada tienen que ver con el problema original. Agresión en contra de diversos personajes: varones, comunicadores y mujeres policías.

En casa tenemos una diferencia de opiniones. Mi hija de 29 años apoya a las manifestantes, argumentando que las cifras que arroja la inseguridad en diversas ciudades de México son alarmantes. Que no es posible cruzarse de brazos ante situaciones terribles al absurdo, como ir a la tienda de conveniencia por una barra de fruta, y nunca regresar. Lamenta el riesgo para cualquier chica de desaparecer, ser violentada, y que su cuerpo se localice tres días después en un canal de desagüe. Son crímenes que, además de terminar con una vida, mandan el mensaje de que la mujer no vale nada, lo que provoca en ella lógica indignación.

Entiendo su inconformidad.  Debemos reconocer que el sistema viene siendo incompetente, para prevenir y atender este tipo de atentados.  Lo más terrible es que nosotros, como sociedad, hemos caído en un perverso acostumbramiento, ya no percibimos en la debida dimensión lo que significa la muerte de un ser humano. Nos hemos vuelto indiferentes ante los hechos, y pareciera que nos duele más la muerte del gato de la vecina, que el asesinato con saña, de una madre soltera del estado de México, que salió a trabajar y nunca volvió.

A diferencia de mi hija, yo pienso que los feminicidios no son el problema, sino signo de una enfermedad más profunda. Cierto, el gobierno debe mostrar mayor eficacia en el control de actos que atentan contra la integridad y la vida, pero no es el responsable último de lo que ocurre. Con mostrarse más atinado en su función de ordenamiento público, los feminicidios no van a desaparecer. Colocar un uniformado en cada esquina, para nada es la solución.

El núcleo de la violencia en el ser humano se gesta desde su formación dentro del hogar. Sería absurdo suponer que los jóvenes salen de su entorno familiar con las emociones en orden, y es afuera donde se les desordenan, para encaminarlos a emprender acciones delictivas terribles.  Este es el pensamiento que lleva a responsabilizar al sistema por los homicidios.

La violencia contra la mujer no es nueva ni exclusiva de nuestro país.  Desde el sistema patriarcal de la antigüedad, el trato al género femenino ha sido distinto al del masculino. Para algunas culturas la mujer está en franca desventaja desde el nacimiento. Se le considera moneda de cambio, o –como sucede entre los musulmanes-, se reconoce el derecho del varón para someter, mutilar, lapidar y hasta matar a su mujer en ciertos casos. Con el avance de la civilización sería de esperarse que esas prácticas desaparecieran, lo que –por desgracia- no ha ocurrido.  Sigue existiendo violencia en contra de niñas: asesinato al nacer, por razón de su sexo; mutilación genital, golpes o humillación del esposo o padre, y lo que se conoce entre los musulmanes como “baad”, el ofrecimiento por parte del padre, de una hija para esposa o sirvienta, como solución a un conflicto tribal o familiar.

En México no cantamos mal las rancheras, como dice el refrán. El índice de violaciones de menores es elevado.  En la comisión del Senado de la República, del pasado día 15, se revelaron cifras preocupantes respecto a violación de menores. Cierto, no es un delito exclusivo contra niñas, pero sí hay que señalar que una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños, sufren violación antes de cumplir la mayoría de edad.

Vale la pena detenernos a analizar estos dos problemas emparentados entre sí, para darnos cuenta de que la violencia de allá afuera es producto del fallo en la formación humana aquí adentro, en el seno del hogar. Que si a un niño se le enseña –tantas veces por vía del ejemplo— que ante un conflicto no se negocia sino se ataca. O a no respetar el orden. Cuando omitimos capacitarlo para contener sus impulsos, el resultado final será más violencia, ya sea física o sexual.  Los padres hemos de darnos tiempo para enseñar a los niños a ser tolerantes ante la frustración, demostrar que lo que no sale a la primera habrá que repetirlo una, dos y tres veces, hasta obtener el resultado deseado.  Ahora bien, en hogares donde se acalla el aburrimiento creador colocando frente al niño una pantalla, se aborta el desarrollo del autoconocimiento, indispensable para amar la vida. El niño no aprende a sentirse bien consigo mismo, a disfrutar su soledad, de modo que irá tras aquello o aquellos que supone –desde su baja autoestima—, le proveerán de elementos para el disfrute.

Aplaudo el valor de las manifestantes, no el método violento que en nada las hace distintas de sus agresores.  Menos aún cuando una madre expone a su menor hija llevándola a la marcha, como se evidencia en una de las capturas en video. No hay allá afuera una razón que justifique arriesgar así a un hijo. Sus prioridades andan tergiversadas.

Militarizar el país jamás será la solución al problema de la violencia. Con un enfoque científico habrá que volver la vista al hogar, ahí donde reside el núcleo generador de las conductas sociales. Ajustar la rueca en la cual se devanan de origen los hilos del comportamiento, para así lograr un cambio verdadero.


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Número 33 - Septiembre 2019
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