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los pinos

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Adiós a Los Pinos

“A government of laws, not of men”, John Adams

Andrés Manuel López Obrador ha hecho cuatro propuestas interesantes: a) que seguirá viviendo en su domicilio particular; b) que Los Pinos será un espacio público para la cultura y las artes; c) que percibirá la mitad del sueldo del actual presidente; d) que prescindirá de la seguridad del Estado Mayor Presidencial. No son propuestas nuevas, pero es la primera vez que las pronuncia en calidad de candidato a la presidencia en el actual proceso electoral.

No sé cuáles sean las razones de AMLO para hacer tales proposiciones. Quizá sea porque las considera música-para-los-oídos de un pueblo que está ya cansado de ver el lujo y la ostentación de los gobernantes. Si ese es el caso, las propuestas serían populistas. Pero tal vez la razón de fondo es que AMLO es verdaderamente austero y en serio quiere cambiar la forma de ejercer el poder ejecutivo en este país. De ser así, la propuesta es buena, pero también un poco ingenua. Un cambio sustancial en el ejercicio del poder no se hace realidad trasladando la sede presidencial de un inmueble a otro. Pero por algo se comienza.

De cualquier forma, las propuestas me parecen loables y las suscribo. He sido siempre muy crítico del populismo –lo pueden ver en mis artículos, que, por cierto, me han ganado la enemistad de muchos AMLOvers–, pero debo reconocer que estas cuatro propuestas deberían ser adoptadas por los demás candidatos. Voy a explicar por qué.

México arrastra un severo problema desde épocas precolombinas. Yo llamo a esto el Complejo del Tlatoani. Desde los indígenas antes de Colón hasta el día de hoy, la gran mayoría de los mexicanos espera que alguien resuelva los problemas del país: y no sólo los del país, sino también los problemas personales. Somos una nación que siempre está en busca de un caudillo. Esto se refleja en nuestro sistema presidencial, que en su origen fue una copia del sistema estadounidense. Pero fue una copia imperfecta. Los redactores de la constitución de los Estados Unidos establecieron la división de poderes y nunca fue su intención que el poder ejecutivo prevaleciera sobre los otros dos. Al contrario, la gran idea que movió a los creadores de la Constitución americana fue el llamado Rule of Law, que nosotros conocemos como el Estado de Derecho: no el gobierno de los hombres, sino el imperio de la ley. Así lo propuso el insigne John Adams en 1780: “a government of laws, not of men”. El poder ejecutivo sería uno de los tres poderes de la Unión, y su titular, el presidente, sería un funcionario, muy importante, pero nunca un rey ni un dios.

En México la figura del presidente se ha amplificado y ha adquirido un dominio peligroso sobre los demás poderes, lo cual ha provocado crisis económicas y sociales a todo lo largo y ancho de nuestra historia –aunque hay que decir que de Fox a la fecha, el presidente enfrenta mayores pesos y contrapesos–. Siempre que la voluntad del presidente ha sido La Voluntad, México ha tenido sus peores tropiezos.

Cada seis años se renuevan las ilusiones de un México mejor, y todos esperamos que el siguiente presidente sea el bueno, o al menos que salga bueno, o ya de perdida que no salga tan malo como el anterior. La mayoría de los mexicanos espera que, ahora sí, las cosas marchen bien. Y si no marcharon bien, pues ya sabemos a quién culpar. El devenir de nuestra historia no ha dependido del Derecho, sino de las pasiones. Por eso los estadounidenses desearon un gobierno de leyes, no de hombres, porque las personas son volubles, están sujetas a vicios y pasiones, más que a virtudes, cambian de parecer y son susceptibles de corrupción. El desiderátum estadounidense podría resultar ingenuo para nosotros, y eso es terrible: si nos resulta ingenuo es porque nosotros mismos estamos ya irremediablemente corrompidos.

Los Pinos es el símbolo del presidencialismo mexicano: un presidencialismo que se siente omnipotente e infalible. AMLO, emulando a Lázaro Cárdenas –que dejó el Castillo de Chapultepec, por considerarlo ostentoso, y se estableció en el rancho “La Hormiga”, hoy Los Pinos, unos Pinos entonces austeros y casi rurales que nada tienen que ver con la suntuosidad y el fasto de hoy–, propone que la residencia oficial se establezca en otro sitio, y que Los Pinos se convierta en un espacio público para la cultura y las artes. Yo acojo esta moción. No por razones populistas, sino porque al desaparecer Los Pinos y el Estado Mayor Presidencial –AMLO ha dicho que prescindirá de sus servicios–, el poder ejecutivo será despojado de ese ropaje omnipotente, de ese hálito de grandeza que no merece, de esa pompa fastuosa que tanto choca con la austeridad y sobriedad que necesariamente debe distinguir a todo régimen republicano. Quizá AMLO no quiera desaparecer Los Pinos para aterrizar y humanizar, por decirlo así, al poder ejecutivo, menos aún si, como pienso, AMLO promueve el culto a su persona; pero, independientemente de los motivos, creo que el resultado sería conveniente.

La idea de Los Pinos al principio no fue mala. Fue una sede digna, austera y sobria, por lo menos bajo los gobiernos de Lázaro Cárdenas y Ávila Camacho. Pero luego llegó Miguel Alemán, que encabezó una verdadera cleptocracia, y esa modesta casa le pareció insuficiente. Los Pinos empezó a convertirse en La Ciudad Prohibida que es hoy. Ha albergado a algunos de los personajes más vilipendiados de nuestra historia, y a sus familias: Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas… y hoy alberga al titular del ejecutivo con el más bajo nivel de aprobación de la historia reciente: Enrique Peña Nieto. En sus estancias, salas y salones se han tomado algunas de las peores decisiones políticas y económicas. En las entrañas de Los Pinos se tomó la decisión de asesinar a los estudiantes en Tlatelolco y de llevar a cabo la Masacre de Corpus Christi; en las entrañas de Los Pinos se decidió nacionalizar la banca y defender al peso como un perro; en las entrañas de Los Pinos un presidente se quedó pasmado mientras la Ciudad de México y sus habitantes se mantuvieron en pie durante el más devastador terremoto; en las entrañas de Los Pinos se tomó la decisión de tirar el sistema para que no venciera un candidato opositor; en las entrañas de Los Pinos –sí, en las entrañas de Los Pinos– alguien no sintió simpatía por un candidato oficial a la presidencia; en las entrañas de Los Pinos el hermano de un presidente realizó toda clase de tropelías y planeó toda clase de maldades; en las entrañas de Los Pinos, siempre en las entrañas, siempre en Los Pinos. Ahí surgió la idea de que una mujer saliera molesta a reconvenir a los mexicanos porque éstos se habían cuestionado el origen de una casa color blanco en el barrio de Las Lomas, tan cerca de Los Pinos. Ahí se decidió una guerra que ha costado ya cientos de miles de vidas y un número desconocido de desaparecidos; ahí se bebió alcohol, y quizá alguna sustancia dura; ahí hubo sexo, amor y decepción; ahí muchos lloraron y otros más rieron. Si las paredes de Los Pinos hablaran…

Un país no es su presidente. El presidente no es la esperanza de un bien anhelado, ni la causa única de todos los males. El presidente es un funcionario, importante, sí; pero no es el único funcionario importante… ni siquiera es el funcionario más importante. Si los mexicanos esperan un mesías, les va a salir el tiro por la culata. Un verdadero mesías no quiere ser presidente, su reino no está en este mundo, sino en el espíritu. En la medida en que muchos mexicanos endiosan al presidente y esperan que él solucione todos los problemas y traiga justicia, libertad y bienestar; en la medida en que muchos mexicanos lo satanizan y vilipendian cuando ven sus expectativas defraudadas; en esa medida los mexicanos se comportan como macehualtin y tlamemes –que es la otra cara del Complejo del Caudillo–. Dicho sea con todo respeto a los antiguos mexicas, pero así era su jerarquía: el Tlatoani era el Tlatoani, el macehual el macehual, el tlameme el tlameme, per secula seculorum.

Que el presidente salga de Los Pinos, que se desprenda del Estado Mayor Presidencial –que la gente común y humilde percibe como la Guardia Pretoriana de Calígula, Cómodo o Heliogábalo (aunque no sepan quienes fueron estos emperadores romanos, lo cierto es que perciben al Estado Mayor como algo siniestro y malvado)–, que viaje en aviones comerciales y que esté más cerca de los mexicanos –si uno da un pasito de más hacia Los Pinos salen los soldados con armas largas, repito, como si fuera La Ciudad Prohibida hace seiscientos años–; todo ello privará al ejecutivo federal de esa parafernalia ostentosa y chocante, tan fastidiosa y molesta para millones de mexicanos, y tan contraria a lo que debe ser una verdadera república.

AMLO es muy hábil y hace que sus seguidores perciban a los presidentes del PriAnato como personas frívolas, indolentes y malvadas que viven en medio del lujo y la opulencia, como grandes pachás, mientras el pueblo mexicano, bueno y noble (ni bueno ni noble, diría yo, con todo respeto al pueblo), se desangra y padece la pobreza más inmoral. Que Los Pinos se convierta en un gran espacio público para la cultura y las artes y que haya en sus jardines una placa que revele al paseante el oscuro pasado de ese lugar… no es una mala idea.

Muchos dirán que trasladar la sede del ejecutivo federal a Palacio Nacional es inviable, porque está en pleno zócalo, y que sería muy problemático, por el tráfico y las manifestaciones. No lo creo. La Casa Blanca está en el centro de Washington, la Casa Rosada en el centro de Buenos Aires, 10 Downing Street en el centro de Londres, el Palais de l’Elysee está en el centro de París y el Palazzo Chigi en pleno centro de Roma. Ninguna de estas residencias oficiales –no solo residencias, sino sedes de gobierno– tiene las 60 hectáreas de Los Pinos. Otros dirán que lo único que quiere AMLO es dormir en la mismísima habitación que en su momento ocupó Benito Juárez. Seamos serios. Otros más dirán que acondicionar Palacio Nacional es incosteable… Pero para que Los Pinos y el Estado Mayor desaparezcan, primero Andrés Manuel López Obrador debe ganar la elección. ¿Qué tal que otro de los candidatos gane y entonces Los Pinos siga siendo la fortaleza-búnker-Ciudad-Prohibida que casi siempre ha sido?

Gane quien gane, yo creo que esta propuesta relativa a Los Pinos debería ser tomada seriamente en cuenta. No importa quién sea el presidente ni quiénes sean los altos funcionarios de la Unión, el ejercicio del poder no consiste en ejercer la voluntad personal ni en estar por encima de todos los demás; no consiste en usar helicópteros de la nación para ir a un campo de golf ni en tener guardaespaldas que protejan a los hijos de los funcionarios aún fuera del país, aún si van de weekend a Las Vegas; tampoco consiste en beneficiar a empresarios a cambio de dineros o inmuebles en Las Lomas, las colinas de los perros o Miami; no consiste en enriquecerse ni en ser reverenciado por el inferior jerárquico; no consiste en que la mano sea besada. El ejercicio del poder público es algo totalmente distinto: consiste en aplicar la ley. El ejercicio del poder público es la facultad de los funcionarios para aplicar la normatividad, abstracta e impersonal, a situaciones concretas, sea en el ámbito jurisdiccional, legislativo o administrativo. El poder público no es esa fuerza burda y chabacana que muchos creen, ni un poder de facto que permite a quienes lo ejercen comportarse como si fuesen Les Rois du Monde. Es un poder de iure, acotado, limitado, orientado al bien común. Ejercerlo de otro modo es tergiversarlo y actuar como el más ruin esbirro.

Sacar al presidente de Los Pinos y desmantelar al Estado Mayor no es la panacea de los graves problemas de nuestra nación; sí creo que tales medidas inhibirían la peligrosa tentación de los presidentes de sentirse todopoderosos. Ciertamente, estas medidas ayudarían a los presidentes a entender que el poder ejecutivo es solo uno más de los poderes de la Unión. Decir Adiós a Los Pinos significa decir adiós a ese presidencialismo que tanto daño ha causado.

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Fecha: 
Martes, 03 de Abril 2018 - 15:00
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Fecha B: 
Martes, 03 de Abril 2018 - 17:15
Fecha C: 
Miércoles, 04 de Abril 2018 - 06:15
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Demandamos Transparencia... Marcela y su Ley de Juegos con Apuesta

El pasado 10 de febrero Marcela González Salas, Directora General de Juegos y Sorteos de la Secretaría de Gobernación (SEGOB), en una insólita conferencia de prensa —vestida y maquillada cual artista de cine— informó de los avances logrados en la estrategia de combate a las máquinas tragamonedas que operan sin autorización de la SEGOB y que proliferan por doquier en el país: estanquillos, farmacias, tiendas de abarrotes, etcétera.

La acompañó el vocero de la Presidencia de la República Eduardo Sánchez Hernández, demostrando así el respaldo de Los Pinos que tiene doña Marcela y ahora entiendo porque se siente "la muy, muy". El vocero hizo una breve disertación sobre el problema de la adicción al juego y del "grave riesgo que esto representa para niños y jóvenes que son los grupos vulnerables a que están expuestos por este "grave mal".

Marcela informó que 13 mil "chinitas" —así denominó a las tragamonedas— se han entregado voluntariamente y han dejado de operar, aunque acto seguido el vocero anunció que son 25 mil máquinas las decomisadas. Hicieron un llamado para denunciar su existencia, pues se calcula que hay funcionando 115,000 máquinas en el país, es decir solo el 20% de las confiscadas y pueden tardar un buen tiempo en erradicarlas.

Es probable que existan muchas más "chinitas" pues de acuerdo a lo que me comentó un especialista del tema, el INEGI refiere la existencia de alrededor 700 mil establecimientos mercantiles y calculando de manera simplista que solamente el 10% de establecimientos de éste país tuviera 3 máquinas promedio estaríamos hablando de 70,000  por 3 = 210,000 máquinas al menos.

Por lo visto, se ha logrado poco en más de 2 años que lleva en su encargo la maestra ahora convertida en luminaria. El Programa lleva sólo 6 meses de su aplicación. ¿Por qué tardó tanto en aplicarlo? Y de acuerdo a su informe, no hay sólo detenido por tanta corrupción de la "mafia que maneja" este millonario negocio.

El problema de las "chinitas" solo se va a poder combatir eficazmente con la participación de las autoridades municipales y estatales —SEGOB no puede sola— o de plano se pudiera cambiar el enfoque y permitirlas con estrictos candados, como se hace con la venta de cigarros; pago de derechos e impuestos y todo lo demás. ¿No sería mejor regularlas? En la siguiente liga se puede ver la mentada conferencia:

https://www.youtube.com/watch?v=2JTAwVsFndY

De hecho, todas las máquinas tragamonedas y demás juegos de azar son irregulares —ruletas, póquer, blackjack, dados y compañía— los tolera la Dirección que tiene a cargo doña Marcela pues la Ley de Juegos y Sorteos vigente —obsoleta— lo prohíbe terminantemente. Existen gracias a la aplicación discrecional de un reglamento que no puede permitir lo que la Ley prohíbe. Así funciona nuestro país... Extraña que ninguno de los seis periodistas asistentes a la conferencia de prensa cuestionaran sobre este particular. 

Como soy mal pensado, me pregunto por qué tanto bombo y platillo para anunciar los pocos resultados de Marcela en la rueda de prensa. ¿No será para que se proyecte como la primera directora del nuevo Instituto Nacional del Juego?...ambiciosa es.

Como consecuencia —si atino en mi pronóstico— la primera afectada será la Industria Hípica, pues no va a tener apoyo alguno como hasta ahora lo ha demostrado Marcela en su desempeño. ¡Cree que la Industria Hípica es un hobby! Para ella esta actividad no es prioritaria... y nada ha hecho para aplicar la Ley y su reglamento en beneficio de la misma.

La Nueva Ley de Juegos que aprobaron el 59% del total de nuestros 500 ilustres diputados se debe enmendar desde su concepción. pues el país está demandando transparencia en sus instituciones. Se trata de una Ley que va a permitir y regular por fin el juego de azar en el país, pues el Juego es un "derecho humano" de acuerdo al dicho de la funcionaria. Creo que exageró. Ahora resultó defensora de los derechos humanos...

En mi opinión, el director del nuevo Instituto no debe nombrarse de la forma como está propuesta en la Ley aprobada por los Diputados; en mi criterio el Instituto debe regirse —como se hace en los países que tienen una legislación moderna— por un Órgano Colegiado formado por especialistas, autónomos e independientes y nombrados en un proceso de selección que hagan los Senadores o los Diputados. Así como crear en el texto de la Ley una "Comisión de Nacional de Carreras de Caballos" formal para que la Industria Hípica —y en toda la Industria del Juego—  la discrecionalidad acostumbrada se destierre.

Los mexicanos demandamos transparencia —nitidez— a la hora de formar nuevas instituciones. Si los Senadores de la Republica no entienden lo que ha pasado en nuestro país con este tipo de decisiones, vamos a tener más de lo mismo.

Fecha: 
Miércoles, 18 de Febrero 2015 - 17:00
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