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Montañas flotantes

Además de ser destino turístico y espiritual de toda la clase media de occidente, el estado de Guerrero y Nepal tienen otras cosas en común.

Al igual que Guerrero, Nepal se encuentra en una zona que podríamos llamar, con algunas libertades literario-geológicas, costera. Como la de casi todo el Pacífico mexicano, la costa de Guerrero es la frontera entre dos grandes masas de la corteza terrestre que chocan entre sí. Aunque sin mar de por medio Nepal se encuentra en una situación similar.

En la costa acapulqueña la placa de Cocos se hunde por debajo de la placa de Norteamérica sobre la que estamos usted y yo estimado lector. En el caso de la costa nepalí las placas de Eurasia e Índica se estrellan entre sí pero ninguna de las dos cede y el resultado es que se arrugan como una alfombra que al moverla choca con la pared. La cordillera del Himalaya es precisamente consecuencia de esos plegamientos.

Al primero que se le ocurrió seriamente el movimiento de los continentes fue a Frank Bursley Taylor, aunque fue poco más tarde en 1912 cuando un meteorólogo alemán llamado Alfred Wegener, propuso una teoría parecida sobre la formación de los continentes pero recabando evidencia. Por ejemplo la forma en que encajan los contornos de África y Sudamérica, los fósiles y el tipo de material geológico en ambos lados del Atlántico y otras más. Para 1915 Wegener publicó un libro detallando su idea del movimiento de las masas continentales. Hay que decir que el libro estuvo lejos de romper algún record de ventas. De hecho fue un fracaso absoluto tal vez porque en plena Primera Guerra Mundial un texto en alemán escrito por un meteorólogo que cuestionaba la geología dominada por los ingleses resultaba poco sexi hasta para los geólogos.

Que inmensas masas de roca con ciudades, montañas y valles anduvieran moviéndose sonaba tan disparatado que hasta Albert Einstein llegó a escribir en su contra. Con el tiempo las evidencias se acumularon y para finales de los años sesenta la Tectónica de Placas era un hecho natural incuestionable.

Las placas tectónicas han chocado y se han fragmentado durante millones de años de la misma manera en que lo hace la nata cuando se hierve leche. La leche caliente sube y se enfría ligeramente en la superficie y por lo tanto se hace más densa yéndose de nuevo al fondo y dejando el lugar a la leche más caliente que sigue subiendo. Este movimiento hace que la nata se rompa y los pedazos se muevan y arruguen. En la corteza terrestre pasa lo mismo pero lo que hierve bajo nuestros pies es el magma, millones de toneladas de roca fundida que hacen chocar a los inmensos fragmentos de corteza terrestre que llamamos placas tectónicas y que flotan en él.

Así que una placa empuja, otra ofrece resistencia y el resultado es que de vez en cuando sobreviene un terremoto. No lo parece pero todos los días tiembla, en México y en Katmandú, pero se trata de sismos de menos de 4 grados Richter.

La escala Richter se llama así por Charles Richter, quien la propuso junto con Beno Gutemberg del que ya nadie se acuerda. Se trata de una escala logarítmica para definir el efecto de un terremoto. Logarítmico significa en este caso que un temblor de magnitud 2 no es el doble que uno de magnitud 1, sino mucho más.

Un temblor de 6 grados equivale a la energía desatada por una explosión nuclear como la de Hiroshima pero uno de 7, 900 veces más energía. Desde que se iniciaron las mediciones el terremoto de mayor magnitud ha sido frente las costas de Chile en 1960 con una intensidad de 9.5 grados. Aún sin haber sido medido, el sismo más destructivo del que se sepa fue el de Lisboa en 1755, que duró siete minutos y con tres réplicas de más de 9 grados Richter.

Sismos mayores de 7 grados hay aproximadamente 18 al año en el mundo. No sabemos de ellos porque se dan en zonas despobladas o en el mar. Los terremotos se convierten en desastres naturales cuando afectan a poblaciones humanas lo cual es más factible si además de habitar encima de la unión de dos placas se vive en condiciones como las de Nepal o Guerrero. Con toda la espiritualidad y buena vibra que se respira en los Himalaya, el Banco Mundial indica que en Nepal el promedio de ingreso diario por persona es menos de dos dólares; el de México es de más de 27 dólares diarios. Claro que en Guerrero la situación es peor con poco más de 13 según el INEGI. La OIT reporta en Nepal casi dos millones y medio de personas en su mayoría mujeres y niñas semi esclavizadas. Más de un millón de niños traficados, de los cuales casi la mitad con fines sexuales. Entre estos la prevalencia de VIH es de las más altas con 43% según un estudio internacional de 2008. Quizá no está de más revalorar el lado espiritual del acapulcazo chilango que cada Semana Santa invade el bello y telúrico puerto de Acapulco. World Education calcula que 40% de los niños nepalíes trabaja incluyendo casi 30 mil en ladrilleras. Tal vez por eso los nepalíes sacrifican medio millón de piezas de ganado al dios Gadhimai solicitando mejor fortuna cada cinco años. Y en una de esas fueron escuchados porque pudo ser mucho peor lo que ha ocurrido. Brian Tucker el presidente de GeoHazards, una organización dedicada al monitoreo y prevención de sismos, declaró al periódico británico The Guardian que sus cálculos indicaban que si en Nepal ocurriera un terremoto de alrededor de 8 grados Richter podrían morir más de cuarenta mil personas. Seguirá temblando en Nepal y en México y ni toda la ciencia y la tecnología evitarán el sufrimiento si no cambiamos el desastre social existente. Cambiarlo requiere la misma tenacidad y constancia que levantó el Himalaya; no es fácil pero es posible.

Fecha: 
Jueves, 30 de Abril 2015 - 16:30
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Nepal: El otro terremoto…

El miedo a las réplicas, el deterioro del sueño, la poca comida, la lentitud de servicios médicos y, peor aún, la FALTA DE AGUA POTABLE, sin contar con el DOLOR de la pérdida de los seres queridos, hace complicado y difícil vivir -y sobrevivir- los días siguientes a un desastre natural.

¡Sí!, los mexicanos conocemos de esto, sabemos cuando la tristeza invade el alma, la desolación aparece y el miedo se apodera de nosotros y, junto con la ira, amenaza en convertirse en el siguiente gran terremoto. Entonces todo se obscurece…

Nepal está sufriendo este desastre natural, como es ya conocido. El sábado 25 de abril sacudió a este país un terremoto de 7.8 grados Richter. Las características geográficas de Nepal son en gran medida montañosas, lo cual agrava la situación para que la ayuda llegue de forma fluida a la población necesitada.

La prontitud, eficiencia y sensibilidad con la cual las autoridades actúen en este tipo de situaciones es de vital importancia. Los ciudadanos lastimados, desde todos los ángulos –físico, mental, emocional, espiritual- esperan de su gobierno acciones prontas y específicas para salir de esa pesadilla, que puede convertirse en un infierno de grandes proporciones.

Caminar por la zona de desastre sólo angustia más, hace patente la fragilidad de la vida, de la vida propia y la de quienes amamos. Hoy estamos aquí, mañana quién sabe. El estrés que se vive está al máximo, la alerta constante mantiene la adrenalina al tope. ¡¿Cómo tranquilizarse, si apenas se puede respirar?!

Dicen los estudiosos de la tanatología: es sano vivir la pérdida, pues al procesar el duelo la persona podrá recuperarse con más rapidez. Sin embargo, en estos casos donde las pérdidas se generan con tanta rapidez, se suman una tras otra y los afectados se cuentan por miles, es importante la intervención del estado para que, éstas, sean procesadas de la manera más adecuada para quienes están sufriendo.

 Conforme pasen los días –lo sabemos- la situación se irá agudizando. Enfrentarán desabasto de comida, de medicamentos y se agudizará la ausencia de los servicios públicos básicos  -luz, agua, medicinas-. Por otro lado, las personas seguirán buscando a sus familiares perdidos. Recordemos: más ira, más miedo, más negación y, para estos momentos, la desesperación en sus más altos niveles: la zona del siniestro se vuelve un caos.

El duelo, de acuerdo con Elizabeth Kübler Ross –La madre de la tanatología moderna- son: Negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Estas etapas se pueden recorrer seguidas o en forma indistinta.  Si tomamos en cuenta estas fases, más la situación de caos dentro del cual intenta reaccionar un país después de un desastre de grandes magnitudes, es comprensible las acciones desesperadas vividas en dichos momentos.

Las imágenes que solemos ver en los medios masivos, de personas entrando a los supermercados a tomar comida, sólo indican la desesperación, y la desesperanza, de quienes están viviendo este desastre.

Por otra parte, muchos desastres naturales nos enfrentan a una angustiosa situación, no tenemos un cuerpo sobre el cual llorar. Si no vemos el cuerpo es más difícil de aceptar la dura realidad. ¿A quién llorar? ¿Y si todavía está vivo? ¿Y si perdió la memoria y anda deambulando por ahí sola y en peligro? ¿Y si está mal herido o inválida y no hay quien cuide de su persona?

Un desastre natural, como su nombre lo indica, es un DESASTRE. En más de un aspecto el país se ve afectado. La población sufre un parálisis gubernamental porque el gobierno muchas veces queda en pausa mientras se organiza y atiende los aspectos más apremiantes, según el caso. También recordemos, al igual que nosotros, los funcionarios son seres humanos.   

En México hemos vivido muchos desastres que nos han impacto hasta fondo del corazón, desde el terremoto del ´85 hasta los huracanes, entre ellos Manuel, en el Pacífico. Los mexicanos hemos contado con una gran esperanza: la SOLIDARIDAD en apoyo de quienes más lo necesitan en esos momentos.  

Nepal es, hoy, un país hundido en la desgracia y requiere tanto de la ayuda internacional como de la individual. Sus pobladores necesitan una mano amiga para sostenerse en medio de tanta tristeza y obscuridad, para respirar ese aire que parece escaparse, cuando nos invade el pesar.

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Fecha: 
Jueves, 30 de Abril 2015 - 14:00
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