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¿Agonizan los partidos?

Jueves, 08 de Enero 2015 - 17:30

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Jaime Guerrero Vázquez

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Una mirada detenida a la prensa mexicana fácilmente concluye que los partidos están fuertemente desprestigiados. Este no es un fenómeno reciente, lleva años midiéndose en diferentes encuestas. El desprestigio afecta de manera diferencial a los partidos. El PRI sigue siendo equivalente al demonio en amplios círculos sociales. Basta hacer un reconocimiento al PRI o a Peña Nieto por alguna medida para que más de un oyente tuerza la boca o responda acremente, las más de las veces de lo profundo del hígado, no del cerebro. Su pasado lo alcanza en todas partes.

PRD y PAN eran, hasta hace poco más de una década, partidos más o menos presentables, pero los escándalos, la corrupción, la ineficacia, las divisiones y la falta de proyecto político han minado su credibilidad. De los otros, mejor ni hablar, verdes, naranjas, rojos son propiedad de familias, o grupos identificados plenamente. MORENA nace como un partido de una sola voz, la de López Obrador, un líder carismático e inteligente que está más cerca del mesianismo que de una propuesta sólida de gobierno.

Los partidos políticos viven una crisis, pero están recibiendo ayuda para mantenerse con vida artificial, digamos. El PRD de parte de sus gobiernos locales y legisladores, el PAN vivió del gobierno de Calderón y ahora es igual que el PRD. El PRI del propio gobierno federal. Todos ellos del INE y los miles de millones de pesos que les otorgan. También de una legislación que dificulta otras vías, como las candidaturas independientes o la reelección libre. Ambas figuras existen, pero están acotadas por una serie de mecanismos para garantizar la preminencia de los partidos existentes. Otro tanto pasa para la creación de nuevos partidos políticos; se requieren millones de pesos y pactar con grupos de interés locales.

Mientras todas estas ayudas lleguen a los partidos, estos seguirán viviendo una cómoda vida artificial, sin importar su falta de eficacia social y política. Este descrédito de los partidos explica en buena medida el por qué muchos ciudadanos de todas las edades se inclinan a la negatividad política, al caudillismo (en beneficio de AMLO) o al cinismo. Otros, buscan formas radicales de expresión.

No hay forma de cambiar el sistema si no hay un cambio en la forma en que los ciudadanos accedemos a él. Hay que facilitar la creación de organizaciones políticas que puedan participar en elecciones locales, regionales o nacionales; facilitar el acceso a las candidaturas independientes y a la reelección; disminuir radicalmente el monto de recursos que se les da a los partidos; fiscalizar sueldos a los militantes que ocupan cargos, etc.

Si no logramos este cambio (y otros) veremos a los partidos como entidades extrañas y corruptas y no como vehículos de participación ciudadana. 


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Número 33 - Septiembre 2019
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