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Gritos estúpidos y estúpidos

El llamado Grito que presidentes de la república, gobernadores, jefes de gobierno del DF, presidentes municipales, jefes delegacionales defeños, embajadores, cónsules y demás funcionarios dan año tras año a las 11 de la noches del 15 de septiembre es para conmemorar la Independencia de México y recordar a los hombres y mujeres que de 1810 a 1821 lucharon para hacer de México un país independiente y soberano. No es fecha para ensalzar la memoria de otros héroes de nuestra historia nacional.

Sin embargo, un buen número de presidentes de la república y otros funcionarios han aprovechado la ceremonia del Grito para lanzar vivas a favor de héroes o causas de su predilección convirtiendo así el evento en una manifestación política y no en un festejo cívico.

La discrecionalidad que existe para que cada funcionario dé el Grito como se le antoje se debe a que no existe reglamentación alguna que rija el evento.

Así las cosas, algunos funcionarios han incluido en sus gritos verdaderas estupideces. Los eventos abundan:

Está el caso de Luis Echeverría, quien una vez gritó “¡Vivan los países del Tercer Mundo!” o el de Lázaro Cárdenas y viva a favor de “la revolución social” o las demagógicas arengas de José López Portillo cuando dijo “¡Viva nuestra soberanía!, ¡Viva nuestra autodeterminación!, ¡Vivan nuestras libertades!, ¡México ha vivido, México vive, México vivirá!” y luego procedió a quebrar al país.

No voy a recordar aquí a los múltiples despistados que han lanzado vivas a héroes de la Revolución que ni habían nacido para luchar en la Guerra de Independencia. Entre ellos hay varios ex presidentes de la república cuyo gritos se pueden encontrar referenciados en la Internet.

Hace tres días, en Londres se escuchó el que tal vez sea el Grito más estúpido de los últimos años, cuando el inexperto embajador de México en el Reino Unido, dijo:

“¡Vivan los héroes que nos dieron patria! ¡Viva Hidalgo! ¡Viva Allende! ¡Viva Aldama! ¡Viva Josefa Ortiz de Domínguez! ¡Viva Morelos! ¡Viva Guerrero! ¡Viva Porfirio Díaz! ¡Viva Emiliano Zapata!”.

Todo iba muy bien hasta que el porfirista embajador vitoreó a su héroe y acto seguido a uno de los principales líderes de la Revolución de 1910, ninguno de los cuales participó en la Guerra de Independencia en vista de que el dictador nació en 1830 y el Caudillo del Sur en 1879.

El grito de quien realmente cobra un buen sueldo como concierge a cargo de la embajada fue absurdo y estúpido. Para entender el tamaño de su estupidez imaginemos a alguien lanzando al mismo tiempo vivas a favor de Superman y de su némesis Lex Lutor.

Ayer mismo el embajador ofreció la siguiente disculpa pública vía Twitter: “Ofrezco una disculpa por extender innecesariamente con dos menciones la arenga del Aniversario de la Independencia Nacional”.

La estupidez de Gómez Pickering se vio nuevamente en su disculpa. Su error no fue “extender innecesariamente con dos menciones la arenga” sino vitorear a uno de los grandes villanos de la historia oficial mexicana, al tirano que fue derrocado por la Revolución convocada por Francisco Madero.

Si hubiera gritado ¡Viva Madero! no tendría que haber ofrecido una disculpa.

Aceptémoslo. El embajador en Londres es un neoporfirista. Y además un estúpido, que de acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española no es otra cosa que un individuo “falto de inteligencia”.

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Fecha: 
Viernes, 18 de Septiembre 2015 - 12:00
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Micromemoria de un sesentayochero

El año más recordable en el imaginario de los que no lo vivieron es 1968. Un año cumbre en la década cumbre de la segunda mitad del siglo, los alegres sesentas, como los llamé entonces.

Fui lanzado al mundo siendo yo muy pequeñito, en la bonita, poco poblada, transparente y luminosa ciudad de México, hace hoy 68 años. Llegué temprano, a las 4:45, hora inoportuna para alguien cuyo biorritmo invita a apagar la luz a las 2 de la madrugada.

Fui lanzado al mundo sin manual de instrucciones ni nadie que me dijera qué hacer, por qué camino tomar, o qué hacía yo aquí. Muy joven, al mirar al mundo desde adentro de mi cuerpo, me hice mis primeras grandes preguntas: ¿Por qué estoy aquí? ¿Para qué? ¿Por qué en México, o para qué? Claro que no tengo respuesta, si me lo sigo preguntando.

Desde hace unos 28 años lo repito: “estoy empezando”, aunque luego de una vida larga los recuerdos me invadan a borbotones. Si bien no soy particularmente temeroso de la muerte (acaso porque nunca la he visto en verdad de cerca), tengo una serena prisa por vivir. Voy ligero de equipaje y ligerísimo de realizaciones, muy por abajo de lo que hace muchos años me imaginé que podría haber hecho cuando, en 1968, cantaba con los muy vigentes Beatles When I’m sixty-four.

En recurrentes furias de ese demonio que a todos ataca —el ego— me supuse especial e importante. Sé algo más hoy. Lo único que de verdad me enorgullece es mi creciente familia, mi mayor bendición y regalo, compañía constante y fuente de inmensas satisfacciones.

Por lo demás, y sin grandes apegos al mundo material, me he acostumbrado a estar vivo y envidiablemente sano; se me haría raro no estarlo, pero irremediablemente se acerca el viaje solitario y sin retorno, que quisiera hacer como mi permanente acompañante Charles Aznavour: rendir cuentas al Creador simplemente declarándole “He vivido”.

La falta de un manual de instrucciones me hizo dar duraderos pasos en falso, víctima de lo que un grandísimo amigo llama el fraude educativo. Tanto así que a partir del 86 (cabalística inversión del 68) decidí someterme a un largo e incesante proceso de desaprendizaje y rediseño.

Definí esa fecha, con el divino Dante, como la mitad del camino de mi vida. Celebré el día que cumplí 40 con una mención honorífica en un concurso de ensayo en honor a Ludwig von Mises sobre el tema Civilización y Libertad. Allí empecé a adentrarme en la Cultura de la Libertad y me hice liberal en la economía y la moneda verdadera (el oro y la plata). Complementariamente, en ese mismo 86 empecé a aprender con Julio Olalla y Fernando Flores filosofía del lenguaje y diseño ontológico, redes informáticas, la acción y la comunicación: lo más rotundo para empezar a entender que el ser humano significa ser historia, cuerpo y lenguaje. Y claro que toda acción humana que valga la pena proviene de la libertad individual. Estoy voluptuosamente abierto a todo pero soy inequívocamente partidario de la libertad.

Viví el 68 haciendo música y convencido de la banalidad de los deficientísimos estudios en que con pésimo rendimiento me había empeñado, para preferir cursos de filosofía, historia o religión, y reuniones de bohemia acreditando tazas de café y tarros de cerveza con amigos de otras carreras y con mis enormes maestros Miguel Mansur y Fernando Bustos.

No participé en un movimiento estudiantil acrecentado por la intolerancia de un presidente torpe y autoritario y por un secretario de Gobernación ambicioso, que se llenaron las manos de sangre joven. Para esas fechas yo viví dos meses en la eterna Roma.

Tuve el privilegio, a mi regreso, de visitar un París que seis meses atrás había sufrido un movimiento propiciado por la insidia gringa contra la exigencia legítima del presidente de Gaulle de obtener en sus transacciones comerciales oro metálico y no papelitos verdes; entre pronunciamientos socialistas refulgían de discusiones juveniles los cafés de Saint Germain des Près, con librerías repletas.

Visité luego mi personal Babilonia, cúspide de esa época: la inolvidable swinging London, repleta de banderas y jóvenes con pantalones de terciopelo y las más preciosas minifalderas, vestidas imaginativamente y con enormes peinados fuera y dentro de Carnaby Street y Piccadilly Circus, con evocaciones de Lord Kitchener como paradigma de patriotismo en el cincuentenario de la victoria de 1918. Nadie usaba el decadente y horrendo uniforme que son los jeans mientras compraba, como yo, el recién prensado disco blanco de los Beatles.

Fui sesentayochero entonces, pero sin caer nunca en la corrección política de admirar la aún joven revolución cubana, que vi como lo que siempre ha sido: un sistema estatal asesino de explotación y vasallaje. Y faltaban 21 años para que se derrumbara el muro de Berlín.

Sesentayochero de espíritu desde entonces, viví a plenitud ese fantástico año que se culminó con la hazaña de que por primera vez en la historia, a bordo del Apolo 8, tres hombres dejaran el campo gravitacional de la Tierra; Kubrick y Clarke hicieron 2001: Una odisea espacial.

Hoy que vuelvo a ser sesentayochero y escribo estas líneas, me he tomado una pausa ante la tremenda realidad de mi patria, cuando un grupo pequeñísimo de narcoguerrilleros y políticos radicales culpabiliza de sus propios crímenes y los de sus munícipes cómplices, al gobierno federal. Lanzan esos tipos una guerra insurreccional previa al aniversario del 20 de noviembre y antes del 30, para que el presidente (como pretenden) deje el cargo y fuerce a nuevas elecciones y puedan ellos asaltar el poder.

Preferí hablar hoy, al menos hoy, de temas más tranquilos. Después de todo, somos más los que no tenemos agendas de destrucción y daño contra el compatriota ni ambiciones enfermas por el poder. Hoy, al menos hoy, prefiero vivir en paz. Mañana será otro día. Estamos empezando. Sin esa canalla abriremos un futuro mucho mejor.

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Lunes, 17 de Noviembre 2014 - 17:00
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