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Cartas a Tora CXXXVI

Querida Tora:

Hoy te voy a contar una historia que ocurrió con unos inquilinos de la vecindad. Ha salido hasta en los noticieros. Algunos la han calificado de “historia de éxito”, o han llamado a la protagonista “La Dama del Metro”; otros dijeron que era “una vergüenza para las mujeres”. Pero no te dejes influenciar por esas opiniones. Juzga tu.

La muchacha del 43 estaba desesperada por la pobreza en que vivía toda la familia, y quería encontrar la forma de ganar dinero. Sus dos hermanas mayores ya trabajaban: una en el hotel de aquí junto y otra en el de a la vuelta. Ella no quería seguir ese camino, y decidió irse a trabajar al Metro. Empezó por vender dulces, pero con  eso no sacaba ni para su plato diario de frijoles. Luego vendió audífonos, corta-uñas, plumas, libros “para ayudar a los niños en sus tareas”, y no se cuántas cosas más. El resultado fue similar. Se le ocurrió ponerse a cantar. Grabó unas pistas con la música de tres canciones, y se lanzó de cantante. Tiene una voz muy chiquita, pero más o menos armoniosa; y con los altavoces, se la oía en todo el vagón. Sacó un poco más, pero no le alcanzaba para comprarse los vestidos y los zapatos que ambicionaba.

Por fin, tuvo un golpe de suerte. Una vez que iba dando el “do” de pecho (Porque de eso tiene mucho), el Metro tuvo que frenar repentinamente y con brusquedad. La muchacha salió lanzada, y fue a dar a las piernas de un señor muy serio, de cierta edad, que iba leyendo su periódico. Los dos quedaron sorprendidos, confundidos, y por un momento permanecieron como estaban. Pero entonces, una señora que iba frente a ellos gritó “Orale, viejo cochino, deje a la muchacha en paz, o le juro que se va a arrepentir”; y sacó de su bolsa la mano del metate con ademán amenazador. La muchacha se levantó rápidamente, y el señor enrojeció hasta la punta de las canas; y los dos se bajaron  en la primera estación (Cada uno por su lado), para evitar que la gente murmurara.

Pero eso le dió a la chica una idea. Y la próxima vez que se subió al Metro, en un momento en que nadie la miraba se sentó en las piernas de un señor que parecía respetable y le dijo en voz baja “Si no coopera, lo denuncio en la primera estación”. El caballero aquel se estremeció y le dio un billete de veinte pesos (Mucho más de lo que ella ganaba vendiendo tres cajas de dulces, que le tomaba dos o tres horas de vocear la mercancía). Como le salió bien, la muchacha repitió la maniobra (En otro vagón, claro), escogiendo siempre a caballeros de edad, de preferencia que vistieran saco y corbata, que son los más anticuados y los más penosos. Con los jóvenes no, porque los jóvenes (Además de llevar menos dinero), a veces querían aprovecharse (Aunque fuera unos segundos, que los hay con hambre).

No sabes qué bien le fue. Empezó a vestir mejor (Fuera de las horas de trabajo); y para el Metro se compró varios uniformes escolares, a fin de verse más vulnerable. Pronto sacó a sus hermanas de trabajar en los hoteles, y se las llevó al Metro. A ellas también les fue bien, y como tenían mucha habilidad para mover las diferentes partes de su anatomía, ponían a los caballeros los pelos de punta. A uno le causaron un infarto, aunque nadie se dio cuenta hasta que llegó a su casa y cayó fulminado Pero lo atribuyeron a su edad (80 y pico), y nadie les reclamó.

Ahora ya tienen hasta coche; y la madre, que antes andaba pidiendo a las  vecinas “un poquito de sopa para completar la comida” entra a la vecindad mirando al cielo, para no tener que saludar a nadie. Una de las hermanas (La mediana) se fue a trabajar al Metrobús porque le parece “un poquito más elegante”. La mayor se casó con  una de sus víctimas, porque le dio tal meneíto que el señor no quiso perdérselo ya en los pocos años que le quedaban de vida. Y la chava sigue trabajando con dedicación y entusiasmo. Pero desde que la entrevistaron  en televisión la reconocen en cuanto se sube al Metro, y eso la limita un  poco; pero ella es muy emprendedora, y ha aprendido a maquillarse y a usar pelucas para parecer otra.

¿Qué te parece? No niego que tiene su mérito, que ha sabido aprovechar las flaquezas de los demás para lucrar; pero a mi no me acaba de gustar lo que hace. ¿Qué dirán sus hijas (Si es que las tiene, porque es un poco floja) cuando se enteren de lo que hacía su madre? Pero eso no nos interesa. Opina. Di algo. No te quedes ahí pasmada.

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 14 de Junio 2019 - 13:15
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Fecha B: 
Viernes, 14 de Junio 2019 - 15:30
Fecha C: 
Sábado, 15 de Junio 2019 - 04:30
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¡Milagro! ¡Milagro! ¡Ha ocurrido un milagro!

Así podrían gritar muchos al enterarse que Jesús Ubando López, Juez Trigésimo Segundo de lo Penal con sede en el Reclusorio Preventivo Sur del Distrito Federal, dictó auto de formal prisión contra un anarquista llamado Fernando "N", quien está acusado de incendiar, junto con otros individuos, la estación Ciudad Universitaria del Metrobús y un camión de ese sistema de transporte, el 5 de noviembre pasado.

Y vaya que es un milagro lo que ocurrió en el Juzgado 32 a cargo de Ubando López, porque la realidad es que en este país no es delito grave quemar edificios públicos, saquear comercios, incendiar vehículos, secuestrar autobuses, apoderarse de las casetas de cobro de carreteras de cuota, robarse la gasolina o el diesel de las pipas, golpear a policías armados solo con un escudo, apoderarse violentamente de escuelas públicas, bloquear aeropuertos, carreteras y calles, mutilar monumentos históricos o incendiar puertas del Palacio Nacional, entre otros crímenes que se cometen con absoluta impunidad.

Quienes realizan tales actos contra la propiedad pública y privada agreden de alguna manera a los millones de mexicanos que directa o indirectamente pagamos el costo de su violencia. Sus delitos nos hacen perder horas de nuestras vidas, afectan nuestros ingresos y los de las empresas, sobre todo las más pequeñas, desvían nuestros impuestos a reparar lo que destruyen.

Increíblemente, hay quienes defienden las acciones de estos delincuentes alegando que los daños que causan son infinitamente menores a los que han ocasionado u ocasionan los miles de funcionarios y políticos corruptos que desde siempre han visto la riqueza de nuestro país y los impuestos que pagamos como un  botín, que han actuado pensando primero en ellos y, tal vez, después en el país, que han tomado decisiones equivocadas que han resultado en varias quiebras económicas y el eterno subdesarrollo nacional.

Estos defensores de quienes violan la ley con absoluta impunidad afirman que primero deberían ser sometidos a juicio los funcionarios y líderes sindicales que se han vuelto millonarios abusando de sus cargos y poder. Preguntan, por ejemplo: “¿Quién es peor, el que quema un camión o un gobernante coludido con la delincuencia organizada? ¿el que bloquea calles o el gobernante que endeuda durante décadas a su país, estado o municipio? ¿el que saquea una tienda de conveniencia o el que saquea la tesorería pública? ¿el que ilegalmente cobra el peaje de una carretera o el funcionario que despilfarra nuestros impuestos?

La verdad es que ambos son funestos y ambos deberían responder por sus actos u omisiones. El problema es que en nuestro país es verdaderamente raro que uno o el otro tengan que enfrentar la acción de la justicia.

Por eso, muchos exclamarán que es un milagro lo que ocurrió en el Juzgado 32. Personalmente no creo que ocurrió algo sobrenatural en este caso. Simple y sencillamente falló el sistema que otorga impunidad al 99% de los pillos mexicanos. Alguien se equivocó en ese juzgado.

Foto: seguridadnacionalhoy.com

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Fecha: 
Jueves, 13 de Noviembre 2014 - 12:00
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