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A diferencia de “El monje que vendió su Ferrari”, el Procurador Cervantes lo emplacó en Morelos para no pagar tenencia

Jueves, 07 de Septiembre 2017 - 15:00

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Venus Rey Jr.

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Hay un libro que tuvo bastante éxito hace algunos años: “El monje que vendió su Ferrari”, de Robin Sharma. Trata de un abogado muy exitoso –casi tan exitoso como Raúl Cervantes– que tiene todo en la vida: fama, dinero, reconocimiento público, poder, mujeres y todo lo que usted diga y mande. Vive en la frivolidad. Pero un día sufre un infarto y todo cambia. Se transforma espiritualmente y termina deshaciéndose de su Ferrari.

No es delito ganar mucho dinero. Tampoco es delito comprar autos de lujo si uno tiene ese dinero. Si uno es estrella de Hollywood, campeón mundial de boxeo o súper astro del Real Madrid, vale. Pero una persona que pretende ser Fiscal General por un largo periodo de nueve años, ¿debería tener un Ferrari?

Tener un Ferrari no es simplemente tener un auto de lujo. Tener un Ferrari significa estar en la élite mundial. La armadora italiana tiene la política de no ensamblar más de nueve mil automóviles por año. Desde que inició operaciones, hace más de seis décadas, la fábrica ha producido unos 130 mil vehículos. Los propietarios de Ferraris representan el .0017 de la población mundial. O sea, estamos hablando de los más afortunados entre los más afortunados del mundo. Raúl Cervantes es una de estas personas.

El punto no es si es bueno o malo adquirir un Ferrari. Si alguien tiene suficiente dinero, es muy su decisión comprarlo o no. No faltarán los Savoranolas que quieran encender la hoguera de las vanidades. No se trata de eso. Qué bueno que haya gente con el poder económico para tener un Ferrari. Raúl Cervantes tiene para eso y más.

La pregunta es si alguien que pretende ser el Fiscal General de una nación debería tener un Ferrari. Yo creo que una persona que posee esa clase de lujos quizá no sea la más calificada para ser Fiscal General. Podría esgrimirse el argumento de que alguien con tanto dinero no caería en la corrupción, pues siendo la corrupción fuente de riqueza, y siendo la persona muy rica, la corrupción no tendría poder sobre ella. Pero esto es una falacia.

Lo que la gente consume y posee revela mucho de su personalidad. Quienes consumen y poseen bienes fastuosos se revelan como amantes del fasto y del lujo. El perfil de un Fiscal General debería ser muy diferente: una persona austera, moralmente intachable y experto en el derecho. Alguien con un perfil diferente no debería ser Fiscal; ahora que si ese alguien-que no-debería-ser-Fiscal puede comprarse diez Ferraris, adelante: como decía Dirty Harry: “Go ahead, make my day!”

Raúl Cervantes, que tiene un Ferrari, no puede ser una persona austera. Tampoco es intachable, pues cometió fraude fiscal en contra de la Ciudad de México el registrar su unidad en Morelos, con el único fin de no pagar tenencia. Es decir, el que pretende ser Fiscal General está incurriendo en un acto de corrupción. Sus representantes dicen que se trató de un “error administrativo” y que fue culpa de la agencia de automóviles. Qué bueno que ya se dieron cuenta: seguramente enmendarán el “error”. Pero, a diferencia del abogado del libro, este otro abogado que se llama Raúl Cervantes no venderá su Ferrari. Y si lo hace, será para comprarse otro mejor.

El PRI no acaba de entender que si no cambia su estrategia va a perder. Insistir en que Raúl Cervantes sea el Fiscal General es tan contraproducente como sostener a como dé lugar a Gerardo Ruiz Esparza en la SCT o haber asignado a Virgilio Andrade la investigación de la Casa Blanca. Parece chiste, pero es verdad.

Después del penoso caso del Ferrari y de la muy efusiva ofensiva de Ricardo Anaya y el PAN en contra del llamado #FiscalCarnal, yo creo que el PRI tendrá forzosamente que recular.


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