Mujer

Bienvenidas al mundo, Marina Manzanilla y Zaya Carrasco Hoy, Acción de Gracias del 2015, hago una pausa vital para rememorar los abundantísimos, muy agradecibles sucesos...

26 de noviembre, 2015

Bienvenidas al mundo, Marina Manzanilla y Zaya Carrasco

Hoy, Acción de Gracias del 2015, hago una pausa vital para rememorar los abundantísimos, muy agradecibles sucesos ocurridos en el velocísimo año que se acaba; y en estos días, dos mujeres más que llegan a una familia repleta de mujeres.

Rememoro algo que escribí casi automáticamente en una solitaria noche de febrero de 1973: mi mano corría sola y desligada de mi cerebro, al menos de su hemisferio izquierdo. Fragmentos:

Presencia de carne, inquietante, viva, que saca del camino,

que lleva al martirio.

Te vas por el camino y lo llenas de perfume.

Caminas hacia el desierto y, en él, tus huellas son camino.

Mujer.

A veces te reconozco al mirarte en el espejo

y reencuentro tus redondas formas cuando en él te miras, y me miras

y luego busco el espejo pero tu forma se ha ido.

Y estabas a mi lado.

Y te apartas y no me reconoces.

Mujer.

Camino, luz y meta.

Con tu voz florecen las raíces de la tierra y el espacio.

Silueta confusa en el horizonte, sueño de niebla que se va con el viento.

Eres fluida y te me escurres como arena entre los dedos

y te diluyes en el mar entre las olas, como el tiempo en la eternidad,

eternidad en este instante.

Mujer.

Pelo de arena, piel confusa, manos pequeñas,

movimiento de amor loco.

Vientre redondo, mirada transparente, espaldas de silueta lejana.

Mujer.

Forma efímera, movimiento subyugante,

a veces presente, siempre un poco ausente.

Presencia de carne frágil e impredecible,

ladrona de sueños, creadora de pesadillas,

mujer,

¡mujer!

Extraña, inquieta,

espectral, ausente.

Huyes con la distancia, te escondes con el tiempo.

Vives en los bosques y en los mares, oculta en la distancia,

siempre un poco inalcanzable,

siempre con un nuevo enigma entre los dientes,

siempre con una pregunta sin respuesta mordiéndote la boca entreabierta.

Mujer.

Transparente, opalina. Llena, inquieta.

Creadora de vida, génesis de ilusiones, fuente de inquietudes,

alimento de sueños, tinta de poemas.

Contradicción pura, enigma insoluble, meta confusa,

presencia de carne, alma temblorosa.

Vida nueva y vida vieja,

siempre presente, siempre femenina,

siempre un poco lejos, un poco más lejos

por más que tu aliento este aquí, y tus manos también,

y detrás de tu mirada se esconda un sentimiento.

Ojos húmedos, alegres y melancólicos,

boca en forma de respuesta anónima,

mujer.

Que a veces te reconoces mujer

y como mujer hablas y creces y desparramas.

Mujer.

¿Dónde estás?  Y te veo de espaldas.

¿Quién eres?  Y ya no te veo.

Sólo han quedado las huellas de tus pies descalzos.

Y largo el camino y lejano el horizonte,

y altas las nubes donde adivino tu silueta.

Y el viento me recuerda tu aliento

y el vuelo de las aves tu presencia breve

presencia ausente porque ya te has ido,

una vez más, mujer,

hasta que vuelvas a asaltarme, como un ladrón, por la espalda,

y yo crea reconocerte, mujer rara

al mirar otra vez esos tus ojos

con pupilas nuevas y desconocidas.

Melodía nueva en la voz, siempre desconocida.

Rasgos nuevos en el rostro, siempre desconocidos.

Para que después te vuelvas a ir, con el viento y con tu aliento,

entre sombras y caminos de arena

de espaldas, dejando nuevas huellas,

señalando nuevas vías, más altas cimas,

y dejándome otra vez en el desierto, con sed y sin un momento,

a escuchar el vuelo de las nubes y esperar la vuelta de los cometas,

sarmiento de placeres y de virtudes y de esperas impenetrables,

mujer.

Y tu allá, desde una colina,

espiándome de lejos, mirándome y agitando tus brazos,

como para que salga tras de ti,

a buscarte y perseguirte

una vez más, un día más,

en este juego de esperanzas que no cesa,

pensando en un día hallarte entre el tiempo y el paisaje,

allá donde la distancia se acorta y el espacio se curva.

Como tus líneas, como tu voz, como tus caminos.

Y allá me esperarás,

donde sean uno el tiempo y la distancia,

y la montaña sea paisaje con todos los paisajes,

con todas las cimas y todos los caminos.

Esperanza inalcanzable, allí estarás,

mujer…

Siempre he pensado que el mejor invento del Creador ha sido dividir a los seres vivos en dos (“sexo” viene de sectus, separar, cortar, dividir). Ambos buscan a veces desesperadamente volver a una probable unión primigenia, quizá para que vuelva a ser permanente, eterna. Lo femenino es uno de los mayores enigmas para esta otra sección de la humanidad; sorprendente, incomprensible, frecuentemente desesperante, siempre apasionante.

Estoy convencido de que en los humanos, el femenino es rotundamente el sexo superior. No concuerdo con las feministas radicales; las preferiría femeninas. No es feminidad suponer que una hija en gestación es parte de su cuerpo y no una vida distinta: dependiente de ellas pero tan única e irrepetible como ellas que la llevan dentro para su cobijo, formación, protección y respeto.

Las mujeres suelen ser más fuertes, más resistentes, más honradas, más saludables y desde luego, menos presumidas. Para su daño, la corrección política establece cuotas de “género”, celebra días para combatir la violencia cuyo efecto se parece a homenajear un solo día a las madres, y no modifica realidad alguna. Más bien las humilla decir “diputadas y diputados” o aún más estúpidamente escribir “mis amig@s”. Este mismo año satiricé tales pulsiones en mi artículo El femidiotismo o la bandera de los y las mujeres. A quien no le haya gustado mi ironía, espero que le quede más clara mi visión sobre esos superiorísimos seres, esa esperanza inalcanzable, ese enigma insondable, esa bellísima presencia…

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