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Nostalgia del pasado

Suelo titular mi columna Nostalgia del Porvenir pero he decidido dirigir mi nostalgia al pasado hoy, que comienza un nuevo año bajo los auspicios de la última triada de la mercadotecnia invernal: Malhechor, Gastar y Vaasaltar a 18 meses sin intereses.

Cuando comienza el porvenir rememoro un gran pasado que viví, al que en retrospectiva se me ha ocurrido llamar (por darle un nombre) mi Decena Fantástica, aprox. 1965-1975.

En ese tiempo cercanísimo y muy lejano despertaba yo a la vida adulta junto con millones y millones más. Comenzó el año de mi nacimiento (1946) el famoso baby boom en Estados Unidos y en los países victoriosos de la II Guerra. Nacimos a partir de ese año millones de baby boomers, uno de los fenómenos más interesantes de la historia poblacional. En la agotada Europa, ayudaron al fenómeno millones y millones de desplazados de países satélites, sobrevivientes judíos, y alemanes de raza o recientemente desinstalados de tierras liberadas de los nazis. Cuando estalló la paz, empezaron a reproducirse como conejos.

Ese baby boom marcó un peculiar capítulo demográfico cuando millones de niños pasamos al mismo tiempo a la adolescencia y la juventud. (Luego a la madurez y ser más o menos productivos y reproductivos, formar familias, para después esperar la pensión por retiro; eventualmente algunos formarán cola para tratarse el Alzheimer, y finalmente, a los panteones. Demasiados compañeros míos han pasado a ellos.)

Para nada pensábamos en eso cuando lo vigente era una explosión juvenil como nunca se había dado. Si bien los vecinos del norte tuvieron enorme importancia y la mejor música se cantaba en inglés, el Reino Unido marcaba el compás: Hail Britannia! Britannia rules the sound waves! Por primera vez en la historia Inglaterra no sólo fue central en música sino que tomó la vanguardia en composición. Viví a tope una época en que mi vida recibió la bendición que hace poco recibí de André Rieu: que tu vida esté rodeada de música.

Fueron años estupendos que no rememoro por los dudosos estudios en la universidad a la que entré en el 65 sino por lo aprendido fuera de las aulas, los amigos que hice allí, y la música. Al comenzar 1965 ya se habían ido mis abuelos, a uno de los cuales quise con tanta entraña como se puede querer a alguien; y comenzó la fase gruesa de los que desde entonces llamé alegres sesentas, prolongados hasta media década siguiente. Época de envidiable estabilidad económica, con moneda aún ligada al oro; apertura artística y musical, esotérica y floral, psicodélica y espiritual. Tiempos post Concilio Ecuménico con su explosión de renovación litúrgica, y un aggiornamento de las prácticas religiosas, que por circunstancias particulares, viví a tope.

En el 1967 hizo época Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, epítome de novedad e innovación, talento y variedad en un solo disco. Ringo con With a Little Help from My Friends y las mafufadas de John. Lucy in the Sky with Diamonds, con una guitarra estupenda y ecos que alguien asoció con el entonces popular alucinógeno LSD. Ecos de Schubert en She's Leaving Home, y el místico George, manifestando cuánto había aprendido de su amigo y maestro Ravi Shankar en Within You Without You. Y entre las juguetonas del ligerito Paul, When I’m sixty-four, que canté nostálgico hace 5 años ya.

El 2000 parecía imposible, inconmensurablemente lejano, inalcanzable. Todo mi tiempo era futuro, cuando hoy una parte grande de mi vida es pasado. Es irremediable mirar para atrás, a pesar de que yo siempre estoy empezando. Y sigo mirando p’atrás.

En la cumbre de esa década, 1968, tuve el privilegio de vivir solo en Roma dos meses; viajé a Suiza, Francia, Bélgica y al swinging London donde compré recién fresquito de las prensas de acetato el disco blanco de los Beatles. En ese año toda ciudad que se respetara estaba decorada con la bandera indispensable de la capital de esos años: Gran Bretaña. Y no se diga aquél inolvidable Londres donde, aún sin terrorismo ni demasiados árabes, las mujeres no se cubrían la cabeza sino que enseñaban generosamente las piernas en un despliegue de alegría y juventud inconcebible para quien visite hoy cualquier ciudad europea y las vea vistiendo el uniforme de la mediocridad, los asquerosos jeans.

Una querida amiga gringa muy querida me regaló en 1967 The sound of silence de sus compatriotas Simon & Garfunkel, indispensable hasta hoy. Al año siguiente apareció otro cuyo tema me hacía soñar: Are you going to Scarborough Fair? / Parsley, sage, rosemary and thyme / Remember me to one you lives there / She once was a true love of mine.

La navidad de 1968 llegó con un disco insólito que compré en la benemérita, hoy desaparecida Sala Margolín: Switched-on Bach, donde Walter Carlos recreó brillantemente en sintetizador Moog piezas de Juan Sebastián. (En 1972 traté en un barco a Wendy Carlos sin saber que ella había sido él, recientemente operada/o de cambio de sexo. Me enteré años después, pero al atracar el barco en NY, lo primero que hice fue ver A clockwork orange, de Stanley Kubrick, con música de ella/él.) Por aquél entonces empezaba Elton John con una canción espléndida, Rocket man. Y claro que era indispensable Serrat, compositor de lo bueno suyo en esos tiempos, sin nada recordable desde entonces.

Y hablando de Kubrick, en 1968 salió 2001. A space odyssey, película germinal evocadora de que todo era posible. Nació allí mi gusto por la ficción científica y por las grandiosas obras de Arthur C. Clarke e Isaac Asimov.

En cuanto a literatura, por esas épocas me aficioné también a las grandes obras de Teilhard de Chardin, autor estupendo para una época de avanzadas intelectuales, con su místico evolucionismo católico (recogido en una notable serie católica reciente, producida por el Opus Dei, donde demuestra la razonabilidad científica del evolucionismo a la luz de la fe católica y de su doctrina; nada que ver con los delirios creacionistas del Bible belt gringo y su visión literal de la Biblia). También me aficioné a la excelente literatura francesa (comencé por Saint-Exupéry, seguí con Camus) y la canción francesa con el grandioso belga Jacques Brel, Jean Ferrat, Edith Piaf, Juliette Gréco, el irreverente Georges Brassens, el excelente Charles Aznavour. Y qué decir del jazzista bachiano Jacques Loussier. Ah, y en esos años me aficioné por primera vez a lo que más hago hoy: escribir.

Seguí poco a los Rolling Stones, Jefferson Airplane, The Mamas and the Papas o los Bee Gees, aunque tuve motivos para rememorar su bellísima Massachusetts. Aún no había conocido al gran Jaime Almeida, con quien pude haber vivido mucho más de nuestra afición principal, la música. Y me quedé pendiente con Bob Dylan, pero recordaba A hard rain’s gonna fall y Something’s happening here but you don’t know what it is… do you Mr Jones?

Y es que eran épocas insólitas, en que todo (lo bueno) podía pasar. Había una consciencia social de causas mayores que nosotros, que no veo por ninguna parte en nuestro devastado y degenerado ambiente político. Se respiraba en Europa, EEUU y México una generosidad histórica que ya no existe. No había la angustia de pensar en un futuro terrible, y casi todos creíamos en ideales, aunque fueran tan espurios como el socialista, expresados en el espejismo hueco de la criminal dictadura cubana. El guapo y fotogénico Ché (psicópata, asesino, secuestrador) fue producto 100% de los 60, cuya foto de Alberto Korda en 1960 ha pervivido como nostalgia de épocas en que había más de esa consciencia hoy perdida en el estercolero de la peor política.

Aquella contracultura daba espacio a las drogas (que nunca probé) y a la cultura oriental, al Zen y a la meditación trascendental, que sí me interesaron vivamente; aprendí ésta años después y nunca he dudado de su eficacia. Homenajeo aquí a mi amigo y socio, el finado Agustín Lira, con quien hice genialidades audiovisuales con poquísimos recursos.

Los años cumbre de esta mi nostalgia fueron 1968, 1970, 1972, y desde luego 1975, año de la fundación de mi familia (hoy somos 21) con una notable mujer que había conocido desde 1969 en mi universidad, la célebre Totina, quien llegó a ser madrina de la estudiantina en la que hice música durante todos esos años.

Eran tiempos de flores y perfume, sueños realizables y visión hacia delante, de poco resentimiento y mucha echarse p’adelante. Nostalgia quiere decir dolor por la casa (nostos casa, algos dolor). Lo que yo empecé a ser se fundó en esos años estupendos. Ya no regresarán porque lo pasado ya pasó pero parte de ese algos es saber que las generaciones contemporáneas —mis hijos— no habrán conocido lo que se vivía entonces, con ese empuje tremendo hacia el futuro, con ese apetito por cosas mayores que nosotros y que inspiró desde entonces mi interés por la cosa pública. Carole King cantaba por el 72 you know wherever I am, I'll come running, to see you again… Aparece la carne femenina de la nostalgia: to see you again…

Soy hechura de esa época, pero no dejé de aprender entonces. Nunca he dejado de aprender, sobre todo en mi estilo preferido: el autodidáctico. Y como he decidido no morirme todavía, lo diré de nuevo en el idioma de esos años musicales: I’m beginning.

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Fecha: 
Jueves, 07 de Enero 2016 - 16:00
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¿Por qué es importante escribir?

El acto de escribir es catártico y no es asunto exclusivo de los escritores. Escribir es en sí una forma de reflexión. Sirve para digerir ciertos hechos. Dialogar con nosotros y al mismo tiempo con el mundo. Ayuda a desenfocar la realidad y, de esta manera, encontrarle aquellos otros significados que solamente, en ocasiones, se guardan en el subconsciente.

El proceso introspectivo que se realiza al escribir, se va desarrollando en cada una de las líneas que vamos dejando en el camino. Este camino que se ensancha a medida en que logramos descifrar el verdadero contenido de nuestras palabras, de lo que queremos decir.

Para escribir no se necesita tener mucha imaginación o ser un sujeto creativo o haber estudiado letras, no, aquello es, acaso, para generar obras literarias, y ese no es el punto ahora. Hablamos de escribir como proceso para resolver preguntas interiores y para ello lo que necesitamos son manos, pluma y papel (o computadora o lo que sea que cada quien use).

Porque escribir es quitarnos las capas de suciedad que se nos van impregnando con el día a día, con el roce de cuerpos en el metro o en el metrobús, con las horas condenándose al tráfico de la ciudad. Escribir es meditación activa. Es ir al encuentro con el sentido de las palabras donde habitamos.

Pensar sobre el papel también es una forma de lectura pues, no solamente logramos darnos cuenta del valor que tiene en sí misma la escritura, sino que seremos testigos de lo beneficioso que resulta leer. Leernos, leer al otro.

Leer al otro es conocerlo, es vivirlo, es conversar con él.

Escribir lo que sea que nos interese sin ningún interés de que alguien nos lea, es una manera de fomentar la lectura, la nuestra. Porque no se puede hablar de lo que no se conoce. ¿Cómo podemos decir que la gente necesita leer si no sabemos la verdadera funcionalidad de la lectura?

Escribir, entonces, para valorar la fuerza de la palabra. Escribir para desnudarnos ante el mundo. Escribir para ser juzgado por los demás. Escribir para quitarse máscaras. Escribir para ser más críticos. Escribir para lograr entendernos. Escribir para llegar al otro lado donde también alguien nos espera.

La escritura es una válvula de escape, el volcán en activo que nos permite seguir siendo para no reventar de un momento a otro.

Habrá que intentar desnudarnos ante la hoja en blanco, valdrá la pena el ejercicio para ver qué es lo que tenemos que decirnos. Hablar claro es lo que exige la escritura. Ante la hoja en blanco no se puede tartamudear ni salirse por la tangente.

El espacio vacío que es la página en la que se escribe, nos invita a regenerar nuevamente nuestro mundo interno. Así, veremos qué es aquello que contenemos.

Escribir para poder hablar con claridad.

Hagámoslo para no quedarnos únicamente con la visión que proyectamos delante del espejo. Con la percepción superficial de nosotros.

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Fecha: 
Viernes, 10 de Julio 2015 - 16:00
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El sentido de las palabras

La RAE (Real Academia Española) define “palabra” en su quinta acepción como “empeño que hace alguien de su fe y probidad en testimonio de lo que afirma”. Tal empeño es producto de la confianza que tenemos en lo que decimos. La palabra es palabra en la medida que creemos en lo que contiene; es decir, su sentido.

Creemos en cualquier palabra no por sus letras o el conjunto de ellas, sino por lo que significan, pero ahí es donde existe uno de los problemas mayúsculos de la humanidad y explica –un poco— por qué nos cuesta tanto trabajo entender o definir conceptos como la vida, la muerte, la eternidad o la finitud, por ejemplo, y esto es debido a que, como lo pensó Octavio Paz –voy a parafrasear—: a la palabra se le escapa parte de la totalidad de su sentido. Es decir, el sentido de todas las cosas es inabarcable (pertenece a otro lenguaje, tal vez, el primigenio) y así, la palabra sólo logra albergar una parte de su significado.

Es por esa razón que tantos pensadores a través de la historia, y al día de hoy, se han pasado la vida tratando de ver más allá de las palabras; quieren descubrir qué hay detrás de ellas y mejor, qué hay después de éstas. Porque quieren llegar a sus fronteras, abarcarlas en su totalidad para saber realmente qué significan.

Por ello, se han escrito libros y tratados que tienen que ver con el amor, la amistad, la muerte, el ser, etcétera, porque la palabra concreta no nos basta, porque ella sólo nos muestra, acaso, su núcleo, mas la completa forma de su cuerpo permanece en la oscuridad. Tal misterio es el que nos llama a escribir sobre los conceptos; esas ganas por descubrir lo que en realidad contienen; es decir, lo que contenemos.

No es novedad cuando decimos que todo es percepción y perspectiva, que en realidad lo que tenemos son nociones de algo, no hay nada concreto. La verdad no es la definición absoluta de algo, sino que la verdad es sólo una visión parcial de lo que en realidad es un objeto o situación o cualquier cosa.

Esto es que al decir una verdad sobre un objeto solamente estamos captando una sola de sus partes –desde nuestra visión y experiencia—, esto fundamentado por la palabra que lo define, pero como la palabra no logra abarcar la total magnitud de la definición real del objeto (tangible o intangible), siempre quedamos un poco a merced de la interpretación que le da cada individuo.

Vemos entonces que sí, todo está hecho de palabras, estamos hechos de palabras, y en nosotros habita el sentido que nos define, y de tal cosa sólo percibimos una parte, habrá que hacer mucho más esfuerzo para descubrirnos completamente, o por lo menos, ver más allá de nuestra propia apariencia. Tal vez de esta forma, al descubrir el significado de las palabras que nos conforman, algún día seamos capaces de entendernos a nosotros y al mundo.

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Fecha: 
Viernes, 22 de Mayo 2015 - 16:00
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¿Para quién o quiénes escribimos los jóvenes?

Es una pregunta muy común pero reveladora en muchos sentidos. Muchos dirán que escribimos para un único lector que somos nosotros mismos; otros, para que, a través de sus textos, los lectores descubran el otro lado de las cosas; otros, para mostrar a una gran cantidad de gente, lo que ocurre en su cabeza, en su imaginación; sin embargo, hay unos más que escriben para unos cuantos, esos cuantos que los ayudarán a escalar posiciones dentro de la burocracia cultural o para conseguir tal o cual beca o estímulo, que dicho sea de paso, no está del todo mal si tienes talento —el dinero de las becas y pagos que tengan que ver con instituciones gubernamentales, no es del gobierno, o de la instituciones que te da el beneficio, sino de los contribuyentes, por esta razón, la gente debería estar al tanto de a qué escritores se les está invirtiendo actualmente, por ejemplo, Conaculta, a través de Fondo Editorial Tierra Adentro.

El problema es cuando no tienes la calidad suficiente como para ser merecedor de dichos apoyos económicos o, cuando al tener las herramientas y talento necesario para crear una obra importante y trascendente, te limitas tanto en fondo, forma y tema, para encajar en la línea editorial (muchas veces ambiguas) o bases de un premio o de una beca, que sabes, te generará beneficios no solamente monetarios, sino que te pondrá en una mucho mejor posición para solicitar algún otro estímulo mayor (¿cuántos han hecho carrera así y su obra ha quedado en el olvido?).

Algunos dirán que está bien, que cada quien debe buscar la forma de ganarse la vida, y una de ellas, es con este tipo de apoyos económicos pues muchas veces es la única forma de seguir escribiendo en este país, para algunos. Pero entonces hay que ser mucho más críticos y preguntarnos, ¿qué tipo de autores merecen recibir dicha ayuda? ¿Cuándo debería dárseles el sí y cuándo no?

Creo realmente en el sí cuando el trabajo lo merece y se tiene un compromiso primeramente con la escritura, con el arte, y de alguna forma se intenta o se  quiere ir al encuentro con los lectores –más allá de las razones especificas por las cuales quieran llegar a ellos, pueden ser muchas y muy variadas y todas válidas—. Sí, cuando nos deshacemos del ego, del Yo que muchos anteponen antes que a la obra. Sí, al no conformarse con que el libro salió y ya, sino que se busca promocionarlo con los medios que se tengan al alcance, un ir a esos lectores a los que queremos decirles algo con las novelas, cuentos, poemas o ensayos. Sí, al saber que no hay escritores de una sola obra y más siendo joven, más cuando se gana un premio nacional que queda así, muy nacional, muy local, y ese localismo es un estar arrumbado en una librería para después ser embodegado y al final triturado, porque eso es lo que pasa con los libros que no se leen (venden). Sí, cuando el trabajo, la obra por sí misma, te avalan como autor. Sí, al ser consciente de nuestra libertad creativa. Sí, cuando se escribe por vocación y no por aprovechar una oportunidad que se presente de pronto, porque estamos llenos de escritores triturados por varias razones, una de ellas es la falta de talento y, otras, la completa indiferencia que tienen muchos de cara al lector.

Y vuelve la pregunta, ¿para quién o quienes escribimos los que escribimos si no nos interesa generar lectores, o peor, si nos son indiferentes? Parece que muchos autores no se dan cuenta que por más talentosos que sean, si no los lee nadie, si sus palabras se anulan entre el griterío –los demasiados libros—, si sus libros no le llegan a los lectores, por más libros que genere, jamás serán escuchados y se condenarán a la intrascendencia (no quiero decir con esto que todos, al llegar al lector, lograrán la atemporalidad, pero por lo menos el intento estará hecho).

Hoy necesitamos a los escritores muy despiertos dada la situación del país, porque la realidad actual de México no está como para andar ninguneando a los lectores ni para escribir solamente para uno mismo, ni para buscar únicamente el beneficio propio –siendo de esta manera, no solamente nos convertimos en uno más de los que están desangrando internamente a nuestra sociedad, sino que nos sumamos a la complicidad de mantener las cosas como están, y la labor del escritor o el poeta no es el de quedarse estático, sino de moverse, romper, preguntar y cuestionar con sus palabras; está para abrir el diálogo, entablar una comunicación que se hace necesaria para poder entender, entre ambos, autor y lector, tanto la situación individual como colectiva de nuestra sociedad.

Pero este texto no tendría sentido si los autores mexicanos no tuviesen calidad, entonces, ¿hay talento joven en este país con el suficiente nivel literario como para presentarse frente al lector y hablar con él? Sí, lo hay. ¿Dónde se pueden encontrar a esos jóvenes de entre 20 y 35 años? Por ejemplo, en las revistas literarias independientes que navegan por el inmenso mar del internet, que dicho sea de paso, y por la importante labor que éstas hacen, Conaculta, ha creado un directorio de revistas electrónicas de arte y cultura que puedes consultar aquí: http://sic.conaculta.gob.mx/index.php?table=revista_elec&estado_id=

El lector no es culpable de no conocer equis obra u autor; es la propia apatía del escritor que no ayuda a la generación de más lectores.

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Fecha: 
Viernes, 10 de Abril 2015 - 17:30
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