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Estados Unidos y México:¿Quién le debe a quién?

¿Qué le parecería  si le digo que Estados Unidos le debe a México muchísimo más dinero que lo que nosotros adeudamos, y que mediante el ejercicio de nuestros derechos vigentes, podriamos cancelar nuestra deuda externa de inmediato?

La importancia de esta afirmación, exige que sea yo especialmente claro, conciso y directo.

La deuda de Estados Unidos a favor de México, surge con motivo de la invasion lanzada para robarnos California, Nuevo México y Tejas, y de ser posible, el Istmo de Tehuantepec, como lo exigian en el articulo X del proyecto original de Guadalupe Hidalgo.

Comencemos por decir que México no dio motivo alguno para que los Estados Unidos nos agrediera desde 1836, pasando a la invasión abierta  en 1846, justamente diez años después.

En consecuencia, la guerra desatada  por Estados Unidos en nuestra contra  fue una  agresión injustificada y largamente planeada desde los tiempos de los llamados “Founding Fathers”.

A la agresión injustificada, hay que agregar la imposición del Tratado Guadalupe Hidalgo cuyas clausulas II, III y IV evidencian que fue impuesto  bajo violencia y amenazas de mayores pérdidas para México en caso que no  lo aceptaramos, firmaramos, ratificaramos e intercambiaramos los documentos que lo contienen.

En tanto México no hubiera cumplido todas las exigencias de Estados Unidos, nuestros puertos permanecerian como permanecieron bloqueados, nuestras aduanas  confiscadas y nuestra patria bajo el mando y ocupacion militar del General Winfield Scott que, segun consta, habria reanudado las hostilidades arrebatandonos mas territorio, hasta que aceptaramos su imposicion.

Todas las conductas de Estados Unidos  en agravio de México, han sido y siguen siendo  condenadas por el Derecho Internacional desde entonces y hasta la actualidad.

La doctrina del Presidente Clinton sobre esta materia, se contiene en un par de renglones:

“Tenemos que corregir y enmendar las terribles injusticias del pasado; las violaciones historicas no prescriben”.

En consecuencia de lo ocurrido, México tiene derechos clarisimos que podemos hacer valer directamente ante Estados Unidos, y en caso de renuencia, podemos seguir otras lineas de reivindicacion por nuestra cuenta:

Los derechos de México son los siguientes:

Tenemos derecho a que Estados Unidos se disculpe con México por la agresion cometida injustamente en nuestra contra entre 1836 y 1848.

Estados Unidos se ha disculpado con Hawai por haberse apoderado de  aquella nación, derrocando a su rey para establecer ahí su famosa base naval de Pearl Harbor.

Estados Unidos se ha disculpado con los Nativos Americanos, y con los Africanos esclavizados y discriminados hasta la fecha.

El mejor ejemplo de una verdadera disculpa, es la que  Konrad Adenauer en nombre de Alemania le ofrecio a Israel junto con una indemnización de miles de millones de Marcos y Euros, por el sufrimiento inflingido al pueblo judio durante el regimen Nazi.

México tiene derecho a exactamente lo mismo que Israel: A que se nos ofrezca una disculpa y se nos pague una indemnización.

Tenemos derecho a que  Estados Unidos nos indemnice de las consecuencias y las pérdidas ocasionadas con la invasión y el subsecuente despojo de mas de medio territorio mexicano.

Tenemos derecho a anular el tratado de Guadalupe Hidalgo, basándonos en las clausulas II, III y IV cuyo contenido equivale a una confesion firmada de las amenazas y la violencia con las que ese tratado nos fue impuesto a cambio de absolutamente NADA.

Al leer estas lineas, no faltará quien levante la ceja en senal de escépticismo, puesto que no se antoja factible que la primera potencia militar del mundo, vaya a indemnizar a  un país depauperado y débil como México.

Cabe el escepticismo cuando se desconocen los mecanismos con los que cuenta México para forzar una negociación equitativa de igual a igual con Estados Unidos.

He aqui los pasos que tendríamos que seguir:

Primero.- Es urgente que nos  anticipemos a las variaciones de humor de Trump, y hagamos valer el articulo XXI de Guadalupe Hidalgo que, mientras no sea anulado, podemos aprovechar a nuestro favor.

Segundo.-  Tenemos derecho a pedirle a Estados Unidos que se disculpe formalmente por habernos agredido injustificadamente desde antes de 1836 hasta la culminación del despojo el 2 febrero de 1848.

La erroneamente llamada “revuelta Tejana” fue una guerra iniciada y seguida por Estados Unidos, bajo la apariencia de una rebelión popular.

Basta ver los nombres de los “tejanos” que declararon la “independencia” de esa provincia para separarla de México, para darse cuenta de la simulación.

Tercero.-  Tenemos derecho a anular el Tratado Guadalupe Hidalgo, y sustituirlo por un acuerdo diplomatico que tome en cuenta nuestros derechos soberanos vigentes en California, Nuevo México y Tejas.

Cuarto.- Tenemos derecho a ser indemnizados por Estados Unidos, de los dannos y perjuicios y del danno moral ocasionado por su agresión y por su robo de más de la mitad de nuestro territorio.

Entre los perjuicios debemos y podemos incluir el desarraigo de los millones de mexicanos que tuvieron y siguen teniendo que emigrar al norte en busca de los medios de subsistencia que los Estados Unidos nos arrebataron.

Si Estados Unidos rechaza  nuestras reclamaciones (como es de suponerse), aqui planteo el “Plan B”:

Para evitar las medidas unilterales del gobierno de Estados Unidos, urge que hagamos valer el articulo XXI de Guadalupe Hidalgo, al que me he estado refiriendo en mis ultimas colaboraciones.

Para contrarrestar las acciones comerciales y financieras de Estados Unidos, México puede hacer lo siguiente:

Podemos calcular actuarialmente el monto de las pérdidas  y los  perjuicios ocasionados por Estados Unidos con su invasión y despojo de California, Nuevo México y Tejas, desde 1836 hasta la fecha.

México puede convocar a las mas prestigiadas firmas contables y financieras del mundo, para documentar el monto de la indemnización que nos debe Estados Unidos.

Esto puede hacerse con base en la evidencia documental indiscutible, y  fundandonos en el Derecho Internacional aplicable.

Una vez calculado y documentado lo que Estados Unidos le debe a México, podemos emitir lo que bien podria llamarse Bonos Guadalupe Hidalgo.

Estoy seguro que si la emisión de estos bonos se sustenta contable, financiera y juridicamente conforme a los estandares internacionales vigentes, las más rigurosas calificadoras financieras tendrían que validarlos,  y  no faltarían países interesados en adquirirlos a precios preferenciales.

Se me ocure que Rusia, China y Japon estarian muy interesados en agregar estos bonos al portafolio de creditos que, en  el caso de China, reforzarian el inmenso adeudo que Estados Unidos tiene para con la República Popular.

Tanto como es de esperarse que Estados Unidos se niegue a pagarnos un solo centavo de indemnización, es innegable que ante un cobro de los Bonos Guadalupe Hidalgo por parte de China, Rusia o Japon, la respuesta de Washington sería muy distinta.

Los indicadortes del  Dow Jones y la Bolsa de Valores de Nueva York, parecerían el electrocardiograma de un infartado, o las gráficas del sismógrafo de Tacubaya, durante alguno de los terremotos que suelen sacudir a nuestro querido país.

Este planteamiento se lo hice a Miguel de la Madrid en 1988, cuando parecía que México se iba a hundir bajo el peso de la eterna deuda externa.

Entonces como ahora, pienso que es mucho mejor hacer valer un crédito a nuestro favor, que salir con la clásica excusa de “debo no niego, pago no tengo”.

Ejercer nuestros derechos de indemnizacion ante Estados Unidos, NO perjudicaría nuestro crédito internacional, a diferencia de una moratoria que no tenemos por que declarar, pudiendo cobrar una deuda infinitamente mayor a la que pesa sobre nosotros.

No es  lo mismo decir que no podemos pagar,  que decir: ¡tú me debes mucho más que yo a ti!

Este mecanismo legalmente se llama compensación:

La deuda mayor absorbe a la menor, y subsiste a favor del acreedor de mayor suma, por la diferencia remanente.

Negarnos la oportunidad de hacer valer derechos perfectamente vigentes y demostrables, equivale a que la Cenicienta prefiriera seguir trapeándole  el palacio a su madrastra perversa, que echarla de patitas a la calle y asumir su papel como dueña y señora.

Esta opcion es tan sencilla,  como determinar quien le debe a quien...

Tan sencilla como cobrar  lo que se nos debe, en vez de pagar lo que no debemos...

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Para disipar cualquier duda sobre este tema que he venido tratando en mis ultimas colaboraciones, pongo a disposicion de los lectores los dos libros que he escrito sobre Guadalupe Hidalgo y la invasion y conquista por Estados Unidos, de California, Nuevo México y Tejas.

Heridas que no Cierran (Editorial Grijalbo 1988)

The Comeback River 

Pueden pedirlos (sin costo alguno) a chavezmontesjulio@hotmail.com

Fecha: 
Viernes, 14 de Junio 2019 - 13:30
Redes sociales: 
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Fecha B: 
Viernes, 14 de Junio 2019 - 15:45
Fecha C: 
Sábado, 15 de Junio 2019 - 04:45
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La Tradición es la Excusa de los Infames

Morelia, 27 de Mayo 2015.-  Es mayo, el mayo de los atardeceres de oro sobre Morelia y de las grandes tormentas eléctricas por las noches. Llego a casa de regreso del trabajo y en ese automatismo, al cual llamamos de rutina, prendo la computadora y browseo los periódicos en línea, con esa rapidez propia del adicto a la actualidad. 

Estoy en Morelia, aquí vivo - entre nomadismo y elección afectiva transcurrieron 20 años y otras tantas primaveras de jacarandas en flor entrelazadas con camelinas.  Entre clases, libros, foros y reuniones de trabajo, a lo largo de estas décadas he escuchado el fragor de las “guerras” culturales y  asistido a las batallas intelectuales en que las armas son los feroces discursos  contra la modernidad, contra occidente, contra el pensamiento liberal y contra la democracia.

Estoy en Morelia, mas la red me transporta por el flujo de información de la Telepolis.

De conferencia en conferencia , entre un debate y otra entrevista de radio, he poco a poco descubierto la tiranía de la afirmación del “respeto de la diversidad cultural”, que se coloca como un discurso “moralmente” superior frente a los supuestos “maleficios de la Ilustración”, del “racionalismo europeo”  y de la “tradición burguesa de los derechos humanos”.

Abro el periódico en línea y leo la noticia de la conmoción que ha suscitado la entrada del Daech (“Estado Islámico”) a la ciudad de Palmira y de las atrocidades de las milicias yihadistas -actos de una barbarie de terror que ya son una “marca” de este grupo de terroristas fundamentalistas- contra las poblaciones civiles: “Los terroristas han matado a más de 400 personas y mutilado después sus cuerpos con el pretexto de que se negaban a acatar sus órdenes”[2] cita El País .

Estoy indignada. Y siento vergüenza. Quizás porque participé en la justificación multiculturalista, o a lo mejor porque callé desde la academia, el peligro de este discurso  multiculturalista en la construcción de un ataque sistemático contra todos los principios y opciones que a lo largo de los últimos 200 años nos han permitido construir un paradigma: una teoría  de derechos fundamentales, individuales, universales y erga omnes.  Paradigma que ha sido la gran fuerza motora detrás del carácter civilizador del derecho internacional público .

Navego por la actualidad y me indigno. Confieso que últimamente estoy permanentemente indignada.

Como parte integrante de la nueva tribu de los “activistas” de las redes sociales, corro a la computadora y firmo todos los manifiestos contra este crimen, contra otros crímenes, pensando que con la fuerza de millones de firmas la comunidad internacional nos escuchará. ¿Porqué dudar de la eficiencia de una “protesta” digital en cada clic del teclado?

En otros casos la presión internacional ya obligó a la activación de la “obligación de proteger”, ya salvó vidas errantes en los mares del Índico, en el Pacifico o en el Mediterráneo.  En otros casos, la intervención militar humanitaria ha permitido crear zonas de relativa protección, obligar a dejar pasar a las brigadas de socorro de Médicos sin Fronteras, establecido frágiles treguas en territorios en que la sangre y los cadáveres contaminan los ríos. Mas, en el caso concreto del Daech, parece ser que estamos de manos atadas por el pesado juego geoestratégico y por una enorme incapacidad para encontrar la voluntad de luchar.

Me indigno, y pienso  en todas las mujeres que en este preciso momento están detenidas, secuestradas, humilladas, violadas, asesinadas, chicoteadas en la plaza pública o lapidadas en nombre de un Dios, de una Ley, cuyo mensaje ha sido desviado, simplificado, maquillado para fundamentar una agenda política del terror y el pillaje de los fabulosos ingresos de los recursos naturales de las zonas de conflictos.

Pienso en todas las otras mujeres que, en otros países, pero bajo las mismas reglas de los tribunales de la Sharia, sufren y mueren. Pienso en las niñas secuestradas por Boko Haram en Nigeria. Y en las “novias” compradas por viejos déspotas en Chechenia. Y en las lapidadas de Yemen y de Arabia Saudita.

Pienso en la soledad de todas esas mujeres frente a la tradición, frente a la costumbre y frente a los discursos académicos, que desde Occidente, se han construido y que sirven de defensa de la tradición, de la primacía de los usos y costumbres para las “sociedades tradicionales”.  Y me indigno.

Reivindico que soy  culpable del “delito grave” de mi gran ignorancia de los sutiles y bellos razonamientos que entrelazan, en una hipnotizante danza conceptual,  “interculturalismo”, “multiculturalismo”, “diálogos pluriculturales” con  la negación de la posibilidad de “traducir” los derechos humanos “liberales” a otras culturas, sin la destrucción del colectivo. Reivindico mi imposibilidad para soportar a los alumnos atentos de Boaventura Sousa Santos o de Dusserl, lectores de los arcanos textos del pensamiento crítico, para los cuales, la universalización de los derechos humanos es un “vil efecto de la globalización”.

Pues yo me declaro “culpable” de la reivindicación de la globalización y de la universalidad de los derechos humanos y me indigno de la complicidad de la academia en el abandono a que condena a todos los pensadores y activistas no occidentales.

Como todos los que disfrutan amenamente, entre un café de Chiapas  y una copa de  vino blanco “alvarinho” - cuya  temperatura mido con la obsesión por lo fútil, propia  de quien vive en Paz- de la globalización me he quejado, no el pasado, de la maléfica perversión de las tradiciones y de la pérdida de la identidad cultural. Pues bien, en este preciso momento, me indigno que la globalización no haya penetrado lo suficiente para que todas las mujeres  puedan ser efectivamente protegidas y salvadas. ¡Sí! ¡Salvadas de la tradición! De la tradición de la indignidad y del orgullo de los infames que usan a la tradición como instrumento de muerte. 

Me indigno, en particular, con la traición de los intelectuales y del silencio de la academia.

El silencio de la academia y la no acción política de los científicos ante la actualidad y las grandes tragedias humanas han sido siempre la marca escarlata de la traición de los intelectuales y una segura señal de decadencia de las civilizaciones.

Escribo esta columna indignada, una crónica que difícilmente será publicada. Es tiempo de perder los confortables complejos de culpa heredados de nuestros abuelos colonizadores, de nuestros bisabuelos esclavistas, de nuestros tatarabuelos inquisidores y de nuestros fundadores cruzados. Nosotros no somos ellos. De ese pasado nos separan Adam Smith y la Declaración Universal de Derechos del Hombre. De ese pasado nos separan años de lucha por la emancipación de todos los seres humanos y por la dignidad, característica inherente a cada individuo.

Creo que es tiempo de abandonar el relativismo cultural embriagador y sereno de los turistas de la izquierda caviar. Regresamos de las últimas vacaciones en Egipto (país en que el 80% de las mujeres sufre la mutilación genital) con el cerebro lleno de pirámides y de lunas sobre el rosado desierto diciendo, a la hora del aperitivo con los amigos, cursiladas del género: “Quién soy yo para criticar... tenemos que entender que así son mas felices...son otras culturas......”

Sólo superficialmente son otras culturas — en la realidad, se trata de la prolongación de una cultura de la cual las mujeres “occidentales” ya fueron victimas (y continúan siendo victimas): la prolongación de la ancestral tradición del poder patriarcal absoluto que prohíbe a las mujeres las más elementales opciones. Sobre sus deseos, sobre sus movimientos, sobre sus pensamientos, sobre sus acciones y sobre sus cuerpos.

Señores, es altura de reconocer que en nuestra civilización contemporánea las mujeres son seres humanos dignos y respetables, sujetos de derechos y que aunque esto sea el fruto de la tradición “jacobina” y del espíritu burgués y liberal oriundo de la Ilustración y de la Revolución francesa, HOY, es un principio universal.

Espero ver el día en que estos principios hayan sido globalizados. Un día en que los gritos de las mujeres lapidadas, violadas, vendidas como esclavas a las ordenes de esa ley religiosa llamada “Sharia” serán solamente una memoria de un pasado infame. Todas las palabras son impotentes para describir esta tragedia cotidiana de los tiempos modernos.

Todas las palabras son indignas si en su última consecuencia justifican lo injustificable: el prolongamiento en el tiempo de la tradición de la indignidad.

Tradición que la perfecta excusa para los infames.

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[1]   Nota del The Guardian, http://www.theguardian.com/global-development/poverty-matters/2014/jul/0...

[2]   Nota de El País, http://internacional.elpais.com/internacional/2015/05/24/actualidad/1432...

Foto: Karim Sahib/AFP/Getty Images /The Guardian 

Fecha: 
Miércoles, 27 de Mayo 2015 - 18:00
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