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La reunión matutina de seguridad, ¿para qué sirve?

Jueves, 29 de Agosto 2019 - 12:55

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Eduardo Ruíz-Healy

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La herencia que le dejó Felipe Calderón a los mexicanos es la sangrienta guerra contra la delincuencia, la que decidió declarar para legitimarse en un cargo que ganó por escaso margen y tratar de ser aceptado por el casi 66% de los electores que no votaron por él. También, porque creía que debía impedir que las drogas llegaran a manos de los jóvenes, aunque para lograrlo fuera necesario recurrir a la violencia extrema y, como se dice, comenta y rumora, hasta a las desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales.

Muchos le advertimos a principios de 2007 que su guerra fracasaría, que las fuerzas armadas y policías no estaban preparadas para ella, que su estrategia ignoraba la ley de la oferta y la demanda, que el consumo y adicción a las drogas es un problema de salud pública, que era mejor legalizar y regular la producción de las drogas, empezando por la mariguana. No escuchó porque para él las drogas son casi un instrumento de diablo, olvidándose que las más letales, el alcohol y el tabaco, se venden libremente.

Su decisión acabó con una tendencia a la baja en la tasa de homicidios que empezó en 2000 al descender a 11.02 de los 12.8 registrada en 1999.

La tasa siguió descendiendo durante el gobierno de Vicente Fox: a 10.4 en 2001, a 10.05 en 2002, a 9.92 en 2003, a 9.04 en 2004. En 2005 y 2006 se elevó ligeramente a 9.49 y 9.89. En 2007 cayó a 8.24, la tasa más baja desde 1931.

En 2008, después del primer año de la guerra calderonista, la tasa se disparó a 12.83. Y siguió aumentando: a 17.88 en 2009, 22.93 en 2010, 23.88 en 2011.

De 2012 a 2014 la tasa de nuevo descendió. A 22.47 en 2012, a 19.68 en 2013 y a 16.95 en 2014. Cifras sumamente elevadas pero eso no impidió que en su último año de gobierno Calderón presumiera que estaba funcionando su estrategia mientras que su sucesor, Enrique Peña Nieto, también alardeó que estrategia contra la delincuencia estaba rindiendo frutos.

A partir de 2015 volvieron a aumentar las tasas. A 17.37 en 2015, a 20.29 en 2016, a 25.97 en 2017, a 28.70 en 2018.

Todas estas tasas incluyen homicidios dolosos y culposos.

Lantia Consultores ha calculado las tasas de 2007 a 2018 excluyendo las muertes derivadas de la guerra contra la delincuencia. Son sensiblemente menores a las arriba anotadas: 5.61 en 2007, 6.57 en 2008, 9.20 en 2009, 9.33 en 2010, 8.97 en 2011, 9.59 en 2012 y de 2013 a 2018 ha variado entre 10.0 y 10.9.

Es decir, las altas tasas que hoy padecemos tal vez no se hubieran alcanzado sin la funesta guerra contra el narco y la delincuencia organizada.

Medido por el número de asesinatos u homicidios dolosos que se han perpetrado desde 2008, la guerra contra la delincuencia organizada ha resultado ser un absoluto fracaso. El número de asesinatos desde diciembre de 2006 a diciembre de 2018 varía; según la fuente que se consulte, son entre 125 000 y 250 000.

Hace unos días se dieron a conocer las estadísticas delincuenciales para el mes de julio y todo indica que 2019 será el año en que se romperán los récords de homicidios, robos, secuestros y cada todos los demás delitos.

Ante esta realidad me pregunto: ¿para qué sirve la reunión diaria del gabinete de seguridad en Palacio Nacional?
 

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Número 35 - Noviembre 2019
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