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El gobierno que ¿merecemos?

Alejandro González Iñárritu hacía intervenciones sabrosísimas en WFM en los años 80. Su historia navideña del pavo asesino no tenía parangón, pero no era la única. Yo veía desde entonces a un genio que se divertía enormemente con su trabajo. Un talentoso DJ, un hombre original y simpatiquísimo.

Sus méritos fílmicos, por ser personales, no son mérito de México ni timbre de orgullo para quienes no intervinimos en sus obras: su mérito es propio, no colectivo ni nacional. Digo esto a los mayestáticos que se cuelgan, sólo por mexicanos, los óscares obtenidos por él. Por elemental congruencia tendríamos que considerarnos truhanes y exhibir como nuestros los delitos cometidos por los muy mexicanos “maestros” de Oaxaca y Guerrero.

El estupendo González Iñárritu se pronunció, ante los micrófonos mundiales, por que los mexicanos tengamos el gobierno que merecemos. Algunos objetan porque “todo pueblo tiene el gobierno que se merece”.

¿Será? Jamás he estado de acuerdo con ese temerario dicho, tan falaz como el de que “el que nada debe nada teme”. Como si en este mundo hubiera justicia y a cada quien se le diera lo suyo.

¿Nos merecemos estos gobiernos? ¿Merecemos que nos quiten nuestro dinero para financiar partidos políticos? ¿Nos merecemos que el gobierno de la capital tenga calles disparejas pésimamente pavimentadas, sin señalización útil y cada vez más llenas de baches y topes? ¿Nos merecemos sus delegaciones —cuevas de Ali Babá— y una asamblea impresentable conformada por parientes e incondicionales con una inquebrantable vocación de servirse y ganar chambas? ¿Nos merecemos eso?

Va una comparación. Supongamos que ordeno un filete chemita con vino de Rioja, pero un partido me ofrece un bolillo duro, otro una tortilla fría y el otro un par de totopos. ¿Merezco quedarme con hambre tras votar muy democráticamente por opciones así?

Si así opera nuestra “democracia”, y ante el manifiesto y generalizado disgusto, supongamos que los electores hagan caso de voces impecables que invitan a anular el voto: presentarse en las casillas y tachar toda la boleta. Supongamos que hace eso el 99.99% de los votantes, y sólo votan por sus partidos las tías y amantes de los candidatos. De todas maneras quedarán intactas las proporciones y montos de dinero que se regalan a los partidos y de todas maneras habrá 500 diputados, 40% de ellos pluris por quienes nadie vota pero serán los que de veras manden. No cambiará nada.

Vaya democracia. No podemos elegir lo mejor, sino lo que decidan servirnos esas franquicias de poder cada vez más desprestigiadas que todos —contra nuestra voluntad— pagamos con cada vez más de nuestro dinero, sustraído con una violencia legal que ordenaron precisamente los diputados y partidos que nos ofrecen menúes de comida dura, seca e insípida, cuando no de plano podrida o hasta envenenada.

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Fecha: 
Martes, 24 de Febrero 2015 - 18:00
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