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Ellos o Nosotros: El Costo de la División

Lunes, 11 de Febrero 2019 - 13:50

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Manuel Torres Rivera

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No existe nada ilegítimo en el clamor popular, nada tampoco en el nacionalismo, y al parecer nada existiría en contra de un pronunciamiento que redima las clases menos protegidas de la sociedad, a menos que en la redención brote la confrontación y la supuesta culpa de los actores activos en la pasividad de la historia de una nación que ha sido conformada y transformada una y otra vez por hechos de heroísmo, de lucha y de sangre, de defensa y protección de intereses, todo en el marco de un nacionalismo dictado por la época, por las adversidades y por la lucha  de ese presente apostando a un futuro. Esa es la retrospectiva de la historia, de lo acontecido, de la huella imborrable de la herencia que hoy podemos palpar en las instituciones, baluarte y cimiento de la nación. Invocar la historia es ejercicio robusto y recordatorio preciso del camino de una nación, revivirlo en materia de supuesta instalación de preceptos, es pretérito que descansa en anales de todo aquello que ya sucedió, y en la lección, lo que no debe repetirse.

Todo tiempo pasado fue mejor, para el pasado que lo vivió. La rectificación a enunciados que inundan la sabiduría popular no desafía ningún valor ancestral cuando el progreso de una nación está en juego. Estamos contemplando una versión de revisión de valores y de miras cercanas a la regresión con un afán: desprenderse de ataduras que no atan, pero que acercan a raíces supuestamente extintas, si alguna vez lo fueron en las etnias, en las costumbres o en las fronteras. Es la ola del populismo, el que en 1998 únicamente abarcaba territorios en Suiza y Eslovaquia. El purismo del siglo XIII que retaba a la iglesia de Roma, que terminó en fracaso, hoy inunda corrientes de derecha y de izquierda por igual, para definir lo simple por lo abyecto de su postura radical, para simplificar salidas sencillas para problemas complejos, para delinear otra vez a los puros en contra de las élites depredadoras. El populismo no tiene definición, tiene arraigo, no tiene responsabilidades todavía porque sus anclas se encuentran en arenas nuevas, no tiene posturas porque no alcanza objetivos claros, no tiene logros por la novedosa reinterpretación de esquemas olvidados, todos en la réproba económica por principio.

El horizonte ya avizora el primer paso, al menos en la esfera económica: la reducción de la riqueza. El principio redistributivo ya mostró sus inequidades en la dádiva. Finlandia revisa su mal cálculo en la manutención de experimentos con el desempleo, para reconsiderar la renta básica como un agregado innecesario en la vida moderna, dejando a la inversión privada su curso de juicio y resguardo del empleo. Con la excepción de los Estados Unidos, en donde el modelo adoptado pretende la repatriación de capitales del exterior, con el sacrificio de terreno ganado en la apertura, y con reducción del impuesto clave en la renta, el resto del mundo no apuesta a esas premisas porque sencillamente no las tiene y por consecuencia cerrar sus economías no tiene la misma correspondencia frente a una economía como la norteamericana, sin duda, la más poderosa de la tierra. La reducción del producto bajo el populismo ya es un hecho. El retorno de la extrema derecha en gran parte de las naciones adopta un modelo nacionalista que no dista del modelo popular en esencia, pero la regresión es ineludible. Los pasos son graduales hasta diluir el diálogo institucional; clamar en la voz de un líder y plasmar el paso de destrucción de las democracias se ha convertido en estandarte global. Si los pasos de la cooperación y el comercio siguen vigentes, se deben a esfuerzos multilaterales en donde prevalecen asientos de juicio.

México parece vivir una contemplación alejada de sus principios y de sus orígenes dentro de una redención que plasma contradicciones un día y otro también. En la visión de un solo hombre se confunde historia con acervo, y realidad con un presente escéptico que anula el denuedo de una clase que representa la fase más completa del desarrollo de la nación, la clase del talento en todos los órdenes, el empresarial si de méritos se trata; en esta clase ha radicado el pensamiento constructor y guía de progreso. Se han borrado los mecanismos de consulta, se han disimulado las conveniencias de inversión, se han desechado instituciones formales y útiles, se han menospreciado autonomías y por consiguiente se eliminan experiencias y conocimientos. Se aleja el talento, talento que prevalece por encima de la apropiación del poder, no por prevalencia inducida, la que fue invocada por décadas para rectificar caminos de la nación en un concierto de opiniones expertas. Se acude a la consulta popular cuando el verdadero acervo de la nación se ha construido por generaciones. Los costos de esta división no se muestran en la división misma, en ella hay civilidad y herencia estoica de nación madura, se muestran en el exterior que no se diluye con dictados matutinos ni con desdén coloquial. En ellos pagamos todos, en calificaciones que demeritan el actuar de la vida pública mexicana por primera ocasión, en ellos va nuestra soberanía recta, que han premiado las naciones que han confiado sus capitales y compartido sus riesgos, claro ejemplo en la exploración y otras actividades vigentes, todas en peligro de cancelación por decreto, para seguir imprimiendo el sello de la división. La dádiva no tiene pulso ni frontera, los mecanismos de ahorro de esta administración son especulación de acomodo de recursos no creados y el espejismo de su reubicación no es correspondiente a política económica.

Los errores de inicio de la administración actual pueden convertirse en una constante y los costos pueden ser irreversibles por la falta de un ingrediente, solo uno: la consulta de expertos. Ellos, los que ahora detentan el poder, han alejado las valiosas experiencias de otros. Muchos, nosotros, contemplamos un desmantelamiento de recursos válidos y lo denunciamos con justificación y certeza.



Número 25 - Enero 2019
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