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Sin preceptos económicos

Lunes, 11 de Mayo 2020 - 11:00

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Manuel Torres Rivera

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En ocasiones es un costo, en otras un descuido, en las más de las veces, abandono. No es la desmesura y la rigidez que muchos imaginan en torno de una perspectiva de la economía cuando las cosas van mal. Es la falta de visión de un entorno cambiante lo que inunda el fracaso. Esa es la parte noble de las situaciones que han hundido economías. Esa es la parte permisiva, la que admite el error y admite corrección. Esa parte tiene salvación porque las economías pertenecen a un orden, a una segregación indeleble y abierta. Se denomina economía de mercado. La desviación de este precepto no la tiene.

Repasemos un poco de eficiencia, no en término circunscrito a la quasi perfección de un mandato; la eficiencia de los mercados responde a la información inscrita siempre en tiempo presente, siempre en tiempo actual. Deriva de la circunscripción futura valores que descuenta el valor actual. Para explicarlo en términos simples, se utiliza un costo del capital, entendiéndose éste como el costo promedio que justificaría la utilización de capital. Todo ente económico requiere de capital, por tanto, todo ente productivo es capaz de generar no solamente capital, es capaz de multiplicarlo, resarcir su base de inicio y reconstituir su propio asiento de capital de inicio.

Lo anterior puede simplificarse de la siguiente manera: un proyecto requiere de inversión. Si los recursos con los que cuenta el emprendedor no son suficientes acude al capital. El capital tiene un tiempo de espera llamado interés. El interés del otorgante es costo en el usuario. Unos y otros están compensados en la ocurrencia de los flujos de recuperación que plantea el proyecto. Todo inicio de proyecto se llama inversión. Toda fase de recuperación responde a un plan de negocios. Ambas están unidas por el costo del capital. Si el costo del capital satisface una y otra fase encontramos una eficiencia en esta transacción, que en términos llanos se llama mercado. Equilibra la justificación del capital.

Este concepto es ampliamente conocido y respetado en el mundo de los negocios; de no existir este precepto económico fundamental, no existiría la economía como tal, porque no habría terreno de estudio. Sin trascendencia de una decisión en economía desaparece la economía. El emprendedor puede ser cualquier ente económico que cuente con la capacidad suficiente y autonomía en su operación. Esto último importa porque la decisión de permanencia dentro de un mercado la dictan las decisiones que evalúan competencia y ventajas comparativas. De esta independencia de criterio surge el concepto de iniciativa.

Los gobiernos tradicionalmente son los peores emprendedores porque sus funciones giran en torno de apreciaciones y subjetividades. Esto no significa que los gobiernos aíslen funciones productivas de funciones providenciales o partes del esquema social. Significa que la asunción de riesgo prácticamente la anulan con fuentes de capitalización alterna; esta capitalización es presupuestal y no obedece a las reglas de capitalización de los mercados. Forzar una situación de capitalización disloca el primer precepto que equilibra todo proyecto de inversión y ya fue mencionado: el costo del capital.

En México y dentro de esta tercera transición se han traicionado todos los preceptos enunciados y más allá de la interrupción del equilibrio de mercados en la recomposición natural de los costos, se han impuesto órdenes fuera de todo contexto de la concepción de las finanzas y de la economía. El gasto público ha sido reorientado en una secuencia de cancelaciones de orden esquemático y programático de la cobertura social. La interrupción ha provocado una recepción deficiente en un afán de rediseñar la nomenclatura y las reglas de dispersión. 

El primer párrafo de este texto menciona dos posibles derroteros en la administración o distracción de los costos, como pretenda verse: descuido y abandono. El primer vocablo denota impericia, desvela vicios y acumula desperdicio de recursos en la improvisación. El segundo desboca intencionalidad y a su vez, inacción. El más peligroso es el segundo porque es intencional. En este segundo término se encuentra un paralelo en la administración en turno y la acepción de rutas equivocadas en la sustentación de programas de autonomía y autosuficiencia que otras naciones, perdedoras todas, han concebido.  La deliberada intención de esta conceptualización de la economía es el centro del desastre que ahora tenemos y del daño sustancial en la economía mexicana. 

Desde luego, la imposición de proyectos fallidos de origen lleva causal y redunda en el evidente fracaso de la tercera transición que gobierna. Retomando el costo del capital como justificación para la utilización del capital, las reglas de aceptación de proyectos son completamente ignoradas. El gasto público no debe ser utilizado en la supuesta rentabilidad de proyectos que están sujetos a demanda, sea turística, transporte, carga, o servicios. Infraestructura no es proyecto, es derivada de demanda empresarial. La creación de oferta de un gobierno, interpretando funciones de demanda, siempre constituirá un fracaso. Los mercados se originan en la demanda de servicios y de infraestructura para provocar la oferta Este ciclo siempre será terreno de la iniciativa privada. 

Si la eficiencia de los mercados está probada y las décadas aportan evidencia y la evidencia denota crecimiento sobre estas bases, la ruta de la función gubernamental es más que clara para coadyuvar en la infraestructura y acompasar el ritmo de la inversión, único vehículo conocido para hacer que una economía crezca. 

En la misma eficiencia que situamos a los mercados, situamos reglas de orden universal; no son acepciones pasajeras, son producto de lecciones aprendidas en la escasez, en la confrontación bélica y en la reconstrucción de la segunda gran guerra. No es juego interpretativo el juicio de una institución calificadora como tampoco lo es el cúmulo interpretativo del avance de las economías. Los márgenes que brindan orientación al capital no son símbolos de la era de la utilización del capital y no por ello inundamos de preceptos erróneos una simple denominación numérica y de orden. Si esto se juzga doctrinario, pues entonces la razón sería desviada de su integridad representativa en el pensamiento universal.

La ortodoxia económica es respaldada por la razón y la utilización en las reglas de gobierno del universo de países progresistas. México está abandonando esa ruta de seguimiento y las consecuencias serán no lamentables, serán de dimensiones colosales en la destrucción de sus canales de comunicación, de entendimiento y de capitalización. En economía se llama Formación de Capital y todo inicia con preceptos económicos. El gobierno en turno ya los abandonó. 

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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