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Cuestion de honor y disciplina

Hace muchos años, en el taller de carpintería de la escuela secundaria, surgió una disputa entre dos estudiantes, uno mayor que otro. El maestro intuyó el conflicto pero no intervino, siguió pendiente pero sin perder detalle. En un momento dado, el menor recogió aserrín y virutas del suelo y los lanzo en la cara del otro. El muchacho mayor no lo pensó más y se lanzó sobre el pequeño. El maestro no interfirió en al intercambio de puñetazos el cual duró unos breves segundos, para disgusto de los otros alumnos. El maestro se metió entre los dos, los separó, los metió a su oficina y cerró la puerta. Seguramente los conminó al buen comportamiento y les hizo estrechar la mano. Ambos estudiantes, rojos de coraje siguieron sus tareas, uno y otro, distantes entre sí, seguían cruzando miradas amenazantes y en sus labios se podían leer las amenazas e improperios.

La calma había vuelto al taller, todos ocupados en sus tareas, el maestro corrigiendo posturas y haciendo ajustes,  en la parte posterior,  los estudiantes habían empezado a hacer una fila para que el maestro revisara los trabajos. Afuera, la chicharra anunciaba el final de la clase, ya todos se aprestaban a recoger sus cosas cuando el estudiante mayor comenzó a corretear al menor por todo el taller. El menor, más ágil se escabullía fácilmente, hasta que el maestro lo detuvo en seco y le cogió por los hombros. ¿Qué pasa aquí? gritó el maestro sin soltar al pequeño.

Mire usted lo que me hizo, acuso el estudiante agredido al tiempo que mostraba dos de sus cuadernos y un libro de geografía pegados entre sí. El pequeño había derramado cola entre los cuadernos y el libro y luego los encimó, dejándolos inservibles.

Yo no fui, yo no he hecho nada, gritó el menor; pero nadie le creyó.

La algarabía se desató, muchos de los estudiantes que ya se encaminaban a la puerta regresaron para poder enterarse del incidente. No había mucho tiempo pues los alumnos debían ir a otras clases e iba a ser difícil explicar los retrasos a los demás maestros. El maestro soltó al pequeño y teniéndole de frente sentenció: vas a pagar  por ese libro y los cuadernos y además te vamos a dar un castigo que nunca vas a olvidar. Acto seguido, el maestro fue hacia el jefe de grupo y habló con él, se introdujeron en la oficina y el maestro salió con una tira de madera flexible, larga y angosta. Ustedes dos, quítense los pantalones y vengan acá, ordenó el maestro. Cogió al pequeño por las muñecas y le obligó a empinarse,

Con la otra mano, jaló los calzoncillos  justo por encima de las nalgas, sin descubrirlas. Dale seis ordenó el maestro al jefe de grupo. Al recibir el primer golpe, el chiquillo sonrió con una mueca de dolor, pujó y respiró hondo en espera de los demás golpes. Al cuarto golpe, se podía adivinar que sus nalgas se habían enrojecido y el pequeño pedía perdón, algunos de los otros estudiantes comenzaron a corear los reglazos, pronto el maestro amenazó: no necesitamos ayudantes, si alguien insiste, le daremos el mismo tratamiento.

Al término de los seis golpes,  el maestro le acerco los pantalones para que se vistiera.  El chiquillo hizo una muestra de dolor porque seguramente los pantalones le habían rosado la parte afectada, se limpió los mocos y la saliva que se había acumulado en su boca. Acto seguido, ya había tomado al otro por las muñecas listo a recibir el mismo tratamiento. Dale tres le dijo al jefe de grupo. El pequeño recién castigado estaba ajustándose el cinturón, cuando  exclamo con coraje:

¡Como tres si a mí me dieron seis!

El maestro pareció no escucharlo pues estaba pendiente que recibiera sus tres reglazos.

Cuando hubieron terminado, el maestro se volvió hacia donde estaba el pequeño y con voz pausada le dijo: él ha recibido tres reglazos porque alteró el orden y tú recibiste lo mismo más otros tres por haber mostrado una inusitada maldad.

El maestro abrió los brazos  en cruz, como reforzando su sentencia y enfatizando la magnitud del castigo. Además tendrás que pagar el costo de los cuadernos y el libro que echaste a perder. Entre uno y otro castigo no habría pasado más de cinco minutos, todos los estudiantes estábamos impresionados por la prontitud del juicio y el castigo y más impresionados por la explicación del maestro. Yo estaba incrédulo y muy impresionado  con su autoridad y el rigor con que todo se realizó.

Salimos todos sin pronunciar palabra y nos dirigimos presurosos a nuestros salones. El maestro se cercioro que no quedara nadie y cerró el taller.  

Ya de regreso, camino a casa seguí pensando en la autoridad tan firme, tan determinante y la pronta manera de hacer justicia, pero lo que más impresión me causó fue: el haber mostrado una inusitada maldad .

Cuando llegué a mi casa fui directo en busca del diccionario a buscar los significados de inusitada y de maldad. Después de haber leído los significados, pregunte a uno de mis vecinos, quien me explico a satisfacción. Había visto muchas veces la maldad pero no la había entendido. Aun ahora es difícil explicarla dada su complejidad, su naturaleza, sus consecuencias y su ubicuidad.

Al siguiente día todos mirábamos al pequeño que había recibido los seis reglazos, como queriendo saber algún comentario o alguna queja; pero el guardo silencio, no dijo nada. Solo notamos que tenia cierto cuidado al sentarse  y levantarse.

Nadie habló más del asunto, el pequeño hacia trabajos extra de limpieza hasta juntar la cantidad para pagar los cuadernos y el libro y todo siguió como antes.

Todo había sido cuestión de ¡honor y disciplina!

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Lunes, 03 de Agosto 2015 - 16:30
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¡Aprendamos!

¡Aprendamos!... más que un exhorto, es una consigna. No estoy en posición de juzgar si las técnicas pedagógicas son apropiadas o no, ni sé si se estén utilizando las mejores en los sistemas educativos de nuestra cultura. Lo cierto es, que en las estructuras de la enseñanza básica de nuestra sociedad, donde docentes, mercenarios eruditos en las disciplinas de la política, la provocación, y la simulación; víctimas de la evolución pedagógica que requiere nuestro país, torturados y sometidos por el fantasma de la ignorancia, temerosos de no poder subsistir a la reforma educativa; nos enseñan las estrategias del parasitismo social, la prepotencia, el abuso y el chantaje nacional; sin importar las consecuencias de lo que siembran, sin pensar que nuestros hijos, y sus propios hijos, también lo cosecharán el día de mañana.

El agente corrosivo se disemina por las arterias de la ignorancia colectiva de las generaciones más jóvenes y vulnerables; anticipando así los procesos catabólicos del organismo social. Ya es tarde para hacer campañas de salud preventiva, ya se ha iniciado la metástasis, un proceso de propagación y contagio del pensamiento patógeno, egoísta y decadente de quienes se supone deberían ser los pioneros del desarrollo social, funcionarios de la transformación, y líderes de la evolución... No somos nuevos en esto.

También es inútil seguir discutiendo el diagnóstico y negociando el tratamiento, cuando en el fondo la sociedad, muda y pusilánime, exige un pronóstico. Saber si existe un remedio, si debemos desahuciar algunas generaciones, algunas zonas de nuestra cultura, o como siempre... esperar a ver qué pasa... ¿Hay esperanza de recuperación?, ¿es cuestión de tiempo?, ¿debemos practicar una sociotomía educativa parcial?, ¿existe alguna solución emergente que logre revertir la condición degenerativa?... ¿Tiene la sociedad el ánimo, el temple y las agallas para combatir su padecimiento?

No hay una respuesta que todos podamos compartir, la comunidad se polariza. Disidencia, gobierno, usuarios y una generosa cantidad de observadores; cada uno aferrado a su pedazo imaginario de madera que le ayuda a flotar; sólo asido a sus convicciones. Nadie escucha para aprender, si no sólo para argumentar las razones de su ceguera. Creen que la democracia y el pluralismo, los va a devolver a la vida. Una asamblea donde se decida por votación unánime, no va a evitar que la tierra gire, pero si puede determinar el destino de un país; no por lo que se decida, sino por el espíritu de acciones consecuentes y congruentes emanadas de esas decisiones.

Pero qué puede enseñar quien no sabe escuchar… desdichados alumnos, agonía nacional, víctimas todos de su participación social; de su idiosincrasia.

Todo mundo, en el fondo, buscamos lo mismo: sobrevivir; aunque cada quién interpreta de manera diferente las amenazas a su supervivencia. ¿Qué podemos aprender de quienes se agrupan para defender sus intereses individuales? ¿Cómo nos puede instruir quien se niega al diálogo?... El sistema de enseñanza y aprendizaje es un binomio donde docente y alumno coexisten… o no existen; si alguno pierde competencia, le resta competencia a su parte complementaria, hasta el límite de su mutua existencia. Si aprendemos a vivir en comunidad, aprenderemos a sobrevivir como sociedad; pero sólo hasta que los intereses individuales no estén por encima de los intereses del binomio pedagógico. La supervivencia del grupo es la supervivencia del individuo, de la misma forma que la supervivencia del individuo es la supervivencia del grupo. Se dice fácil y parece sencillo, pero todos lo olvidan cuando sienten amenazados sus intereses particulares, sin importar si beneficia o perjudica a la comunidad; sin importar si destruye esa semilla dicotiledónea. Es ahí donde la sociedad se escinde, donde se infecta esta patología pedagógica de la civilización, donde la tierra se hace estéril.

Aprendamos que la evolución es la única condición del bienestar. ¡Liberémonos de esa paranoia de pensar que el mundo conspira en nuestra contra! Dejemos que la academia expanda sus fronteras, y con paso firme, poco a poco, conquistemos los terrenos de la ignorancia de nosotros mismos y de nuestra comunidad. ¡Seamos competitivos!

¿A qué le tenemos miedo? ¿Cuál es el precio de la evolución didáctica?... “¡Qué tema la ignorancia!”, ese debería ser nuestro lema revolucionario. ¿Pero quién puede promover esta lucha contra la ignorancia, sin tener que luchar consigo mismo?

El temor se ha desplazado sobre los arquitectos de la evolución, los motores del progreso se ahogan y oxidan en las aulas, los heraldos del conocimiento duermen en la inopia cultural, el entusiasmo por descubrir se diluye en la apatía, ¡no hay vocación!, un granito de arena no es suficiente… ¿A quién le importa?

Fecha: 
Martes, 21 de Julio 2015 - 18:30
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