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La Economía no es una Abstracción

Martes, 05 de Febrero 2019 - 14:40

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Manuel Torres Rivera

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La economía, como la contabilidad de una nación, como la suma de bienes y servicios, sin la depreciación correspondiente, podrá tener supuestos de ocurrencia y jugar con las variables para conjugar un modelo, pero la esencia de su medición en la era moderna no difiere mucho de su concepción en la era industrial en la que nació. La medición del producto se ha convertido en guía inquebrantable de éxito o fracaso económico. Si el juicio es determinante, y la tendencia de acumulación del producto es positiva, entonces merece la aprobación internacional, aprobación que redunda en un solo vocablo: crecimiento. Hemos basado nuestro pensamiento económico en un pronunciamiento claro y contundente para desechar el camino de la compleja interpretación de las vertientes económicas que arrojan cifras, fórmulas y situaciones que merecen discernimiento, por tanto, el crecimiento del producto interno bruto adquiere dogma y convencimiento universal.

Revisamos un tanto la historia moderna y encontramos una razón: cuantificar la pérdida, la económica. En los años de la Gran Depresión era preciso saber el efecto de la pérdida de correspondencia de valor de la moneda por el efecto de compra, el que se perdió en esos años. Los conceptos de medición eran precarios en esos años. Era conocido el efecto pero no la causa. Era conocida la depresión pero no los componentes de acumulación de papel secundario emitido por las empresas y otras instituciones de ahorro, las que provocaron el desmesurado brote de emisiones, en franco contrapeso con la circulación monetaria desde la óptica de reserva o control de emisión de moneda. Roosevelt entendía la premura de cuantificar los daños de una caída en todos los órdenes, desde la cadena productiva hasta la merma en mercados  internos. Surgía por esos años, el concepto del valor agregado para diferenciar la contribución bruta de una cadena de producción, una parte absorbiendo los costos y otra desafiando la competencia para la definición de la última escala, los precios.

La territorialidad de Detroit y Florida naturalmente exponían diferencias abismales no solamente climáticas, desvelaban hábitos de consumo, horarios y otras diferencias laborales en las que destacaban las diferencias de la época. Uniformar datos e incorporarlos a una medición de un país extenso requería una tarea que confrontaba el tiempo. Las mediciones originales a manera de censo incorporaron cifras de lo gastado, producido y consumido, para llegar a la conclusión de la pérdida de la mitad del valor de toda la economía norteamericana. De esta medición y de estas experiencias surgió el New Deal de la presidencia de Roosevelt y las consecuencias que adoptamos como Keynesianas o monetaristas.

Unos años más tarde, una vez concluidas las negociaciones de paz, y una vez firmados los acuerdos de Bretton Woods y el nacimiento del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, las naciones accedieron a uniformar sus mediciones económicas y la trascendencia del crecimiento del producto se instaló como premisa elemental de juicio entre las naciones. Si la opinión de esta medición tiene sesgos e interpretaciones que subjetivamente condicionen su aceptación tácita como la conocemos, no ha recorrido caminos de excepción hasta ahora. Podemos ignorar renglones publicitarios y otros de índole totalmente intangible y de percepción de orientación al consumo, pero la cuantificación de los costos permanece inalterable, así como los elementos del valor agregado, al punto que existen impuestos a este margen, con sus imperfecciones de juicio, pero siempre gravando el consumo, paliativo para no sobrecargar la renta de la función productiva, freno natural de la inversión. Así hemos caminado por generaciones, con este tributo al éxito económico, expresado en un simple componente de dígitos que resuelve el destino de las inversiones y otras consideraciones para radicar capital. Hasta ahora, el recuento es estrictamente físico y de un tiempo atrás, y dado el deterioro ambiental y el avance de la comunicación y la tecnología digital, la medición se antoja un tanto injustificada por la escasa observancia de la vida que nos invade la percepción de la realidad.

Si aceptamos vivir en tiempo real y nuestras acciones pueden ser observadas bajo esta óptica, la percepción del registro y desarrollo de la actividad económica no tiene razón de presentar un esquema diferente. Por otro lado, no podemos prescindir de la recopilación de datos y de estadísticas que conforman nuestro quehacer económico, pero el dominio de la realidad ya supera un tanto el avance de la recopilación mencionada. El grado de disrupción en la acumulación del producto puede ser o no ser contestado pero la esencia de la función económica impera. Las opciones no difieren del rumbo y prestancia útil de la medición de las economías. De estas emanan las decisiones de inversión, de competencia y de ventajas comparativas. De estas también se sitúan especialidades y otras prerrogativas de comercio.

Sumar bienes y servicios puede conducir a una interpretación errónea, opinan algunos analistas, un juicio anclado en la historia pero los números de la función que cuenta en lo que emprende un país que respeta las reglas del intercambio y que está abierto a la competencia y al abasto de lo que no puede producir, es de beneficio para todos. Algunos autores argumentan que existe una serie de consideraciones, abstractas todas, como la contaminación, pero estas corresponden a las comunidades y a la reglamentación de cada nación. La consideración de costo es desafío territorial y la consecuencia de su inserción en la producción de utilidades ya lleva su parte en la suma del producto, por tanto no es abstracta la consideración de todos los elementos del costo.

La economía todavía juzga cifras y situaciones reales, sigue aportando elementos de juicio y de acoplamiento a las necesidades de los mercados del orbe. La economía sitúa entornos, comprime datos y aporta certeza en principios universales de medición. Las desviaciones doctrinarias de concentración, de dispendio, de dominio y manipulación desde el poder nada tienen que ver con la adopción de modelos en la ortodoxia y disciplina económica que sustenta el pensamiento basado en el servicio y difusión de sus orígenes.



Número 28 - Abril 2019
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