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historias de mexico

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Cartas a Tora CLIX

Querida Tora:

He dudado mucho si contarte esto que te voy a contar, porque es bastante desagradable. Pero lo voy a hacer, para que sepas lo que es la vanidad. Porque este asunto fue causado totalmente por la vanidad de una mujer, la vieja del 51.

Resulta que un día esta vieja no fue al tianguis, sino al supermercado. Su madrina le había regalado unos pesos, y quiso comprar donde compra “la gente bien”, como dijo más de una vez. Y entre lo poco que pudo comprar se trajo unos rollos de papel higiénico aromatizado con kiwi de Nueva Zelanda (Kiwi: fruta exótica que ya se está haciendo popular). Al llegar a la vecindad se puso a gritar lo que traía, y  regaló a las vecinas una o dos hojas del papel para que lo olieran. Unas opinaron que no olía a nada; pero otras dijeron que tenía un aroma exquisito y una de ellas, la del 17, se sentaba a ver las telenovelas con un rollo de papel en la mano (corrió a comprar una dotación, no se fueran a acabar) y se pasaba las horas oliéndolo.

Fue tal la fiebre que se apoderó de las vecinas que el chavo del 23, que es muy ingenioso y muy aventado, les dijo que él podía impregnar el papel higiénico común de diversos aromas. Y todas empezaron a pedir: “yo, de fresa. Yo, de plátano macho. Yo, de chirimoya”, etc., etc. Y el muchacho logró complacerlas a todas. Claro que se los vendía, y bastante caro, pero a ellas no les importaba, porque estaban felices.

El portero no tardó en enterarse, y fue a exigir al chavo que pagara impuestos “por emplear las instalaciones de la vecindad, que es un bien común, para lucrar en privado”. Pero a él no le importó, porque estaba vendiendo mucho, y las viejas lo trataban a cuerpo de rey. Y durante un  tiempo estuvieron  así, todos contentos.

Pero una noche los del 56 llegaron más intoxicados que de costumbre, y quisieron jugarles una broma a las vecinas. Molieron una buena cantidad de chiles habaneros y, aprovechando que el chavo del 23 salió al cine y dejó sus preparados junto a la ventana de la cocina, los mezclaron con ellos. Y luego se sentaron a esperar, junto a dos botellas de tequila.

 No se habían acabado ni la primera botella cuando empezaron a llegar las reclamaciones al chavo del 23. Venían las vecinas que apenas podían caminar, rozadas, con comezón, con ardores, con verdaderas ámpulas, exigiendo que les diera un  remedio para sus males y amenazando con  denunciarlo por “daños en propiedad ajena”. Estuvieron a punto de lincharlo; y si no lo hicieron fue porque las incomodidades que tenían les impidieron correr tras él. Porque el chavo puso pies en polvorosa, y no se detuvo hasta llegar a Pachuca. No sé por qué escogió esa ciudad, porque ahí no se le había perdido nada; pero solo ahí se sintió seguro.

 La más afectada fue la vieja del 17, que desde que se quedó sin los aromas le perdió el gusto a las telenovelas, y ahora solo ve “reality shows” que “la hacen vivir y sentir como millonaria”. El portero también se vio afectado, porque dejó de percibir los “impuestos” que el chavo generaba, y ya está maquinando qué nuevas cuotas imponer a los vecinos. Como puedes ver, todos salieron perdiendo.

 La gatita rubia también sufrió las consecuencias, porque se le ocurrió masticar una hoja de ese papel. Perdónala. Está embarazada (otra vez), y se le antojó mucho. No te  preocupes, no perdió a sus gatitos; pero nacieron como inquietos, sin  poder acomodarse en ningún lado.

Bueno, mi amor, te dejo. La del 17 ya me está echando unos pellejos (y son los mejores de toda la vecindad).

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 13 de Diciembre 2019 - 11:25
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Viernes, 13 de Diciembre 2019 - 13:40
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Sábado, 14 de Diciembre 2019 - 02:40
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Cartas a Tora CXLIV

 Querida Tora:

El portero anda muy activo. Ya te imaginarás por qué. ¿No? Pues porque quiere irse con la Flor (y su prima) a Acapulco. No quiere llevar a la prima, pero quién sabe lo que ella diga.

La idea le vino porque los vecinos empezaron a protestar de que el Seguro Vecinal estaba en muy malas condiciones: el piso era una porquería que ya ni lavándolo con ácido muriático se aclaraba, las persianas se estaban cayendo, la enfermera siempre estaba dormida y lo único que recetaba eran chiquiadores de ruda. Y le exigieron mejorar las condiciones generales del Seguro.

Al principio se negó, claro. Pero luego vió en eso la oportunidad de  hacer el anhelado viaje. Y, claro, pidió una cuota especial. Con tal de contar con un buen Seguro, los vecinos accedieron y algunos a regañadientes y otros con buena voluntad, la entregaron (Con excepción de los del 56, que como siempre están incróspidos, ni se enteraron de lo que les pedían).

Total, que en dos días (La Flor quiere irse de viaje ¡¡YA!!) empezaron los trabajos. Trajeron varias cajas de loseta, que nadie vió porque estaban cerradas; algo que parecían persianas, dos o tres estantes de diversas formas y bastante arruinados, un  sillón largo y negro que parece de psiquíatra de película, un banquito, tres macetas con ruda y otras dos con quién sabe qué plantas, que se veían muy sospechosas.

Era loseta en pedazos, que encontraron en alguna demolición. Debo decir que los que la instalaron (Los guaruras en sus ratos libres, que son la mayoría) hicieron un buen trabajo uniendo los pedazos, y aquello parece una alfombra oriental de muchos colores. Lo que parecía persianas son persianas, pero también tuvieron que pegar las láminas; y no pueden abrirlas ni cerrarlas, porque se parten, Los estantes los pintaron de negro, porque así no se notan las imperfecciones. El sillón es para el uso exclusivo del portero cuando necesite sus cuidados paliativos, y es nuevo. Y las macetas las colocaron junto a la ventana, donde les de el sol y las puedan regar sin mojar nada. El aspecto en general es bastante bueno

Como ya te imaginarás, todo lo consiguió el portero a precios irrisorios, y hasta regalado. Lo único que pagó, y a buen precio, fue una de las macetas. Lo sé porque una noche le vinieron a cobrar; y como los que llegaban eran unos perfectos desconocidos, me fui a una ventana de la portería y me enteré de todo. Me da pena que abuse de los vecinos, pero pensé que, con todo y todo, el Seguro Vecinal estaba mucho mejor que antes. Y me dije “Bienvenido que los estafen, si con eso mejoran su vida”.

Me equivoqué de medio de medio (no sé cuáles son esos medios). Al día siguiente de la instalación varios vecinos fueron  a quejarse de dolor de cabeza o de estómago; y uno dijo que le dolía el corazón. ¿Y sabes lo que la enfermera les dió? Chiquiadores de ruda. Según dijo, no había alcanzado para más medicinas que las tres macetas y una hierba del sapo, que es muy buena para bajar de peso. La señora esa que bajó 100 kilos y luego los volvió a subir vino corriendo; pero las dosis que le ha dado no le han servido de nada. Entones la enfermera, con mucho misterio, le dio unas hojitas de la maceta que había costado tan cara: le dijo que la pusiera a secar, que la machacara y que la metiera en un papel de cigarro y se la fumara…

Justo lo que te imaginas. Era marihuana. Al que le dolía el corazón le dió como para tres cigarros. Ninguno de ellos se ha curado, pero por lo menos se pasan las tardes tranquilos, viendo visiones que luego comparan entre sí, a ver quién las tuvo más bonitas.

El portero y la Flor no se fueron a Acapulco sino a Los Cabos, que está mucho más lejos. Y volvieron muy contentos. Sobre todo la Flor, porque se empeñó en llevarse a la prima “para que la sustituyera cuando se sintiera muy cansada”. Lo que ocurrió todos los días, porque ella se iba desde temprano a nadar, y regresaba arrastrando la lengua (es un decir, por supuesto). La prima también volvió muy contenta, porque era la primera vez que viajaba en avión; pero el portero tuvo que ir al Seguro por sus cuidados paliativos.

En fin, la vida sigue sin mayores novedades. En la azotea tampoco ha pasado nada digno de mención, salvo que la gatita rubia ya está otra vez embarazada. Pero eso, en realidad, no es novedad.

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 25 de Octubre 2019 - 08:00
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Viernes, 25 de Octubre 2019 - 10:15
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Viernes, 25 de Octubre 2019 - 23:15
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Cartas a Tora CLII

Querida Tora:

         ¡Qué susto nos llevamos el otro día en la vecindad! Resulta que a media mañana se empezó a oir una canción muy vieja llamada “Adiós, Mundo Cruel”, tocada a todo volumen. Y dos minutos después hubo gritos, y la gente señalaba a lo alto. Y es que en el pretil de la azotea estaba parado uno de los hijos de la señora del 43. Pero no contento con la altura que tiene la azotea, puso un banco de cocina sobre el pretil, y allá se encaramó él.

         Muchos corrieron a  los pasillos del primer piso y otros a la azotea, a ver qué podían hacer. Pero en cuanto se acercaban, el muchacho los amenazaba con saltar al vacío, por lo que todos se quedaron a muy prudente distancia. Algunos empezaron a preguntarle por qué se quería suicidar; otros le decían que la vida era bella, que pensara en sus papás, y cosas por el estilo. La mamá estaba en primera fila, estrujándose las manos, casi sin poder hablar. Y en medio de todo el escándalo que se armó, el muchacho señaló de pronto a la madre y le dijo “¡Tu tendrás la culpa de lo que me pase!”. No veas cómo se puso la señora, que se desmayaba, pero antes de caer al suelo se levantaba y gritaba “¡No! ¡No lo hagas! Perdóname”.

El muchacho, implacable, le seguía apuntando con un dedo acusador, al grado que la madre optó por taparse los ojos y llorar, sin que se le entendiera lo que decía. Los vecinos ya empezaban a mirarla con mala cara; sobre todo, cuando el muchacho empezó a llorar y a decir que su vida no tenía sentido,  que se arrepentía de haber nacido, que detestaba a sus padres por haberlo engendrado; y que si se quitaba la vida era porque la madre le había confiscado el celular y así, la verdad, no valía la pena vivir.

Los vecinos estrecharon el cerco alrededor de la madre, insultándola por tener una conducta tan negativa con su hijo; y algunas empezaban a agredirla, cuando la Mocha apareció entre ellas y las increpó duramente. Les dijo que ese muchacho se pasaba el día y la noche pegado “al telefonito ese”, y que a veces no quería ni comer porque eso exigía ocupar los dedos en otra cosa; que los padres le habían pedido cientos de veces que dejara ese vicio y se preparara para el futuro,  pero que él contestaba que no necesitaba pensar en el futuro, que así era feliz, y que lo dejaran en paz. Luego, la Mocha le dijo al muchacho que brincara; que no le iba a doler, porque el suelo era tan duro que ni lo iba a sentir; que el espectáculo de su cabeza abriéndose como chirimoya madura les iba a encantar a los vecinos y, sobre todo, a los niños que ya esperaban su caída; que la sangre derramada iba a marcar la vida de mucha gente, y de eso nadie tendría la culpa sino él y su teléfono celular.

Y no contenta con eso, ¿qué crees que hizo la Mocha? Fue derecho hacia él y extendió los brazos para empujar el banquito. El muchacho se aterrorizó y brincó, pero hacia la azotea, no hacia el patio, y se soltó chillando como cochino machucado. La madre corrió a abrazarlo; pero no fue necesario, porque él se agarró a ella y no la soltaba, y le empapó el delantal con  sus lágrimas y sus mocos. Lloró hasta que se cansó y se quedó dormido en los brazos de la del 43, que lloraba más que él.

Los vecinos se retiraron, medio desilusionados porque, al fin y al cabo, no había sucedido nada, y censurando a la madre por “no haber sabido educar al muchacho”. Solo la Mocha se quedó a acompañarla y le ayudó a llevar al hijo a su vivienda. Allí, el muchacho prometió solemnemente enmendarse y volver a la secundaria¸ y en ese momento se puso a hacer la tarea de álgebra de la semana anterior.

La Mocha ya se iba cuando llegó el portero, exigiendo a la señora que bajara a barrer el patio, porque durante todo el tiempo que duró el evento (así dijo) la gente había estado comiendo palomitas y cacahuates o fumando, y lo habían  dejado verdaderamente asqueroso. La señora pidió perdón y cogió la escoba; pero la Mocha echó al portero con cajas destempladas y le dijo que él tenía la obligación de limpiar el patio, que para eso se le pagaba. El hombre se fue con  la cola entre las patas (no sé por qué dicen así, pues ningún humano  tiene cola), y todo volvió a la normalidad.

Por lo menos, eso espero. Pero con muchachos como el del 43, nunca se sabe. Hasta la próxima.

Te  quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 11 de Octubre 2019 - 12:25
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Fecha B: 
Viernes, 11 de Octubre 2019 - 14:40
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Sábado, 12 de Octubre 2019 - 03:40
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Cartas a Tora CXLIX

Hubo un incidente en la vecindad y, la verdad, no sé si reír o llorar. Puede que esto te parezca extraño, pero a lo mejor cambias de opinión cuando te lo explique.

         Fue con los señores del 21, un matrimonio serio, agradable, tranquilo; tienen dos hijos, igual que los papás. Pues un  día vino de visita la madre de la señora, y se quedó unas semanas (¿cuántas?, no sé; pero no importa para lo que pasó). Simpatizó con las vecinas, y todos los días salía al patio a platicar con ellas.

         Pero un día no salió. Las vecinas fueron a preguntar por ella, y la señora les dijo que se había tenido que regresar a su pueblo, y que no tuvo tiempo para despedirse de nadie, pero que les había dejado muchos saludos. Las vecinas no se conformaron con esa explicación, y andaban todo el día parando oreja para averiguar algo. La del 37, que es tremenda, aprovechando un descuido de la señora, se metió a la vivienda y se encerró en un armario, dispuesta a averiguar la verdad. La sacaron el día siguiente, medio asfixiada y muerta de hambre; y todo lo que consiguió escuchar fue “Era muy arriesgado. No podía ser”.

         Total, no consiguieron averiguar nada. Pero yo sí. Porque yo lo vi todo.

         Resulta que la señora se murió de repente. Infarto masivo y fulminante, de modo que ni pío dijo. Entonces, los señores quisieron llevarla a su pueblo, para que la enterraran en la cripta familiar. Pero el problema era dar parte, embalsamarla, pagar lo que no tenían, y esperar días y días a que les dieran el permiso para trasladarla. Y para evitarse todos esos engorros, decidieron llevarla de contrabando.

         La metieron en la cajuela del coche, le pusiera un ramito de flores en las manos y la cubrieron con una manta; subieron a los niños (porque ni modo de dejarlos solos), y emprendieron en viaje.

         Era muy temprano, y decidieron desayunar, para no tener que detenerse en la carretera. Y fueron al King´s por unos tamales y atole. Comieron a toda velocidad, y cuando fueron por el coche… ¡el coche no estaba! ¿Te imaginas la impresión? Lo buscaron por todos lados; o, por lo menos, a la abuelita. Nada, Ni señas. Entonces, la señora propuso ir a dar parte a la Delegación (ahora se llama Alcaldía, pero ni quien se acuerde). Pero el señor, prudentemente, dijo que si lo hacían los iban a detener por trasladar un muerto sin permiso, y que eso tendría consecuencias funestas para los niños (imagínate, detenidos a los 8 y 9 años por una cosa tan fea). ¿Qué hacer? “Nada”, dijo el marido, “Dejar las cosas como están”. La señora no se conformaba: ¿Qué iba a ser de su mamacita? “La tumba se quedaba vacía, y eso era un desperdicio”, “¿Qué va a decir la gente? En el pueblo son muy mal pensados, y van a traer en jaque la honra de toda la familia”. Pero el señor no se dejó convencer (y yo creo que tenía razón). Así que tomaron a los niños, que ya estaban acurrucados en un rincón, llorando, les dijeron que su abuelita estaba bien, y se los llevaron a la casa, prometiéndoles que ese día no irían a la escuela.

         La verdad, la situación era para soltar el llanto. Yo ni siquiera me acabé las sobras de tamales que dejaron (el atole no me gusta mucho), y los acompañé para ver que llegaran bien a la casa. Pero luego empecé a pensar en lo que harían los ladrones cuando descubrieran el cadáver. ¿Te imaginas el susto? Ni siquiera el ramito de flores se los iba a quitar. ¿Se les ocurriría enterrarlo? ¿O lo tirarían en algún barranco? ¿O lo descuartizarían para venderlo en tamales? ¿O sería menos peligroso en tacos? La cuestión era bastante peliaguda, y me dieron ganas de reírme.

         Pero los gatos no podemos ni llorar ni reírnos. Así que mejor me dediqué a observar lo que hacían los del 21 para pasar el trago amargo.

         La señora lloró mucho, pero eso se explica. El señor tuvo que irse a trabajar como si no hubiera pasado nada, y creo que eso le ayudó. Los niños estuvieron de morros unos días; pero volvieron a salir al patio a jugar, y luego empezaron a reírse. La vida siguió su curso, como debe de ser.

         Tengo ganas de platicar contigo, porque te cuento todo lo que pasa, pero no tengo respuesta. Cuando regrese, tendremos que estar muchas horas hablando. Sobre todo, de “El Caso de la Abuelita Desaparecida”, como lo bauticé. Se oye bien, ¿verdad?

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 20 de Septiembre 2019 - 08:00
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Fecha B: 
Viernes, 20 de Septiembre 2019 - 10:15
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Viernes, 20 de Septiembre 2019 - 23:15
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Cartas a Tora CXLVIII

Querida Tora:

         Hay una muchacha en la vecindad (vive en el 18 con un montón de hermanos y una madre viuda y de mal genio), que siempre anda vestida de oscuro, con anteojos y trenzas, que no habla con nadie y a todo el mundo cae mal, al grado que ni la saludan ni la toman cuenta para nada. Pero un día, la muchacha empezó a vestirse diferente, a pintarse un poco la cara y a sonreír de vez en cuando. Todos se quedaron asombrados, y empezaron a murmurar todo lo que se puede murmurar de una mujer (que es mucho). Pero no se dieron cuenta de que había entrado a la Universidad. Luego empezó a llegar tarde, muy tarde. Y cuando la madre le preguntó, dijo que se reunía con amigos a estudiar y a hacer trabajos. Sin embargo, el día siguiente salía muy temprano para ir a clases. Con el tiempo, la gente se acostumbró al cambio, y ya ni siquiera murmuraban.

         Pero la madre no se conformaba, y le pidió a su hijo mayor que la siguiera en las noches, Así lo hizo el muchacho. Y en una ocasión volvió muy agitado, diciendo que la hermana andaba de “teibolera” (una palabra inglesa mezclada con una española, y ambas corrompidas al máximo). La madre por poco se infarta, sobre todo porque no sabía lo que eso significaba. El hijo se lo explicó, y la mujer puso el grito en el cielo (¿cómo puedes poner un grito en el cielo? No me lo imagino. Pero así se dice). Y una noche decidió ir a convencerse por sus propios ojos.

         Con mucho miedo, la madre y el hijo entraron al antro donde estaba la chica. Y allí se estuvieron, hasta que la vieron salir a agarrarse de un tubo y a hacer cosas que a ella se le antojaron indecentes con un pobre y honrado tubo. La madre se indignó tanto que se subió al escenario a cachetear a la hija. Pero el público empezó a aplaudir y a exigirle que bailara con el tubo. Ella les gritó que los tubos son para otras cosas más decentes, y se llevó a la hija a rastras. El encargado del antro quiso impedírselo, pero se llevó un par de bofetadas de antología, y tuvo que dejarlas ir. La chica lloraba y decía que no hacía nada malo, y prometió al encargado que volvería.

         La madre la encerró, pero no podía tenerla así eternamente, y tuvo que permitirle ir a clases, después de que le prometió que no volvería al antro. La chica prometió, pero a los dos días regresó tarde y le entregó una buena cantidad de dinero, que era lo que había ganado en esos días. La madre cambió de actitud, y empezó a acompañarla por las noches. Y cuando una noche vio que a la salida del antro la esperaba un hombre muy bien trajeado, le dio permiso de ir a tomar con él copa (solamente una). Pero la muchacha dijo que al día siguiente tenía clases, y no fue.

         Una noche que llegó saliendo de la escuela, la madre le preguntó por qué no iba a trabajar, y ella contestó que porque tenía un examen muy importante el día siguiente, y le habían dado permiso de faltar. La madre quiso hacerla recapacitar, diciéndole que sus hermanos se estaban poniendo gordos y relucientes y ya tenían dos pantalones cada uno. Pero ella no transigió; y al día siguiente presentó su examen, que la acreditaba para ejercer como ortodoncista. La madre gritó, lloró, le dijo que trabajando de “esa cosa” no les alcanzaría para comer carne ni siquiera una vez a la semana. Pero la chica, firme en sus trece (¿en sus trece qué?).

         La situación se puso tan violenta, que la chica se fue de la casa (escándalo, tragedia  y  amenazas de perdición le lanzó la madre). Empezó a vivir sola (auténticamente sola, no como suelen decir las muchachas que viven), y todas las quincenas le llevaba a la madre una cantidad “para que comieran carne dos o tres veces por semana”.  La madre se calmó un poco, dijo a las vecinas que estaba “haciendo un  internado” en otra ciudad, y acabó por conformarse.

         La muchacha no volvió al antro, y con el tiempo se casó con un compañero de profesión, y entre los dos pusieron un consultorio.

         Te cuento todo ésto porque me pareció una historia tomada de alguna novela del Siglo XIX o de una película de la “Época de Oro”. Algo así como “Flor de Fango”, “Castidad en el Infierno” o “La Mujer que no Quiso Perderse”. ¿A ti qué te parece?

         Cuando regrese, vamos a tener que hablar de muchas cosas. Ya verás.

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 13 de Septiembre 2019 - 11:15
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Fecha B: 
Viernes, 13 de Septiembre 2019 - 13:30
Fecha C: 
Sábado, 14 de Septiembre 2019 - 02:30
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Cartas a Tora CXLVI

Querida Tora:

Lo que te voy a contar sucedió porque el portero estaba de vacaciones. Y no lo digo en elogio suyo; porque si hubiera estado aquí, tal vez hubiera sido peor. Por lo menos, distinto.

¿Te acuerdas que con la “remodelación” del Seguro Vecinal trajeron una planta que curaba muchos males? La de marihuana, sí. Pues mucha gente empezó a pedir ese remedio; y la enfermera, ni tarde ni perezosa (como se dice por aquí) la empezó a repartir. Había verdaderas colas pidiendo el remedio, y yo llegué a temer que se hubiera declarado una epidemia de algo en la vecindad. Pero me acerqué a investigar, y me di cuenta de lo que pasaba.

La enfermera se pasó de lista y empezó a vender los cigarritos (Ya había aprendido a liarlos). La cosa fue tan grave, que vendió toda la planta, incluidas las raíces. Pero la demanda seguía, y entonces hizo los cigarros con hojas de ruda. Pronto se le acabó la ruda que tenía, y empezó a recolectar hojas de árboles en la calle y hierbas en los baldíos cercanos. Los vecinos no se enteraron del cambio, y fumaban lo que les daba. Los precios subieron como no te imaginas, y la enfermera ya estaba investigando precios para comprarse un cochecito del año. Eso sí: trabajaba como costurera mal pagada, desde el amanecer hasta altas horas de la noche secando las hojas en el horno, quemándolas a medias para que supieran a algo ardiente (Según ella), cortando el papel y machacando las hojas secas.

Yo probé un día una de las escasas colillas que tiraban (Porque se fumaban hasta la última brizna) y, la verdad, sabía horrible. Y de alucinaciones, nada. A lo mejor se debe a que yo soy de otro planeta, pero creo que los estaba engañando, y que ellos se alucinaban solitos.

Y sucedió que uno de los muchachos del 41, el güero para más señas, fue a comprar un cigarrito. La enfermera le dio el que le había quedado mejor, más parejito y sin arrugas, y le dijo “Pero me vas a pagar con cuerpo” (Se conoce que le tenía ganas de tiempo atrás).

El muchacho, que es muy chapeado, palideció intensamente; luego se puso verde, se tambaleó y, de pronto, dio media vuelta y echó a correr. Llegó a su vivienda en dos segundos y se encerró, atrancando la puerta con los muebles, y se echó a llorar. El moreno había salido y cuando llegó se encontró con ese panorama, y le costó mucho trabajo consolarlo y hacer que volviera al gimnasio.

Lo más interesante fue que muchos vecinos vieron la carrera del güero y se percataron del encierro y todo lo que pasó, y pensaron que se había vuelto loco. Un rato después, el moreno les dijo que  sí, que había sido un  ataque pasajero debido al cigarro que le había vendido. No quiso decir lo que en realidad había pasado. ¿Galantería? No lo sé; tal vez fuera prudencia para no verse involucrado en un pleito con una de las consentidas del portero. Pensó en contarle a este la proposición que le había hecho a su compañero, pero decidió que no valía la pena; que, cuando mucho, la regañaría, pero no la iba a cesar ni le quitaría la concesión de sus cuidados paliativos. Allá en el fondo, pensó que si le hubiera hecho la proposición a él, tal vez hubiera aceptado; pero se negó a seguir pensando en eso, creyendo que era una traición a sus principios.

Los vecinos hablaron mucho del asunto, y les entró el temor de que esos cigarritos en verdad hubieran enloquecido al güero; y no volvieron a comprarlos. La enfermera se molestó mucho  con ellos, y tuvo que renunciar a su idea del coche del año; pero le alcanzó para comprar una televisión grandota que puso en el consultorio para entretener sus “ratos de ocio”, que son muchos (Además, así podía atraer al portero a ver el futbol con ella y tenerlo más de su lado).

Así que mira por donde, una proposición indecorosa acabó con un negocio ilegal y contribuyó a mejorar la salud pública.

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 30 de Agosto 2019 - 13:30
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Fecha B: 
Viernes, 30 de Agosto 2019 - 15:45
Fecha C: 
Sábado, 31 de Agosto 2019 - 04:45
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Cartas a Tora CXL

Querida Tora:

Hubieras visto el borlote que se armó en la vecindad por un suceso pequeño, pero que tuvo muchas consecuencias. Casi diría que fue un acto político de gran envergadura.

¿Te acuerdas que por el hoyo del patio los vecinos tienen que emplear las escaleras para pasar de un lado a otro? Y como hay mucho tránsito en las mañanas, a las horas punta, el portero hizo que unas escaleras fueran de bajada y otras de subida. Pero hay algunos vecinos que no siguen esa norma. Especialmente la muchacha del 46, que llegó hace poco. Siempre se le hace tarde para trabajar, y para ganar tiempo baja por la escalera de subida, atropellando a todo el mundo mientras se peina o se pinta los labios o se pone “spray”,. El otro día roció con “spray” al del 18, y se le pegaron las pestañas en tal forma que no pudo abrir los ojos en todo el día.

Así que los vecinos fueron a quejarse con el portero, y este ordenó a sus guaruras que no le permitieran a la muchacha bajar por ahí. Pero cuando ella se enteró, fue a ver al portero; y yo no sé lo que le dijo, que le dio permiso de usar la escalera como quisiera y cuando quisiera. Entonces los vecinos se enojaron, y protestaron.

¿Te acuerdas de la gorda aquella que bajó cien kilos para casarse? Pues como ya se casó, los volvió a subir. Y los vecinos la sentaron en el rellano de la escalera, con lo que nadie puede pasar. Además, pusieron carteles protestando por “el favoritismo del portero hacia una recién llegada”; tocaron pitos y tambores, y armaron tal escándalo que el gendarme de la esquina vino a ver qué pasaba; pero no pudo hacer nada, porque todo el problema era que nadie podía usar la escalera y tenía que dar la vuela hasta la otra.

Lo peor fue cuando el portero quiso subir a la enfermería. Resulta que la Flor lo dejó plantado ese día, y entonces él quiso subir a que la enfermera le diera “cuidados paliativos”, pero los vecinos no le permitieron pasar. El portero decía quera era urgente, que se sentía “a las puertas de la muerte” por la falta de esos cuidados; pero los vecinos no transigieron. Entonces, el portero mandó a sus guaruras que los atacaran; y los muchachos se lanzaron contra ellos blandiendo los puños (Porque no tienen más armas); pero los vecinos contestaron con los pies, y los hicieron rodar escalera abajo. Entonces, el portero alegó que tenían que subir todos a atender sus heridas; pero los vecinos, firmes en su posición. El portero ordenó que conectaran una manguera y les echaran agua, y tampoco. Con fuego no se atrevió a atacarlos, “no le fueran a  quemar las pestañas a él y a sus guaruras”.

Para la noche, los ánimos se habían  caldeado a tal punto que el portero  empezó a pedir pistolas prestadas, con balas de verdad. Pero la situación se resolvió por sí sola. ¿Y sabes cómo? La muchacha llegó algo tarde, en coche con chofer, y anunció que se iba, porque había conseguido un departamento “más bonito y que le iba a costar mucho menos” (Menos que nada, porque ella no lo iba a pagar); y un rato después salió con sus maletas y se fue en el coche.

La manifestación se resolvió por sí sola, y el portero pudo subir a recibir sus “cuidados paliativos”. Pero resultó que la enfermera tenía un compromiso esa noche, y había salido (Como muchos otros vecinos) brincando por la azotea a las vecindades de al lado, y el portero se quedó con un palmo de narices (Que de por sí las tiene bastante prominentes). A los muchachos los curaron los mismos vecinos, pues ya han establecido con ellos relaciones bastante cordiales. El único perjudicado fue el portero, que tuvo que pagar en el hotel de la equina para recibir sus cuidados paliativos (La frase se hizo famosa en la vecindad, y a cada rato se la andan diciendo unos a otros).

Yo quedé muy contento al ver que, por primera vez, los vecinos se alzaron para exigir sus derechos; y los supieron defender. Ojalá la próxima vez sea por algo que valga más la pena.

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 19 de Julio 2019 - 13:10
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Fecha B: 
Viernes, 19 de Julio 2019 - 15:25
Fecha C: 
Sábado, 20 de Julio 2019 - 04:25