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literatura

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Trópico de Cáncer

Estoy viviendo en Villa Borghese. No hay ni pizca de suciedad en ningún lado, ni una silla fuera de su lugar. Aquí estamos completamente solos y estamos muertos.

Anoche Boris descubrió que estaba lleno de piojos. Tuve que rasurarle las axilas y ni así se detuvo la comezón. ¿Cómo uno puede tener piojos en un lugar tan bonito como este? Tal vez nunca nos hubiéramos conocido tan íntimamente, Boris y yo, de no haber sido por los piojos.

Es ahora el ocaso de mi segundo año en Paris. No tengo dinero, recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz. El año pasado, seis meses atrás, pensaba que era un artista. Ahora no lo pienso, lo soy. Todo lo que ha sido literatura ha caído de mí. Ya no hay más libros para ser escritos, gracias a Dios.

Una de las cosas que disfruto enormemente es la comida. Y en esta hermosa Villa Borghese casi nunca hay evidencia de ella. Le he pedido a Boris incontables veces que compre pan para el desayuno pero siempre lo olvida. Él sale a desayunar a la calle, parece. Come en restaurantes por consideración a mí, dice que duele comer un enorme plato cuando estoy yo mirándolo.

Muchos de mis amigos quieren ser escritores, pero sólo Carl y Boris tienen talento. Ellos dos están locos, mientras Van Norden está “enculado” siempre con alguna puta y Moldorf es un borracho.

Ver la cara de Boris noche tras noche no hace nada por mí. Añoro a Tania, la judía más encantadora, con sus muslos regordetes y estorboso liguero; pero parece haber escapado con un tipo llamado Sylvester, que no hace arder sus ovarios como lo haría yo…

Estoy tratando ineficazmente de acercarme a Moldorf. Es como tratar de acercarse a Dios, porque Moldorf es Dios – nunca ha sido algo diferente. He tenido otras opiniones que estoy reconsiderando. Tenemos tanos puntos en común que es como ver mi reflejo en un espejo agrietado.

Tengo el vivo recuerdo de haber disfrutado mi sufrimiento. Era como ir a la cama con un cachorro. De vez en cuando arañaba – y entonces era verdaderamente aterrador. Hay gente que no resiste el deseo de estar enjaulados con una bestia salvaje y ser aplastados. Se aventuran sin revólver o látigo. El miedo los hace intrépidos… Para el judío el mundo es una jaula lleno de bestias salvajes.

He convenido conmigo mismo no cambiar ni una sola línea de lo que escriba. No estoy interesado en perfeccionar mis pensamientos, ni mis acciones. Junto a la perfección de Turgenev pongo la perfección de Dostoevski. Aquí entonces, en este mismo medio, tenemos dos tipos de perfección. Pero en las cartas de Van Gogh existe una perfección que va más allá que cualquiera de estas dos. Es el triunfo del individuo por encima del arte.

Sólo hay una cosa que me interesa de manera vital ahora, y eso es el registro de todo lo que se omite en los libros. Nadie, hasta donde yo sé, hace uso de esos elementos que se han quedado volando y que le dan dirección y motivación a la vida. Sólo los asesinos parecen estar extrayendo de la vida alguna medida satisfactoria de lo que ponen en ella. La era exige violencia pero lo único que obtenemos son explosiones malogradas. Las revoluciones se cortan de raíz o se extinguen demasiado rápido. La pasión se agota muy pronto.

El teléfono interrumpe este pensamiento que nunca hubiera sido capaz de terminar. Alguien viene a rentar el departamento…

Parece como si ya se hubiera terminado mi vida en Villa Borghese. Tomaré estas páginas y seguiré adelante. Algo sucederá en otro lugar. Algo siempre está sucediendo. Parece que siempre hay drama a donde sea que yo vaya. Las personas son como piojos – se cuelan bajo la piel y se entierran ahí. Puedes rascarte hasta sangrar pero nunca te libras de ellos. En todos lados la gente está haciendo un desastre de su vida. Todos tienen su propia tragedia. Ya está en la sangre – infortunios, apatía, pena, suicidio. El ambiente está saturado de desastre, frustración, inutilidad. Rascan y rascan hasta que ya no queda nada de piel.

Henry Miller nació el 26 de diciembre de 1891 de padres germano-estadounidenses. Creció siendo de la clase obrera junto con su hermana menor Lauretta en Brooklyn, Nueva York. Desde muy joven Miller aprendió a vivir “en la calle” y desarrolló pasión por la lectura. Se inscribió a la universidad City College de Nueva York pero abandonó sus estudios  al cabo de dos meses porque estaba en desacuerdo con el sistema tradicional de educación universitaria. Miller se concentró en su escritura durante los quince años que obtuvo empleos poco comunes.

Tropic of Cancer, originalmente publicada en 1934, es un recuento de sus experiencias en Paris con un toque autobiográfico. Su precuela Trópico de Capricornio fue publicada en 1939. Debido a sus explícitos pasajes sexuales ambos libros estuvieron prohibidos en Estados Unidos por casi tres décadas. Sin embargo, la publicidad contribuyó a la fama de Miller y los libros se convirtieron en best sellers.

Henry Miller Tropic of Cancer. Nueva York, Grove Press, 1994. Extracto del Capítulo I, de la edición publicada el 6 de enero de 1994; idioma original inglés.

Traducción inglés-español por Diana Morales Morales.

© 1961 Grove Press. Todos los derechos reservados.

Fecha: 
Lunes, 08 de Febrero 2016 - 17:30
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Nostalgia del pasado

Suelo titular mi columna Nostalgia del Porvenir pero he decidido dirigir mi nostalgia al pasado hoy, que comienza un nuevo año bajo los auspicios de la última triada de la mercadotecnia invernal: Malhechor, Gastar y Vaasaltar a 18 meses sin intereses.

Cuando comienza el porvenir rememoro un gran pasado que viví, al que en retrospectiva se me ha ocurrido llamar (por darle un nombre) mi Decena Fantástica, aprox. 1965-1975.

En ese tiempo cercanísimo y muy lejano despertaba yo a la vida adulta junto con millones y millones más. Comenzó el año de mi nacimiento (1946) el famoso baby boom en Estados Unidos y en los países victoriosos de la II Guerra. Nacimos a partir de ese año millones de baby boomers, uno de los fenómenos más interesantes de la historia poblacional. En la agotada Europa, ayudaron al fenómeno millones y millones de desplazados de países satélites, sobrevivientes judíos, y alemanes de raza o recientemente desinstalados de tierras liberadas de los nazis. Cuando estalló la paz, empezaron a reproducirse como conejos.

Ese baby boom marcó un peculiar capítulo demográfico cuando millones de niños pasamos al mismo tiempo a la adolescencia y la juventud. (Luego a la madurez y ser más o menos productivos y reproductivos, formar familias, para después esperar la pensión por retiro; eventualmente algunos formarán cola para tratarse el Alzheimer, y finalmente, a los panteones. Demasiados compañeros míos han pasado a ellos.)

Para nada pensábamos en eso cuando lo vigente era una explosión juvenil como nunca se había dado. Si bien los vecinos del norte tuvieron enorme importancia y la mejor música se cantaba en inglés, el Reino Unido marcaba el compás: Hail Britannia! Britannia rules the sound waves! Por primera vez en la historia Inglaterra no sólo fue central en música sino que tomó la vanguardia en composición. Viví a tope una época en que mi vida recibió la bendición que hace poco recibí de André Rieu: que tu vida esté rodeada de música.

Fueron años estupendos que no rememoro por los dudosos estudios en la universidad a la que entré en el 65 sino por lo aprendido fuera de las aulas, los amigos que hice allí, y la música. Al comenzar 1965 ya se habían ido mis abuelos, a uno de los cuales quise con tanta entraña como se puede querer a alguien; y comenzó la fase gruesa de los que desde entonces llamé alegres sesentas, prolongados hasta media década siguiente. Época de envidiable estabilidad económica, con moneda aún ligada al oro; apertura artística y musical, esotérica y floral, psicodélica y espiritual. Tiempos post Concilio Ecuménico con su explosión de renovación litúrgica, y un aggiornamento de las prácticas religiosas, que por circunstancias particulares, viví a tope.

En el 1967 hizo época Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, epítome de novedad e innovación, talento y variedad en un solo disco. Ringo con With a Little Help from My Friends y las mafufadas de John. Lucy in the Sky with Diamonds, con una guitarra estupenda y ecos que alguien asoció con el entonces popular alucinógeno LSD. Ecos de Schubert en She's Leaving Home, y el místico George, manifestando cuánto había aprendido de su amigo y maestro Ravi Shankar en Within You Without You. Y entre las juguetonas del ligerito Paul, When I’m sixty-four, que canté nostálgico hace 5 años ya.

El 2000 parecía imposible, inconmensurablemente lejano, inalcanzable. Todo mi tiempo era futuro, cuando hoy una parte grande de mi vida es pasado. Es irremediable mirar para atrás, a pesar de que yo siempre estoy empezando. Y sigo mirando p’atrás.

En la cumbre de esa década, 1968, tuve el privilegio de vivir solo en Roma dos meses; viajé a Suiza, Francia, Bélgica y al swinging London donde compré recién fresquito de las prensas de acetato el disco blanco de los Beatles. En ese año toda ciudad que se respetara estaba decorada con la bandera indispensable de la capital de esos años: Gran Bretaña. Y no se diga aquél inolvidable Londres donde, aún sin terrorismo ni demasiados árabes, las mujeres no se cubrían la cabeza sino que enseñaban generosamente las piernas en un despliegue de alegría y juventud inconcebible para quien visite hoy cualquier ciudad europea y las vea vistiendo el uniforme de la mediocridad, los asquerosos jeans.

Una querida amiga gringa muy querida me regaló en 1967 The sound of silence de sus compatriotas Simon & Garfunkel, indispensable hasta hoy. Al año siguiente apareció otro cuyo tema me hacía soñar: Are you going to Scarborough Fair? / Parsley, sage, rosemary and thyme / Remember me to one you lives there / She once was a true love of mine.

La navidad de 1968 llegó con un disco insólito que compré en la benemérita, hoy desaparecida Sala Margolín: Switched-on Bach, donde Walter Carlos recreó brillantemente en sintetizador Moog piezas de Juan Sebastián. (En 1972 traté en un barco a Wendy Carlos sin saber que ella había sido él, recientemente operada/o de cambio de sexo. Me enteré años después, pero al atracar el barco en NY, lo primero que hice fue ver A clockwork orange, de Stanley Kubrick, con música de ella/él.) Por aquél entonces empezaba Elton John con una canción espléndida, Rocket man. Y claro que era indispensable Serrat, compositor de lo bueno suyo en esos tiempos, sin nada recordable desde entonces.

Y hablando de Kubrick, en 1968 salió 2001. A space odyssey, película germinal evocadora de que todo era posible. Nació allí mi gusto por la ficción científica y por las grandiosas obras de Arthur C. Clarke e Isaac Asimov.

En cuanto a literatura, por esas épocas me aficioné también a las grandes obras de Teilhard de Chardin, autor estupendo para una época de avanzadas intelectuales, con su místico evolucionismo católico (recogido en una notable serie católica reciente, producida por el Opus Dei, donde demuestra la razonabilidad científica del evolucionismo a la luz de la fe católica y de su doctrina; nada que ver con los delirios creacionistas del Bible belt gringo y su visión literal de la Biblia). También me aficioné a la excelente literatura francesa (comencé por Saint-Exupéry, seguí con Camus) y la canción francesa con el grandioso belga Jacques Brel, Jean Ferrat, Edith Piaf, Juliette Gréco, el irreverente Georges Brassens, el excelente Charles Aznavour. Y qué decir del jazzista bachiano Jacques Loussier. Ah, y en esos años me aficioné por primera vez a lo que más hago hoy: escribir.

Seguí poco a los Rolling Stones, Jefferson Airplane, The Mamas and the Papas o los Bee Gees, aunque tuve motivos para rememorar su bellísima Massachusetts. Aún no había conocido al gran Jaime Almeida, con quien pude haber vivido mucho más de nuestra afición principal, la música. Y me quedé pendiente con Bob Dylan, pero recordaba A hard rain’s gonna fall y Something’s happening here but you don’t know what it is… do you Mr Jones?

Y es que eran épocas insólitas, en que todo (lo bueno) podía pasar. Había una consciencia social de causas mayores que nosotros, que no veo por ninguna parte en nuestro devastado y degenerado ambiente político. Se respiraba en Europa, EEUU y México una generosidad histórica que ya no existe. No había la angustia de pensar en un futuro terrible, y casi todos creíamos en ideales, aunque fueran tan espurios como el socialista, expresados en el espejismo hueco de la criminal dictadura cubana. El guapo y fotogénico Ché (psicópata, asesino, secuestrador) fue producto 100% de los 60, cuya foto de Alberto Korda en 1960 ha pervivido como nostalgia de épocas en que había más de esa consciencia hoy perdida en el estercolero de la peor política.

Aquella contracultura daba espacio a las drogas (que nunca probé) y a la cultura oriental, al Zen y a la meditación trascendental, que sí me interesaron vivamente; aprendí ésta años después y nunca he dudado de su eficacia. Homenajeo aquí a mi amigo y socio, el finado Agustín Lira, con quien hice genialidades audiovisuales con poquísimos recursos.

Los años cumbre de esta mi nostalgia fueron 1968, 1970, 1972, y desde luego 1975, año de la fundación de mi familia (hoy somos 21) con una notable mujer que había conocido desde 1969 en mi universidad, la célebre Totina, quien llegó a ser madrina de la estudiantina en la que hice música durante todos esos años.

Eran tiempos de flores y perfume, sueños realizables y visión hacia delante, de poco resentimiento y mucha echarse p’adelante. Nostalgia quiere decir dolor por la casa (nostos casa, algos dolor). Lo que yo empecé a ser se fundó en esos años estupendos. Ya no regresarán porque lo pasado ya pasó pero parte de ese algos es saber que las generaciones contemporáneas —mis hijos— no habrán conocido lo que se vivía entonces, con ese empuje tremendo hacia el futuro, con ese apetito por cosas mayores que nosotros y que inspiró desde entonces mi interés por la cosa pública. Carole King cantaba por el 72 you know wherever I am, I'll come running, to see you again… Aparece la carne femenina de la nostalgia: to see you again…

Soy hechura de esa época, pero no dejé de aprender entonces. Nunca he dejado de aprender, sobre todo en mi estilo preferido: el autodidáctico. Y como he decidido no morirme todavía, lo diré de nuevo en el idioma de esos años musicales: I’m beginning.

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Jueves, 07 de Enero 2016 - 16:00
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En la corte del lobo

Autor: Hilary Mantel

Editorial: Destino

“Aquel a quien le gusta que le adulen es digno del adulado”.
Enrique VIII

Tras la publicación de la serie LOS REYES MALDITOS DE MAURICE DRUON, la novela histórica cortesana no había alcanzado un nuevo pináculo, hasta el 2009 año en que salió publicada la novela EN LA CORTE DEL LOBO de la británica HILARY MANTEL, donde nos narran los entresijos y las intrigas de la corte de Enrique VIII, donde la ambición de una cortesana Ana Bolena puso en jaque a todo un reino.

Intriga y traición son los ingredientes principales de ésta novela que será llevada a la pantalla chica por NETFLIX, ganadora del premio BOOKER nos cuenta el ascenso de un herrero de apellido Cromwell que al más estilo de Maquiavelo, logró labrarse un destino gracias a su inteligencia y astucia, cualidades que lo hicieron más que necesario en la corte del monarca, quien acechado por la iglesia al querer separarse de Catalina de Aragón (viuda de su hermano mayor) por casarse con Ana Bolena, lo hicieron blanco de intrigas orquestadas por Tomás Moro, canonizado como santo patrono de los políticos.

En la novela uno vive como si fuera una familia moderna los sinsabores de hombres que manejaron los destinos de una nación y que hicieron que Enrique VIII no sólo creara un cisma, sino la semilla de un imperio que acabó en pleno Siglo XX con la muerte de la Reina Victoria.

La novela no solo es una novela sobre los Tudor, sino que nos adentra en la corte de uno de los monarcas más sonados de la historia, padre de la llamada Reina Virgen, Elizabeth I, quien hizo de una nación flagelada y acosada, la cuna del Imperio Británico, abolengo rancio que todavía se destila en las revistas del corazón con los herederos de una reliquia histórica que fue el Imperio Británico.

Su protagonista, Thomas Cromwell se labra su destino en una corte inmovilista donde todo giraba alrededor del monarca, y donde los intereses del Papa Romano chocaban con los de éste monarca indómito quien al no obtener el respaldo papal a través de su cardenal Wolsey, rompió con Roma y creó una iglesia nacional, llamada Anglicana, donde el Monarca era el jefe de la iglesia.

En sus páginas veremos a un Tomás Moro fanático que en todo momento anteponía los intereses de Roma a los de su Rey y nación, así como a una atribulada Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos de España, abandonada a su suerte y traicionada por sus protegidas, las hermanas Bolena, quienes tras haber sido educadas en la corte de Francia en las artes amatorias y cortesanas, fueron la punta de lanza para encumbrar a sus familias.

Una novela que se lee con sumo placer, donde todos los personajes tan distantes, nos parecen tan familiares y comunes, al grado que uno se logra identificar con un Rey aquejado por la gota y por las pasiones.

Como refiere el diario británico The Times, “Hace que una historia que se despliega cinco siglos atrás vuelva a aparecer nueva y escandalosa”.

Un libro que se leerá con sumo placer.

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Hilary Mantel
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Fecha: 
Viernes, 06 de Noviembre 2015 - 15:00
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Romper en llanto

Se llora de muchas formas y muchas veces. Algunas lágrimas son delicadas, románticas, dulces o tiernas, otras pueden parecer ridículas, casi siempre salen de los ojos de una mujer, de un infante o de un joven. El recorrido que inicia en las entrañas parece escribir sobre las mejillas palabras que no se entienden; las lágrimas de los caballeros no son tan comunes y solo ellos las conocen bien, saben cuándo y saben exactamente por qué lloran.

Hay edades para llorar también, de niños, no importa cuándo ni delante de quién, de jóvenes las lágrimas casi siempre son por la misma razón y se ven bonitas en todos los rostros, de adultos poco a poco van dejando de salir en público y se esconden cada vez más; se llora en soledad y en los rincones porque de grandes, se supone que ya no se llora por todo. De ancianos vuelve a ser tierno, delicado y nunca ridículo, son las edades pues, que forman, deforman y vuelven a dar permiso para llorar.

Romper en llanto es más que un simple lloriqueo, mucho más que una hipersensibilidad o un berrinche, ya sea por un momento de desesperación, cansancio emocional, desaliento o por caminar arrastrando la motivación y volver a caer. Se rompe en llanto cuando los límites y la capacidad de avanzar se han terminado,  a veces la acumulación de emociones solo encuentran su salida con un llanto explosivo.

He llorado insufriblemente en el cine o leyendo libros, por ejemplo con  “La venta de un asesino en serie” (The selling of a serial killer),  que cuenta la cruel historia de la prostituta y asesina Aileen Wuornos. O con “Milagros inesperados” (The Geen Mile), escrita por Stephen King,  una historia que entre la injusticia y el amor solo existen lágrimas y más lágrimas.   La película “Yo soy Sam” (I am Sam),  guion escrito por Kristine Johnson que tiene la desfachatez de empezar sin imagen con un lejano y tierno “Daddy” y que marcó también el inicio de mi llanto hasta el final de la cinta y dos días después.  “Expreso de medianoche” (Midnight express), el relato de Billy Hayes tan dolorosamente confuso e inquietante. “Noches de tormenta” (Nights in Rodanthe) de Nicholas Sparks, las románticas escenas en el ambiente nublado y lluvioso de una playa son el espacio ideal para soltarse a llorar nostálgicamente, la lluvia casi siempre estimula la lágrima. “El fin, el último de la creación” (Green River Rising) de Tim Willocks, cuando la locura y la desesperación invitan a detener la lectura para secarse los ojos y volver a la historia.  “Mi planta de Naranja Lima” una entrañable historia autobiográfica del brasileño José Mauro Vasconcelos, cada página son emociones diferentes y todas van de la mano del llanto. “Un año junto al mar” (A year by the sea), de Joan Anderson que cuenta un personal escape en solitario que no siempre se puede lograr. Entre otras historias, las anteriores me han hecho romper en llanto.

Las historias de éxito después del fracaso tienen mucho de profundidad y me hacen muy feliz, las historias de fracaso que nunca llegan al éxito me dejan una fea sensación de tristeza. Los esfuerzos del ser humano por ser y pertenecer tienen límites que terminan por romper el llanto, cuando de rodillas se muerde el polvo, cuando no hay más profundidad que pueda alcanzarse.

Hay historias de los que creen en el mundo, que desde su rincón hacen de su vida un festivo carnaval, llenos de talento, llenos de ilusiones, con caminos tan infinitos como solitarios. No sé qué finales puedan tener las historias que nunca son literatura o cinematografía, esperaría que quienes han roto en llanto desde las entrañas, tuvieran un final halagador al menos, para que la respiración inhale un puño de aire diferente y sus pulmones se llenen de oxigeno limpio antes de morir en el intento o levantarse a seguir viviendo.

Los momentos que hacen tropezar y llorar sin consuelo son las historias que me hacen romper en llanto, no puedo siquiera contar las que conozco porque las vuelvo a llorar, como acaba de pasarme ahora al recordar algunos de mis mejores libros. Y como dije antes,  las edades pintan y permiten lágrimas, mi edad y mi rostro me dicen que el encierro sin espejos es la mejor opción para llorar, acabo de saberlo, ya no soy bonita cuando lloro.

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Fecha: 
Martes, 03 de Noviembre 2015 - 18:00
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Ana Frank. La biografía

Autor: Melissa Müller

Editorial: Paidós

“Qué maravilloso es que nadie necesita esperar un solo momento antes de comenzar a mejorar el mundo”. Ana Frank

Mientras Europa vive una grave crisis migratoria (en parte debido al conflicto armado en Siria, donde las ofensivas contra el Estado Islámico (ISIS) auspiciadas por Rusia), miles de personas  siguen huyendo en busca de un lugar donde poder vivir y reiniciar una nueva vida.

Imágenes transmitidas en los noticieros, donde los brotes de xenofobia siguen surgiendo, nos hace mirar atrás y ver como el hombre es el único ser que se tropieza dos veces con la misma piedra. Por tal motivo, en honor a todos aquellos migrantes que dejan todo, mas no sus esperanzas, recomiendo la lectura de ANA FRANK. LA BIOGRAFIA, escrita por Melissa Müller.

En ella, uno puede ver la voluntad indómita de una adolescente que plasmó lo más íntimo de su ser en un cuadernillo, regalo de uno de sus cumpleaños, donde con una prosa magistral desnudó el alma y nos mostró otro rostro más del genocidio nazi.

Quizás ANA FRANK sea la víctima más famosa del holocausto, quien enclaustrada durante dos años en un ático, plasmó la realidad que vivieron, sus familiares e inquilinos, para evadir el control policial nazi, el cual tras dos años evadieron escondidos en la llamada “Casa de atrás”.

Müller escribe no sólo el origen del afamado diario, sino las circunstancias que vivieron la familia FRANK en el régimen del terror nazi, donde se les quitaba todo a los judíos, menos la dignidad.

La autora tras realizar una aguda investigación nos describe no sólo los sinsabores de ésta familia de clase media alta, que procrearon dos niñas, mismas que perecieron en los campos de exterminio nazi, campos descritos como “Un verdadero infierno comparado con la comedia de Dante” por uno de los genocidas nazis.

La máquina de guerra instaurada por Hitler  mostró sus garras incluso antes de iniciada la conflagración llamada Guerra Mundial, ante la indiferencia de las potencias que veían las acciones contra el pueblo judío como meras “bravuconadas” del Partido Nazi.

La indiferencia es el aliciente del tirano y cómo podemos ver, el legado y las advertencias plasmadas por una adolecente, cuya vida fue truncada por una maquinaria asesina, siguen vigentes, sólo que los miles de refugiados que a diario se ven en las noticias huyendo, son simple estadística mientras no tengan una voz  como la de ANA FRANK, quien a pesar de haber muerto en un campo de exterminio, su voz vive.

Como dijo Miep Gies (1909-2010), amiga de ANA en el prólogo, ¿Por qué duda tanta gente de si debe ayudar a sus semejantes?

Los genocidios persisten, sólo es cuestión de abrir los ojos. Lectura más que recomendable para entender a la bestia asesina llamada indiferencia.

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Ana Frank (1929-1945)

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Fecha: 
Viernes, 23 de Octubre 2015 - 18:30
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¿Volver al futuro?

 

Sí, los premios Nobel de este año recibirán su espacio, pero sin duda el Dr. Emmett Brown requiere que le hagamos un tiempito.

Apenas pasado el terremoto de 1985 y llegaron Marty McFly y el Doc con turbadoras noticias de un futuro donde AMLO y Muñoz Ledo son la oposición, Jacobo Zabludovsky fue prócer del periodismo y hay como una docena de futbolistas mexicanos en Europa.

Delirante como buena parte de la filmografía de Robert Zemeckis, Volver al futuro II nos dio un atisbo de lo que sería este año. Sin embargo viendola de nuevo, es fácil notar que el 2015 de hace treinta años es muy ochentero. Y es que viajar por el tiempo, aún haciendo guiones no es sencillo.

Paul Nahin de la Universidad de New Hampshire en el maravilloso libro Time machines hace un recuento de varías de las hipótesis sobre los viajes del tiempo, sus posibilidades e imposibilidades y varios de los ejemplos en la cultura popular.

De entrada el tiempo es algo complicado de definir. Einstein de plano dijo que era “lo que los relojes medían”. Pero él mismo se encontraba limitado por la idea de que el tiempo era constante en el Universo, algo muy de Newton. El problema es que cuando un objeto se acerca a la velocidad de la luz, a distancias infinitas y a cantidades inmensas de masa, no parecía cumplirse. Newton se volvía un sarcófago que no lo dejaba moverse con soltura en los pizarrones. La solución resultó, nunca mejor dicho, relativamente simple. ¿Y si el tiempo en lugar de ser una constante era tratado como una variable? El tiempo resultó no ser constante y trascurrir más lentamente a mayores velocidades. Desde entonces este extraño fenómeno llamado dilación del tiempo se ha comprobado aún a velocidades alcanzables por un Delorean 1985.  Cuanta más materia tenga un objeto más distorsionará el espacio y el tiempo y si llega a ser tan pesado lo puede romper como una roca rasgando una tela delgada. El matemático neozelandés Roy Kerr propuso que algunas estrellas provocaban esto y formaban un agujero de gusano, una especie de túnel que desembocaba en otro punto y tiempo del espacio.

El Universo sería como un terrario con celdas comunicadas por galerías y túneles como los hechos por lombrices, donde pasado, presente y futuro coexisten. Pero antes de que haga las maletas, cronológico y viajero lector, debe saber que nunca se ha visto un punto de salida de esos agujeros. Robert Zemeckis también jugó con esta idea en otra película, Contacto, basada en la novela de Carl Sagan quien se la medio plagió a Francis Ford Coppola. La verdad, con el tiempo, resultan más profundas y menos petulantes las aventuras de Marty McFly por las implicaciones lógicas y edípicas que suponen.

Imagine un viajero del tiempo que mata a su propia abuela en el pasado. ¿Habría nacido? O mejor, se la liga ¿el viajero puede ser su propio abuelo? La misma situación puede volverse más compleja. Imaginemos a una persona que hereda un reloj de bolsillo de su abuela; dicha persona viaja al pasado y obsequia el reloj a quien será su abuela, el mismo reloj que recibirá de ella en el futuro. ¿Entonces quién fabricó el reloj? Más o menos eso pasa en la cursísima Pide al tiempo que vuelva con Christopher Reeve basada en una novela de Richard Matheson (el de Soy leyenda) y que también es medio plagio de la novela Time and Again de Jack Finney. Aunque está claro que no hay que viajar en el tiempo para usar las ideas de otros, imaginemos que un artista famoso se visita así mismo en su anónima juventud y se obsequia la música, los poemas o novela que lo harán célebre y popular tan solo copiarlos…¿quién escribió la música? ¿Quién imaginó la novela? La ciencia ficción está llena de estas paradojas, adaptaciones, homenajes y casi plagios.

Desde El reloj que marchaba hacia atrás de Edward Page Mitchell de 1888 o Un joven yanki en la corte del rey Arturo de Mark Twain hasta la inquietante y reciente Predestinación con Ethan Hawke, el género y la inquietud que motivan parecen gozar de buena salud. Al menos por un tiempo.

Y si usted gusta de pasar el tiempo con el tema, considere, no siempre por buenas, Línea del tiempo de Michael Crichton, la sensacional miniserie británica Life in mars de H.G. Wells, La Máquina del tiempo y 12 monos de Terry Gilliam, así como Looper con Bruce Willis. Y para más sobre la vertiente científica, échele un ojo al texto de Oscar Miyamoto en Muy Interesante de este mes.

Fecha: 
Jueves, 22 de Octubre 2015 - 16:00
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Enediana, la poesía

Tuve el privilegio de presentar a Elizabeth Cazessús y digo privilegio porque según los protocolos de presentaciones literarias, un grande presenta a otro grande. Y me encuentro con otros grandes y de trayectoria importante que no consideran tamaños ni estaturas, consideran sencillamente sensibilidades de igual nivel que se pueden compartir.

“Enediana” es el poema que le da título a la compilación del trabajo literario de varios años de Elizabeth Cazessús y los atrapa en un libro que entrega orgullosa para los ojos, las debilidades y las emociones de quien se atreva a leerlo. Ella es poeta y los poetas son seres casi solitarios porque sus libros, a pesar de ser pequeños y de textos reducidos, son grandes pensamientos que no todos perciben, entonces esa lejanía de lectores convierten al poeta en un feliz solitario como Elizabeth que llora, canta y baila la poesía para que suene lejos y les llegue a todos.

Conocer a una personalidad de cualquier ámbito resulta una experiencia emocionante para cualquier ente común, en una situación así, puede no pasar de una mirada a distancia, un saludo fortuito en el camino, una sonrisa teatral, una fotografía y el olvido inminente en la mente de dicha personalidad.

Saber el trayecto de un personaje como Elizabeth, que ha llevado sus pasos por el camino de la sensibilidad, de la curiosidad por ser y dejar de ser, de saber por hecho que el trabajo de reinventarse como poeta es de todos los días. Estar en la circunstancia para saberlo de primera mano, de escucharlo de primera voz a primer oído, lo convierte en una experiencia especial porque nos regala la oportunidad de convertirnos en testigos.

Durante el recorrido de Cazessús en ésta recopilación de “Enediana” nos permite ser eso,  testigos de un camino que recorrió sola, que en soledad abrazó momentos, escudriñó recovecos tanto de un mundo material, como el suyo muy espiritual para lograr ése encuentro de la mujer con la tierra, con la sal, con el universo y equilibrar un tanto cuanto a la humanidad con ella.

En “Confesión de un Itinerario” nos conduce de la mano a los adentros de su poesía, nos invita a andar paso a paso el trayecto que ella ya recorrió sin saber que un día cualquiera nos lo estaría contando con libro presente.

Después de leer su confesión, me he convertido en cómplice y con honor me tomo las atribuciones que le corresponden a ese título. Después de leer ustedes a Elizabeth,  sabrán también que la complicidad tiene un deber y lleva consigo una repercusión, volver a leer, releer, buscar y rebuscar entrelineas.

Tener curiosidad por conocer  la noche aquella  en  que escribió “Boca” o tratar de imaginar la soledad que oscureció el viento mientras escribía “Sin Ángel, ni Demonio”.  Las letras todas surgen de un espíritu activo y revolucionario, de sus rituales y danzas, de sus nublados y estrellados cielos y de sus más profundas revaloraciones delante del espejo.

Querer saber cómo es la Sierra Madre de Jalisco desde los ojos de la poesía que los viajes de turista no enseñan, querer saber de primer intento, cómo bailan los indígenas cuando lloran, cómo sienten cuando deja de llover. Entender lo que dice la tierra cuando cansada, lanza las poesías que Elizabeth supo atrapar.  

Adentrarse y saborear los “Mandamientos de la Dama Infiel” que lleva mucho más allá de una simple, llana y superficial infidelidad mundana, es la intención de ser siempre fiel a los preceptos y adeptos que como seres humanos somos capaces de establecer en la intimidad, con la furiosa e intempestiva amiga llamada soledad.

Sus letras y su poesía, ésta presencia y ésta convivencia literaria nos asegura que “No es mentira éste Paraíso” como nos cuenta en una de las flores que conforman su ofrenda.

Lejos de querer conocer a la poeta rebelde en sus profundidades, nos queda la hazaña pendiente de adentrar nuestro propio ser en sus textos, hacerlos nuestros, llorarlos, soñarlos, vivirlos, adueñarnos de las letras que ella entrega como un homenaje de sus primeros siete títulos publicados.

Sus años de camino como poeta sobre las líneas que conforman Enediana, nos enseña a una Elizabeth completa y a punto de emerger en alguien más que aún no conocemos, quizá un día seamos de nuevo testigos de ése caminar que volverá a entregarnos con palabras, de las que también nos adueñaremos, con la misma pasión con que sean escritas.

Presentar libros es una cosa, presentar al escritor es una experiencia que queda siempre como compromiso para compartir y en esta ocasión mi compromiso, después de haber leído Enediana, es recomendarla con admiración y respeto.

El poema que abre las páginas,

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Martes, 06 de Octubre 2015 - 17:30
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La novela de formación

«A falta de sol, se aprende a madurar en el hielo»
Henry Michaux

Después del terremoto que devastó una parte de la ciudad de México en 1985, mi vida dio un giro brusco e inesperado. El terremoto fue, por ponerlo de algún modo, el pretexto para que mi madre, de espíritu profundamente nómada, decidiera nuestra próxima mudanza. Esa vez nos trasladamos al puerto de Tuxpan, al norte de Veracruz, donde planeba hacerse cargo de un edificio y un viejo cine que habían sido de mi abuelo. A mi llegada tenía catorce años y mis únicos amigos eran mis vecinos, algo mayores que yo, con un padre ganadero y gallero, mundos que me eran completamente ajenos, y que más tarde, al casarse dos de ellos con mis dos hermanas, se convirtieron en mi familia. Las calles de la colonia Rodríguez-Cano, donde vivíamos, todavía no se pavimentaban, la vida se hacía en torno a una miscelánea (la tiendita de doña Meche) y conocíamos a muchas personas en la colonia y en toda la ciudad. Frente a nuestra casa, cada tarde, atracaban dos o tres barcos camaroneros. Ahora todo está pavimentado, el muelle donde atracaban los barcos ya no existe y, a la mayoría de la gente de la ciudad, no la conozco. Lo primero, al llegar, para recuperar el año escolar, fue inscribirme en el Instituto Nacional de Educación para los Adultos (INEA). Cada tarde, junto a un grupo de estudiantes mayores que provenían de rancherías aledañas y que también trataban de terminar la secundaria, me sentaba en una rústica mesa de madera, con un refrescos de piña Squeeze y unas galletas saladas Gamesa, a leer unos libros de texto de pésima calidad. No había profesores, sino una especie de consejeros escolares o todólogos que tenían la misión de aclarar nuestras dudas y que, la mayoría de las veces, sólo las enturbiaban. A los quince años entré en un colegio privado y me hice de un puñado de buenos amigos (de los mejores que he tenido a lo largo de mi vida). Mis amigos y yo bebíamos como cosacos, dos o tres veces por semana. Por esa misma época el hermano menor de mi madre me encomendó la tarea de administrar su rancho ganadero, del cuál mi madre poseía una pequeña parte, y mi vida empezó a girar alrededor del trabajo, la escuela y mi manera desenfrenada de beber (a las cervezas algunas veces añadíamos ron Richardson que, según las malas lenguas, podía cegarte si lo bebías en exceso, así que cuidadosamente lo diluíamos con refrescos de cola o de sabores). Así, ingresé en el bachillerato y deambulé por dos o tres escuelas más; algunas, vespertinas, para poder trabajar por las mañanas. Era privilegiado. Nada podía hacerme más feliz que el rancho, un trabajo cargado de experiencias; además de que mi tío me pagaba más dinero del que podía gastar.  

Resulta curioso que, de todos los recuerdos de aquella época, tan agitada y confusa, los primeros que soy capaz de evocar, son los de aquellas noches que empezaba a beber con mis amigos a orillas del río y que terminaba amaneciéndome frente a un depósito de cerveza Carta Blanca, en compañía de mis vecinos. Cuando pienso en esas madrugadas, vuelvo a experimentar las mismas sensaciones de aquel entonces. Mareado y adormecido; con la impresión de estar muy lejos de todo y experimentando una sensación de paz que, conforme avanzaba la madrugada, se convertía en una disimulada angustia.

También es curioso que en ese tiempo me diera por leer, tumbado en las escaleras del Colegio Patria, algunas de mis primeras novelas de formación y que, en medio de mi trabajo, mis borracheras y el arte marcial que empecé a practicar, me haya dado por leer todos los libros de la biblioteca de mi madre, libros que sólo mi hermana mayor, lectora compulsiva, y mi madre, habían leído alguna vez.

Aunque debo aclarar que en Tuxpan también me aficioné a leer Condorito y que en el rancho, con los jornaleros, leía ejemplares de El libro vaquero; historietas de tipo western, ilustradas, que no podías dejar.

El tema de la novela de formación es el desarrollo de la vida de un individuo con rumbo a su autorrealización. En otras palabras, es la transición del protagonista hacia la madurez. El personaje, luego de cometer errores, aprende de ellos, corrije lo que puede y, luego de atravesar por diversas etapas, empieza a conocerse mejor a sí mismo. ¿No es ésa la historia de todos nosotros?

Fue en Alemania donde se utilizó por primera vez el término Bildungsroman (novela de formación o de educación), aunque algunas obras del Renacimiento, dentro del género picaresco, ya tenían características de este tipo. El lazarillo de Tormes, es un ejemplo de lo anterior.

Para muchos, la primera novela de este género es Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister (publicada en 1795), de Goethe. En México hay una novela de la época de la Independencia, que leí durante una de las tantas crisis asmáticas que padecí, titulada: El Periquillo Sarniento, de Fernández de Lizardi, que para muchos es algo así como el Don Quijote mexicano. En todo caso, es una novela notable y muy divertida, con muchos elementos de la novela de formación.   

Pero fueron las novelas de Hermann Hesse (Premio Nobel de literatura, 1946) las primeras obras de este género, propiamente, las primeras que leí: Peter Camenzind, Demian, Siddhartha, Bajo las ruedas, Narciso y Goldmundo. Casi toda la obra del huraño escritor alemán (nacionalizado suizo), Hesse, suelen centrarse en el desarrollo del individuo frente a la sociedad, en medio de una incesante búsqueda de su propia identidad.

En estas historias, la formación del protagonista suele darse después de una revisión retrospectiva que hace a partir de los errores que cometió durante el período en el que, buscando conocerse mejor a sí mismo, torció o equivocó el camino.

Dada su naturaleza, este tipo de obra suele tener una estructura circular.

Quizá una de las novelas que más me han marcado, y que leí algunos años después, al terminar mis estudios de posgrado, sea Hambre, del escritor noruego Knut Hamsun. Se trata de una novela de artista, que para algunos es algo así como un subgénero de la novela de formación. La historia se trata de un escritor que, persiguiendo la perfección artística y negándose a ejecutar otros trabajos que no estén relacionados con la escritura, vagabundea día y noche por Christiana (Oslo) muriéndose, literalmente, de hambre. Clara metáfora del hambre artística que siente alguna vez todo creador.

Quisiera no haber vivido muchas cosas en aquella época. Haber bebido menos, haberle dado menos dolores de cabeza a mi madre. Pero visto en retrospectiva, volvería a vivirlo todo, sin cambiar nada, tal como le ocurre al protagonista, Ivan, en la brillante novela de Ouspensky, La extraña vida de Ivan Osokin. Una historia que es como un espejo y que muestra un proceso circular en la vida del protagonista, que recuerda al Eterno retorno de Nietzche. Según Ouspensky, si viviéramos una y otra vez las mismas experiencias, reaccionaríamos siempre de la misma manera. A menos de que despertáramos (despertar la consciencia) y nos diéramos cuenta de que, a pesar de que tuviéramos que vivir lo mismo una y otra vez, podríamos vivirlo de otra manera (experimentar lo mismo con una actitud distinta).

Lo anterior, me hace suponer que la vida consiste en vivir cada etapa con lo que se tiene, pero también con lo que no se tiene. Para Nietzche hacía falta vivirla con estoicismo, pero creo que Ouspensky, de manera más sencilla, va todavía más lejos.   

Siempre he pensado que hay libros que deben leerse en una época determinada, y las novelas de formación son algunas de ellas, aunque la mayoría de éstas las leí más tarde, de lo cual no me arrepiento: El guardián entre el centeno, de Salinger; El retrato del artista adolescente, de Joyce; La Montaña Mágica, de Mann; En busca del tiempo perdido, de Proust ; La edad de la punzada, de Xavier Velasco (escritor mexicano contemporáneo); Juventud, de J.M. Coetzee; y una novela que es muy diferente a todas las anteriores y cuyo personaje es un antihéroe: Malebolge, de Pablo Soler Frost, un extraordinario escritor de culto, discreto y de altos vuelos. 

Al final, como escribió Schwanitz, la literatura no es otra cosa que el arte de escribir la historia en forma de vivencias y experiencias personales que se cristalicen en determinados personajes literarios.

Mi madre me decía que no es necesario andar buscando siempre la literatura en los libros, ya que la literatura está en la vida misma. «Si pasas todo tu tiempo en los libros, corres el riesgo de perderte la vida».

Fotografía: Hermann Hesse

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Viernes, 18 de Septiembre 2015 - 16:00
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Recordando a Germán

“El que esté libre de culpa, que arroje la primera chela” Germán Dehesa

Este miércoles (2 de septiembre) cumplimos cinco años sin German Dehesa y debo decir que lo seguimos extrañando. Se extrañan sus columnas, su blog, sus programas de radio y televisión, sus obras de teatro, su humor, su manera tan coloquial de escribir.

Desde que comencé a escribir, primero en mi blog y luego en otros espacios, siempre he estado influenciado por su obra. Fue el leerlo lo que me impulsó a iniciarme en este mundo con la esperanza de un día lograr algo remotamente similar. Con el paso de los años me he dado cuenta que igualarlo es sencillamente imposible. Más aún, he entendido y aprendido que cada escritor, cada periodista, cada comunicador debe tener su propio estilo sin copiar el de nadie más.

Leer al maestro Dehesa es toda una experiencia. Sin importar si nos hablaba de política, sociedad, deportes, sus viajes o su familia, no reír con sus aventuras no era una opción. Sus atropelladas vacaciones plasmadas en “Viajero que vas”, las experiencias con sus hijos en “No basta ser padre” o las reflexiones musicales que en “La música de los años” hereda a su hijo Ángel, hacen que nos identifiquemos con sus vivencias, que nos veamos reflejados en ellas e imaginemos que estamos a su lado escuchando de viva voz las más cómicas experiencias.

Pocas veces he sentido en un libro al autor tan cercano como con él. Su lenguaje coloquial y sencillo hacía que cualquiera que se acercara a su columna “La gaceta del Ángel” se sintiera atrapado y regresara una y otra vez por nuevas anécdotas. Con su pluma nos enteramos de temas actuales, del acontecer político, de lo que pasaba en la sociedad y hasta conocimos a su familia que en más de una ocasión protagonizó las historias del autor.

Siempre crítico inundó de sarcasmo periódicos y revistas y con sus mordaces y atinados comentarios nos enseñó a sobrellevar los problemas de nuestro país,  a hacer más llevadera la vida, pero, sobre todo, nos enseñó a amar a México, a reírnos de los problemas y de nosotros mismos, a disfrutar la vida en todo momento y a enfrentarla con humor más allá de las crisis y devaluaciones.

Habitante ilustre de la Ciudad de México y ciudadano distinguido, fue galardonado en 2008 con el Premio Don Quijote de Periodismo Rey de España por su “síntesis brillante entre el idioma español y el habla popular mexicana, en una combinación imaginativa de las palabras, que demuestra la plasticidad, riqueza y vitalidad de la lengua de Cervantes”.

El 25 de agosto de 2010 compartió a sus lectores con su particular estilo la noticia sobre su salud: “Creo que no les he contado que estoy enfermo, seriamente enfermo. Tengo cáncer, pero hasta ahora la enfermedad no me ha producido ningún dolor insoportable. Trato de vivir sobre las puntitas de los pies, pues en mis delirios, imagino que si casi no hago ruido, la enfermedad no se va a percatar de mi presencia y me permita colarme a la vida que es a donde me gusta estar. No me estoy despidiendo. Yo espero que falte mucho como para que ocurra algo tan ingrato”.

El 2 de septiembre de ese año perdió la batalla. Yo prefiero pensar que se bajó del mundo tras escuchar el informe de gobierno.

¡Hoy toca!

Voy vengo.

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Viernes, 04 de Septiembre 2015 - 16:30
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Recordamos tanto a Julio

El pasado 26 de agosto se cumplieron ciento un años del nacimiento de Julio Cortázar —acaso el más universal de los escritores argentinos junto al inabarcable Borges—, a quien se recuerda siempre, porque con Cortázar existe una conexión sensible que va más allá de su obra, y que ocasiona la pregunta ¿por qué queremos tanto a Julio?

No es un misterio tal puente que se crea entre Cortázar y sus lectores, después de todo se sintió poeta hasta los cuarenta años; es decir, su expresión natural era la poesía; su lenguaje, era el de un eterno niño, un Peter Pan, que nunca se cansó de la rayuela, del juego, de lo lúdico, de ese salirse del infierno para alcanzar el cielo que no era otro sino el de ser completamente libre.

Libre de ataduras en materia de escritura creativa que muchas veces imponen el traje y la corbata que él tanto aborrecía. Había que ir más allá de las palabras como le eran dadas. Cortázar buscaba el reverso de las cosas, y muchas veces, en ese estar volteando las palabras encontraba su escritura, su forma de inocencia, de belleza, que sólo tienen aquellos que no han dejado de ser niños.

Lo suyo era el divertimento, la creación alegre, desenfadada y natural, que se expresó de manera concreta con sus Cronopios, Famas y Esperanzas, esos seres luminosos que nunca terminó por definir bien a bien, porque él entendía perfectamente que aquél azar era indefinible de tan fantástico.

Hay que recordar a Julio siempre, a deshoras, en verano o en cualquier lugar, también en las autopistas y en ese París donde creyó encontrar a una Maga que se le deshacía en el sueño, en el anhelo por encontrarla.

Entendía que los sueños eran también una forma de vivir la realidad, de interpretar el mundo, de reordenar las cosas ya ordenadas; es decir, hallar en el desorden cierta proporción, cierto deseo de ser, una insospechada forma creativa que en sí misma era un diálogo, muy a la manera surrealista, metafísica, que de igual forma acompañó a “Cocó”, cómo lo llamaban entre familia.

Cortázar no le tuvo miedo a que la casualidad lo encontrara. Para él la casualidad fue fundamental durante su vida. Aquello imposible se le presentaba en forma de cuento, de novela, de poema, de notas musicales.

Siempre esperó lo inesperado que resultaba de la imaginación, porque para él los dioses eran terrenales, para Cortázar el otro lado estaba dentro de nosotros, nos habitaba como una especie de infinito que constantemente está en necesidad de ser reinterpretado con nuestras distintas herramientas como lo puede ser nuestro lenguaje, nuestras letras.

El Cortázar del nocaut, del aliento largo, el del poema interminable; el ensayista, el crítico, el comprometido social, el conferencista, el profesor, el traductor siempre fueron el mismo eterno enamorado del mundo.

Porque Cortázar igualmente nos permitió ver hacia afuera, con los ojos abiertos, no ya solamente hacía nuestro interior, sino al mundo, a la belleza contenida en éste.

En fin, que se quiere tanto a Julio porque no sólo se encargó de decirnos que la literatura era también un espacio para pintar la rayuela, sino que estimuló la experiencia creativa a todos los niveles.

De pronto nos ilusionó a todos al pensar que éramos capaces de escribir sus palabras, de jugar su mismo juego, de pisar los mismos cuadros que él pisaba, y claramente esto era un juego, pero uno bastante inocente, uno en el que, como niños, nos dejaba creer que también podíamos crear nuestra propia casa y tomarla.

Y le creímos tantos que no paramos de jugar junto a él ese juego que es su obra completa. Ese andar sin buscarnos pero sabiendo que andamos para encontrarnos.

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Viernes, 04 de Septiembre 2015 - 16:00
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