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Mahatma Cárdenas… sin rueca

Como hongos después de la lluvia, están apareciendo diversos esfuerzos “ciudadanos” (léase políticos desplazados del poder o en busca de él) para tratar de influir en las próximas elecciones presidenciales. El argumento, impecable por cierto, es el hartazgo de los “ciudadanos” (léase la advertencia anterior) de los partidos políticos tradicionales.

Por ejemplo, un grupo de intelectuales encabezados por Diego Fernández de Ceballos han manifestado la intención de construir una candidatura independiente que frene a Andrés Manuel López Obrador (AMLO). No sólo Enrique Peña Nieto está obsesionado con el líder de MORENA, por lo visto. Los medios mencionan que de este grupo podrían salir las candidaturas de Juan Ramón de la Fuente o Jorge Castañeda Gutman, ambos con prestigio y sin ataduras partidarias, pero sin discurso ni proyección. Ser conocidos por el círculo rojo no garantiza ser conocidos (ni votados) por el grueso de la población.

Por otro lado, personajes que han militado en la izquierda (y en el PRI, el PAN, etc.) han lanzado una “iniciativa”, así la describen los medios, llamada Por México Hoy, que tiene por objeto “repensar en colectivo el proyecto de Nación”. En serio, eso dicen. La figura central de esta convocatoria es Cuauhtémoc Cárdenas, tres veces candidato perdedor a la presidencia, exgobernador priista de Michoacán, fundador del PRD y viejo amigo de las candidaturas de unidad alrededor, claro, de su persona. Lo acompañan Alejandro Encinas, quien ayudó a AMLO a consolidarse en el GDF, pero que por alguna razón no lo siguió (aún) a MORENA. Y Porfirio Muñoz Ledo, siempre en la búsqueda de un nuevo partido o esfuerzo político al que no haya pertenecido.

Este grupo ha declarado que no busca hacer un partido (la cosa se pone mal), sino construir un frente político y social que “proyecte la necesidad de vivir de mejor manera la democracia en su dimensión colectiva, lo público, que es de todos”. Este esfuerzo pretende que la “mayoría social” (cualquier cosa que eso sea), se convierta en “mayoría política”. No desean imponer nada, quieren “sumar esfuerzos”, respetando las definiciones y estrategias de cada individuo y organización. Están a un paso de convertirse en políticos franciscanos.

En realidad, Por México Hoy pretende convencer a AMLO de que no vaya solo y haga una alianza con otras fuerzas de izquierda (léase PRD, Movimiento Ciudadano y los restos de esa cosa llamada Partido del Trabajo, más lo que se acumule). Ojalá que estén preparados para la respuesta de AMLO: o aceptan su candidatura, su discurso y sus condiciones, o no hay acuerdo. Así de simple.

Al margen de esto, el “Bronco” cabalga.

Fecha: 
Lunes, 05 de Octubre 2015 - 18:30
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Yo no fui ¡fue Teté! (Fue el Estado)

Los muchos crímenes cometidos en Iguala el 26 de septiembre de 2014 tomaron por sorpresa al establishment de izquierda. Por unos días no supieron qué hacer ni qué decir: el gobierno municipal de Iguala era de izquierda, su policía obedecía a un presidente municipal de izquierda, y el gobierno estatal también era de izquierda. En esos primeros días los “intelectuales” y comentócratas de izquierda se quedaron pasmados, confusos, paralizados.

Luego de los crímenes del 26 de septiembre, el día 30 alabó Julio Hernández en La Jornada el Día del Maíz; el 2 de octubre culpó a la autoridad municipal de Iguala pero ya el 7 criticó a Peña. El 1º de octubre Sergio Aguayo escribió sobre Tlatlaya y Tlatelolco, no sobre Ayotzinapa. El 2 de octubre Lorenzo Meyer tampoco mencionó Iguala: pidió no olvidar Tlatelolco. El 3 de octubre Juan Villoro narró una anécdota de Acapulco. Carmen Aristegui escribió sobre el Poli el 3 de octubre y puso la palabra Ayotzinapa sin decir nada, al lado de Tlatlaya. René Delgado el 4 de octubre tocó de soslayo el tema. Denise Dresser (que recientemente se solazó en la tv con evidente placer y visible deleite cuando uno de los expertos de la CIDH contradecía el informe de la PGR de Murillo) el 6 de octubre se lanzó contra el Ejército y Tlatlaya; nada de Iguala.

Clamoroso silencio inicial de los izquierdos que igual de clamorosamente reprochan la inicial inacción federal ante un caso de jurisdicción local. Sólo hasta dos semanas después empezaron a criticar a las autoridades (federales). #FueelEstado apareció en Twitter el 21 de octubre de 2014, casi al mes.

Gerardo de la Concha criticó tempraneramente ese silencio. Mencionó a Sergio Aguayo, Elena Poniatowska, Pago Ignacio Taibo, Javier Sicilia, David Huerta en “Iguala: el Tlatelolco de la izquierda” (La Razón, 5 de octubre de 2014): “Si hacemos un ejercicio de imaginación pensemos que las autoridades responsables de Guerrero e Iguala hubieran sido priistas, entonces el tema no habría sido callado por los que menciono en este texto y, además, toda la legión cultural de izquierda ‘alzaría su voz’ y la indignación, convertida en un clamor, estaría desbordada y, por supuesto, sería justo.”

Lo que les pareció justo semanas después, ya metabolizado el suceso y tras una tan copiosa como sospechosa andanada en redes sociales, fue la frase salvífica “Fue el Estado”. No han dejado de criticar y marchar desde que a alguien se le ocurrió culpar al gobierno federal; muy amigos de la verdad, claro. El mismo de la Concha escribió el 2 de noviembre: “Del silencio pasaron al ruido, con tal de no hacer ninguna autocrítica y de mantener así el status quo en el que medran.”

Algunos ilusos quisiéramos que atendieran a los hechos sin el prejuicio ideológico- geométrico de sólo acusar un crimen si lo comete el enemigo, como ordena el infinito catálogo de la corrección política. Quisiera que quien pide justicia y marcha exigiendo que aparezcan vivos los 43 (incluyendo a los dos demostradamente asesinados y quemados) pidiera investigar en serio al director de esa escuela y al intocable Andrés Manuel López Obrador. ¿Por qué puso de candidato a Abarca si conocía sus antecedentes?

Hablando del Peje, la frase “Fue el Estado” es ocurrencia de un genio, y lo digo sin ironía. Es deliberadamente equívoca, la menos eficaz posible para identificar a un criminal pero la más eficaz posible para culpar a un enemigo común muy paladeable que encarna todo lo odioso —el PRI, el sistema político, Televisa, la corrupción, el “fraude electoral”, la oligarquía, la “burguesía”— y se personifica en el político más impopular: Enrique Peña Nieto.

El Estado son los tres poderes, las instituciones, el territorio, la Nación, pero al oír “fue el Estado” nadie piensa en Abarca, el Estado de Guerrero, el estado de cosas o el estado de ebriedad sino en el gobierno federal. Es genial una frase pegajosa que echa la culpa a un muy, pero muy conveniente adversario unánime, al punto de exhibir la foto de Peña junto a la de Díaz Ordaz. Resulta lógico, si fue el Estado.

Los que claman por justicia no están viendo a cuando menos 111 presos, entre ellos Abarca y su esposa y los meros meros de los Guerreros Unidos; sólo será justiciera su justicia si encarcelan a Peña. Y no alabo su hasta hoy lamentable manejo de esta crisis. El gobierno federal se ha balaceado las extremidades inferiores y se ha puesto de pechito ante las calumnias e infundios de sus mucho más astutos adversarios. No soy amigo de Peña pero más amigo soy de la verdad.

Dos sucesos muy diferentes (Tlatelolco e Iguala) le parecen iguales al que piensa poco y grita mucho. Desde el Colegio de México (!!!) Sergio Aguayo asocia un crimen ejecutado por el gobierno de México hace 47 años, a un ataque de bandas rivales por controlar la heroína. Sólo mala leche o llana estupidez permiten un salto cuántico de tal calado, que resulta obvio: fue el Estado, léase Peña.

Mientras tanto, la izquierda y sus “intelectuales”, su prensa, su comentocracia y sus masas exigen que aparezcan con vida los 43, incluso los dos demostradamente asesinados. No hablan de Gonzalo Rivas, empleado de una gasolinería de Chilpancingo, quemado vivo por los ayotzinapos el 12 de diciembre de 2011 cuando incendiaron la gasolinería donde trabajaba. Ese homicidio, el incendio y los robos de camiones no son delito porque no hay que criminalizar la protesta social. Y como no hay ayotzinapos delincuentes, fue el Estado.

Sólo un negocio tan jugoso como el narcotráfico produce criminales capaces de despellejar vivo a un normalista tras sacarle los ojos, matar a mansalva, quemar gente y esparcir sus cenizas. Eso demuestra que fue el Estado.

Los que cayeron bajo las fuerzas federales (Policía Federal y Ejército) están vivos pero los victimados por la policía de Abarca y por sus socios están muertos. Lógico: fue el Estado.

El abogado de los ayotzinapapás Vidulfo Rosales dice que el Cochiloco, que les ordenó ir a Iguala, no era criminal infiltrado sino estudiante ejemplar, comisionado de Orden y Disciplina (!!!) y de conseguir 25 camiones (sólo se habían robado 10 ese día). Sidronio Casarrubias, capo de los Guerreros Unidos, dijo “Los hicimos polvo y los echamos al agua, nunca los van a encontrar” luego de que la esposa de Abarca ordenó “dar un escarmiento” a los normalistas. Y López Astudillo (de ese mismo cartel criminal) los secuestró, asesinó e incendió. Indudable: fue el Estado.

Los ayotzinapapás pidieron al presidente “comprometerse a estar de lado de la verdad y no de la mentira” lo cual está muy bien pero en su punto 6 le exigen “cesar los intentos de criminalización de los normalistas”. Siempre se supo de bandas criminales y tráfico de heroína y si buscan la verdad habrá que averiguar esa línea, digo yo, pero “no hay que criminalizar la protesta social”. Y con toda verdad, acusan, fue el Estado.

Y es que claro, claro, hay que encontrar la verdad verdadera y hacer justicia ora si que bien expedita y rete pronta y por eso que inmediatamente renuncie Peña y buscar la verdad a secas, claro que sí, cómo no, pero sin criminalizar a nadie ni investigar nexos con el narco porque oiga usted, no hay que ser, es que resulta de que fue el Estado y esa es la única verdad porque pos así fue ¿o qué no? y respeten a la normal de Ayotzinapa y no investiguen a su director ni a los muchachos, a los chicos, a los esforzados estudiantes que no son criminales aunque incendien gasolinerías y se roben camiones porque querían ser mentores de generaciones de guerrilleros y es de que como te venía diciendo no, hombre, no hay que ser, porque sabes que hay que ser adultos y no, yo no fui, ¡fue Teté! oséase, ¡fue el Estado!

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Fecha: 
Lunes, 05 de Octubre 2015 - 17:00
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La izquierda y los derechos humanos

Cuando se mira en retrospectiva y se reflexiona sobre el papel que la izquierda mexicana (partidista exclusivamente) ha tenido en la última década sobre el tema de los Derechos humanos, da la impresión que ha llegado tarde a la cita por la reivindicación de estos derechos.

En las últimas grandes reformas como la del Nuevo Sistema de Justicia Penal acusatorio adversarial (2008) o la reforma en materia de Amparo y Derechos Humanos (2011), la izquierda jugó un rol casi anecdótico; si bien es cierto estas iniciativas fueron votadas favorablemente por la bancada de los partidos del frente izquierdista, éstas no fueron resultado de una agenda política que impulsara decididamente en todo momento los derechos fundamentales.

Mismo caso, cuando en 2012 se debatía en el Senado de la República y en la Cámara de Diputados la iniciativa de reforma de los artículos 24 y 40 constitucional sobre el derecho a la libertad de convicciones éticas y de conciencia, donde la gran mayoría de los legisladores de izquierda votaron en contra, es decir, no estaban de acuerdo con  la maximización de las libertades que se proponía adherir en ese precepto constitucional (dicha reforma protege a quienes no desean profesar una religión).

Recientemente, este mismo año Andrés Manuel López Obrador líder del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), al referirse a los derechos de libertad reproductiva de la mujer y al matrimonio entre personas del mismo sexo sentenció: “lo fundamental es la honestidad, eso (los temas de aborto y uniones gay) con todo respeto y autenticidad, lo considero como algo no tan importante, lo importante en México es que se acabe con la corrupción, nada ha dañado más a México que la deshonestidad”; asimismo, ante el pleno de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), López Obrador, señaló que, de llegar a la Presidencia de la República, las leyes sobre el aborto y el matrimonio entre homosexuales las someterá a consulta popular.

A este respecto, es fundamental recordar que la existencia de un verdadero régimen democrático está determinada por sus características tanto formales como sustanciales, por lo que, cuando se está hablando sobre derechos humanos, éstos constituyen un límite infranqueable a la regla de mayorías, esto es, a la esfera de lo susceptible de ser decidido por parte de las mayorías en instancias democráticas; los derechos son parte del terreno de lo indecidible, son límites al poder, representan un coto vedado.

En este contexto, se está presenta un fenómeno muy particular en la democracia mexicana contemporánea: la difuminación de las líneas ideológicas de los partidos políticos. Cada vez son más recurrentes que partidos de izquierda retomen discursos conservadores que históricamente eran asignados a la derecha.

Ante este escenario, es necesario recordar que el papel de la izquierda en un régimen democrático no es solo una cuestión retórica, bien lo decía Giovanni Sartori luego de la caída del Muro de Berlín, cuando le preguntaron ¿Qué es la izquierda? La izquierda -respondió Sartori-, “es la ética y el rechazo de la injusticia, la izquierda son los valores de todos, frente al egoísmo que caracteriza a la derecha”. En este mismo tenor Norberto Bobbio afirmaba que “el criterio de diferenciación primario por el que podemos separar la izquierda y la derecha en política, es la actitud diferente que asumen los hombres delante del ideal de igualdad, según esta idea, la Izquierda se identifica con posturas más igualitarias basadas en la reducción de las desigualdades sociales”[1].

En suma, la izquierda mexicana tiene asumir un replanteamiento de sus discursos, cosmovisión y método para que sea posible orientar de manera más efectiva sus acciones a reformas jurídicas y políticas que tengan como sustento y objetivo la ética y los derechos humanos.

[1] “Derecha e Izquierda: razones y significados de una distinción política” Norberto Bobbio, Taurus, Madrid, 2014.

Foto: www.boligan.com

Fecha: 
Jueves, 09 de Julio 2015 - 17:00
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De la captura del Estado por intereses privados

 

¿Por qué se desacreditaron las políticas de bienestar social y cómo se favoreció la gran transformación conservadora que logró poner el Estado al servicio, ya no del interés general, sino de un puñado de empresas multinacionales, y en particular del sector financiero? ¿Qué fue lo que ocurrió? A estas preguntas responde puntualmente Fernando Escalante en un notable ensayo publicado este mes en la revista Nexos, que tituló Breve historia del neoliberalismo. El trabajo, que forma parte de un libro en prensa que publicará el Colegio de México, es también un mentís a la teoría de la conspiración, que habla de un complot en contra de los intereses de las mayorías. El generoso Estado de bienestar, que prodigó seguridad social a las masas, es un producto histórico, parece sugerir el autor. Es efecto tanto de la gran crisis de los años 30, como de la Guerra Mundial y el surgimiento de la URSS.

Los fenómenos que destruyeron a ese Estado con vocación social son múltiples, y van desde la revolución conservadora de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, hasta una gran transformación cultural en el ámbito de la izquierda, que repudia a las burocracias y a los aparatos de control estatal y olvida la igualdad. En el plano económico favorecen este cambio el estancamiento, altos desempleo e inflación en las economías industrializadas, frente al aparente éxito de la extinta Unión Soviética, la crisis del dólar que desde 1971 dejó de ser convertible en oro, el encarecimiento de las materias primas, particularmente el petróleo, la fuerte alza de las tasas de interés en Estados Unidos en los años ochenta, los movimientos guerrilleros y el estallido de la deuda externa en los países subdesarrollados, del que México fue un protagonista.

Argumenta Escalante: “En ese clima de inestabilidad: protestas, huelgas, recesión económica, violencia, terrorismo, transcurren los años setenta…”. Y añade: “Sencillamente, el modelo dejó de funcionar. La reacción no fue producto de una elaboración conceptual… sino del pragmatismo más pedestre…”. En tal contexto, el fin del consenso keynesiano, surge el programa neoliberal. Pero su éxito es inexplicable sin el ánimo radical de la época, donde descuella el papel de la izquierda y del anarquismo, su “denuncia del Estado, de las burocracias, de la regulación, y en defensa de la libertad…”. Cuando se lee la obra de Iván Illich, de clara inclinación de izquierda, parece que se sigue a Hayek, de clara inclinación conservadora, sostiene el autor. Esa convergencia ideológica y su presunta fe libertaria fortalecen y salvaguarda de la crítica al neoliberalismo. Así se captura al Estado a favor del interés particular.

Fecha: 
Jueves, 14 de Mayo 2015 - 17:00
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