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De economía y de moralidad

Lunes, 25 de Noviembre 2019 - 10:05

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Manuel Torres Rivera

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De la transición de la economía como ciencia social a la interpretación de una economía social, el tramo no solamente es complejo, es estrictamente vedado en la derivación simple y en la observación de reglas con flexibilidad, mismas que se alejan de la concepción de la economía. Aunar o adjetivar la economía es tanto como conceder que existe una derivación o corrección de la economía o reconocer que existen funciones alternas a las de la economía. El desprendimiento de la autoridad para llegar al espacio paradigmático de la utilidad o ganancia hizo necesario un orden y se llamó economía. Desde luego el proceso llenó espacios amplios de transición, siglos tal vez, derivaciones de transacciones comerciales hasta transformarlo en excedente social.

El excedente social es ni más ni menos la diferencia entre ingresos y costos o entre recursos disponibles y beneficios obtenidos. Interpretar su destino llevó otro tanto de tiempo para definir concepciones de gasto, de atribuciones de los estados y gobiernos y réditos de los particulares. Reiteramos que los modelos autoritarios alguna vez cedieron a los propósitos de la ganancia y esta a su vez se convirtió en multiplicador o promotor de la organización social. Una vez construida la organización social la economía política tomó riendas de liderazgo y la concepción de las ciencias económicas en apariencia ampliaba su horizonte interpretativo.

Esta aparente ampliación se diluyó con el tiempo y nuevamente el afán de adjetivar la economía quedó en términos de rezago universalmente reconocidos y de ahí la economía se consolidó en un precepto sólido, respetando sus inicios como ciencia y como guía resolutiva en la producción y en la distribución de recursos. La inquietud filosófica de la adaptación a los modelos de bienestar de las sociedades es tan antigua como el hombre mismo. La interpretación del manejo de los recursos se remonta a las concepciones en donde queda demostrado que la economía era mera circunstancia o resultante de la medición de los bienes conocidos en épocas en donde el intercambio comercial obedecía al trueque y las existencias eran calculadas en términos de conveniencia mercantil y no en estricta competencia.

Podemos aceptar que la agricultura fue la primera forma de organización social y podríamos especular que el primer excedente social tuvo su manifestación en esta actividad; no obstante, es la revolución industrial la que asoma sus primeras divergencias en las formas de reparto de excedentes. Adam Smith nos explica en La Riqueza de las Naciones la complejidad que ya existía en su tiempo, siglo XVIII, y nos conduce a una interpretación de ciencia económica. En el siguiente siglo, Carl Marx argumentaría con respecto del excedente social, que corresponde a los trabajadores que lo hicieron posible.

Smith ya tocaba la moralidad y la conducta de los hombres. Nacían las imperfecciones de acaparamiento y dominio, nacían lo que el tiempo denominaría ventajas comparativas y nacían las primicias de la especialización. Antes de situar estos conceptos cabe la reflexión sobre la condición humana ante la magnificencia y la acumulación, la avidez y el despropósito que asocia la reducción y el sometimiento. Podríamos remontarnos al pensamiento Tomista para declarar inmorales las acumulaciones de ganancias derivadas de transacciones comerciales y financieras.

La evolución de los valores morales tal vez debiera ser interpretada en su época y en sus circunstancias, como sugería Schumpeter en una declaratoria que adaptaba el espíritu y el tiempo. La concepción de valor en economía no ha corrido en paralelo con la concepción del valor moral o filosófico; en ambos prevalece la conducta que significaba Adam Smith y la ética que desarrolló preceptos de consideración y convivencia. La moral, concebida como un conjunto de valores absolutos y aceptados, tal vez difiere de la ética en cuanto al ejercicio práctico de los postulados de la moral. La postulación del dinero trajo como consecuencia derivaciones importantes al grado de concebirse tendencias clásicas, neoclásicas y monetaristas. La interrogante que surgía era la predominancia del hombre o del dinero. La discusión trascendió al terreno de la filosofía y a la imparable transición generacional que cambiaba valores para adaptar la época en la que se discutían preceptos de orden económico.

Las regulaciones del mundo moderno, las adecuaciones que se lograron con integraciones monetarias, con intercambios cimentados en el equilibrio y en la convivencia de naciones, marcó la pauta al nuevo rumbo de la economía del orbe. La suscripción a órdenes internacionales y la creación de organismos financieros vigilantes del provecho y de la equidad, conformó una ética no suscrita en lo material pero siempre sujeta a la observancia y presteza de todos los países participantes.

La economía transformó la faz de las naciones y su esquema se tornó mayormente pragmático y disciplinario. No necesariamente concentró su esfera de influencia en el sector público; su diversidad abarca toda actividad de producción, distribución y construcción de variables. Desde luego la adaptación y guía del mundo de la academia ha sido clave en el diseño de modelos. Actualmente no podemos ignorar las bondades en la adhesión a la economía de mercado, llamada así por la imperante fase del preponderante comercial, aun cuando bien podría llamarse libre mercado sin el añadido de economía.

La creación del producto es la tarea última de una economía y sin ello la interpretación económica carece de valor. En esta concepción de valor no existe ningún fundamento que pudiera desviar esta premisa esencial. De la economía política con su posible acepción ideológica resurgió el concepto en su purismo verdaderamente estricto y contundente: economía. Así lo promueve el pensamiento actual.

Si la marcha de la economía resuelve situaciones de bienestar de la población, los agentes económicos están cumpliendo su ciclo. Si el ejercicio público satisface las condiciones y presencia del capital, promueve la creación del producto. Si lo frena, el esquema no debe llamarse economía. La economía tiene una tarea y es clara y jamás debe adjetivarse y menos aún confundir sus propósitos con representaciones subjetivas o morales. La economía es una ciencia social, no es una ciencia del comportamiento.


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Número 35 - Noviembre 2019
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