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Violencia y vulnerabilidad en la vejez: una reflexión

La violencia siempre ha estado presente en la historia humana, inherente a nuestra naturaleza. Definirla o explicarla no es tan sencillo. Probablemente la trampa es buscar una “esencia” de la misma. Lo que sí es posible, aunque queden “fuera” otras forma de violencia, es delimitarla a ciertos tipos que podamos reconocer. Así, con respecto a las personas ancianas, la violencia se ha definido como el maltrato hacia ellos. La Organización Mundial de la Salud define a la violencia contra las personas de la tercera edad como “un acto único o repetido que causa daño o sufrimiento a una persona de edad, o la falta de medidas apropiadas para evitarlo, que se produce en una relación basada en la confianza” (1).  A partir de esta idea se han establecido los distintos tipos, que son: la violencia física, la psicológica, la económica, la sexual y la negligencia. En todos los casos en que en esas áreas se produzca sufrimiento, se ejerce violencia contra el anciano. 

 

En el caso de México, la prevalencia de maltrato hacia los ancianos va entre 8 y 18%. Es un número muy grande y señala uno de los problemas éticos que deben enfrentarse hoy en día.  Ya he comentado en otras notas que el criterio utilitarista de buscar la máxima suma de placer de todos los involucrados en una acción nos lleva a extrañas paradojas: si permitimos el sufrimiento de unos cuantos por el bienestar general parecería que actuamos éticamente. Podría así argüirse que los ancianos son sólo, y de hecho así es, una minoría que utiliza muchos recursos, pero aporta poco. En consecuencia se explica y se justifica el no tenerles “paciencia” ni consideración especiales, debido al poco “retorno” social que aportan. 

 

La vulnerabilidad humana a la que todos estamos sometidos, aunque tengamos la ilusión de que no nos vemos o veremos afectadas por la misma, es condición para vernos siempre como sujetos y dadores de cuidados entre unos y otros. Irónicamente, la idea que se nos vende en nuestras sociedades capitalistas tardías es que mi propio mérito es lo que me da seguridad. Por ejemplo, resulta sencillo vislumbrar que el funcionamiento más elemental de la ciudad requiere un respeto de reglas mínimas, como el respetar las luces del semáforo, lo que impide dañarnos entre nosotros. Cualquier actividad humana está condicionada a esa red de cuidados intencionados o no, que se manifiesta en una serie de reglas de convivencia para que opere la acción humana. Por supuesto, la vulnerabilidad se puede evidenciar más en ciertas circunstancias que nos apuntan a admitir la necesidad de los otros, pero es ilusorio pensar que “nosotros” estamos exentos de ellas. 

 

De lo anterior puede inferirse que el cuidado nos lo proporcionamos en la medida de nuestras capacidades y responsabilidades y así se ajusta a lo largo de la vida. La vejez en consecuencia exige, a veces, más cuidados por nuestra condición de vida sin ningún otro criterio más que el ser considerados humanos. Las enfermedades también señalan esas circunstancias de necesidad de ser cuidados y cuidarnos no importan la edad de desarrollo. La violencia hacia el anciano es probablemente, una proyección de la frustración de no poder admitir nuestra propia vulnerabilidad.

 

(1) Tomada de Giraldo Rodríguez. Maltrato en la vejez: caracterización y prevalencia en la población mexicana. Notas de Población N° 109. Julio-diciembre de 2019, p. 126.

 

"The philosopher´s treatment of a question is like the treatment of an ilness"
Ludwig Wittgenstein.
Philosophical Investigations, I, 255.

 

 

 

Fecha: 
Domingo, 19 de Enero 2020 - 10:55
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Domingo, 19 de Enero 2020 - 13:10
Fecha C: 
Lunes, 20 de Enero 2020 - 02:10
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Cartas a Tora CXXXV

Querida Tora:

         Me preguntaste por qué al llegar aquí no me transformé en humano, y dices que así me sería más fácil conocer esta cultura. No es por llevarte la contraria, pero… Te voy a explicar.

         Al ver cómo se impresionaban los humanos al verme, me transformé en lo primero que vi cerca, sin saber ni lo que era. Fue un gato. A mi me daba lo mismo, y así me quedé. Con el tiempo, yo también me pregunté por qué no me convertía en humano, y fue entones cuando racionalicé lo que había hecho.

         En primer lugar, para ser humano necesitaba ropa. Aquí nadie anda desnudo, salvo algún escapado del manicomio o que esté haciendo un comercial de televisión (Esto no te extrañaría si vieras todo lo que anuncian en televisión). Luego, tendría que tener un lugar para vivir (Departamento o casa, es lo mismo); comprar comida, cocinarla, alternar con la gente (A menos que me hiciera pasar por mudo, y sabes que eso me cuesta mucho trabajo). Ta,bien necesitaría un trabajo decente, checar tarjeta, entregar resultados; tener una novia (No te acalambres pero es que si no, iban a decir que era yo del lado, y eso no te iba a gustar, a mi tampoco, claro); andar de borrachote los fines de semana (Por lo menos)¸llegar a casa y darle una paliza a la vieja (Y luego me acostumbro, y cuando regrese allá iba a querer hacer lo mismo contigo; y eso ni tú ni tu madre me lo iban a tolerar, ¿verdad?) ¿Y usar palabrotas? ¡Menos todavía!

         ¿Y ser vieja? Eso es todavía más difícil. Empezando por la preocupación de no engordar, de privarse de comer lo que te gusta o estarse todo el día reprochándotelo, competir con todas las demás por estar mejor vestida (Aunque eso aquí, en la vecindad, es es al revés, y todas compiten por ser la mas desgreñada), pensar todos los días qué hacer de comer, y cómo disfrazar la sopa de pasta para que parezca de otra cosa; Ir en el metro enchinándome las pestañas con una cuchara, porque no me dio tiempo de hacerlo en la casa; criticar a unas vecinas con otras y a otras con unas; reírse de las elegantes, aunque rabies por dentro; no darse cuenta de que el marido de la otra es más guapo, más rico, más generoso y más menso que el tuyo; decirle todos los días que es el más inteligente, y que el día siguiente va a cambiar su suerte. Eso, sin contar con la epidemia de feminicidios que se ha soltado, y que ya está llegando a pandemia.

        ¡Y se me olvidaba! Cuidar a los chilpayates, para que cuando llegue el orgulloso padre te de una paliza por consentirlos demasiado. Y disfrutar la paliza, que es lo más grave, porque ya has llegado a creer que “Si mi marido no me pega, es porque ya no me quiere”. ¿Te imaginas llegar a pensar de esa forma?

         Estoy mejor como gato. Me paso el día tumbado al sol; en las noches salgo a dar una vuelta por las otras azoteas; cuando me siento romántico (Perdón, no quise decir eso. Lejos de ti no me puedo sentir rormántico) le maúllo a la luna. ¿Qué como porquerías? Según y como. No, no como filetes. Pero la señora del 7 me da unos pellejos con bastante carne. La del 56, no; esa me da lo que se llama pellejos, correosos y duros, que ya ni los huelo para no perder el tiempo. Y a mi metabolismo le caen bien los pellejos… y la leche que me robo de la cocina del 58, que la dejan junto a la ventana para que se oree, y yo no tengo má que estirar la lengua. Se pasa bien como gato. Sobre todo, cuando en el King’s tiran los restos de chilaquiles bostonianos, que me encantan.

         Lo que más me duele es no poder estar a tu lado en esas noches de luna llena.. Qué más quisiera que poder verte todas los días y escuchar la risa cantarina de tu madre y… Sé que ésto es una ridiculez. Pero díselo a tu madre. Seguro que le cae bien. Perdóname, pero es que la nostalgia me pega fuerte a ratos. Ya volveré a estar junto a ti, y entonces verás lo que es bueno.
 

Te quiere

Cocatú

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Viernes, 07 de Junio 2019 - 12:55
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