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Equidad por decreto

Lunes, 02 de Septiembre 2019 - 13:05

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Manuel Torres Rivera

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La interpretación de la economía y de los preceptos económicos que el mundo sigue, ahora reúne sentencia contraria, la del presidente. La obnubilación por los números, los del crecimiento, en el lenguaje del presidente, pierden valía con su imposición para reinterpretar lo que una economía debe perseguir, sin crecer: bienestar. Ahora, mencionó el presidente, tenemos una distribución más equitativa del ingreso. Por definición, el ingreso se deriva de un trabajo o de un servicio prestado a alguien o a una entidad que remunere el servicio adquirido. Si la distribución de recursos se adhiere al erario de la nación entonces el gasto público es el verdadero contribuyente a una fase del proceso de consumo, una base precaria que no precisamente robustece mercados internos.

 Del ingreso, existen considerandos, cuando se deriva de una dádiva sin pronóstico de respuesta. La apuesta del gobierno en turno, tercera transición que vivimos en nuestro camino democrático, es el empleo, pero con un antecedente muy claro, la retención o captura de la voluntad a una administración que se califica como régimen. Las diferencias entre gobierno, administración o régimen, las concedemos a expertos en esta materia, pero las sentencias y condenas a la nomenclatura económica no pueden ser ignoradas.

La simple aritmética que suma los bienes y servicios de una nación es una sumatoria clara e indivisible llamada producto interno; sin las depreciaciones correspondientes es denominado bruto. Si la sumatoria es positiva, la economía crece. Si todos los añadidos se incrementan, la economía mejora todas sus expectativas y ese es punto de partida para tomar acciones, incluidas las del reparto que tanto gusta a esta transición en turno. La simple acción de sumar no se contrapone ni se adhiere a ningún precepto ideológico; claro está que las economías progresistas son las que estimulan esta numérica, las economías totalitarias no pueden asumir ninguna actitud triunfalista en una economía cerrada o cautiva para preservar ordenanzas o preceptos arcaicos de sustentación con miras internas, mal llamadas nacionalistas.

La interpretación económica destaca por su claridad, por su contundencia; los supuestos de una economía sientan las bases para un futuro que contempla alteraciones y otras desviaciones de hegemonía y mercados. La subjetividad de una economía situada en un futuro incierto nada tiene que ver con hechos consumados, con trayectoria recorrida en esa ruta de las ventajas comparativas y ventajas y especializaciones de las naciones. La simple relación de los costos ya adelanta percepción de competencia y otras consideraciones. Si las reglas se ignoran las naciones se atrasan, se reducen.

El crecimiento económico es piedra angular para desarrollar una nación. No existen alternativas, no existen conceptualizaciones que desvíen este precepto. No existen aspectos cualitativos que desafíen la certeza de crear riqueza. No existe una función cualitativa y subjetiva que califique el bienestar derivado de un reparto del gasto público, cuando se ciñe a una función finita. Sin crecimiento no existe riqueza y un día no habrá gasto compatible con la función de reparto. A menos que se grave el ingreso, que se grave la renta.

El ciclo evolutivo del gasto sin crecimiento, sin dinero nuevo, se convierte en eventual demanda del contrato social. Todos los inicios de un gobierno populista satisfacen una etapa de despegue; lo estamos viviendo en una aceptación de popularidad sin precedente. La etapa evolutiva, sin padrón, como lo contemplamos, algún día se saldrá de control, ya se anuncia en los becarios con aspiración a un empleo, con inscripciones fantasma, vicios y otras desviaciones de recursos. La simple retención de programas para dádiva directa, no solamente se contrae en términos reales, en apariencia se duplican los montos, pero se hacen bimestrales. La contracción es clara y el modelo ya es obstructivo de beneficios alguna vez adquiridos por la población. Del sector salud no merece mención especial, el caos es patente y lastima el pronunciamiento tan distante desde la cúpula del sector mismo, con una arrogante displicencia hacia el dolor.

Distribución más equitativa mencionó el presidente; nos basamos en una economía popular. Los números no son significativos, son de dimensión cuantitativa, ahora tenemos una dimensión cualitativa. Palabras más o algunas menos. Habló de la contribución carretera en las comunidades, las que sin ninguna experiencia, recibirán recursos y construirán sus caminos. Tenemos fresca la concepción de economía doméstica en una mula y un trapiche para ejemplificar sustento de familia de siglos atrás. El presidente dedicó tiempo a este modelo ancestral y nunca ha dejado el país para sentarse con sus pares, los de naciones avanzadas y estudiar sus modelos, seguramente progresistas.

La mira gubernamental definitivamente difiere del modelo esperado para México. Se abunda una y otra vez en Texcoco, en el aeropuerto internacional que tal vez será realidad, pero por intervención del poder judicial y no por la razón y en esa razón o no razón llevamos un año desperdiciado y sin aeropuerto. Siempre será para la historia el desprendimiento de una posibilidad de gobierno el despojo de un activo nacional, que no proyecto, por encontrarse en construcción y habiendo reunido grandes posibilidades de conclusión. No es cancelación una obra en marcha, es despojo y esa será la calificación de inicio en el ciclo de la historia de esta transición. De costos a costos, esta transición pagará los suyos seis años nada más, los mexicanos nos quedaremos con su lastre por generaciones.

La mira interna será la otra debacle; la refinería va a hundir toda perspectiva de trascendencia de esta transición. Las energías renovables están en la puerta de todas las naciones progresistas. Dos personajes oscuros serán protagonistas por generaciones de estudio, para no repetir la obstinación de cerrar el futuro de la energía. Una vía, la del gas natural, se curó con aplausos forzados por un mal originado por estos dos personajes. El costo vendrá en generaciones futuras que ya afectó una confrontación totalmente innecesaria.

Equidad, concepto etéreo repetido en prácticamente todos los foros de intención popular, eco de Cuba, de Venezuela, la apuesta al fracaso con respaldo de mano alzada, la apuesta al vacío de las decisiones alejadas del escenario de la competencia y de la unión de bloques de comercio y de miras a la globalidad. Equidad es resultado que califica la historia, al menos el paso triunfante de medidas infinitamente más elevadas que las de aeropuertos alternos sin espacio aéreo y sin estudios, sin refinerías innecesarias y sin destrucción de tesoros ambientales. Equidad no es reparto de la hacienda pública. Los gobiernos no deben anticipar méritos, no existe la equidad con procesos selectivos, descuidando mayorías para adoptar minorías.


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Número 33 - Septiembre 2019
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