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La Iglesia en México y el Mundo: Los cambios en la Iglesia

Tras la tormenta generada por la “mexicanización de Argentina” y que las cosas en México “están de terror”, las disculpas y el encuentro del canciller Meade con el nuncio Christophe Pierre y el secretario general del Episcopado, Eugenio Lira  - todo lo cual ocurrió mientras el Papa Francisco y buena parte de la Curia Romana se hallaban fuera de El Vaticano en los ejercicios espirituales de Cuaresma -, hay otros temas importantes que atañen a la Iglesia en México, como la designación de obispos a las sedes vacantes.

Hoy lunes se dio a conocer el nombramiento del nuevo obispo de San Andrés Tuxtla el hasta ahora presbítero Fidencio López Plaza, procedente de la diócesis de Querétaro, donde ha sido párroco y se desempeña como vicario de pastoral de la mencionada diócesis.

López Plaza, nacido en 1950 y ordenado en 1982, fue coordinador del equipo de base para la misión continental permanente en México y miembro del consejo permanente de la Conferencia Episcopal Mexicana entre 2010 y 2012.

Este nombramiento nos lleva a las estadísticas actuales de la Iglesia en México: hay 18 arquidiócesis, 65 diócesis y dos eparquías, por lo tanto hay 92 sedes con obispos territoriales, 90 del rito latino y dos de ritos orientales. La cuestión es que la media de edad del Episcopado traspone el umbral de los 65 y obliga, según el derecho canónico a pensar quiénes son los presbíteros más aptos para desempeñar las tareas episcopales

En 2014 tuvieron que renunciar, por razones de edad, los siguientes prelados:

Emilio Berlié, arzobispo de Yucatán; Héctor González, arzobispo de Durango; Alberto Suárez Inda, arzobispo de Morelia, Ramón Calderón, obispo de Linares, José Luis Castro, obispo de Tacámbaro; Miguel Patiño, obispo de Apatzingán y Renato Ascencio, obispo de Ciudad Juárez.

Salvo, Suárez Inda y Berlié, el resto ha sido sustituido. El arzobispo de Morelia recién fue creado cardenal, así que se espera que renuncie en 2019; no se tiene noticia de que la renuncia de Berlié haya sido aceptada, a pesar de que su línea pastoral nada tiene que ver con el estilo de Francisco.

En este año, deberán renunciar los siguientes obispos: Ulises Macías Salcedo, arzobispo de Hermosillo; Rafael Romo Muñoz, arzobispo de Tijuana; Felipe Salazar, obispo de San Juan de los Lagos; Felipe Arizmendi, obispo de San Cristóbal de las Casas. Por el momento se hallan vacantes las siguientes diócesis: Tuxtepec y Gómez Palacio; esto significa que tres arzobispados  - Yucatán, Hermosillo y Tijuana -  tendrán un nuevo arzobispo y que se necesitara designar cuatro obispos para sedes vacantes durante los siguientes diez meses. Lo normal es que los tres nuevos arzobispos ya sean obispos residenciales y que los nuevos obispos sean auxiliares, aunque no extrañaría nada que el Papa prefiriera nombrar obispo a un presbítero para ocupar las sedes. En el caso de San Cristóbal de las Casas, hay un obispo coadjutor, así que la sucesión está solucionada, salvo que ocurra lo mismo que en 1998, cuando a Mons. Raúl Vera, siendo coadjutor con derecho a sucesión, lo nombraron Obispo de Saltillo para evitar que siguiera los pasos de Samuel Ruiz. Nunca se imaginaron que en Saltillo habría de desatar aún más polémica.

En 2016, renunciarán: José Luis Chávez Botello, arzobispo de Oaxaca; Alejo Zavala, obispo de Chilpancingo-Chilapa; Héctor Guerrero, obispo-prelado de Mixes; Luis Felipe Gallardo, obispo de Veracruz; José de Jesús Martínez, obispo de Irapuato; José Guadalupe Galván, obispo de Torreón y, nada menos que el cardenal Norberto Rivera.

Con todo, para 2017, los obispos nombrados por Juan Pablo II serán aún la mayoría, pero pocos, apenas trece, serán los promovidos por el primer Nuncio, Girolamo Prigione y que aún estén en funciones. Esto significa que habrá un profundo cambio generacional en el que los obispos más viejos habrán nacido a fines de la década de los cuarenta y principios de los cincuenta, mientras que los más jóvenes rondarán los cincuenta años. En estos momentos, el obispo mexicano más joven nació en 1970, y es Mons. Juan Armando Pérez Talamantes, auxiliar de Monterrey. El obispo de más edad, obviamente emérito, es Mons. Carlos Quintero Arce, ex arzobispo de Hermosillo y uno de los prelados políticamente más activos en la década de los ochenta del siglo pasado.

Si consideramos a la totalidad de los obispos  - residenciales, auxiliares, eméritos y eparcas -  la media de edad está en 70 años, pero la mediana ronda los 60 años, lo que significa que el alto clero mexicano está envejecido en un país con una población joven. Ese es un factor, entre muchos otros, que explica la distancia entre la jerarquía y los feligreses.

Habrá que ver que los nuevos obispos sean los mejores y que estén en consonancia con la línea pastoral del Papa Francisco. Por lo pronto, el año pasado, dos de los obispos más jóvenes, Emigdio Duarte, obispo auxiliar de Culiacán, y Miguel Romano, obispo auxiliar de Guadalajara, fueron suspendidos por habérseles comprobado encubrimiento de pederastas y malos manejos económicos, aunque se dice que Duarte, en realidad es víctima del obispo de Culiacán, Benjamín Castillo. Ambos casos fueron manejados con suma discreción y no trascendieron a nivel nacional; sin embargo, son precedente para que el nuncio y los obispos, así como los encargados de palomear las ternas en la Santa Sede, sean sumamente escrupulosos a la hora de promover sacerdotes, designar obispos o preconizar arzobispos, a fin de evitar escándalos de cualquier índole y, sobre todo, elevar la calidad de los miembros de la jerarquía en términos pastorales, intelectuales y humanos. Se requieren pastores eficientes, cercanos al pueblo, “con olor a oveja” diría el Papa y muy decentes, si en realidad se pretende consistencia entre el decir y el hacer.

Queda por saberse si en las ternas de promoción al episcopado se incluirá a algún jesuita, pues desde hace más de veinte años no hay un solo miembro de la Compañía de Jesús que sea miembro de la Conferencia del Episcopado Mexicano, lo que resulta bastante poco natural en un país cuya idea de nación fue originalmente pensada por jesuitas como los padres José Clavijero y Rafael Landívar en la segunda mitad del siglo XVIII.

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Fecha: 
Martes, 03 de Marzo 2015 - 17:30
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La Iglesia en México y el Mundo: ¿Por qué no viene el Papa a México?

Muchas personas en el país quedaron desilusionadas porque Francisco no vendrá México en 2015, a pesar de que viajará a Estados Unidos y a otros países de América Latina en los próximos meses.

Las razones para no visitar México son varias, algunas de índole logística, otras de racionalidad eclesial, y otras, naturalmente, políticas. Empecemos por las logísticas.

La visita a Estados Unidos el próximo comprende tres etapas: asistir al octavo Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia, una alocución ante la Asamblea general de la ONU en Nueva York y una visita oficial al presidente Obama y al Congreso en Washington, D.C.. Con ese itinerario, se llenan los ocho días que se destinan a una gira internacional. La gira a Sri Lanka y Filipinas duró una semana, desde la salida de Roma el lunes 12 de enero por la tarde, hasta el regreso exactamente al siguiente lunes, 19 de enero. La semana siguiente, las actividades del Papa se redujeron al mínimo indispensable. Obvio, el Papa Francisco es un hombre de 78 años, sin un pulmón y que si bien goza de una salud aceptable para su edad, está consciente de que no debe extralimitarse si quiere cumplir con todos sus objetivos de reforma.

En el caso de la visita pastoral a Ecuador, Bolivia y Paraguay, programada para fines de año, no hay modo de incluir a México, simplemente por distancia.

Vamos al segundo aspecto, al eclesial. Una parte de la jerarquía católica mexicana parece ser el modelo de lo que Francisco critica y que quedó magistralmente resumido en la alocución a la Curia del 22 de diciembre pasado, cuando habló de las quince enfermedades que “debilitan el servicio de Cristo”. No es porque en México no existan agentes pastorales positivos y con gran vocación, sino porque la parte más visible deja qué desear. Para muestra, el expediente de los Legionarios de Cristo y su relación con los poderes fácticos locales, independientemente de las atrocidades cometidas por su fundador; o personajes como el obispo emérito Onésimo Cepeda que se refirió al tema de Ayotzinapa en términos poco delicados por decirlo de una manera suave…

Un aspecto que resulta poco conocido son las diferencias entre el clero diocesano y el regular en México, en especial, la distancia que hay entre los obispos y los jesuitas. En el particular caso mexicano, la Compañía de Jesús desde la guerra cristera (1927-1934) ha asumido una posición crítica al gobierno frente a la posición más colaboracionista de los obispos a partir de 1938. Y justamente en las negociaciones para los cambios constitucionales de 1992, la jerarquía impidió que los religiosos participaran del diálogo con el gobierno, lo que derivó en que éstos cuestionaran cómo y para qué los cambios. Los obispos atribuyeron a los jesuitas haber promovido los cuestionamientos internos y desde entonces, puede hablarse de una especie de veto sistemático a los jesuitas, de forma en que no ha habido en México un obispo jesuita desde el fallecimiento del último obispo prelado de la Tarahumara, Mons. José Llaguno, en 1992. A ello hay que añadirle la animadversión que Juan Pablo II tenía en contra de la Compañía… y que Jorge Mario Bergoglio es jesuita y se le nota…

Lo de que sería grosero no visitar a la Virgen de Guadalupe, tiene algo de verdad y algo de retórica …. Benedicto XVI no estuvo en la Villa y no pasó nada, pero fue una forma elegante de Francisco para excusarse frente a tanta invitación gubernamental y eclesiástica.

El Papa Francisco conoce México, ha estado tres veces en el país, y lógicamente tiene una buena idea del sistema político mexicano no sólo como parte de la cultura general de América Latina, sino porque su secretario de Estado, el cardenal Parolin, conoce al dedillo la lógica de la clase política y de la Iglesia en México, pues le tocó ser testigo presencial de los intríngulis de las negociaciones de los cambios constitucionales en materia eclesiástica.

En las actuales condiciones de México, la necesidad de legitimación es muy fuerte, provenga de dónde provenga. Por eso, el Papa Francisco claramente dijo que no es el momento de hacer una visita pastoral a México: primero, precisamente porque no quiere que su imagen sea utilizada para convalidar un gobierno que él percibe fuera de la lógica de la doctrina social de la Iglesia, cuyos postulados son semejantes a los keynesianos en lo económico, pero con una agenda moralizante en lo político y lo social. Segundo, un elemento que pudo haber influido en la decisión del Papa es la percepción internacional del gobierno peñista. En ese sentido, diferentes publicaciones de alto impacto entre las élites mundiales -The Wall Street Journal, The Economist, The Guardian, The Washington Post, entre otras-  han dado cuenta no sólo de los casos relacionados con la violencia y el narcotráfico (Ayotzinapa y Tlatlaya) sino también de la corrupción, uno de los temas que más preocupan al Papa y al cual se ha referido en varias ocasiones, diciendo que es normal ser pecador, pero corrupto, no.

Un tercer aspecto son los informes que recibe de la Conferencia del Episcopado Mexicano y de la Nunciatura Apostólica, los cuales, a juzgar por lo expresado en la visita ad limina de mayo de 2014, no deben ser particularmente halagüeños con respecto a la gestión gubernamental, máxime si tomamos en cuenta el número de sacerdotes asesinados -nueve- por el crimen organizado de 2013 a la fecha, así como la crítica situación económica en la que destaca la alta concentración de la riqueza.

Un cuarto aspecto es que el Papa ha expresado su interés por acompañar a los migrantes y claramente dijo que le gustaría cruzar la frontera de México a Estados Unidos, al igual que los migrantes. Sin embargo, ese un tema de la agenda bilateral de los gobiernos de Obama y de Peña Nieto, cuya negociación es bastante espinosa y una acción pontificia, como la antes señalada, podría entorpecer la negociación política entre republicanos y demócratas en el Congreso Norteamericano, en detrimento de los migrantes mexicanos y centroamericanos. Como lo ha demostrado en distintas ocasiones, Jorge Mario Bergoglio es políticamente sensible y si no puede ayudar, tampoco estorba…

En suma, la prudencia política, tanto en términos civiles como eclesiales, indican que no es el momento apropiado para que el Papa argentino visite México. Tal vez en 2016, si las condiciones son favorables.

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Lunes, 26 de Enero 2015 - 17:00
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