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PEMEX constructor

Viernes, 10 de Mayo 2019 - 13:10

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Manuel Torres Rivera

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La Administración de Proyectos se ha convertido en una disciplina muy seria y en una especialidad. Independientemente de la consecución de proyectos en cualquier ente económico, la consultoría especializada puede adoptar diversas formas, desde un diseño de planta, elaboración de un plan de negocios, hasta ejecución del proyecto en su totalidad.

Las empresas, con el tiempo han aprendido que la adopción de un proyecto dentro de su estructura interna irrumpe en líneas de autoridad, esto es, gerencias que en forma linear dentro del organigrama comparten responsabilidades similares, jerarquía institucional y remuneraciones. Encargar un proyecto a un gerente, automáticamente eleva jerarquización, temporal tal vez, pero definitivamente la línea de comunicación y ciertas funciones se alteran.

Existe también una alteración en la línea de responsabilidad, y pueden descuidarse funciones de rutina por el encargo del proyecto. Entre otras situaciones, la remuneración y el horario de trabajo pueden merecer consideraciones especiales. Por todo lo anterior, la consultoría externa, especializada y concentrada en el área del proyecto y en su entorno, normalmente es la solución.

El discutido proyecto de la refinería de Dos Bocas, que en sí ya representaba una consideración de lastre gubernamental, por la insistencia en la construcción para añadir una séptima refinería al inventario nacional, y cubrir metas verdaderamente inciertas en cuanto a su necesidad, cifrada ésta en la autosuficiencia, cuando las energías apuntan a su renovación, cuando el problema de Pemex radica en su solvencia y rescate inmediato, y cuando los dictados del mundo actual, sugieren la exploración y la refinación con la capacidad actual.

La herencia es tema de consideración, y la deuda es consideración todavía mayor, cuando suma 107,000 millones de dólares. Las recomendaciones han llegado en cuentas que importan desde el exterior y esto se explica por ser Pemex una multinacional con conexiones en el mundo entero. Su impacto naturalmente llena el espectro del análisis serio y responsable de calificadoras e inversionistas institucionales. Las calificadoras hacen una tarea constructiva, de aliento, de guía. El gobierno actual no lo ve de esa manera. El reto se ha extendido hasta una orilla inimaginable, desechando la experiencia de las empresas más avezadas en el mundo de la refinación petrolera, empresas no solamente inmersas en el proyecto de Dos Bocas, inmersas en una auténtica especialidad, que ahora esta transición descarta.

En voz de la secretaria Nahle, la licitación en la que participaban las empresas se declaró desierta al no concluir con las bases de la misma licitación. Las bases constituyen una parte en el arranque de cualquier proyecto de una envergadura como Dos Bocas pretende ser. En esa parte se conjugan desde presupuestos, posibles costos en la ruta de construcción, y definiciones importantes de materiales y un suplemento muy importante de seguridad, dado que los elementos de refinación son volátiles y todo concepto de operación es de alto riesgo.

Veamos los presupuestos sometidos a la consideración del gobierno y los tiempos: la administración quiere imponer un techo de 8,000 millones de dólares, cifra que naturalmente no cuenta con ninguna base sólida porque no existen estudios de ningún tipo y los que estaban en manos expertas ya fueron desechados. Los importes que han sido divulgados revelan que ninguna de las empresas se sometería a un presupuesto de ese tamaño, siendo imposible su realización y que al menos se requeriría de un mínimo de 12,000 a 16,000 millones de dólares.

Examinemos los tiempos: la administración actual, con la prisa que la caracteriza, quiere terminar la refinería en tres años y los expertos en seis o siete. Hasta este día eso teníamos, pero ante la decisión del presidente de declarar desierta la licitación, encarga la ejecución a Pemex. Ahora examinemos las circunstancias alrededor de esta decisión: Pemex no ha construido desde hace cuarenta años y en los años que lo hizo, las tecnologías de extracción y refinación eran eso justamente, tecnologías de hace cuarenta años.

Las cosas han cambiado dramáticamente en el mundo petrolero, la tecnología es una muy distante de la que impera en la petrolera mexicana; lo demuestra el sensible atraso con el que operan las seis refinerías existentes. Pemex tiene las manos llenas con sus problemas de deuda, con sus problemas de falta de experiencia de sus directivos, con los mensajes que lanza a las comunidades financieras y las de calificación crediticia, con las decisiones que en el corto plazo intentan solventar circunstancias que desde el exterior reflejan impericia y acomodo de una cuenta a otra, sin una estructura de capitalización.

Una refinería en suelo crítico, con crudo espeso, con una meta nacionalista, sin cimentación financiera, sin estudios sólidos que amparen un plan de negocios y recuperación del capital, con un costo del capital incierto, con una meta de empleo cuando para instituir este proyecto se acudió al desempleo, para cumplir con la idolatría de toda economía cerrada: la autosuficiencia, ignorando preceptos de ventajas comparativas y de costos de oportunidad, para situar 8,000 millones de dólares en una aventura y ante una apuesta de tres años para su puesta en marcha.

La reacción a esta inoportuna decisión ha sido inmediata, desde los bonos de Pemex en castigo hasta el acecho de riesgo en calificación crediticia que por un tiempo se había alejado. La justificación de que existe según la funcionaria Nahle, aprobación del congreso para el proyecto, es como pretender justificar una meta impuesta de la que todos conocemos instrucción y procedencia. Situar como justificación una aprobación de la cámara baja cuando la idea era eso, idea, y sigue siéndolo, deja muy mal parado a un congreso cómplice en un dispendio cuantioso y totalmente fuera de su especialidad.

Las últimas palabras que dictó la entrevista de la señora Nahle a la radio: no es un proyecto de López Obrador, es un proyecto de México. Señora Nahle: el último proyecto, ya en construcción y auténticamente de México, es el aeropuerto de Texcoco. Este de Dos Bocas, no es de México porque sencillamente no existe ni como proyecto, ni cuenta con el respaldo de instituciones expertas que dejaron fuera.



Número 31 - Julio 2019
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