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La Dimensión de Pemex

Lunes, 25 de Febrero 2019 - 14:00

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Manuel Torres Rivera

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En finanzas, las reglas son muy claras, aplican para todas las empresas que persiguen utilidades, éxito financiero para superar necesidades de capital, que es una constante, para crear efectivo y crecer, poder lograr la conversión de capital en operación y reiniciar su ciclo de inversión. Así operan las empresas, así diluyen su riesgo, así enfrentan competencia y permanencia dentro de un mercado. Todas las empresas persiguen una especialización y tratan de distinguir su género del común denominador de su actividad. Pemex es una empresa del Estado Mexicano, pero no por ello se encuentra exenta de su especialidad y de su entorno de competencia, por tanto, es una empresa, de dimensiones colosales, pero empresa al final de la línea de interpretación de sus objetivos y de su evaluación. Así debe verse. La interpretación histórica reúne lazos de pertenencia y de redención y acomodo de vitalidad nacional, como si en ello fuera nuestra nacionalidad y raíces incontestables. El petróleo no es símbolo, es producto, y se conjuga en el orden internacional como un elemento de cambio y de transformación. La energía es un coadyuvante del progreso y como toda fuente susceptible de extinción, dicta caminos renovables. El petróleo es un componente de ese conglomerado llamado energía y nada más. Ha hecho lo que siempre ha podido hacer, convertirse en fuente de energía, en derivados que han impulsado el progreso de las naciones para hacer más eficiente el transporte y las transferencias de riqueza de estas, para todos gozar de privilegios similares. Eso es globalidad. Es algo que debe quedar entendido, y no cuestionado.

Al parecer estamos en un mar de confusión en cuanto a la salida financiera de Pemex; llamar rescate a una maniobra financiera en la que existen ingresos operativos, en la que existe un mercado mundial, en la que existen activos en operación, nos sitúa en un eufemismo en el que la razón del llamado rescate recaerá en manos de verdadera heroicidad, de artes imaginativas nunca soñadas o contempladas en nuestra historia o en una nueva dimensión económica, como si la afrenta jamás se hubiera presentado en el curso de la era moderna. Las razones financieras básicas de juicio del circulante en los activos, las que denotan o alertan en la capacidad de pago y muchas otras, son suficientes para una empresa pequeña, una grande y una gigante por igual. No existe nada oscuro o enigmático detrás de las finanzas de cualquier empresa. Los costos castigan por igual en la configuración de pérdidas o utilidades, los rendimientos siguen normas aplicables con su talante de premio o sanción, sin importar el tamaño. En Pemex tenemos una gran diferencia en materia de contribución marginal al producto de su operación, porque éste incide en las finanzas nacionales y las agrega o las segrega. A Pemex no la vigila una institución financiera como puede ser el caso de una empresa mediana, la vigilan cientos de instituciones, especializadas todas, conocedoras todas, y ávidas de recuperación de márgenes de todo tipo, de mercado, de proyección y de permanencia. Pemex, como toda empresa está sujeta a números, pero los números que cuentan para Pemex pueden hacer sentido para Pemex, pero no para el mundo en el que opera. Esa es la gran diferencia de contar con una empresa clave en una industria que sostiene pilares de impacto mundial. Pemex no está exenta de calificación, así se aceptó su origen, así se aceptó su orden hegemónico desde 1938, así ha transitado en la vida de la nación, y ahora del mundo.

Estamos en una administración, una tercera transición, que quiere dar su propia estimación del tamaño de una empresa que requiere de expertos en la materia, con experiencia en el campo de la perforación, de la exploración y conocimiento del mercado del petróleo y derivados a nivel mundial y desde luego eso no lo tenemos. Con las escasas credenciales con que contamos, México hizo una presentación de sus perspectivas y la audacia no superó la adjetivación merecida desde el exterior, en ese mar de expertos que sanciona sin misericordia, no por sancionar el prestigio de una nación, por salvar las finanzas de unos y otros, todos en esa frontera que se llama supervivencia y movilidad económica, llamados de un solo repique de campana. La esencia del llamado es un simple costo del capital, costo que no podrá afrontar Pemex en los plazos estipulados por la universalidad del mercado energético y sus cambiantes perspectivas. El esfuerzo de destinar 107,000 millones de pesos como capital de trabajo se convierte en otra de las concepciones de ahorro del gobierno actual de esta transición; por enunciar una medida de austeridad en diversos renglones de ocurrencia de supuesto dispendio, ya abona al nutriente del erario como una figura cierta y predecible. La gran economía no opera de ese modo. La contabilidad gubernamental no tiene cargos y abonos, tiene programas de gasto irreductible y las partidas que no eroga no las convierte en haberes presupuestales. El llamado rescate de Pemex no resuelve la finalidad de la empresa, no resuelve su situación crediticia como tampoco resuelve los números nacionales. Es grave el desacato al orden internacional; la premura del ahorro en esa concepción descrita, corta de miras y alcances en la función de Estado, resta potencial de una empresa que es mundial y que se captura con presupuestos de corto plazo y recetas antagónicas. Esa prisa en la redención de clases, en la captura clientelar de ejércitos juveniles cautivos sin horizonte claro de incorporación a las fuerzas productivas del país, y esas miras a lo interno, descuidando el escenario de ganadores, que ya hemos comentado en estos espacios, nos cierran perspectivas de aceptación y de grado nacional. Esos descuidos cuestan, y lo estaremos afrontando en el servicio de la deuda que irresponsablemente acumula esta transición por los errores y cancelaciones de proyectos redituables y por la renuencia a aceptar reformas probadas en el mundo moderno en la energía, la educación y la convivencia global. Alejarnos de las malas compañías y de las malas influencias y las malas economías, por principio. Ese sería un buen comienzo. El segundo paso sería rodearse de expertos, esos no los tiene esta transición, no en energía, como tampoco en infraestructura aeroportuaria.



Número 26 - Febrero 2019
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