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humanidad

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Sobre la modernidad

La vida es el lugar donde las cosas ocurren. Sólo en este escenario, en el que los elementos confluyen, todo puede ocurrir y ocurre. Tal sucesión de hechos nos afectan directa o indirectamente desde diversas perspectivas.

Tales perspectivas generan las percepciones necesarias –siempre distintas— que hacen del ser humano un eterno moderno, y un inevitable, hombre antiguo.

Y la modernidad inicia con otro personaje fundamental para el desarrollo social del ser humano: el lenguaje. Sin lenguaje (aquí me refiero a lenguaje como idioma) no seriamos capaces de generar las rupturas necesarias que nacen con las preguntas generadas por los cuestionamientos que se logran en nuestro cerebro una vez abrimos los ojos al mundo.

Las preguntas son el cincel que fractura la roca donde se localiza el diamante de lo nuevo, la modernidad.

Resulta que al generarse infinidad de preguntas al interior del ser humano, y éstas, al ser expresadas, rompen tal modernidad en una serie de infinitas modernidades: a cada respuesta, corresponde una nueva ruptura: modernidad como pieza fragmentada en infinitas partes.

Siendo de esta manera es como formamos las sociedades y cimentamos nuestra individualidad. Pero el ser fragmentariamente moderno implica entonces ser un eterno antiguo.

Al término de la escritura de esta última palabra fui lo que ya no soy ahora: otra palabra me alcanza para de inmediato seguir a la otra que se eslabona en otra dando como resultado una serie de oraciones que se comunican entre sí, pero que no tienen un final establecido; es decir, en la medida en la que escribo voy rompiendo la piedra de lo establecido, para volverme un moderno y a la misma vez, un antiguo: el tiempo que tardo en escribir otra palabra, me hace perder mi modernidad.

La inercia del movimiento nos hace ser siempre hombres que buscan ir hacia adelante. Es imposible ralentizarnos desde el punto de vista funcional y natural de las cosas como las vemos y las vivimos en la actualidad (para no entrar en materia de la física y física cuántica). Así, las rupturas —la modernidad—, son inherentes a nuestra naturaleza evolutiva. Sin este avance o esta inercia natural de las cosas, seríamos nada (ni siquiera potencialidad).

Y en nuestra etapa humana es imposible ser nada desde un punto de vista físico. Por fuerza tendemos a fracturar, romper, desviarnos, del camino establecido por otros que a la misma vez, fueron igual o más modernos que nosotros.

Sin tal necesidad natural de ser modernos, no habría, en un sentido práctico y visible, arte, por ejemplo o, literatura, al menos no de alta calidad, al menos no representativa o reveladora para fines históricos y de formación evolutiva.

Dado este razonamiento: sí, todos los hombres de todas las épocas pasadas y las que vengan, son modernos, serán modernos y antiguos a la misma vez.

Conviene entonces no preocuparnos, por ejemplo, en lo que respecta al arte, con ser modernos o incluso, “rebanándose los sesos” por ver qué cosas crear para ser “postmodernos” (muchas expresiones “artísticas” actuales han caído en ese error), sino basta con seguir preguntándonos sobre el funcionamiento interior y colectivo de nuestras sociedades, que a partir de ello, vendrán las inevitables respuestas que seguirán contribuyendo a nuestra inherente modernidad, y con ello, a la creación de nuevas expresiones artísticas de valía.

No sobra decir que todo rompimiento con lo establecido es en sí mismo una crítica y por ende, un acto moderno.

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Fecha: 
Viernes, 14 de Agosto 2015 - 16:30
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Para vivir como blanco

Aunque no lo parezca el ataque a la Iglesia Metodista Africana Emanuel de días pasados fue un evento muy raro; no solo porque John Wesley el fundador del metodismo fue un incansable antiesclavista sino porque en el fondo, el ataque nada tuvo que ver con la raza, aunque sí con el mes de junio.

Además de Wesley y William Wilberforce, otro antiesclavista británico del siglo XVIII fue John Newton.

Newton era un comerciante británico de esclavos que hizo una gran fortuna hasta que la culpa lo derrumbó a medio Atlántico y escribió Sublime gracia con la bodega del barco repleta de africanos. Y terminó siendo de activista en pleno siglo XVIII.

No todos los activistas tienen un final feliz. En junio de 1964 James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner investigaban la quema de una iglesia de la comunidad negra en Mississippi cuando fueron detenidos por la policía local, liberados  y encontrados muertos más tarde. El principal culpable Ray Killen, miembro del Ku Kux Klan solo fue sentenciado hasta junio de 2005. El caso inspiró la película de Alan Parker Mississippi en Llamas con Gene Hackman y Daniel Dafoe.

Sin embargo el esclavismo negro en realidad históricamente no ha tenido relación con la raza. Todos los pueblos y culturas han tenido esclavos. En Europa hasta antes de su cristianización la esclavitud era parte común y corriente de la estructura social, pero no se encontraba ligada a una cuestión racial. Romanos podían ser esclavos o libres, griegos igual y los bárbaros del norte lo mismo. La idea de una Europa autodefinida como blanca es bastante nueva, digamos que ya en plena forma apenas por el siglo XVIII. Esto coincide con las exploraciones europeas que iniciaron desde el siglo XVI y con el nacionalismo moderno tan cercano al racismo. Aún así quienes vendían esclavos africanos a los comerciantes holandeses, portugueses, ingleses y españoles eran esclavistas de los distintos reinos de la costa occidental de África.

El descubrimiento de una gran diversidad biológica incluyó a los seres humanos en el imaginario científico de la Ilustración. Los grandes científicos de la época como Linneo daban por hecho algunas de las historias más raras como la existencia de hombres lobo y otros humanoides imaginarios. Después de todo si se piensa bien un ornitorrinco es mucho más extraño e improbable que un unicornio. Y en medio de esto los blancos, por supuesto, siempre eran superiores.

Pat Shipman en su excelente Evolution of racism nos habla del uso y abuso de la ciencia para justificar las diferencias raciales. Durante los últimos siglos y hasta hace unas cuantas décadas se han buscado toda clase de apologías científicas para vincular la raza con comportamientos sexuales, tasas de natalidad, esperanza de vida, tamaño de cerebro, trabajo, inteligencia,  moral y cualquier otra cosa que se le ocurra a quien lleve a cabo el estudio. Pese a ello la segregación racial de los años sesenta en Estados Unidos ya estaba bastante pasada de moda. En 1950 la UNESCO había declarado que la razas no existían en la especie humana. La evidencias decían que no tenía sentido.

El concepto de raza desde la ciencia está ligada la formación de especies. Cuando un grupo de organismos puede reproducirse entre sí dejando una prole fértil se habla de una especies. El asilamiento de algunas poblaciones hace que poco a poco cambien hasta que la reproducción sea imposible y nos encontremos ante una nueva especie. A medio camino se encuentran las subespecies o razas. La búsqueda de una clasificación de los distintos grupos humanos ha llevado a juntarlos desde tres razas hasta más de treinta. La ciencia se topó con una pared infranqueable. Las razas humanas no existían. Franz Boas fue de los primeros en aceptarlo. A principios de los  años cuarenta del siglo pasado un alumno de Boas, Ashley Montagu llegó a la conclusión de que en lugar de razas había clinas. Las clinas son variaciones geográficas. No hay algo que caracterice excluyentemente a un grupo humano, ni físico, ni conductual o genético. Cada carácter tiene una distribución diferente del resto y rara vez una característica humana está asociada un solo gen. Esto significa que ningún grupo humano ha estado asilado demasiado tiempo.  De hecho el análisis molecular de las diferencias humanas nos coloca por debajo de cualquier criterio para sumir la existencia de razas en otras especies. Somos más bien una gran mezcla, una red de genes que refleja un contínuo de parentesco. Más allá de las metáforas, somos una gran familia.

¿Entonces porqué  seguimos siendo racistas?

Amós Oz y Fania Oz-Slabberg en Jews and Words, dicen algo que ya sabemos pero olvidamos, que la paz no es un estado natural. Nunca ha existido de forma espontánea más allá de los estrechos límites de la comuna a la que quien suscribe y usted, tribal lectora, lector, pertenezca. La paz se construye y es una construcción compleja. Radica en la confianza en el otro. La confianza es un punto fundamental para la paz, la justicia y la civilización en general. Es uno de los pocos activos con que se cuenta en la vida. Cuando se pierde la confianza se pierde el empleo, se cae la bolsa de valores, se resquebraja la pareja; llega la guerra.

Por ello los humanos  tendemos a recluirnos en nuestros grupos naturales; la familia, la tribu; tendemos a desconfiar del otro. Lucian Boia dice en Entre el Ángel y la Bestia que la imaginación sobre los otros en buena medida genera identidad. Construimos un otro para protegernos y justificarnos.

Robert Wald Sussman en The Myth of Race reflexiona sobre la persistencia de la idea de raza. Desde el esclavismo colonial, el nazismo, la inquisición y el apartheid cada estructura social racista está diseñada para sustentar el poder y los privilegios de un grupo sobre de otro. El 1 de junio pasado Joseph Graves de la Universidad de Carolina del Norte–Greensboro publicó un artículo en la revista American Behavioral Scientist que corrobora esto.  La conducta racista en realidad no está vinculada directamente con las características físicas pero sí tiene consecuencias en la vida cotidiana de las personas.

Los mexicanos sabemos de todo esto. Con frecuencia el origen de todos los males nacionales está en alguien más, desde los conquistadores españoles hasta el nuevo orden mundial. Siempre hay una forma de evitar la responsabilidad. Las masacres de chinos y las leyes que penaban intimar con ellos, los campos de concentración de japoneses y las expulsiones de españoles no nos dejan bien parados. Son innegables las diferencias entre un bosquimano, un noruego y un chino. Si de verdad no existieran, los chistes con un ruso, un gringo y un mexicano en medio de un desierto no existirían. Pero la lucha entre razas solo está en la imaginación de los racistas. Si no fuera así no trabajaríamos como negros para vivir como blancos.

Fecha: 
Viernes, 26 de Junio 2015 - 16:30
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El exterminio que viene

Si estamos atentos a los acontecimientos mundiales de los que se habla diariamente en los medios de comunicación, todos los eventos apuntalan a un solo hecho: una inminente: “Nueva Guerra Mundial”.

El término “guerra” está asociada en nuestra mente a nombres como: Siria, Israel, EE.UU, Corea del Norte, Irán, Rusia, Ucrania, Arabia Saudita, Yemen, la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), que si ISIS (Estado Islámico) o la “Guerra Fría”, tibia o más caliente que nunca.

Este artículo no trata de desentrañar la complicada situación geopolítica, ideológica, religiosa o social que viven multitud de naciones bajo un constante y latente conflicto armado, sino mas bien, de los efectos globales posteriores a una posible guerra nuclear.

Para comprender el significado de un arsenal nuclear es necesario conocer su capacidad destructora:

El poder destructivo de una bomba, sea de tipo nuclear o químico, está relacionado directamente con la energía que se libera durante la explosión. La energía que se libera en la explosión de 1,000 kilogramos de TNT (trinitrotolueno) es inmensa comparada con las energías encontradas en nuestras necesidades diarias.

Por ejemplo, la detonación de una tonelada de TNT, libera 4,000 veces más energía que la necesaria para alzar un coche de 1,000 kilogramos de peso a una altura de 100 metros. Las explosiones de bombas nucleares liberan energías que son entre 1,000 y 1,000,000 veces mayores aún que las detonaciones químicas, como sería la del TNT.

El poder explosivo de una bomba nuclear, llamado rendimiento, se expresa mediante la comparación con el poder destructivo del TNT, y así se habla de bombas de un kilotón (un kt) si la energía liberada es la misma que se produce al detonar 1,000 toneladas de TNT. La bomba lanzada sobre Hiroshima tuvo un rendimiento cercano a los 13 kt. Si el rendimiento es de 1,000 kt, se trata de una bomba de un megatón (un Mt). Energías del orden de megatones son imposibles de imaginar dentro de las situaciones de nuestra vida diaria.

La explosión de una sola bomba de fusión de hidrógeno, según la mayoría de las fuentes históricas, se cita como de 57 Mt, equivalente a 57 millones de toneladas de TNT. No obstante, la versión “sucia” detonada por uranio tiene una explosión de hasta 100 Mt.

En el planeta la cantidad de seres humanos es de aproximadamente 7 mil millones, el arsenal global es de unos 12 mil megatones de poder explosivo concentrado en unas 45 mil bombas. Escalofriante, ¿no?

Los efectos directos de una ofensiva nuclear en que se detone una fracción considerable del arsenal serán la suma de los efectos del calor, presión, radiación y, como efecto tardío: la lluvia radiactiva.

El polvo y hollín que se levantarían por los incendios y lugares en llamas es equiparable a una erupción volcánica aunque con un efecto mucho más prolongado.

Hablamos de que entre 1 y 5 millones de toneladas métricas de cenizas se liberarían en la atmósfera de la tierra.

Un ataque en temporadas calurosas o en regiones subtropicales ocasionaría que las descargas de humo se calentaran absorbiendo radiaciones de onda corta y se elevarían.

En menos de una semana lo que la lluvia no hubiera lavado inmediatamente se elevaría, pasando a la tropósfera y a la estratósfera superior donde permanecería por muchos años. Este hecho derivaría en una considerable disminución en la temperatura de la superficie terrestre: de entre -2°C y hasta -7°C.

Como humanidad, ya hemos enfrentado este fenómeno: la última glaceación de hace unos 18 mil años; cuya diferencia entre la temperatura de aquellos tiempos antiguos con la actual fue de -5°C.

Las consecuencias serían fatales, ya que el resto de la población en regiones que no haya estado bajo un ataque directo se convertiría en víctima de la hambruna debido a que las temporadas de cultivo se acortarían, destruyendo así las cosechas. Un cambio de -5°C, por ejemplo, sería suficiente para arruinar la agricultura de grandes extensiones de tierra de cultivo como el Canadá.

El ciclo hidrológico global se vería interrumpido debido al rápido cambio climático y es probable que las precipitaciones pluviales disminuyeran un 45%.

La dosis de radiación total en los seres vivientes podría alcanzar la mitad del nivel de letalidad para los seres humanos; incluso en regiones del mundo que se encuentran fuera de las latitudes de la guerra.

Si las centrales nucleares y sus depósitos de basura radiactiva fueran blanco del ataque y se evaporaran materiales tóxicos, se generaría un impacto muy prolongado en los sobrevivientes.

Desde luego que todos los planteamientos anteriores son aproximaciones que han estado bajo estricto escrutinio de científicos de oriente y de occidente por los últimos 30 años.

En el hipotético escenario de menor destrucción masiva, se podría tener una contaminación radiactiva y consecuencias climáticas de efectos globales, pero no de aniquilación completa. La ubicación geográfica y la cantidad y potencia del armamento nuclear usado determinarán la intensidad y prolongación de los efectos globales de la guerra nuclear regional; por lo cual cada posible escenario regional de conflicto es mundialmente relevante.

Sin duda, este tema cuenta con un alto grado de complejidad, de ahí que es importante reflexionar que la modernidad militar mundial cuenta con diversas armas ajenas a la energía atómica, con tal vez menores y quizá nulos efectos ambientales, pero no menos letales para los seres humanos tales como: las armas biológicas, químicas, acústicas, ópticas, nanotecnológicas, nanobiotecnológicas y seguramente muchas otras que son desarrolladas en oscuros laboratorios de naciones poderosas pensadas para la aniquilación de poblaciones enteras de quienes pudieran ser sus adversarios de una manera rápida, barata y efectiva, de las cuales hablaré en un próximo artículo.

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Fuentes:

http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/sites/ciencia/volumen2/ciencia3/061...

http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/sites/ciencia/volumen2/ciencia3/061...

http://es.wikipedia.org/wiki/Bomba_del_Zar

https://www.youtube.com/watch?v=rKZWXl2jVcw

http://es.wikipedia.org/wiki/Efectos_globales_de_una_guerra_nuclear

Fecha: 
Martes, 23 de Junio 2015 - 16:30
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Mejorar la raza

Si pudiera evitarle un cáncer de mama a una hija seguro lo haría. ¿Pero si pudiera le cambiaría el tono del piel? El 18 de abril pasado Junjiu Huang de la Sun Yat-sen University en China publicó un artículo donde reportó la alteración de embriones humanos para evitar una enfermedad sanguínea hereditaria. Antes el artículo había sido rechazado por las prestigiosas revistas Science y Nature por razones más éticas que técnicas.

¿Qué tiene de malo evitar enfermedades? Hace unos seis años se tenía la capacidad para detectar cien enfermedades genéticas comparando los genes de un recién nacido o de un embrión contra genes no defectuosos. Hoy en día se puede reconocer genes asociados a casi 500 enfermedades. Fue famoso el caso de la actriz Angelina Jolie quien tras detectarse el gene BRCA1 ligado a cáncer de mama, decidió extirparse ambos senos. ¿Qué tal si en lugar de llegar a la automutilación pudiéramos quitar un gene estropeado y sustituirlo por otro?

En el núcleo de cada una de sus células, estimada lectora, existe una sustancia a manera de hebra larga y pegajosa, el ADN, formada a su vez de cuatro sustancias más simples y cuyo orden varía ligeramente de persona a persona y de familia a familia. Esta misma sustancia sirve como plantilla para producir proteínas que también varían según el orden de la plantilla. Donde inicia y donde termina un segmento de ADN asociado a una proteína es lo que en genética molecular se llama gene. Se calcula que los seres humanos tenemos alrededor de 25,000 genes. Los genes los heredamos de nuestros padres y ellos de nuestros abuelos y haremos lo propio con nuestros hijos. Entre la secuencia de ADN que usted tiene y que haya abueleado unos ojos pizpiretos hay miles de procesos que francamente desconocemos aun con los miles de datos que se tienen. No se sabe qué pasa. Pero sí se sabe que cuando un gene es defectuoso la proteína fabricada a partir de él también. Si se trata del gen de la insulina posiblemente esa persona será diabética. Aunque tal vez no. En Tamaulipas existen decenas de familias emparentadas que llevan varios genes de la enfermedad de Huntington y de ellos tarde o temprano alguien será incapaz de controlar los movimientos de sus brazos, más tarde piernas y finalmente llegará la demencia.

Aunque nadie lo dijo, todo el mundo lo pensó cuando a finales de los setenta Werner Arver, Hamilton Smith y Daniel Nathans descubrieron unas proteínas que cortaban y pegaban fragmentos específicos del ADN. Se podría editar el material hereditario de cualquier organismo que tuviera ADN, es decir todos descontando algunos virus. Se podría alterar la herencia humana a voluntad. Suena tentador cuando pensamos en devastadores padecimientos que minan la dignidad de quien amamos o de uno mismo. O cuando se trata de un alimento transgénico con más nutrientes o para la producción de medicamentos, ¿pero qué cuando se trata de, por decir algo, la belleza de un hijo? ¿Del color de la piel o del sexo? ¿Quién dice y con base en qué, cuál característica humana es mejor?

Alguien que lo dijo fue Francis Galton, un primo de Darwin, quien estaba convencido de que los hombres europeos blancos y ricos eran superiores. No es broma, en verdad lo pensaba. Se encontraba convencido que la criminalidad era hereditaria y que el estado debería evitar la reproducción de ciertas personas y propiciar la de otras. La mejora social por medio de la selección de características. Le llamó Eugenesia o buen nacimiento. Así que cualquiera que tuviera un prejuicio, es decir cualquiera, ya contaba con bases científicas para sostenerlo. Los nazis por ejemplo, cuyo entusiasmo por querer eliminar las características que consideraban indeseables los llevó, digamos, a acelerar el proceso. Durante el régimen de Hitler se llegó a esterilizar a la fuerza a casi 450 mil personas. Luego vino la “solución final”, sin duda más rápida. Por acá no llegamos a tanto pero tuvimos la Sociedad Eugenésica de México a principios del siglo XX y un montón de discusiones académicas sobre si los indígenas eran superiores o inferiores.

Y no solo la historia nos permite desconfiar. Avraham Ebenstein, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, recopiló hace unos años toda la información que indicaba la disminución de nacimientos de niñas luego de que en los ochenta el gobierno chino distribuyera equipos de ultrasonido prenatal y las parejas preferían abortar si se trataba de un embrión femenino. Sin embargo Jeff Steimberg en sus Fertility Institutes en California (con franquicia en Guadalajara en el Hospital San Javier) ofrece selección de sexo con 100% de éxito por poco más de 100 mil pesos. Y eso que ser mujer no es un padecimiento genético hasta donde la bibliografía médica más misógina indica. La ciencia ficción tampoco aporta al optimismo. En la película GATTACA del director y guionista Andrew Niccol, el personaje Eugene se ve imposibilitado de ascender por una escalera que tiene la forma de la doble hélice del ADN. La sociedad está dividida entre quienes pudieron pagar una mejora genética de sus hijos y quiénes no. Adivinen quiénes son los pobres.

Tal vez por ello de inmediato Francis Collins, director de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, declaró tras el artículo de Junjiu Huang, que continuará en su país la prohibición a este tipo de investigaciones que “son vistas casi universalmente como una línea que no hay que cruzar.” Alterar los genes de una persona implica alterar los genes de las generaciones futuras. Sobreviene el temor de la hipotética desaparición de grupos humanos enteros usando estas tecnologías con fines eugenésicos. Si se piensa bien, entre la eugenesia y el genocidio la diferencia es el método.

Por cierto, ¿cuál será la posición de la titular de la Secretaría de Salud (sí, hay una) y de los candidatos a diputados federales sobre este tema?

Fecha: 
Jueves, 07 de Mayo 2015 - 16:00
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¿Nuestro mundo de hoy …mejor que antes?

Resulta interesante comparar los tiempos de antes con los de ahora.

Cuando yo era niña, en la década de los ochenta, ocurrieron hechos trascendentales que fueron transformando la historia: cambios sociales, geopolíticos, ideológicos y qué decir de los avances tecnológicos que nos han simplificado la vida. Sin embargo, más de uno me daría la razón al referirme a que el mundo, a pesar de tantos avances, no es mejor. Muestra de ello, lo podemos observar en cualquier parte. Por mencionar algo: hoy en día, cada vez más productos y servicios en este sistema económico globalizado carecen de calidad, sobre todo los productos de consumo.

Recuerdo que hace años, si decidía viajar por aire en clase turista, podía disfrutar de un desayuno decente, hoy en día, solo una galleta si tengo suerte; si adquiero una prenda de vestir, ya no le confeccionan bolsillos, ¡se ahorran la tela!; el tamaño de la mayoría de los productos es mucho más pequeño, más “chafa” y lo que es peor, en muchos de los casos de menor durabilidad y de mayor costo.

La apabullante diversidad de competidores en el mercado, hace que todos ganen, menos el consumidor, -¿se deberá a la famosa productividad que tanto ejercen las empresas o a la cada vez más cínica codicia humana?- lo cierto es que la ética brilla por su ausencia; pero, lejos de solo tratarse de asuntos comerciales, podemos encontrar carencia de calidad y prudencia en el actuar humano, en prácticamente cualquier parte, sin dejar de lado, el terrible e irreversible daño al medio ambiente, así como, en el fallido sistema educativo que trae tan rezagado a medio planeta.

La falta de credibilidad en las instituciones por parte de los ciudadanos, emerge precisamente de un irresponsable y hasta cínico comportamiento de los hombres y mujeres que conforman la llamada clase política gobernante, empresarios y diferentes entes sociales, que ceden ante la incesante corrupción, que como cualquier producto o servicio, se rige por una oferta y una demanda.

La humanidad cada vez desea tener más, por menos, se siente todopoderosa, capaz de moldear su entorno a capricho, aunque ello implique perjudicar a sus semejantes. Recientemente leía una nota de una agencia de noticias rusa en lengua española, acerca de una investigación que demuestra que el ser humano se vuelve más inteligente mientras evoluciona. No obstante, eso pierde todo significado, toda vez, que la raza humana no entienda que lo que necesita es un incremento en la toma empática de conciencia de su entorno, cuya falta, nos vislumbra un brutal fin autodestructivo.

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Fuente: http://actualidad.rt.com/ciencias/167967-efecto-flynn-personas-inteligen...

Fecha: 
Lunes, 27 de Abril 2015 - 13:30
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Las grandes preguntas en educación: ¿a quién educamos? Y ¿para qué educamos?

“El hombre parte de la homonización a la humanización, en este complejo, interactúan, cerebro – mano – lenguaje – mente – cultura – sociedad, donde se contienen todas para ser, y son parte del desarrollo humano y por lo tanto, del desarrollo educativo como integración individual y social que a su vez busca el desarrollo integral y pleno de los seres humanos (Sacristán G. Pérez G. 1996).

Para entender lo educativo, en el proceso de transformación del ser humano, lo primero es responder ¿a quién educamos? Y ¿para qué lo educamos?, pero para responder, es necesario entender quiénes somos, de forma universal, individual, singular y como educadores. Partiendo de esa premisa, sin ser un análisis exhaustivo y bajo una visión sistémica se invita a la reflexión a partir de los siguientes autores.

Para Morín (2003) La homonización es una aventura comenzada, según parece ahora, hace siete millones de años. Es discontinua, con la aparición de nuevas especies –habilis, erectus, neardental, sapiens- y la desaparición de las precedentes, así como con la domesticación del fuego, después del surgimiento del lenguaje y la cultura. Es continua en su dialógica que entre-desarrolla la bipedación, la manualización, la verticalización (del cuerpo), la cerebralización, la juvenilización, la complejición social (Moscovici 1972), procesos en cuyo curso aparece el lenguaje propiamente humano al mismo tiempo que se constituye la cultura, capital transmisible, de generación en generación, de los saberes, saber –hacer, creencias, mitos, lo adquirido…

El individuo humano sin duda alguna no puede escapar a su suerte paradójica: es una pequeña partícula de vida, un momento efímero, algo de poco valor, pero al mismo tiempo despliega en sí la plenitud de la realidad viviente –la existencia, el ser, la actividad- y de este modo contiene en sí el todo de la vida sin dejar de ser una unidad elemental de la vida. Al mismo tiempo, despliega en sí la plenitud de la realidad humana, con la consciencia, el pensamiento, el amor, la amistad. Contiene en sí el todo de la humanidad, sin dejar de ser la unidad elemental de la humanidad (Morín, 2003).

Y así pasamos de ser sólo homo al humanitas. La educación como un proceso de aprendizaje social nos lleve al humanitas, como dice Ana María Patiño “lo que ocurre es que, en cuanto miembros de nuestra especie, nacemos humanos, pero eso no es suficiente, nuestra condición es de suyo inacabada, y toda nuestra vida es un proceso de aprendizaje, nos vamos humanizando en el contacto con otros seres humanos” (2010).

La concepción de la condición humana como proyecto del ser se encuentra en perfecta consonancia  con la idea de que la persona es una realidad abierta. La apertura significa que se encuentra volcada a lo otro y al otro; que es fundamentalmente un ser de relación (Patiño 2010) y a su vez se generan relaciones de encuentro, opuesta a la relación objetivante, el encuentro –llamado también relación ambital- es una relación de dialogo  con la realidad, en la que ésta es vista como un ámbito de interacción (López Quintás 1977, citado por Patiño).

En el campo de la educación resulta crucial sostener una concepción justa de la persona, es decir, una concepción que evite la simplificación de las visiones unilaterales y que tomen en cuenta la complejidad de la condición humana, pues en la práctica educativa se aterrizan las concepciones antropológicas. De ahí que, en cuanto saber prudencial, la educación requiere una fina comprensión de la realidad humana que la ayude en su actualización donde  actualizar lo humano significa realizar sus potencialidades (Patiño 2010).

Desde una perspectiva humanista y compleja, Edgar Morín plantea: “la educación del futuro deberá ser una enseñanza primera y universal centrada en la condición humana. Estamos en la era planetaria; una aventura común se apodera de los humanos donde quiera que estén. Éstos deben reconocerse en su humanidad común y, al mismo tiempo, reconocer la diversidad cultural inherente a todo cuanto es humano”.

Así, el fin de la educación será la transformación del hombre en una mejor persona, con el desarrollo de todas sus dimensiones y potencialidades para hacer una mejor sociedad, mejor ciudadano para “construir un mundo mejor”, como diría Freire.

Si el hombre no está separado de su medio “ambiente” ¿dónde estamos los seres humanos?, inicialmente todo lo que nos rodea y a partir de la visión sistémica del ambiente: es un sistema dinámico, compuesto por un conjunto interactuante de elementos naturales, sociales y culturales en un momento y lugar determinado, así como por los resultados de las interacciones entre todos ellos (Trelles S. 2000).

Así la educación como un entender el dialogo de los hombres con su realidad, su medio, su ambiente, su cultura se sitúa en un proceso de socialización, de encuentro, de aprendizaje y de enseñanza con el otro y para los otros (Fullat, 1988). La enseñanza situada desde las dimensiones humanas interrelacionadas con su medio, para asimilarlas, entenderlas, concientizarlas, comprenderlas y transformar su realidad en algo mayor y mejor para la felicidad humana. Se educa ¿para? Ser mejores personas y más felices, para transformar nuestro entorno en uno que nos humaniza y no nos separa, compite, destruye y esté acorde con el pensamiento moderno, de progreso y desarrollo, pero ¿qué significa desarrollo en esta modernidad?, “La realidad es que la idea de progreso en la sociedad contemporánea se refiere más bien al avance del conocimiento científico y tecnológico, y al bienestar material tanto individual como colectivo y la búsqueda del perfeccionamiento espiritual quedó en un segundo nivel (Patiño,2010 ) es en este desnivel de las finalidades del progreso que Gimeno Sacristán ve “el primer fracaso del programa de la modernidad” (citado por Patiño, p 155).

Entonces, la educación como vía de progreso la estamos entendiendo simplificada, parcelada porque sólo atiende una dimensión del hombre, la que prima el conocimiento científico, empírico, de lo cuantificable: la razón en su esquema de racionalización que “oculta las realidades afectivas de los seres humanos, diría Morín”. Por eso, una de las primeras crisis a las que nos enfrentamos es la crisis cognitiva, porque el conocimiento parcelado produce ignorancias globales. Nuestro pensamiento mutilado conduce a acciones mutiladoras (Morín 2011) y así, la realidad esta parcelada, dividida, fuera de nosotros, objetivisada y por lo tanto no pertenece al ser, sino a su saber conocer solamente. Como dice Lefft, la crisis ambiental es la crisis de nuestro tiempo. No es una catástrofe ecológica sino el efecto del pensamiento con el que hemos construido y destruido nuestro mundo.

¿Cómo educar para una sociedad humanizada dentro de éstos esquemas que plantean lo contrario? ¿Cuál es el papel que debe asumir la educación en torno a lo humano y su realidad?

Si tomamos como referente de toda educación que su finalidad es hacer del hombre y de su entorno algo mejor y más humanitas y por lo tanto más feliz y pleno, uno de los objetivos de la educación de forma particular deberá hacer al ser humano una persona crítica, de sí mismo y de su entorno, consiente, participativa, con una apertura al conocimiento, a la duda y a la incertidumbre, a la pregunta que debe ser contestada con actitudes positivas y abiertas al ser y a su entorno. A partir de esta necesidades educativas en general, y tomando en cuenta al ambiente dentro del marco educativo (educación ambiental), no como un simple accesorio de la educación (Sauve, 1999), como se le ha querido ver; no es la hija incómoda de la visión moderna de la educación, en la que estorba por su gran contenido humano, como Sauvé apunta, “porque involucra la reconstrucción de los sistemas de relaciones entre personas, sociedad y ambiente”, es simplemente lo que se le ha llamado la educación ambiental, que en su esencia más pura, es educar, el educere de poder sacar todo lo que el ser humano es en todas sus dimensiones en la Tierra Humanidad como percepción de mutua pertenencia y de unidad orgánica, como dice Boff y/o sentirse un ciudadano de la Tierra – Patria como lo llama Morín.

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BIBLIOGRAFÍA

  • Boff L (2008) La opción Tierra. España, Salterrae
  • Fullat G. (1988) Filosofía de la educación. Barcelona, España, Vicens-vives
  • Gimeno Sacristán, Pérez Gómez (1996). Comprender y transformar la enseñanza. España, Ediciones Morata
  • Morín Edgar (2011) La Vía para el futuro de la humanidad. Madrid, España, Paidós
                        (2003) el Método: la humanidad de la humanidad. Madrid, España, Cátedra
  • Patiño Domínguez H. (2010) Persona y Humanismo. México, Universidad Iberoamericana Puebla.
  • Sauvé, L. (1999). La educación ambiental entre la modernidad y la posmodernida : En busca de un marco de referencia educativo integrador. Tópicos, 1(2) 1999, p. 7-27.
  • Tréllez E.(2000) La educación ambiental y las utopías del siglo XXI. Tópicos en educación ambiental., Vol. 2 No. 4
Fecha: 
Sábado, 25 de Abril 2015 - 10:00
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La Metamorfosis

¿Te imaginas un día despertar con cuerpo de escarabajo?, ¿o con un cuerpo robótico?, tal vez con partes de los cuerpos de otras personas… o con una extremidad cibernética; ¿te imaginas deambular por la vida con un corazón artificial?, ¿con el riñón de otra persona o el hígado de algún animal?... tal vez con un ojo o un oído electrónico, quizá sólo con una prótesis dental, o al menos unas gafas oscuras para conducir el auto al salir u ocultarse el Sol. Despertar en un cuerpo desconocido, infiltrado por la tecnología, profanado por la ciencia, infestado por un billón de nanobots que intentan curarte un cáncer… ¿te imaginas?

Seguro lo has visto en alguna película, un fragmento noticioso, o en alguna plática de sobremesa. Lo cierto es que esto, no es ciencia ficción; la ciencia se debate entre la religión y la sociedad para establecer los paradigmas de lo moral; al final el vencedor será la economía más fuerte. Los grandes laboratorios, las farmacéuticas, los hospitales; ¡los seres humanos quieren tener el control de sus vidas!, saber cuándo van a enfermar, como pueden sanar, en qué momento van a morir, cómo reparar su cuerpo. Seguro conoces a alguien que se practicó algún tipo de cirugía… estética. Seguro has escuchado sobre los esteroides anabólicos. Todos de alguna manera están tratando modificar sus cuerpos, no importa los objetivos que persigan, lo importante es que desde los cosméticos y la moda, hasta la ingeniería genética más sofisticada, conforman una industria descomunalmente millonaria. 

Los valores cambian, nuestra identidad biológica cada día pierde un poco de su esencia frente a los nuevos paradigmas científicos, nuestra naturaleza humana se perfila distinto. Transitamos de una tumba, de la incineración del cuerpo, a una cámara criogénica. Tecnología e idiosincrasia se fusionan en nuestro auto-concepto; eso nos obliga a fusionar mente y cuerpo, terminar con esa dualidad ancestral; encontrar el punto donde la consciencia se convierte en cuerpo, donde el cuerpo se vuelve moda y la moda economía. “Cuerpo sano en economía sana”.

Nos encontramos en el estado intermedio de la evolución, pero que les digo yo, si todos somos testigos activos de esta transformación, no es algo nuevo; un paradigma ontológico tan grande y monolítico que difícilmente podemos ver aun cuando nos obstruya el paso. Estamos en búsqueda de la singularidad tecnológica. Los grandes paradigmas éticos, filosóficos, morales, científicos y religiosos que han intentado frenar esta evolución,  terminarán rindiéndose y transformándose irremediablemente; estamos entre lo humano y lo post-humano, transitando obligadamente y sin darnos cuenta por la cuerda floja del transhumanismo, por ese espacio de angustia e incertidumbre que paraliza a los guardianes del statu quo, y donde la ansiedad de descubrir el final, desespera a los caudillos más osados del progreso.

Qué sentido tendría un cuerpo superior con una mente primitiva sujeta a instintos y emociones... obviamente una economía próspera. El racismo, las facciones, las clases, el gobierno y la sociedad, las religiones, las causas y las convicciones, el poder, el control y la economía; todos los grandes productores de paradigmas, y todos los paradigmas generadores de grandes apegos, difícilmente sucumben ante la influencia transformadora de la metamorfosis; más bien se apoderan de ella y la convierten en una razón más de control, en parte de su activo ideológico.

El hombre ha empezado a despertar de su sueño biológico, de su amnesia espiritual; se revela contra sus deidades, trasciende la moral, es inevitable; ¿quién será el nuevo Prometeo que robe el fuego a los dioses?, ¿Dmitry Itskov? [1], ¿John Craig Venter? [2], igual que Julio Verne pudo anticipar el porvenir, Mary Shelley también se adelanta a la muerte. Sin embargo, esas quimeras del pasado se han convertido en realidad, el arrullo del fin de una era se esparce en el mundo, y suave inicia la sinfonía de una metamorfosis desconocida, empapada de realidad virtual, de inteligencia artificial. Salas de espera en butacas criogénicas esperando del último hallazgo tecnológico deseando desde el interior que todo salga bien para prolongar su agonía si la muerte es inevitable o vivir el sueño de su eternidad.

¡Señores!... ¡somos!, en lo particular y en lo colectivo, independientes, dependientes, libres y esclavos, autónomos e interdependientes; iguales y al mismo tiempo, únicos. Ustedes lo saben, así funciona nuestra especie. Siempre nos hemos agrupado para sobrevivir, para dividirnos el trabajo. Cada uno de nosotros somos un fractal holográfico de la especie en su conjunto, una resonancia del universo en toda su extensión.

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[1] “Proyecto Avatar 2045″ La idea principal del proyecto es que los seres humanos puedan llegar a existir en un avatar, el cual podría ser un holograma formado por nanobots y controlado remotamente.

[2] Craig Venter acaparó los reflectores mundiales en 1999 con su proyecto Genoma Humano. En 2010, Venter, y su equipo lograron crear una célula bacteriana en un laboratorio con un genoma totalmente sintético, esencialmente creando la primera forma de vida artificial de la tierra.

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Martes, 21 de Abril 2015 - 16:30
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Amor improductivo

 

Todo lo que no es productivo es desechable. Por eso el ideal de la economía moderna es convertir al hombre en máquina, extirpar su esencia humana, para que en cuerpo y alma se entregue al ciclo de producción y consumo, hasta que deje de ser productivo-consumidor. Desde tiempos inmemoriales “las relaciones humanas –y por tanto la humanidad misma– son una perturbación para el trabajo y la eficiencia; (…) las personas se desempeñarían mejor si no “gastaran” su tiempo en asuntos improductivos… Este esfuerzo por maximizar la eficacia a cualquier costo, este fortalecimiento de lo económico a expensas de lo humano (el amor, la amistad, la belleza, el arte, etc.), reduce a los humanos… para convertirlos en meras unidades de producción. (La palabra robot de origen checo está basada en robota) la cual significa trabajo. Una persona reducida a ser un mero obrero es un robot…

“Gobernar a personas reducidas a robots ha sido el sueño de los tiranos desde tiempos inmemoriales. Todo gobernante despótico ve en las relaciones familiares y las amistades una competencia para la efectividad. El esfuerzo para reducir a la persona a unidad de producción y consumo es también evidente en las utopías (…), pues la economía como tal no necesita nada más que un robot humano, como ha sido bellamente –si bien de manera dolorosa– mostrado en el homo economicus (concepto según el cual los hombres actúan racionalmente y buscan sólo su interés), el cual no es más que una mera unidad de producción y consumo… En gran medida la corriente principal de la economía está algo cercana a este concepto. Los modelos de la economía neoclásica perciben el trabajo como parte de una función de producción”, (Tomáš Sedláček, Economía del bien y el mal, FCE).

Si bien la productividad es una herramienta muy útil a lo largo de la historia de la humanidad, toda vez que permite ahorrar y aligerar el trabajo, además de disminuir el uso de materiales y hacer mejor las cosas, es muy distinto convertir a este instrumento, como se hace hoy, en la piedra de sacrificios en la que se inmola a la humanidad, sobre todo cuando se le reduce al ahorro casi exclusivo de mano de obra, un solo componente del proceso productivo. Así se quita a la productividad su función social, de beneficio del hombre y se convierte en tautología: la productividad por la productividad. Las tautologías son cárceles, tiranías ideológicas que reprimen: son el nuevo ideal del despotismo moderno. Y como toda cárcel, termina por sacrificar lo más preciado: la creatividad, que es inherente a la humanidad, y piedra angular de la productividad.

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Jueves, 02 de Octubre 2014 - 17:00
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