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memorias

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¿Podremos reconciliarnos?

En lo que a deporte se refiere, la segunda mayor rivalidad que tenemos es la de IPN-UNAM, sólo por debajo de Chivas-América, y su típica expresión se da en el Futbol Americano.

La mejor época de este deporte se dio en los tempranos 70's cuando cada casa de estudios tuvo tres equipos en la liga mayor y todos se esforzaban por ser altamente competitivos, quienes presentaban su selección como equipo regular, quienes becaban jugadores extranjeros, quienes se preparaban en USA, o traían entrenadores de allá, etc.

La liga llegó a ser tan pareja que el menos bueno de los equipos de la UNAM llegó a vencer al Tec de Monterrey con sus importados. Fue un gran momento al que le faltó la visión comercial que garantizara crecimiento, negocio y permanencia. Los dirigentes de hoy desperdician ese instrumento con caprichitos como “ya no juego contigo porque siempre me ganas”.

La final de 1973 fue un duelo IPN-UNAM –Águilas Blancas vs. Águilas Reales– con tintes dramáticos.

Los politos habían concentrado su selección del año anterior en Águilas Blancas; tenían convenio con la Universidad de Carolina del Norte para asesoría y capacitación; habían ganado partidos de preparación allá; su pateador admiraba a propios y extraños y llegaban a la final con la moral altísima al  vencer a sus odiados enemigos Pieles Rojas ex politos.

Por su parte los Águilas Reales coronaban sus años de esfuerzos por ser el mejor equipo de la UNAM: al fin habían dejado en el camino a sus famosos hermanos, los Cóndores, pero el precio era muy elevado: el jugador número 50, Francisco Escobedo Aguirre había fallecido el miércoles anterior al romperse un aneurisma en el cerebro al terminar el partido semifinal.

Estaba consciente del riesgo que corría y decidió jugar, esto no disminuía el dolor de sus compañeros; quien ha vivido o al menos conoce el ambiente de fraternidad que se da en un equipo de futbol americano entenderá que no hubo entrenamientos en esa semana, todos estuvieron en el hospital, algunos  donaron sangre  y tuvieron que reanimarse para cumplir el compromiso ofreciéndolo a la memoria de su hermano.

El ambiente previo estaba al máximo, no terminaban ellos su “Wellum” cuando empezábamos nuestra Goya y así sucesivamente; los Águilas Blancas salieron entre los aplausos de los suyos y nuestros abucheos, salieron después un grupito de tres o cuatro muchachos con un envoltorio que resultó ser un cartel bastante grande sostenido por tres palos y que fueron exhibiendo desde el campo a todo lo largo de su tribuna con el aplauso cerrado de todos los asistentes y con una buena rechifla de nuestra parte, tan pronto como empezaron a exhibirlo a la tribuna universitaria cesaban los chiflidos y se trocaban en aplausos; pues… ¿cómo no? Si el cartel decía: “LA TRIBUNA POLITÉCNICA SE UNE AL LUTO DE LA TRIBUNA UNIVERSITARIA”.

Al terminar el recorrido por nuestra tribuna se dejó escuchar el más estruendoso Wellum que jamás escuché y éste salió de las gargantas universitarias.

Las madrinas universitarias invitaron a los jugadores a nuestra tribuna y se les ovacionó; al salir los Reales se desorientaron por completo; se enteraron y entonces las “politas” llamaron a los Reales para brindarles estruendosa Goya. Hoy todavía me es muy difícil describir mis sentimientos y emociones, que  al recordarlos los vuelvo a vivir.

Había una final por jugar, no podría haber mayor motivación en los dos equipos, muchas alternativas, en determinado momento una discusión de reglamento dio una pausa demasiado larga en el terreno que las tribunas aprovecharon para animar a sus equipos con atronadoras porras; perfectamente ordenadas, cada tribuna esperaba que la de enfrente terminara para empezar la propia, el partido fue modelo de limpieza, no recuerdo una falta por rudeza innecesaria. Ganaron los Blancos por 21 a 19.

Había ganado México, la hermandad que se vivió a la salida del estadio, las felicitaciones y condolencias sinceras que invitaban a vernos el año siguiente permitían vislumbrar un futuro promisorio.

De esta madera estamos hechos, la nobleza habita en nuestros corazones, la virilidad nos hace esforzarnos por alcanzar nuestros objetivos, ojalá estos valores alcancen a nuestros disidentes y políticos haciendo oídos sordos a los que acusan de traidores a los que no piensan como ellos. Colaboremos viviendo nosotros de acuerdo con estos valores confiando en que llegarán a ellos por contagio y así lograremos la tan urgente reconciliación nacional.

Fecha: 
Jueves, 30 de Julio 2015 - 18:30
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El ropero de la abuelita: ¡Me quito el sombrero!

En nuestra cápsula del tiempo de cada cinco semanas, abriremos esta vez la que nos lleve a recorrer el uso del sombrero en México como un accesorio de vestir que es difícil encontrar por las ciudades actualmente y que ha perdido incluso, cierta popularidad.

El sombrero, ese que hemos visto en las películas mexicanas y que usaron Jorge Negrete, Pedro Infante, Joaquín Pardavé, Fernando Soler, Arturo de Córdova y muy probablemente nuestros abuelos o tíos, fue símbolo de elegancia para las clases medias y altas durante las primera décadas del siglo XX y para quienes lo portaban era parte de un atavío estilo americano con traje, chaleco de casimir, corbata y zapatos.

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Otros sombreros también han sido parte de la indumentaria mexicana, tan solo el típico sombrero de charro es uno de nuestros iconos de identidad nacional y qué decir del sombrero de palma utilizado en las costas que no es el mismo que el jarocho ni el yucateco o el texano de las partes altas del país.

En México, incluso existió un slogan muy famoso: “De Sonora a Yucatán se usan sombreros Tardán” refiriéndose a la prestigiada tienda que todavía existe gracias a que ha ido evolucionando junto con la moda para no dejar morir la costumbre. José Agustín escribe: “todos los hombres usaban sombrero, ya fuera de palma, surianos, tejanos o de fieltro para los citadinos... Las mujeres también usaban variedades inagotables de sombreros”.

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El uso del sombrero entonces, obligaba a seguir cierto protocolo tanto en interiores como exteriores y básicamente era una muestra de cortesía o saludo de los caballeros hacia las damas o cualquier otra persona que encontrara por su camino; de esta forma, para saludar había dos gestos: levantar el sombrero sin quitárselo completamente lo cual implicaba algo así como un saludo de cortesía o retirarlo totalmente de la cabeza para cuestiones mucho más formales o de respeto como por ejemplo al entrar a una iglesia, conversar con alguien, en un funeral y por supuesto, ante los símbolos patrios o al entonar el himno nacional mexicano.

La gallardía y porte que daba el sombrero a los caballeros de entonces no tiene igual, pues no sólo representaba la clase social a la que pertenecían sino tenía la función social de señalar un rango, identificar a líderes o a un grupo social y por su tipo, distinguir incluso nacionalidades o etnias.

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Actualmente, es posible que cada vez más personas utilicen sombrero en la ciudad para mitigar un poco los efectos de los rayos ultravioleta o en las playas para cubrirse del sol pero es innegable que como uso y costumbre ha ido perdiendo adeptos. Las nuevas tendencias de la moda lo han rescatado para posicionarlo como accesorio y aunque existen diversos tipos de sombreros, básicamente se utilizan cuatro estilos: Los Fedora  (incluyen el Borsalino y el Trilby), hace años eran obligatorios para que un hombre saliera a la calle, posiblemente son los que permiten atuendos más serios. El pork pie, similar al anterior pero con la parte superior plana. Las gorras, comúnmente asociadas con las utilizadas en el béisbol, pero existen las militares y otras muchas. Las boinas, son como las gorras pero con la parte superior no abombada y una visera pequeña.

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Finalmente, en sentido metafórico cuando nos referimos a una persona o un suceso que nos inspira respeto utilizamos la frase: ¡Me quito el sombrero! Tal fue su trascendencia en un contexto en el que su uso simbolizó no sólo la masculinidad de una época sino el respeto y las buenas costumbres que se han ido perdiendo con el paso del tiempo y que no han encontrado sustituto.

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Fuentes:

http://portalacademico.cch.unam.mx/materiales/prof/matdidac/sitpro/hist/...

Tragicomedia mexicana 1. La vida en México de 1940 a 1970. Agustín, José en https://books.google.com.mx/

http://www.xaviworld82.com/2012/05/sombreros-para-hombre-tipos-usos-y.html

https://www.protocolo.org/social/vestuario/normas_de_uso_del_sombrero_et...

Imágenes tomadas de Google

Fecha: 
Martes, 28 de Julio 2015 - 18:00
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Padres e hijos

Tal vez no sea casualidad que mis lecturas y relecturas de los dos últimos meses estén relacionadas con el vínculo entre los padres y los hijos. Este ha sido uno de los temas centrales a lo largo de mi vida y, desde la muerte de mi madre, ha cobrado mayor fuerza. Desde hace muchos años, un poco a tumbos, he tratado de desentrañar el misterio que existe entre mi padre y yo. He pasado muchas semanas hablando de todo esto con mi mujer.

Volví a abrir las páginas de algunas lecturas imprescindibles: La invención de la soledad, de Paul Auster, Cartas entre un padre y un hijo, de V. S. Naipul y Patrimonio, de Philip Roth. También de dos libros de autores que nunca había leído: Libro de familia, del último Premio Nobel de Literatura, Patrick Modiano, y Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente; ésta última novela, asombrosa.

Cuando pensé en escribir este breve artículo me surgió una pregunta: ¿Cómo puede una persona que nunca tuvo un padre, o que lo tuvo de manera incompleta, escribir sobre el tema? Tal vez, me dije, pueda hacerlo desde la ausencia, desde lo que no se tuvo o lo que le hizo falta, desde lo que no fue. Es decir, desde la nostalgia.

Poner palabras a los silencios, llenar huecos.  

Sigmund Freud dijo: «No puedo pensar en ninguna necesidad en la infancia tan fuerte como la necesidad de la protección de un padre». ¿Qué pasa con la vida de un hijo cuando no tiene la sensación de ser protegido por su padre? ¿Qué pasó con mi vida en ese sentido? En alguna época tuve la idea de yo podía convertirme en mi propio padre. Y durante mucho tiempo, me funcionó.  

Recuerdo el día que escuché, magnificado por un aparato, el corazón diminuto de mi hijo en la consulta del médico. El sonido retumbaba en las paredes y tuve la impresión de que venía de una galaxia muy lejana. Ese día empezó mi paternidad.

Es así: un día algo o alguien echa a andar esa maquinaria pequeña, como de relojería, y se forma el milagro de la vida. Y otro día se para, de la misma manera. La vida es ese intervalo entre la concepción y la muerte. Una carrera por la felicidad.

Recuerdo algunos meses después de escuchar su corazón, a mi hijo, dormido, dentro de una incubadora de la maternidad. Apoyado en su mejilla izquierda en el colchón, en medio de una serenidad indescriptible. Al verlo me pregunté cómo puede alguien dejar de hacerse cargo de su hijo.

La evolución de las sociedades post modernas, en occidente, tiende hacia la creencia de que se puede prescindir de la figura paterna. El debate está abierto y es una cuestión muy interesante. En mi experiencia, la paternidad ejercida por la madre es incompleta.

Alejandro Jodorowsky escribió: «A un padre ausente lo buscas toda la vida y de todas formas». Y esa ausencia se vive como un vacío que tarda mucho tiempo en desaparecer y que, en el peor de los casos, no desaparece nunca.

Ahora que soy padre, me veo con frecuencia intentando reparar mi propia historia a través de mi hijo. Soy aprensivo, temeroso, consentidor, inseguro y sobreprotector. No me permito llegar tarde a la escuela por él, sin experimentar la sensación de ser un mal padre. Casi nunca puedo negarle un juguete, a pesar de saber que debe aprender a vivir la frustración de no tener siempre lo que desea.

Hace poco tiempo alguien me dijo: «A través de tu hijo no puedes reparar tu propia historia. Ésta ya no tiene reparación. No puedes volver a ser el niño o el adolescente que fuiste ni tener al padre que hubieras querido. Lo que sí puedes hacer es aceptar que no lo tuviste».

Un balde de agua fría

Aceptar. De la misma manera que a quien se le murió su padre no puede traerlo de vuelta y no puede dejar de echarlo de menos, pero puede aceptar que ya no está y dejarlo ir. Aceptar la vida como es.

Resignarse.

Vivir con lo que se tiene y también con lo que no se tiene.

Luego de hacer una revisión de mis errores como padre, me puse a reflexionar sobre una pregunta que me pareció fundamental: ¿Qué es ser un buen padre?

Esto es parte de lo que encontré:

Ser un buen padre no es sólo estar presente. Debe ser algo más profundo. Un padre debe involucrarse de manera activa en la vida de sus hijos. Debe imponer normas y límites. Debe ser afectivo y correctivo. Debe favorecer los procesos mediante los cuales sus hijos sean capaces de encontrar su autonomía y su identidad. 

Recuerdo que mi madre me dijo alguna vez que me iba a comprar una planta para que así, al menos, me hiciera cargo de otro ser vivo, y saliera de mi egoísmo. En ese momento no imaginé lo que supondría, muchos años más tarde, ser padre.

Ser padre es la cosa más profunda que he vivido. 

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Fecha: 
Miércoles, 17 de Junio 2015 - 16:00
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El soundtrack de una vida (entre otras vergüenzas)

Hablar de música no es fácil; es un tema tan delicado que uno debe proceder con toda cautela como lo haría al hablar de religión. Primero tengo que aclarar que no me gusta entrar en el eterno debate de lo que implica tener buen o mal gusto. En música, como en parejas, la belleza está en quien la escucha o ve. Pero sólo soy humana y, sí, juzgo a la gente por las dos cosas, simplemente me resulta imposible confiar en alguien que sólo escucha un género. No todo es perreo en la vida.

Yo crecí en los noventa y, como la mayoría de las personas, mi primer roce con la música fue de bebé; mi mamá me cantaba La Marsellesa para arrullarme y, por influencia de mi hermana, aprendí a cantar el himno de Canadá cuando apenas podía formar oraciones más o menos coherentes. Tener una hermana/o grande siempre expone a uno a otro mundo de posibilidades. Para empezar, veía mucho Mtv cuando tenía seis años, tanto fue así que el primer hombre que me gustó fue Mick Jagger (Steven Tyler y Joe Perry le seguían), definitivamente veía y escuchaba cosas poco apropiadas para mi edad.

Antes de tener un gusto desarrollado, la única música que mi hermana y yo escuchábamos era la que mi mamá ponía; ella tenía su "playlist" en acetato (o casette) para cualquier momento. Cuando estaba lluvioso tocaba escuchar Billie Holiday, Louis Armstrong o Fontella Bass; para clima caluroso Martha Sánchez, (Arena y sol, obvio) Yuri y algunas de Eugenia León; Serrat y algo de Miguel Bosé cuando el humor era más bien nostálgico y para algo guapachoso (y pocho) Selena, esos sólo son algunos ejemplos.

De chica había canciones que me daban miedo real como La bruja y El yure (interpretadas por Eugenia León), ¿a quién chupa la bruja? ¿Y qué rayos es un yure y por qué me quiere llevar?, pensaba. Ahora La bruja es una de mis canciones favoritas y El yure, la verdad, me sigue dando miedo. Otras me daban una sensación parecida porque las escuchaba camino a la escuela o porque anunciaban un largo fin de semana de fingir que recogía mi cuarto o hacía la tarea. Todavía hay canciones que me saben a esos domingos interminables, o peor aún, a los domingos en los que me divertía y el regreso a la realidad era más doloroso. Hasta las de Shakira me sonaban nostálgicas.

Como ya he dicho antes, mi experiencia en la escuela fue desalentadora en el mejor de los casos. Mi mamá, Dios la bendiga, quería motivarme en las mañanas con Serrat y yo de verdad trataba de poner de mi parte pero el optimismo de Hoy puede ser un gran día adquiría un tono sarcástico. El trayecto de la mañana prolongaba la anticipación de un largo día de tortura y no ayudaba mucho escuchar De puntitas con Emilio Ebergenyi. Empezaba a diez o quince minutos antes de llegar pero ya desde que escuchaba La máquina de escribir de Leroy Anderson, que era la pieza inicial, sentía mareos, náuseas y palpitaciones. Ni hablar del efecto que tenían en mí las canciones de Cri Cri, "ahí viene la 'a', bla bla bla blaaaa".

Sé que mucha gente piensa en los noventa como la década del grunge, pero con todo respeto, ¡Kurt Cobain mis nalgas! Lo mío eran las boy bands, Britney Spears (y sus derivados) y muchas cosas innombrables más. Pero... Britney, por dónde empezar. Baby one more time, escrita por Max Martin, (mejor conocido como el que escribe muchas canciones sobre NADA, bien podría estar diciendo palabras al azar) fue un clásico instantáneo. Desde ahí ya nada fue igual para la música pop y para mi vida, diría que le debo mi nivel de inglés y mi victoria en un Spelling Bee.

Alrededor de ese tiempo, aquí en México, había una obsesión colectiva con Fey. No sé si era por no verse de la edad que decía tener, por usar donas de cabello como pulseras, o por su manera espástica de bailar; el punto es que sus canciones se convirtieron en himnos de cualquier tardeada, o eso me contaban. Fey unió a varias generaciones, todos cantábamos (na na na, pum pum) Popocatépetl o Muévelo, que tenía un mensaje conciso ("muévelo, muévelo, muévelo, muévelo, muévelo, muévelo...").

Antes de sobrepasar mi límite de palabras, quiero dejarlos con esto, que escuchándolo en este punto de la vida, me dejó extrañando tiempos más simples:

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Lunes, 15 de Junio 2015 - 16:30
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El claroscuro Julio Scherer

Julio Scherer ha muerto y recibe todo tipo de elogios y muestras de admiración. Se ensalza la calidad periodística del reportero valiente y tenaz, el guerrero insobornable que se enfrentó a Luis Echeverría y a todo poder político, y los retó con la palabra que permanece; escritor preciso y filoso, entrevistador talentosísimo, fundador de empresas periodísticas, maestro e inspirador de periodistas combativos.

Para no perder mi costumbre (y de algún modo, siguiendo su ejemplo) navegaré contra la corriente. Hablaré del Scherer que conocí.

Todos elogian su defensa a la libertad de expresión. ¿Libertad de expresión? Claro que defendió la libertad de expresión. Más aún la suya: la de su propia voz.

No lo vi muy tolerante con la expresión ajena. Tenía la costumbre de meter el elemento discordante: al escuchar una exposición que me parecía impecable, escudriñaba algún punto a veces nimio para poder manifestar su desacuerdo y criticar lo que fuese. Buscaba y encontraba la oportunidad de rebajar al oponente y solazarse en ello, como buen detective del desacuerdo. Una vez osé expresar una opinión diferente de la suya luego de que —como lo acostumbraba en nuestras reuniones— era el último en hablar. Supongo que por ello me dijo algo que me sobrecogió y espero nunca volver a oír de nadie.

Antecedentes: mucho antes de casarnos, la que sería mi esposa decidió incursionar en el periodismo y se presentó con él. Impresionó al director de aquél Excélsior esa jovencita talentosa, audaz y desenvuelta; le dio orientaciones utilísimas para las entrevistas —conoció ella así hasta al un poco misántropo Juan Rulfo— y redactó un obituario a José Gorostiza que llegó un día tarde para ser publicado, pero fascinó a Scherer con su frase conclusiva: “don José, dejemos de jugar a las ausencias”.

Fue breve su inolvidable experiencia allí; tuvo lamentablemente que dejarla por motivos no periodísticos pero se forjó en ella, y años después en mí, una sólida admiración al director de aquél Excélsior.

En 1976, ante el golpe que le espetó Luis Echeverría, cancelamos la suscripción al infame pasquín en que se convirtió un gran diario secuestrado por un hatajo de truhanes, y seguimos de cerca los avatares del notable equipo que acompañó a Scherer en su salida. Por una parte nació la revista Proceso. Por otra —dada la simultánea desaparición de Plural, revista asociada a ese diario— fue notable el esfuerzo de su director Octavio Paz para fundar Vuelta, la mejor revista de México y quizá de Hispanoamérica.

Escribimos sendas cartas de apoyo a Scherer y su equipo, la de ella terminando “señor Scherer, dejemos de jugar a las ausencias”. Estuvimos presentes en una reunión fundadora convocada por él en un hotel y compramos acciones de Comunicación e Información, la empresa que dio vida a Proceso. Abrazamos con orgullo al hombre y al periodista.

Dos décadas después, en un encuentro causal me presenté con uno de los hombres más importantes de mi vida: don Juan Sánchez Navarro. Me reconoció por los artículos que yo escribía cotidianamente en Diario de Diarios y me invitó a acompañarlo los viernes en un desayuno del Club de Industriales, una de las mayores bendiciones que he recibido en toda mi existencia. Jamás agradeceré lo suficiente al generoso don Juan, señor de señores a quien llegué a llamar amigo y que quise enormemente. A los desayunos acudía siempre Julio Scherer.

Me presenté con él y le recordé brevemente esos antecedentes. Escuchaba yo con suma atención sus palabras y las del plural grupo de amigos de don Juan, gente de altísimo nivel adonde acudía yo a aprender de quienes sin embargo me escuchaban como a su par. Traté siempre a don Julio con el mayor respeto y poco a poco lo fui conociendo; lo traté varios años.

Alguna vez, relataba, me atreví a expresar desacuerdo con algo que había dicho. Se indignó e insistentemente pidió la palabra a don Juan, por alusiones. Me contradijo duramente mientras me miraba con ojos cortantes e incisivos. Decidí no volver a contrariarlo porque nunca me ha gustado discutir cuando los juicios abandonan el terreno de las ideas para invadir lo personal.

Días después hubo una reunión en que la directiva de México Unido contra la Delincuencia le pidió su opinión para una campaña. Estábamos en una casa grande y bonita, cosa que según su costumbre no dejó de remachar, como a diferencia de la “vida de trabajo” a que se veía obligado; como si esa casa no fuera producto del trabajo. En fin. Pero antes, al llegar yo a la reunión en que ya estaba él y pretendí saludarlo con un abrazo, ni las buenas noches me dio; me miró a los ojos y me espetó “Yo a usted lo aborrezco”.

No dijo más. No respondió a mi saludo y sólo acerté a decirle, atónito, ¡pero don Julio! mientras se iba a saludar a alguien más. Nunca supe si fue por haberlo contradicho o porque veía algo aborrecible en mí o en mi apellido.

Al acabar la reunión y retirarse se limitó a mirarme hondo y decirme dos veces “usted y yo ái la llevamos” lo cual nunca entendí. Nos despedimos fríamente. Un amigo a quien le narré este episodio me dijo que a él le había dicho lo mismo; “no le hagas caso”. Pues vaya costumbritas, pensé…

Pocas veces más asistió a los desayunos. Resulta que privadamente don Juan le había pedido comedimiento antes de un desayuno, pues la invitada era la esposa del presidente Fox. Se indignó tanto por lo que interpretó como censura, que se marchó y nunca regresó. Sólo volví a verlo en el Panteón Francés, donde yacía yerto el grandioso mexicano que fue don Juan Sánchez Navarro. Le di un abrazo a don Julio (procuro perdonar y no dejar cuentas pendientes con nadie en este mundo, pues no sé si lo abandonaré pronto).

Es el Scherer que recuerdo: intolerante, ególatra, rijoso, amargo, rígido, constantemente indignado y perseguidor del desencuentro; brillante reportero que ejercía como francotirador con el filo de su palabra, siempre cobijado en su talento y en su rigor con los hechos pero también en sus propias opiniones, ideología, identidad pública y fama. Es ése el Scherer que se ha ido, días después de su cercano amigo Vicente Leñero.

Siento cercanía como hombre ante quien adelanta su retiro de este mundo, más de alguien que fue todo menos mediocre. Creo que México estará peor sin Julio Scherer. Pocos habrá como él en un México repleto de arribistas y acomodaticios.

A pesar de la terrible declaración que me hizo (que espero no oír nunca más) dedico respetuosamente estas líneas a ese claroscuro hombre que, con todos los defectos que sus panegiristas hoy callan clamorosamente, ha decidido jugar definitivamente a las ausencias.

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Viernes, 09 de Enero 2015 - 17:00
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Micromemoria de un sesentayochero

El año más recordable en el imaginario de los que no lo vivieron es 1968. Un año cumbre en la década cumbre de la segunda mitad del siglo, los alegres sesentas, como los llamé entonces.

Fui lanzado al mundo siendo yo muy pequeñito, en la bonita, poco poblada, transparente y luminosa ciudad de México, hace hoy 68 años. Llegué temprano, a las 4:45, hora inoportuna para alguien cuyo biorritmo invita a apagar la luz a las 2 de la madrugada.

Fui lanzado al mundo sin manual de instrucciones ni nadie que me dijera qué hacer, por qué camino tomar, o qué hacía yo aquí. Muy joven, al mirar al mundo desde adentro de mi cuerpo, me hice mis primeras grandes preguntas: ¿Por qué estoy aquí? ¿Para qué? ¿Por qué en México, o para qué? Claro que no tengo respuesta, si me lo sigo preguntando.

Desde hace unos 28 años lo repito: “estoy empezando”, aunque luego de una vida larga los recuerdos me invadan a borbotones. Si bien no soy particularmente temeroso de la muerte (acaso porque nunca la he visto en verdad de cerca), tengo una serena prisa por vivir. Voy ligero de equipaje y ligerísimo de realizaciones, muy por abajo de lo que hace muchos años me imaginé que podría haber hecho cuando, en 1968, cantaba con los muy vigentes Beatles When I’m sixty-four.

En recurrentes furias de ese demonio que a todos ataca —el ego— me supuse especial e importante. Sé algo más hoy. Lo único que de verdad me enorgullece es mi creciente familia, mi mayor bendición y regalo, compañía constante y fuente de inmensas satisfacciones.

Por lo demás, y sin grandes apegos al mundo material, me he acostumbrado a estar vivo y envidiablemente sano; se me haría raro no estarlo, pero irremediablemente se acerca el viaje solitario y sin retorno, que quisiera hacer como mi permanente acompañante Charles Aznavour: rendir cuentas al Creador simplemente declarándole “He vivido”.

La falta de un manual de instrucciones me hizo dar duraderos pasos en falso, víctima de lo que un grandísimo amigo llama el fraude educativo. Tanto así que a partir del 86 (cabalística inversión del 68) decidí someterme a un largo e incesante proceso de desaprendizaje y rediseño.

Definí esa fecha, con el divino Dante, como la mitad del camino de mi vida. Celebré el día que cumplí 40 con una mención honorífica en un concurso de ensayo en honor a Ludwig von Mises sobre el tema Civilización y Libertad. Allí empecé a adentrarme en la Cultura de la Libertad y me hice liberal en la economía y la moneda verdadera (el oro y la plata). Complementariamente, en ese mismo 86 empecé a aprender con Julio Olalla y Fernando Flores filosofía del lenguaje y diseño ontológico, redes informáticas, la acción y la comunicación: lo más rotundo para empezar a entender que el ser humano significa ser historia, cuerpo y lenguaje. Y claro que toda acción humana que valga la pena proviene de la libertad individual. Estoy voluptuosamente abierto a todo pero soy inequívocamente partidario de la libertad.

Viví el 68 haciendo música y convencido de la banalidad de los deficientísimos estudios en que con pésimo rendimiento me había empeñado, para preferir cursos de filosofía, historia o religión, y reuniones de bohemia acreditando tazas de café y tarros de cerveza con amigos de otras carreras y con mis enormes maestros Miguel Mansur y Fernando Bustos.

No participé en un movimiento estudiantil acrecentado por la intolerancia de un presidente torpe y autoritario y por un secretario de Gobernación ambicioso, que se llenaron las manos de sangre joven. Para esas fechas yo viví dos meses en la eterna Roma.

Tuve el privilegio, a mi regreso, de visitar un París que seis meses atrás había sufrido un movimiento propiciado por la insidia gringa contra la exigencia legítima del presidente de Gaulle de obtener en sus transacciones comerciales oro metálico y no papelitos verdes; entre pronunciamientos socialistas refulgían de discusiones juveniles los cafés de Saint Germain des Près, con librerías repletas.

Visité luego mi personal Babilonia, cúspide de esa época: la inolvidable swinging London, repleta de banderas y jóvenes con pantalones de terciopelo y las más preciosas minifalderas, vestidas imaginativamente y con enormes peinados fuera y dentro de Carnaby Street y Piccadilly Circus, con evocaciones de Lord Kitchener como paradigma de patriotismo en el cincuentenario de la victoria de 1918. Nadie usaba el decadente y horrendo uniforme que son los jeans mientras compraba, como yo, el recién prensado disco blanco de los Beatles.

Fui sesentayochero entonces, pero sin caer nunca en la corrección política de admirar la aún joven revolución cubana, que vi como lo que siempre ha sido: un sistema estatal asesino de explotación y vasallaje. Y faltaban 21 años para que se derrumbara el muro de Berlín.

Sesentayochero de espíritu desde entonces, viví a plenitud ese fantástico año que se culminó con la hazaña de que por primera vez en la historia, a bordo del Apolo 8, tres hombres dejaran el campo gravitacional de la Tierra; Kubrick y Clarke hicieron 2001: Una odisea espacial.

Hoy que vuelvo a ser sesentayochero y escribo estas líneas, me he tomado una pausa ante la tremenda realidad de mi patria, cuando un grupo pequeñísimo de narcoguerrilleros y políticos radicales culpabiliza de sus propios crímenes y los de sus munícipes cómplices, al gobierno federal. Lanzan esos tipos una guerra insurreccional previa al aniversario del 20 de noviembre y antes del 30, para que el presidente (como pretenden) deje el cargo y fuerce a nuevas elecciones y puedan ellos asaltar el poder.

Preferí hablar hoy, al menos hoy, de temas más tranquilos. Después de todo, somos más los que no tenemos agendas de destrucción y daño contra el compatriota ni ambiciones enfermas por el poder. Hoy, al menos hoy, prefiero vivir en paz. Mañana será otro día. Estamos empezando. Sin esa canalla abriremos un futuro mucho mejor.

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Fecha: 
Lunes, 17 de Noviembre 2014 - 17:00
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