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Humanidad y dogmas

Para Ana Laura, con cariño

La profesión de la fe, siempre he sostenido, al no constituir un ejercicio fundamentado en los principios de la lógica ni de la razón, se encuentra relacionado más bien con un aspecto esencialmente emotivo. Existe algo, indescriptible desde el punto de vista racional, que se manifiesta de manera personal y nos hace sentir, en algún momento, que determinada religión representa o enuncia un elemento que ya existía, subyacente, en nuestro interior, constituyéndose en ese algo indescifrable que palia nuestras sensaciones de soledad y desesperanza. Solemos decir que Dios nos ama, tanto al hombre como ente individual (y único), así como a la humanidad de manera colectiva. Del mismo modo y en reciprocidad, el creyente ama a Dios. Amar evoca y refiere a un sentimiento, termino mucho más complejo aún que la experiencia sensible. Toda emoción, parte fundamental de un sentimiento, define un concepto elemental (y primitivo) dentro de nuestra propia pisque. Las acciones o reacciones que emanan de ésta resultan las más intensas y las más duraderas. También, cabe mencionar, las más salvajes, ya que no pasan por el filtro del análisis lógico o racional, sino que emergen con inmediatez en todo su cálida o funesta magnitud y ahí permanecen. Pocas cosas nos incitan de manera tan álgida a la acción, positiva o negativa, como aquello que nos conmueve, es decir, que nos afecta de manera sensible. La compasión, por ejemplo, es prueba irrefutable de ello y en sentido opuesto, lo es la ira. La fe nos provee, en el mismo sentido, de una sensación de bienestar y seguridad, anhelos básicos de nuestra propia humanidad. A través del sentir, la religión encuentra eco y sentido.

Consciente de que representa, adicionalmente, un complejo sistema compuesto de ritos, formas e interpretaciones, tanto la experiencia sensible como la emotiva o sentimental convergen para constituir el corazón y la esencia de aquello que denominamos como religión. Aunado a lo anterior, todo dogma religioso plantea un sistema de principios incuestionables. La aproximación a él tampoco constituye un esfuerzo basado en la razón, sino en uno de aceptación y reafirmación. Sus planteamientos no son debatibles, ni hipotéticos, constituyen por el contrario, explicado de manera somera, verdades y lineamientos a seguir. De esta manera podemos asociar el ejercicio de la fe a dos elementos esenciales: el aspecto sensible o emotivo y en la aceptación y obediencia de una serie de elementos irrefutables. Sentimos algo relacionado con ella y aceptamos la religión en su totalidad o no lo hacemos en lo absoluto. Cualquier opinión que enjuicia o critica la fe, nuestra fe, nos hiere (o enardece), por partida doble porque somete al análisis tanto la verdad absoluta que damos por cierta como refiere a un elemento emotivo dentro de nosotros, primigenio y fundamental.

A partir de aquí podemos comenzar a desentrañar el complejo pensamiento detrás del terrorismo islámico. El mundo musulmán, a pesar de los movimientos a su interior esencialmente democráticos y modernos, constituye el último vestigio de una sociedad anacrónica, contrapuesta en esencia a los principios del liberalismo y del racionalismo del mundo occidental, que ha logrado con éxito criticar y analizar los fundamentos de la fe a través de la razón así como separarlos de las leyes, reglamentos e instituciones del Estado, sustentando su acción en el ejercicio democrático. La fuerza e influencia del Islam provienen, en sentido opuesto, de la interpretación y aplicación del dogma religioso así como del ejercicio desmedido y despótico del poder de sus líderes, imanes y ayatolas. El origen del Islam, en sí mismo, remite al mismo tiempo a un pensamiento y a una práctica de regreso, de vuelta al origen, esto es, la restauración de la fe. Adicionalmente y desde su fundación, constituye una religión de acción, combativa y militarmente organizada. En el chiismo (rama del islam de donde emana el denominado fundamentalismo jomeinista) sus partidarios se consideran a sí mismos como auténticos ortodoxos, recriminando a la mayoría sunita su alejamiento de la fe tradicional. Los creyentes del chiismo apelan al tradicionalismo en lo general y consideran los lazos consanguíneos, al ser los imanes descendientes del yerno del profeta Muhammed, Ali Ibn Abi Talib, así como los religiosos como los bastiones más importantes de su fe. Aun más importante, al ser una minoría doblemente oprimida, tanto pos sus líderes como por la mayoría sunita, no poseen la vocación de la conquista, elemento particularmente notorio en éstos últimos, cuyos alcances militares generaron el Califato Omeya y el territorio de al-Ándalus (más tarde el Emirato de Córdoba), sino por el contrario, el sesgo del sacrificio, el martirio y la inmolación (que comparte con otras religiones semíticas, como el cristianismo).

La Djihad (Yihad) uno de los pilares del chiismo, constituye el esfuerzo y llamado personal y colectivo (las mas de las veces, con una marcada connotación militar) a extender la ley de Dios entre los no creyentes (Dar al Harb, mundo no musulmán), buscando la defensa y expansión del estado islámico. Todo no creyente, o mejor dicho, todo aquél que no siente y acepta dicha visión, cabe dentro de esta “malebolge” diría Dante: Europeos, Americanos, Asiáticos, Cristianos, Judíos, Protestantes, Anglicanos, Ateos, Budistas e incluso otros musulmanes. Todos herejes, todos apostatas, todos infieles. El fervor religioso, apelando a lo comentado con anterioridad, domina entonces individual y colectivamente, y provee la plataforma ideológica para la actuación. Aún y cuando muchos comentarios han sido vertidos con respecto a que los nuevos adeptos al movimiento yihadista no son sino jóvenes poco iniciados en la interpretación de los textos que brindan cohesión al ala más radical del Islam, cabe hacer dos apuntes; una nación (o varias) cuya población ha estado ligada históricamente a un culto en particular y el día de hoy, más del 70% de ésta lo profesa, en cualquiera de sus vertientes, resulta un dato relevante que no deber ser pasado por alto. Más allá del fervor de los creyentes, los dogmas permean a los conjuntos sociales que los adoptan; aún más allá, incluso para los extranjeros, la doctrina dogmática y los elementos ideológicos, por si mismos y dado los elementos que analizaba con anterioridad, la respuesta emotiva y la aceptación, pueden conformar y/o alimentar un sesgo cognitivo (irracionalidad, distorsión de la realidad) ya existente de manera individual y brindar unidad, colectivamente, al extremista islámico, tal y como la historia ha hecho notar. Si la humanidad precede a los dogmas y, es consciente de los principios que lo sustentan, el mundo occidental no puede decidirse por una visceral “vendetta”. Ésta sólo habrá de generar un conflicto estéril e interminable. Bombardear naciones destrozadas, en las cuales, numerosos miembros civiles pugnan por la apertura democrática, únicamente incrementa el ambiente de inestabilidad, mismo que contribuye al discurso y trasfondo del denominado Estado Islámico.  

Tanto mi esposa como yo hemos seguido con atención durante las últimas semanas los funestos eventos alrededor del mundo. Ella, cabe mencionar, siente la religión de manera diferente y ora de manera regular no sólo por las víctimas de éstos, sino también por amigos, familiares y sé que, en el fondo, también lo hace por mí. Yo poseo una visión más pragmática, en la cual la humanidad únicamente se tiene a sí misma, ajena a cualquier voluntad supraterrena.  Al finalizar la Tercera Cruzada, el 2 de septiembre del año 1192, Ricardo I de Inglaterra, comandante en jefe del ejercito cruzado y Salah ad Din Yusuf, sultán de Egipto y Siria y líder del ejercito musulmán, acordaron una tregua que permitía el libre tránsito de los peregrinos cristianos a Jerusalén, misma que permanecía bajo el mando islámico. Aquel día, ambos apelaron no a una conciliación dogmática o aun ideológica, por demás imposible, sino al diálogo, la tolerancia y al respeto reciproco de su mutua humanidad. 

Por mi parte, es en esto último en lo que creo.

Autor:

Fecha: 
Martes, 08 de Diciembre 2015 - 17:30
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La idea bajar el Cielo a la Tierra se llama Progreso

Las ideas que gobiernan nuestra vida, y que por una especie de pudor se ocultan bajo el ropaje de ciencia, tienen su origen en antiguas historias míticas, en la metafísica y en la teología. Tal es el caso del concepto de Progreso. ¿Cuál es el origen de esta idea cardinal del mundo? En la antigüedad, los griegos y otras civilizaciones concebían el tiempo de manera cíclica: todo se repetía y volvía a empezar, como la vida y la muerte o las estaciones del año. El universo era casi estático: lo que nacía moría y volvía a nacer o encarnaba. Esta concepción del mudo es transformada por la narrativa cristiana que introduce una nueva forma de ver y entender las cosas. Ella engendra la idea de la salvación. A partir de entonces, el tiempo deja de ser cíclico. Ahora la humanidad va a ser recompensada al final de sus días por la venida del Reino de Dios. Hay principio y fin: hay un más allá. Hay futuro: el tiempo es lineal.

La secularización de la idea de recompensa futura origina el concepto de Progreso. Se invierte el sentido de la recompensa con el advenimiento del Reino de Dios por la recompensa aquí y ahora. El Paraíso ya no está en el Cielo sino en la Tierra. Buena parte de esta transmutación la debemos a los economistas clásicos: Bernard de Mandeville, John Locke, David Hume, Adam Smith, John Stuart Mills, que en mayor o menor medida abrevaron de las ideas hedonistas de Epicuro, el antiguo filósofo griego y, en particular, de la concepción cristiana que relativiza el mal. El apóstol Pablo dice en Corintios 10:23: “Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica”. En sus reflexiones teológicas, Tomás de Aquino añade: “todo mal se funda en un bien… El mal no puede existir de por sí, puesto que no tiene esencia…” (Suma contra los gentiles, cap. 11).

Siglos después, Mandeville convierte esta idea de que no hay mal que por bien no venga en su famosa tesis de que el vicio privado se trasmuta en virtud pública, que a su vez Adam Smith denomina como “la mano invisible del mercado”: la maquinaria del Progreso está en marcha. Como se ve, la teología, los mitos y las leyendas que explican el mundo dan origen a la idea del Progreso, de crecimiento infinito, de la productividad por la productividad, y demás dogmas de nuestro tiempo. Aunque hoy esta leyenda se cuenta, para darle un barniz científico, por medio de una narrativa matemática. Por ello, dice Tomáš Sedláček en su monumental obra, Economía del Bien y del Mal: “La historia del pensamiento nos ayuda a deshacernos del lavado cerebral de la época, a ver a través de la moda intelectual y dar un par de pasos hacia atrás”.

Fecha: 
Jueves, 25 de Septiembre 2014 - 17:00
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