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Preocupación económica

Martes, 14 de Mayo 2019 - 13:10

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Manuel Torres Rivera

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Tal vez no existen grados de preocupación por cuestiones económicas, lo que definitivamente alcanza niveles de saturación en este tema es ver a dos gigantes enfrentados y las repercusiones que de ese enfrentamiento resulten. En materia de comercio y construcción de una economía, Estados Unidos y China distan en concepción y doctrina; los separan siglos de contemplación de metas diferentes, no solamente en la captación de mercados, sino en la formación de capital. No es el juego de la democracia el diferendo, es el juego de la hegemonía. Estados Unidos participa con su economía diseminada en un capitalismo sembrado en las fuentes de riqueza que marcó la historia moderna, en las necesidades que crearon los conflictos bélicos del orbe y en la cobertura de infraestructura de reconstrucción derivada de estos.

China ha sido ejemplo de la paciencia y de la observancia de occidente, ejemplo de la prudencia en la acumulación de satisfactores y de la regulación de mercados para romper bases estigmáticas de competencia. Conoce las debilidades de la democracia americana y de su poder compartido, conoce de reglas de aceptación de costo doméstico y añadidos de valor en el arreglo de productos terminados. También conoce de subsistencia alimentaria en la no dependencia de otras naciones, como también conoce de la supresión de libertades en los siglos instalados en sus mandos.

Las ventajas comparativas de otras dimensiones del comercio internacional, las que por su naturaleza dictan ventajas competitivas no necesariamente quedan fuera del esquema de interpretación de esta lucha; existe el terreno del costo y los agregados de valor y la calidad, pero el terreno de la mano de obra es sin discusión un elemento a favor de China y es área oscura y reservada de una economía que opera con márgenes no concebidos desde la óptica de las naciones de occidente.

Las economías que conocemos marchan con un paralelo de inversión pública y privada y conjugan un producto interno bruto compartido y un crecimiento económico visualizado en parámetros comparables porque adecúan las mismas bases de interpretación. La concepción de la gran economía de los países que inciden en esta ruta de unión global de participación activa en el intercambio no desvía su función básica de crecimiento y la función del capital como ingrediente de substancia, pero están dispuestos a desafiar la forma en la no apertura y en la contemplación de un modelo de retención del sustento del capital.

La mira aún no probada del populismo en los plazos tiene en el comercio su primer desafío; una vez superadas las correspondencias de fuerza de simple mercado de intercambio libre de aranceles y tarifas, entonces la preocupación se convierte en capitalización de su función productiva. Si ésta convence a los agentes económicos de las bondades de cerrar las puertas a una economía amplia y participativa, la función de inversión operará por encima de la función del ahorro y las consecuencias de plazo serán funestas en la inflación y desórdenes económicos de gran calado como la oferta de bienes y servicios por encima de la demanda.

Los bloques económicos no ceden en la consecución del modelo que ampara la unión ya instalada tiempo atrás para la obtención de bienes en la globalidad y en la apertura de fronteras sin límite. A pesar del modelo que también ampara flujos de capital e inversión sin claro predominio en la función monopólica y oligopólica, los frentes de la dispersión geográfica presentan un reto a la integración y a la defensa de fronteras para diluir el efecto de la participación y acudir a la retención de patrimonio de perecederos y otros, como excusa inexorable de protección de inventario nacional. La migración existe como amenaza y sus causas no se juzgan en el ámbito de origen, se juzgan en la presencia masiva que ya invade territorios del mundo que ofrece mayor libertad en el empleo y en la seguridad.

El problema que enfrentan las naciones es precisamente ese círculo perverso, el del origen de regímenes totalitarios que causaron la migración en masa, y la razón siempre tenderá a la supresión de la libertad de actuación de su economía, otra vez la mira de la retención de todo sector productivo para iniciar el trasplante de la causa y origen de los desplazados para instalar la misma imperfección en otra economía, que eventualmente hará lo mismo en ese círculo vicioso.

Como toda globalidad incorpora beneficios, también incorpora males y la reproducción afecta por igual y contamina. En Europa se habla de contracción económica y se le adhiere el eterno espectro calificador de crisis, pero la línea divisoria entre lo económico y el fenómeno migratorio ya divide los foros de interpretación. Unos temen una segunda recesión, símil del 2008, otros temen invasiones masivas de personas y con la migración, los problemas que dejaron atrás en naciones con las que todavía hay que arreglarse en la escena global.

La fórmula, válida todavía en preceptos económicos, es la estimulación de la inversión pública y sentar las bases de la participación del capital privado. En México, la transición en turno, la tercera de esta época moderna está alejada de esos principios y peligrosamente se acerca a un totalitarismo dictatorial en la consecución de proyectos fallidos de origen, fallidos en su concepción y fallidos en su retorno. Las medidas populistas del régimen dejan atrás congruencia y certeza en todos los ámbitos y acercan preocupación económica. Se mezclan preceptos de orden con mecanismos de retención y se confunden con ahorro. Se interponen metas de crecimiento con mensajes contradictorios en cuanto a la invitación del capital. Del exterior no se habla porque existe un descuido total y absoluto. La preocupación repercute en la economía pero la verdadera preocupación es la forma de gobierno.



Número 31 - Julio 2019
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