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Filosofía en un chiquero

En la obra de Teatro “El Cerdo” además de la excelente actuación de Jesús Ochoa se encuentra la más clara metáfora en la vida de los seres humanos. Así tu chiquero, mi chiquero, tus cuatro por cuatro metros y mis cuatro por cuatro metros se convierten en una realidad latente para muchos, la bien llamada zona cómoda caminada en círculos una y otra vez.

Jesús Ochoa presenta a un cerdo que tiene voz,  que sufre se agobia y casi llora, su paseo en diagonal dentro de su chiquero le da más espacio para pensar y razonar, esa longitud le da la perspectiva que lo hace feliz. 

Su cubeta de agua cambiada constantemente de lugar y su comedero automático lo pueden exasperar al punto de la histeria -que no sucede porque sabe todo- sabe más que todos porque ha vivido en la experiencia de cada día, desde su infancia hasta el momento de su muerte  y nada lo atormenta suficiente. 

Intenta un escape que lo liquida y lo hace regresar a su chiquero del que no tiene la certeza cuánto mide de alto aunque haya intentado medirlo alguna vez cuando  logró empujar sus patas y alzar su hocico, eso es lo único que no sabe de lo demás-dice- lo sabe todo.

Tu chiquero, mi chiquero y todo lo que contiene con medidas aproximadas o exactas, los miedos de cuatro por cuatro, la zona cómoda a la que no se le alcanza a ver la altura porque se basta con caminar de pared a pared en línea recta o para extender el camino, en diagonal,  quizá asomarse a veces por encima de la barda y desear brincarla y no sucede. La reducida capacidad de querer explorar el afuera que se imagina y que no se ha tocado más que con un pensamiento en diagonal.

Caminar en redondo, en círculos dice El Cerdo que lo marea, no lleva a ningún lado y lo desorienta todo el tiempo. Como cuando su cubo de agua no está en el lugar y tiene que arrastrarlo con sus patas justo a un lado de su comedero.

Tu cubo de agua, tu comedero la comodidad de saber que está y que debe estar siempre igual, en el mismo lugar como los pensamientos, las ideas, las reflexiones que por estar siempre en el mismo lugar no avanzan, no se concretan, es por eso que El Cerdo quiere el mismo lugar para ellos, no el que su cuidador quiera, necesita tener la seguridad de ver sus cosas aunque éstas estén vacías y tenga que esperar a que alguien lo llene, así los escondites en el pensamiento viejo y las actitudes recurrentes se vuelven inservibles en la vida de los seres humanos.

Y El Cerdo quiere también ser amigo de su cuidador, quiere abrazarlo a veces y más veces quiere echársele encima porque no lo ha dejado salir de su cuatro por cuatro, la codependencia en la que se aprende a vivir amando y odiando al mismo tiempo.

Es la incongruencia Tú Cerdo, Yo Cerdo cuando  alcanzan los ojos a ver un horizonte que pinta belleza y se desea solo que falta el atrevimiento para ir, aun cuando la puerta haya quedado abierta más por accidente que con intención.

El Cerdo sabe de su muerte, y sabe porqué su comedero está vacío.

Se sabe, lo sabes Tú Cerdo, lo sé Yo Cerdo que cuando las cosas de la vida no fluyen es que ya se terminó, que los pasos deben empezar a ser en diagonal y dejar de pensar que el círculo es una señal de infinito eso es solo rodar y marearse.

Y que el comedero esté vacío no significa la cercanía de la muerte física, es la muerte de las cosas que ya palidecieron y que se han esfumado, que la necedad de insistir en algo que no tiene más cuerda es precisamente lo que provoca la muerte inminente, la muerte de la esperanza, de la razón, de la necesidad de crecer.

Yo Cerdo, Tu Cerdo y Jesús Ochoa espectacular como el más grande los cerdos filósofos, nos abre la puerta del chiquero en forma intencional para por fin, salir de la enredadera en la que los cerdos suelen quedarse a trompear la batea y a revolcarse en el lodo esperando ser llevados al matadero.

Sin la perspectiva correcta el ser humano está destinado a vivir en una zona en la que un día todo deja de ser cómodo y lo único que le queda es esperar la muerte total eso sí, con paciencia porque la muerte tampoco llega solo por pedirla, igual que al Cerdo, es cuando su cuidador decida, no cuando él quiera.

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Fecha: 
Martes, 18 de Agosto 2015 - 16:30
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Las huellas de la Narvarte

 

¿Qué hacen un misionero escocés, un gringo coleccionista de conchitas, un policía croata y una asesina argentina? Resolviendo el multihomicidio de la Narvarte.

Hace unos días Daniel Pacheco Gutiérrez fue detenido por participar en el espantoso crimen de cinco personas en la Ciudad de México. Fue identificado por una impresión fragmentaria de huella dactilar. No es el primer asesino que cae de esta manera.

La noche del 29 de junio de 1892 un par de niños fueron degollados en Argentina, según narra Nuria Janire Rámila en el libro La Ciencia Contra el Crimen.

La madre, Francisca Rojas, acusó a su amante Ramón Velázquez de asesinar a sus dos hijos e intentar matarla. Ramón fue detenido de inmediato y usando las más avanzadas técnicas de persuasión basadas en escupitajos, zapes, pocitos y puntapiés intentaron hacerle confesar. Resistió. Y, para su buena suerte, el policía Eduardo Álvarez había leído los trabajos de Juan Vucetich, un policía recién llegado de Croacia e interesado en los trabajos de Francis Galton sobre huellas dactilares. Así es, Francis Galton. El mirrey decimonónico nerd y primo de Darwin, Galton proponía  identificar personas gracias a un sistema de clasificación de huellas dactilares.

Para fortuna de Ramón Velázquez, degollar niños es una tarea poco pulcra y el regadero de sangre por todo lados hizo inevitable que el asesino dejara una mancha con sus dedos.

En realidad casi todas las ideas que se adjudicaba Galton provenían de Henry Faulds, un típico médico presbiteriano escocés de la época.

Proveniente de una familia que hoy llamaríamos clase media baja, Henry Faulds fue médico y misionero en India y luego en Japón. Ahí le dio un ataque de actividad y se puso a fundar hospitales, dar clases de medicina, ayudar a los ciegos, publicar una revista cristiana y, cuentan las malas lenguas, tomar clases de sushi. Para 1882 había atendido a más de 15 mil japoneses, combatido una epidemia de rabia y fundado un sistema de socorristas. En uno de sus ratos libres participó en debates sobre la compatibilidad del darwinismo y el ristianismo con Edward Morse, el célebre fundador de la revista American Naturalist, erudito y experto en moluscos quien decía investigar fósiles pero en realidad se la pasaba coleccionando tasas de té. Se dice que los debates fueron tan intensos  que atrajeron a miles de japoneses ya un tanto fastidiados de la danza Butoh, el sumo y ver crecer bonsáis.

Colin Beavan, en su estupendo Huellas dactilares, narra cómo Morse y Faulds, contrario a las tradiciones mexicanas, se hicieron cuates a pesar de pensar distinto. Morse invitó a Faulds a un sitio arqueológico de cerámica en el que investigaba. Faulds se dio cuenta que los tepalcatitos de porcelana tenían marcas de dedos y pronto notó que el tipo de cerámica estaba asociado a unas huellas específicas; era posible identificar al alfarero muerto dos mil años antes.  La emoción le provocó otro ataque de actividad y se puso a colectar huellas dactilares de sus alumnos, feligreses, detractores, socorristas, ciegos, geishas y monjas. Por fortuna era bastante popular. Luego de miles de huellas concluyó que eran irrepetibles pero no se heredaban.

Si usted está convaleciente de alguna cirugía tal vez esté mirando cómo los personajes de Orphan Black, la adictiva serie de la BBC, se desconciertan porque hay unos gemelos que engañan a todo mundo por tener las mismas huellas. Algo parecido ocurrió en la película Ríos de color púrpura con Jean Reno, que además no se define si critica o alaba las ideas racistas de Galton.

En realidad las huellas digitales son arrugas que se forman durante el desarrollo intrauterino. No son un carácter genético y por lo tanto dos gemelos no pueden tener las mismas huellas digitales. Y según la malísima película Fingerprints hasta los fantasmas conservan sus huellas irrepetibles.

En 1880 Faulds le escribió a Charles Darwin sobre sus descubrimientos, quien a su vez le reenvió la carta a Galton quien a su vez prometió contactar con Faulds quien su vez sigue esperando con paciencia presbiteriana la respuesta desde su tumba en Escocia.

Desde entonces se ha usado especialmente en casos criminales y con técnicas más complejas y refinadas. Por ejemplo, Patricia Lucena de la Universidad de Málaga publicó hace dos años en la revista Spectroscopy un sistema que permite identificar residuos de explosivos de huellas dejadas sobre superficies lisas. Un rayo láser escanea las huellas detectando la marca de luz de sustancias asociadas a explosivos.

Quien asesinó a los niñitos argentinos resultó ser la madre y a Ramón, luego de un disculpe usted por la picana y los tehuacanazos, lo dejaron en libertad. Sabiéndola ya culpable y solo por protocolo y para no perder la tradición y el espíritu de cuerpo policial le aplicaron la misma técnica de persuasión a Francisca. Esperemos que con los homicidas de la Narvarte las tradiciones sigan vigentes.

Fecha: 
Jueves, 13 de Agosto 2015 - 19:00
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El Enigma Spinoza

Título: El Enigma Spinoza

Autor: Irvin D. Yalom

Editorial: emecé

“Cuanta más ignorancia tenemos, más le atribuimos a Dios”
Baruch Spinoza

El Enigma Spinoza es una novela del autor de EL DIA QUE NIETZSCHE LLORO (1995) que involucra al filósofo Spinoza y al ideólogo nazi Alfred Rosemberg, quien obsesionado con la pureza de la raza aria, pregonaba la pureza de las ideas de los genios alemanes como Goethe, quien para su sorpresa, fue influenciado por un judío holandés, Baruch, motivo por el cual se adentró muy a su pesar en la obra de éste genio del siglo XVII.

La novela, que está magníficamente estructurada, y nos explica en sus páginas los prolegómenos de las obras de Spinoza, ideas por las cuales fue relegado por la comunidad judía e incluso por su familia, quienes acatando la Sherem (excomunión rabínica) abjuraron de su hermano, dándole la espalda a un hombre que vivió con honestidad e integridad.

El libro que nos narra las peripecias de Baruch Spinoza, un hombre que jamás claudicó en aras de sus ideales y que nos legó uno de los libros más maravillosos de la filosofía: Ética, publicado póstumamente y en cuyas páginas nos invita a pensar y reflexionar sobre un Dios Universal y no religioso, así como acerca de los postulados para vivir de acorde a la razón y no con superstición.

Las ideas de Baruch Spinoza, influyeron en mentes como en la de Goethe (el genio alemán, autor de El Fausto y Werther), quien uso la Ética como libro de cabecera, motivo por el cual, Alfred Rosemberg, ideólogo del Tercer Reich lo leyó (y no entendió) para saber hasta qué grado la pureza de las ideas del genio germano quedaron contaminadas por las del judío holandés.

Es ahí donde el autor nos lleva de la mano de una manera ágil y magistral a través de las mentes de dos hombres, uno criado en la Amsterdam del siglo XVII y otro en los inicios del siglo XX, quien tras el ascenso de Adolf Hitler, fue el ideólogo de tan nefasto régimen, quien buscó la notoriedad al autoproclamarse como el filósofo del Reich, epíteto que causaba hilaridad entre los jerarcas nazis.

El libro explora una faceta desconocida del Tercer Reich que consistió en la expoliación de la biblioteca del genio holandés, biblioteca que fue robada por Rosemberg, quien al ser responsable político de los territorios ocupados, se dedicó junto con sus ERR (Einsatztab Reichsleiter Rosemberg) a saquear el patrimonio cultural de los pueblos sometidos bajo el dominio del Reich.

Una novela absorbente que hará las delicias del lector, por lo que verá con nuevos ojos el fascinante mundo de la filosofía y cómo gracias a las ideas (que se esparcen como virus) se pueden crear conciencias y eliminar personas, como lo hicieron los criminales de guerra nazi.

El libro finaliza con la muerte de Spinoza, quien fiel a su filosofía tildada de atea, vivió en la soledad que le daba su trabajo como pulidor de cristales, ajeno al mundo que le dio la espalda, haciendo que su obra póstuma perviva, pese a los intentos de sus detractores y autoridades de censurar a este genio, que vivió de acorde a sus ideales, mientras que Rosemberg, el seudo intelectual, murió en la horca en Núremberg junto con los artífices del infierno del Tercer Reich.

Sin duda, un libro que ya es un clásico y que hará de su autor un referente en la literatura contemporánea.

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Fecha: 
Viernes, 14 de Agosto 2015 - 18:00
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El Codex Romanoff de Leonardo da Vinci

Las anotaciones sobre cocina que hizo Leonardo y que han sido reunidas en el Codex Romanoff no hacen referencia, ni mucho menos, a todos los alimentos y platos corrientes en su tiempo. Parece haber tomado nota, un poco al azar, sólo de las cosas que le interesaban. Las recetas no son obra suya, sino de otras personas; excepto cuando se dedica a defender la causa, totalmente perdida, de su "NOUVELLE CUISINE". Pero se muestra más ingenioso en sus observaciones sobre cocina y los hábitos alimenticios y, sobre todo, en las modificaciones que inventa para las cocinas.

De hecho, la comida en Milán y en toda Italia, durante los años en los que Leonardo escribió estas observaciones en sus cuadernos de cocina (la mayoría entre 1481 y 1500), sólo puede calificarse de horrible. La época de las lenguas de alondra, de los huevos revueltos de avestruz, de los cerdos rellenos de morcillas y zorzales vivos; la época de guía de la antigua Roma está muy lejos. La comida de entonces era gótica, en el sentido de que fue traída a Italia por los godos. Los ricos comen carnes y aves en abundancia, los pobres polenta y, en ocasiones, sopas ordinarias gachas. Casi todos los platos están muy condimentadas o, más bien, cargadas de hierbas (incluida la polenta).

Se le conoce la mayoría de las verduras, verdes y de raíz, pero no existe la papa (patata), ni el tomate, ni ninguna de las verduras que fueron descubiertas en el Nuevo Mundo y cuyo uso no comenzó a generalizarse en Europa hasta el siglo XVII. Tenían sal, pimienta y especias; tenían quesos, pan (aunque el pan blanco es muy raro); el edulcorante por excelencia sigue siendo la miel y no el azúcar (aunque hay cultivos de caña de azúcar en Sicilia). El vino casi siempre se mezclaba con agua o miel, o con ambos. Y el agua para beber no siempre abundaba, pues sólo es posible obtenerla de los acueductos o de los aguadores. El brandy era una medicina para los apestados, destilada y distribuida para los boticarios. No había té, ni café, ni chocolate. Los utensilios de cocina corrientes eran la mano y el mortero; prácticamente todas las carnes, pescados y aves son majadas hasta adquirir las consistencias de un paté muy fino, y luego  se pasaban por un cedazo y se mezclaban con miel  y arroz (para que cundiera más). La comida se servía sobre tajaderos, obleas de pan que luego se comían o, en los hogares más ricos, se arrojaban a los perros o a los pobres. Las personas pobres comían una vez al día, a mediodía. Los ricos comían una comida ligera entre nueve y diez  de la mañana, la comida principal a última hora de la tarde. Pero, por otra parte, al ser el esturión el pez común en el Mediterráneo, los pobres no carecían del caviar.

Como es natural, teniendo en cuenta el cargo que ostentaba Leonardo cuando hizo estas anotaciones –maestro de festejos y banquetes en la corte de los Sforza— escribió desde la ventajosa posición que le da el pertenecer a una casa muy rica. Así que no es de extrañarse que el caviar, siendo un platillo muy común, no aparezca en absoluto en sus recetas. A su juicio, ocupaba un lugar aún más bajo que la polenta.                                                               

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Viernes, 14 de Agosto 2015 - 16:00
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La música de mi vida II

“Sin la música la vida sería un error” Friedrich Nietzsche

Ya hablaba hace unas semanas de mi pasión por la música, de mi obsesión por poner orden a mi biblioteca. Tarea muy difícil y que tal vez nunca terminaré.

La música tiene el poder de alegrarnos o entristecernos, de relajarnos o activarnos, de emocionarnos, de hacernos recordar y transportarnos en el tiempo.

Mi segunda etapa musical llega alrededor de los ocho años. Por aquella época pasaba fines de semana y vacaciones en casa de mis abuelos. Muy seguido venían mis primos de San Luis Potosí. Sin querer ellos me dieron el primer acercamiento al rock en español, género en que me clavé para siempre y del que probablemente más conozco. Recuerdo muy bien estar viendo tele cuando empezaba el ritual de meter la grabadora al baño, abrir la regadera y escuchar a todo volumen “Cuando seas grande” (Zas. Solos en América, 1986). Con esta canción el grupo Zas, comandado por Miguel Mateos se da a conocer en México, para ese entonces ya tenía cuatro años de haber sido lanzada pero se me quedó clavada en la cabeza hasta la fecha. No lo sabía entonces, pero Miguel Mateos/Zas ya era uno de los grupos más influyentes del rock argentino y el rock en español. La canción reproducida en un cassette era seguida de “Atado a un sentimiento” (Zas. Atado a un sentimiento, 1987) y de “Obsesión” (Miguel Mateos. Obsesión, 1990), la canción que más sonaba en la radio en esos momentos y era el lanzamiento del argentino como solista. A la fecha estas canciones son parte esencial de mi lista de reproducción y escucharlas me transporta inmediatamente a las vacaciones con los primos.

Ya metidos en el género y con algunos años más se me ocurrió que sería bueno aprender a tocar guitarra. Nunca lo logré, el talento musical es una de las cosas que de ninguna manera heredé de la familia. Mi papá y todos mis tíos tocaron piano, entre mis primos hay quien toca la guitarra, mandolina, marimba, tío instrumentista, sobrino que da sus primeros pasos en el violín, pero yo no. Músico frustrado y destalentado. Pero entonces no lo sabía aún. Tomé clases, intenté hacerle al autodidacta, seguí partituras de Guitarra Fácil y sólo aprendí dos cosas: el círculo de sol y la introducción de “Martha tiene un marcapasos” (Hombres G. La cagaste… Burt Lancaster. 1986) sólo la introducción, pero una de las canciones que he escuchado una y otra vez y siempre logra ponerme de buenas . Con guitarra en mano nos juntábamos los primos alrededor de la sala a cantar a los Hombres G y, sin saber por qué, llegaron a nosotros canciones como “Corazón de rocas” y “Wendoline” (Rondalla de Saltillo). Estoy seguro que no sabíamos ni lo que cantábamos, pero lo hacíamos a todo pulmón y desentonando en cada momento mientras los torturados tíos cenaban o se atragantaban con nuestros berridos. Muy divertido.

Eso sí, en navidades la cosa era muy distinta. Nos juntábamos a fin de año a festejar el cumpleaños del menor de mis tíos. Sus amigos y él, músicos y multi instrumentistas, tocaban año con año música andina. “El canaval”, “Cóndor Pasa”, “El pájaro campana”. Canciones que a fuerza de repetición se quedan en el gusto y la memoria con la imagen de los primos embobados escuchando en la escalera.

Y hablando de vacaciones me vienen más recuerdos. Tengo a Veracruz clavada en el corazón y la sangre. Cada año pasamos una o dos semanas allá con los abuelos. Estoy seguro que en algún momento en el que no me importaba escuché la canción escrita por Agustín Lara, Veracruz, pero qué va a saber un mocoso imberbe de eso. Fue muchos años después, en mis veinte, cuando la volví a escuchar y me llenó de recuerdos. Volver a vivir, al menos en la imaginación, los momentos que pasamos allá, caminar por el malecón, escuchar la marimba en el Café de la Parroquia (el verdadero, no el de ahora), la sonrisa callada y el abrazo protector de mi abuelo son cosas que no cambio por nada. Algún día hasta sus playas lejanas tendré que volver…

Mientras tanto seguiré recordando con mi música.

Voy vengo.

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Viernes, 14 de Agosto 2015 - 17:30
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Sobre la modernidad

La vida es el lugar donde las cosas ocurren. Sólo en este escenario, en el que los elementos confluyen, todo puede ocurrir y ocurre. Tal sucesión de hechos nos afectan directa o indirectamente desde diversas perspectivas.

Tales perspectivas generan las percepciones necesarias –siempre distintas— que hacen del ser humano un eterno moderno, y un inevitable, hombre antiguo.

Y la modernidad inicia con otro personaje fundamental para el desarrollo social del ser humano: el lenguaje. Sin lenguaje (aquí me refiero a lenguaje como idioma) no seriamos capaces de generar las rupturas necesarias que nacen con las preguntas generadas por los cuestionamientos que se logran en nuestro cerebro una vez abrimos los ojos al mundo.

Las preguntas son el cincel que fractura la roca donde se localiza el diamante de lo nuevo, la modernidad.

Resulta que al generarse infinidad de preguntas al interior del ser humano, y éstas, al ser expresadas, rompen tal modernidad en una serie de infinitas modernidades: a cada respuesta, corresponde una nueva ruptura: modernidad como pieza fragmentada en infinitas partes.

Siendo de esta manera es como formamos las sociedades y cimentamos nuestra individualidad. Pero el ser fragmentariamente moderno implica entonces ser un eterno antiguo.

Al término de la escritura de esta última palabra fui lo que ya no soy ahora: otra palabra me alcanza para de inmediato seguir a la otra que se eslabona en otra dando como resultado una serie de oraciones que se comunican entre sí, pero que no tienen un final establecido; es decir, en la medida en la que escribo voy rompiendo la piedra de lo establecido, para volverme un moderno y a la misma vez, un antiguo: el tiempo que tardo en escribir otra palabra, me hace perder mi modernidad.

La inercia del movimiento nos hace ser siempre hombres que buscan ir hacia adelante. Es imposible ralentizarnos desde el punto de vista funcional y natural de las cosas como las vemos y las vivimos en la actualidad (para no entrar en materia de la física y física cuántica). Así, las rupturas —la modernidad—, son inherentes a nuestra naturaleza evolutiva. Sin este avance o esta inercia natural de las cosas, seríamos nada (ni siquiera potencialidad).

Y en nuestra etapa humana es imposible ser nada desde un punto de vista físico. Por fuerza tendemos a fracturar, romper, desviarnos, del camino establecido por otros que a la misma vez, fueron igual o más modernos que nosotros.

Sin tal necesidad natural de ser modernos, no habría, en un sentido práctico y visible, arte, por ejemplo o, literatura, al menos no de alta calidad, al menos no representativa o reveladora para fines históricos y de formación evolutiva.

Dado este razonamiento: sí, todos los hombres de todas las épocas pasadas y las que vengan, son modernos, serán modernos y antiguos a la misma vez.

Conviene entonces no preocuparnos, por ejemplo, en lo que respecta al arte, con ser modernos o incluso, “rebanándose los sesos” por ver qué cosas crear para ser “postmodernos” (muchas expresiones “artísticas” actuales han caído en ese error), sino basta con seguir preguntándonos sobre el funcionamiento interior y colectivo de nuestras sociedades, que a partir de ello, vendrán las inevitables respuestas que seguirán contribuyendo a nuestra inherente modernidad, y con ello, a la creación de nuevas expresiones artísticas de valía.

No sobra decir que todo rompimiento con lo establecido es en sí mismo una crítica y por ende, un acto moderno.

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Viernes, 14 de Agosto 2015 - 16:30
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Van Gogh: los años del Borinage

Sin duda, Vincent Van Gogh (1853-1890), fue uno de los genios más grandes del siglo XIX, uno de los mejores pintores de su generación y, tal vez (junto con Cézanne, Gauguin y Toulouse Lautrec), uno de los cuatro mejores pintores del postimpresionismo. O, quizás, fue el mejor de todos ellos. Pero todo eso le significó bien poco. Su vida y su obra transcurrieron en medio de la soledad, la pobreza y la indiferencia. A pesar de todo, Van Gogh se empeñó, infatigablemente, en transformar el arte de su época. Van Gogh no sólo hizo una ruptura en cuanto a la forma de pintar y a los colores, sino a los temas que pintaba y a los motivos interiores que tenía para hacerlo.

«Prefiero pintar los ojos de los hombres que las catedrales, porque en los ojos hay algo que no hay en las catedrales, aunque sean majestuosas e imponentes: el alma de un hombre, aunque sea un pobre vagabundo o una muchacha de la calle, me parecen más interesantes», escribió.

Van Gogh encarna al genio fracasado que vive al límite, desafía al status quo, muere pobre, joven y olvidado, y al buen salvaje que huye de las grandes ciudades y de sus perversiones, para vivir entre la naturaleza y las gentes sencillas del campo.  

Su breve existencia (se suicidó antes de cumplir 37 años) fue, en palabras del escritor y artista plástico Fayad Jamís, «una verdadera odisea interior, una de la grandes aventuras artísticas y humanas de los tiempos modernos». A partir de 1947 y de la exposición retrospectiva de la prolífica obra de Van Gogh en el museo de l’Orangerie, de París, sus cuadros han atraído a multitudes de espectadores y críticos de arte de todo el mundo y han alcanzado precios exorbitantes.

La vida y la obra de Van Gogh me apasionan. Mi primer acercamiento con el pintor no fue a través de la pintura, sino de la literatura, gracias al ensayo de Antonin Artaud (1896-1948), Van Gogh, el suicidado por la sociedad, y al libro epistolar, Cartas a Théo: una recopilación de veinte años de correspondencia entre Van Gogh y su hermano. De lo que se desprende en estas cartas, que deben leerse como literatura, se puede deducir que, de no haber sido el gran pintor que fue, Van Gogh podría haberse convertido en un magnífico escritor, capaz de plasmar en sus escritos toda la intensidad de su vida interior.

Desde que vine a vivir en la ciudad de Mons (hace ya casi 6 años) veo a Van Gogh en todas partes. Hace unos meses, desde que la ciudad fuera elegida Capital Europea de la Cultura 2015, el museo Beaux-Arts Mons exhibió algunas de sus obras. Y no muy lejos de aquí se pueden visitar dos de las casas donde vivió Van Gogh, entre 1878 y 1880.

Antes de llegar a esta región, Van Gogh había estudiado en una escuela evangelista, en Laeken (un barrio al noroeste de Bruselas) y había logrado, a pesar de la dificultad que tenía para hablar en público, convencer a sus superiores de que lo enviasen como misionero a la región del Borinage. En diciembre de 1878 llegó a vivir a una casita, La Maison Denis, en Colfontaine. A Van Gogh, que siendo muy joven había trabajado como mercader de arte, le asombró el hecho de que en el Borinage no hubieran cuadros, y de que casi nadie supiera lo que era un cuadro. No obstante, a pesar de que no gozara del arte, la región le parecía muy «característica y pintoresca». El paisaje invernal le recordaba a las pinturas de Brueghel y algunos caminos «profundos, cubiertos de zarzas y de viejos árboles torcidos con raíces fantásticas» lo hacían pensar en una pintura de Alberto Durero. Por otra parte, le gustaba observar a los mineros, cuando salían de la oscuridad de las minas y regresaban a sus casas «todos negros, con aspecto de deshollinadores». Lo cierto es que esta región, mezcla de pobreza y bellos paisajes, lo perturbaban y lo maravillaban.

Van Gogh empezó a predicar a los mineros, a los campesinos y a sus familias. En una ocasión entró en una peligrosa mina, en cuyo fondo encontró hombres afiebrados, demacrados y fatigados, con aspecto de viejos. Al salir, pensó en los admirables cuadros que un pintor podría haber hecho de esas pobres gentes.

Van Gogh, a sus veintitrés años, ya veía arte en todas partes.

«El arte es el hombre agregado a la naturaleza», escribió.

Era un predicador fervoroso; imitador de Cristo. Regaló casi todas sus pertenencias y se volvió más pobre que los pobres. Apenas comía y estaba flaco y demacrado. Le pusieron como apodo: “El Cristo de las minas de carbón”.

«La adversidad para los hombres es lo que la muda de plumas a los pájaros», escribió.

Es, sin duda, en el Borinage, donde cobró conciencia de la profundidad de los sentimientos sociales que había en su interior. Y fue también aquí donde trazó sus primeros bocetos. Pero en julio de 1879 le sobrevino el fracaso, cuando sus superiores no quisieron que continuara con su labor evangélica. Van Gogh era un predicador entregado, vehemente, pero su comportamiento excéntrico y su temperamento explosivo asustaban a las personas de la región. Pensaba que entre los predicadores, como entre los artistas, había una vieja escuela académica, a menudo execrable, tiránica, de hombres llenos de prejuicios y convencionalismos, que tratan de mantener a sus protegidos y de excluir a los hombres sencillos.

Hundido en una fuerte depresión, perdió contacto con su familia y, durante un año (período del que no se saben muchas cosas acerca de su vida) vagabundeó, hasta regresar, luego de haber hecho, con toda seguridad, una profunda catarsis.

Se sabe que a continuación vivió un tiempo con un minero evangelista, antes de trasladarse a la casa de Cuesmes, la Maison Van Gogh, cerca de Mons. La visité apenas llegué a Bélgica. La han convertido en un pequeño museo. Y aunque no hay gran cosa que ver y la habitación donde dormía Van Gogh desapareció en un incendio, hoy, para quién esté dispuesto a escuchar, todavía hablan las paredes, los bosques y algunos objetos que han sobrevivido al tiempo. Yo me puse a caminar en los bosques que rodean a la casita, seguro de que caminaba sobre la misma tierra que caminó él, entre los mismos árboles y bajo el mismo cielo. Eso me hizo sentir más cerca que nunca del artista. En ese lugar Van Gogh empezó a realizar más dibujos y a estudiar primitivos manuales de pintura y de anatomía. Apoyado por su hermano Théo (un modesto merchante de arte) comenzó en Cuesmes su carrera de artista. Théo le enviaba copias de obras de grandes pintores, sobre todo de Jean-François Millet. Van Gogh las reproducía. Leía a Shakespeare y a Victor Hugo. En esta época, con muy poco dinero, hizo un viaje al Paso de Calais, en Francia, buscando un trabajo cualquiera, pero de último momento, se desvió hacia Courrières, donde empezó a buscar talleres de artistas, pero no encontró ninguno. Escribió que el cielo francés le parecía más fino y más limpio que el brumoso cielo de Bélgica. Desde que Van Gogh estuvo por aquí eso ha cambiado muy poco; el cielo, en Bélgica, sobre todo en invierno, es algo que no pasa desapercibido para nadie. Anduvo caminando por la región, observándolo todo: los campos, los carboneros y los tejedores. En esta época se empezaron a vislumbrar con más fuerza algunos rasgos de la enfermedad mental que padecía. Durante mucho tiempo se habló de que padecía esquizofrenia y ahora hay más especialistas que creen que padecía de psicosis maniaco-depresiva. Después de haber leído varias veces Cartas a Théo pensé lo mismo.  

«En vez de dejarme llevar por la desesperación he tomado el partido de la melancolía», escribió, en julio de 1880.

Van Gogh abandonó el Borinage en el otoño de 1880. Pero en toda su obra posterior se ven reflejados los dos años que pasó en esta región, donde no sólo nació como artista, sino encontró paisajes, situaciones y gentes que pintaría tiempo después y que constituirían una parte importante de su producción artística.

Van Gogh no habría sido el artista que fue sin los años de Bélgica, los años del Borinage. 

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Miércoles, 12 de Agosto 2015 - 16:00
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El Catecismo Revolucionario (el libro maldito de la anarquía)

 

Autores: Bakunin & Nechayev

Editorial: La Felguera/editores

“El tirano muere y su reino termina. El mártir muere y su reino comienza”
Soren Kierkegaard

El Catecismo revolucionario es un libro que desde su publicación en 1869 ha causado innumerables ríos de tinta y de sangre.

El libro escrito por el fanático Sergei Nechayev (influenciado por el afamado anarquista Mijail Bakunin) fue dado a conocer por la policía zarista, para que la sociedad rusa viera el grado de sadismo que tenían los anarquistas/terroristas, quienes buscaban crear un nuevo mundo a través de la destrucción.

El libro (ideado como panfleto originalmente) enumera una serie de 26 postulados discurridos por Nechayev a los miembros de la sociedad secreta Narodnaya Rasprava (La Justicia del Pueblo), cuyo símbolo era una simple Hacha, haciendo mención que el libro estaba destinado sólo a los militantes de tan terrorífico grupo.

Los postulados que van desde los deberes  y acciones del revolucionario en ciernes para eliminar de la faz de la tierra al Zar (cuestión que sucedió en 1887 cuando el Zar Alejandro III, murió desangrado tras un ataque con dinamita) y a todos aquellos representantes del orden establecido.

El libro causó tal influencia, que escritores como Dostoievsky y Camus se basaron en él para crear sus novelas Los Demonios y el ensayo El Hombre Rebelde respectivamente.

Nechayev, quien escribió el panfleto inspirado por Bakunin (quien lo subvencionó e hizo de este joven fanático un líder revolucionario) fue ideado en el exilio tras haber asesinado a un militante de nombre Ivan Ivanovich Ivanov, estudiante de la escuela de Agricultura de Moscú.

El joven fue asesinado por un afiebrado Nechayev quien lo ejecutó de un tiro, para arrojar su cadáver a uno de los ríos de Moscú, donde fue encontrado, motivo por el cual el criminal revolucionario tuvo que huir a Suiza donde se encontró con Bakunin, quien celebró su arrojo y lo auxilió en la redacción de tan álgido documento.

Respecto a Nechayev, fue detenido por la policía Zarista en Moscú cuando regresó pensando que iba a pasar desapercibido, estando preso en la prisión de Pedro y Pablo donde murió en 1882.

Un libro vigente por su crudeza y esencial para conocer el grado de fanatismo que las ideas pueden alcanzar, siendo libro base para que las PANTERAS NEGRAS lo utilizaran para continuar su lucha revolucionaria, siendo este grupo el que lo edito en inglés en 1969.

Lectura más que recomendable para aquellos que buscan entender más el flagelo del terrorismo y como las ideas pueden contaminar como el más letal de los virus las conciencias de un grupo y trastocar sociedades enteras.

Y recuerden….¡Los libros no muerden!

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Viernes, 31 de Julio 2015 - 16:00
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El ropero de la abuelita: ¡Me quito el sombrero!

En nuestra cápsula del tiempo de cada cinco semanas, abriremos esta vez la que nos lleve a recorrer el uso del sombrero en México como un accesorio de vestir que es difícil encontrar por las ciudades actualmente y que ha perdido incluso, cierta popularidad.

El sombrero, ese que hemos visto en las películas mexicanas y que usaron Jorge Negrete, Pedro Infante, Joaquín Pardavé, Fernando Soler, Arturo de Córdova y muy probablemente nuestros abuelos o tíos, fue símbolo de elegancia para las clases medias y altas durante las primera décadas del siglo XX y para quienes lo portaban era parte de un atavío estilo americano con traje, chaleco de casimir, corbata y zapatos.

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Otros sombreros también han sido parte de la indumentaria mexicana, tan solo el típico sombrero de charro es uno de nuestros iconos de identidad nacional y qué decir del sombrero de palma utilizado en las costas que no es el mismo que el jarocho ni el yucateco o el texano de las partes altas del país.

En México, incluso existió un slogan muy famoso: “De Sonora a Yucatán se usan sombreros Tardán” refiriéndose a la prestigiada tienda que todavía existe gracias a que ha ido evolucionando junto con la moda para no dejar morir la costumbre. José Agustín escribe: “todos los hombres usaban sombrero, ya fuera de palma, surianos, tejanos o de fieltro para los citadinos... Las mujeres también usaban variedades inagotables de sombreros”.

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El uso del sombrero entonces, obligaba a seguir cierto protocolo tanto en interiores como exteriores y básicamente era una muestra de cortesía o saludo de los caballeros hacia las damas o cualquier otra persona que encontrara por su camino; de esta forma, para saludar había dos gestos: levantar el sombrero sin quitárselo completamente lo cual implicaba algo así como un saludo de cortesía o retirarlo totalmente de la cabeza para cuestiones mucho más formales o de respeto como por ejemplo al entrar a una iglesia, conversar con alguien, en un funeral y por supuesto, ante los símbolos patrios o al entonar el himno nacional mexicano.

La gallardía y porte que daba el sombrero a los caballeros de entonces no tiene igual, pues no sólo representaba la clase social a la que pertenecían sino tenía la función social de señalar un rango, identificar a líderes o a un grupo social y por su tipo, distinguir incluso nacionalidades o etnias.

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Actualmente, es posible que cada vez más personas utilicen sombrero en la ciudad para mitigar un poco los efectos de los rayos ultravioleta o en las playas para cubrirse del sol pero es innegable que como uso y costumbre ha ido perdiendo adeptos. Las nuevas tendencias de la moda lo han rescatado para posicionarlo como accesorio y aunque existen diversos tipos de sombreros, básicamente se utilizan cuatro estilos: Los Fedora  (incluyen el Borsalino y el Trilby), hace años eran obligatorios para que un hombre saliera a la calle, posiblemente son los que permiten atuendos más serios. El pork pie, similar al anterior pero con la parte superior plana. Las gorras, comúnmente asociadas con las utilizadas en el béisbol, pero existen las militares y otras muchas. Las boinas, son como las gorras pero con la parte superior no abombada y una visera pequeña.

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Finalmente, en sentido metafórico cuando nos referimos a una persona o un suceso que nos inspira respeto utilizamos la frase: ¡Me quito el sombrero! Tal fue su trascendencia en un contexto en el que su uso simbolizó no sólo la masculinidad de una época sino el respeto y las buenas costumbres que se han ido perdiendo con el paso del tiempo y que no han encontrado sustituto.

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Fuentes:

http://portalacademico.cch.unam.mx/materiales/prof/matdidac/sitpro/hist/...

Tragicomedia mexicana 1. La vida en México de 1940 a 1970. Agustín, José en https://books.google.com.mx/

http://www.xaviworld82.com/2012/05/sombreros-para-hombre-tipos-usos-y.html

https://www.protocolo.org/social/vestuario/normas_de_uso_del_sombrero_et...

Imágenes tomadas de Google

Fecha: 
Martes, 28 de Julio 2015 - 18:00
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Una Mujer de Gris

Etapas de la vida –dicen- procesos obligatorios –me contaron- por algo pasan las cosas –escuché- aprovecha el tiempo –me aconsejan.

Cuando las frases se hacen espuma y las palabras se vuelan con el aliento, queda poco. Y más poco queda porque ahora no puedo recordar si algún día pensé. No estoy segura si razoné mis pasos y mis actitudes. No creo que alguna vez me di el tiempo para ver consciente el entorno en el que me movía.

Supongo que cada noche me acosté a dormir sin reflexionar mi día y mucho menos me ocupé de planear el siguiente. Me di tiempo para correr y hasta creo haber aprendido a volar. Hace mucho tiempo que me supe mayor, desde el momento en el que pude ir a la calle yo solita, que podía relacionarme con cualquier persona. Que me dejaron decidir si estaba en casa o no quería llegar.

Hace muchos años me hice grande y con poquitos años me hicieron responsable de cosas que no me correspondían y yo no lo sabía. Tantas veces golpeé a mis amiguitos y los demás me aplaudieron. Otras tantas me robé los dulces y los juguetes del puesto de la esquina, y mis amigos me aplaudieron. Supe hace mucho, que gritarle a mis padres no tenía repercusiones y las pocas veces que me castigaron en mi cuarto, me escapé por la ventana, mientras los amigos me aplaudían.

Hace mucho supe que yo era dueña del mundo que corría y que ninguno podía detenerme. Me mandaron alguna vez a la escuela, y nunca me dijeron si era por alejarme de casa, o porque algo había que aprender. Para mí era solo el lugar de juego en el que había que ignorar al maestro. El lugar en el que podía libremente elegir a quien golpear y a quien quitarle lo que yo quería. Maestros y directores trataban en vano de llamar a mis padres, enviaron decenas de reportes informando mi mal comportamiento, pidieron que llevara de regreso al salón el papel firmado por mis papás, que por supuesto nunca firmaban, aunque pronto dejó de ser un problema cuando aprendí a falsificar la firma de ellos.

Con tantos seguidores de mi rumbo torcido, me hice grande en actitud y me rebelé ante todo lo que significara rectitud. Mi grupo de animadores me alentaba a seguir andando, fue para mí la conclusión de que la vida era esa, era así y jamás se me ocurrió voltear a ver a quien me gritó ¡detente!

Hoy, aún no sé de qué tamaño soy, no sé cuántos años tengo ni cuándo estropeé mi crecimiento personal. No pude saber cuándo era tiempo de para ser mujer y dejar de ser niña, aun ahora no consigo darme cuenta si sigo siendo una niña y que nunca en realidad me hice mujer.

Un día, hace poco, mientras todos me miraban hacia arriba y me consideraban grande, maté sin piedad a un hombre. Eché a correr con las manos ensangrentadas, buscando refugio en algún rincón que me cobijara de las sirenas de policía y de ambulancias. Días después al salir de mi resguardo busqué a mis amigos, que habían desparecido, busqué a mis papás, a mis hermanos que un día fueron mi responsabilidad, me atreví a regresar a la casa hogar donde había abandonado a mi hijo hacía un par de años.

Nadie, no había nadie, no escuché más aplausos ni algarabías. Estaba sola, ¿conmigo? No, yo tampoco estaba ahí. Me vi en una patrulla de policía en dirección al penal, me repetía mis mismas mentiras que pudieran convencer a los jueces mi inocencia. Todo estaba en mi contra. Nada pude ya hacer. Ni siquiera atiné a llorar y supe que no lo había sabido nunca.

No tenía pertenencias valiosas que pudiera reclamar a mi salida de la cárcel, así que solo dejé en un banco mi ropa, mis zapatos robados, la cadena de pulsera que le quité a una persona algún día, los pesos que guardé para comprar mi dosis de droga diaria, el sobrante de un cigarro de mariguana y el poco respeto que algún día tuve por mí misma, todo amontonado para ponerme el uniforme oficial que me convierte desde ahora: en una Mujer de Gris.

Mi nueva casa no es muy diferente a la que yo tenía, el contraste es que está reducida a cuatro paredes muy cercanas una de la otra y rejas que alcanzo a ver afuera. La cama no es tan importante, porque supe dormir en las banquetas mientras drogada esperaba el amanecer, el frío tampoco me parece difícil pues ya lo habría vivido cada noche de inviernos en la calle.

Los amigos, las compañías, las voces, esos si son algo que jamás había visto, encuentro que aun cuando no me gusta debo escucharlos, debo mirarlos a la hora de las comidas, que las mujeres a mi alrededor son iguales a mí, ninguna es más que la otra, veo que todas pretenden ser más fuertes, todas han dicho en algún momento que son inocentes, que el crimen cometido fue por causas ajenas a su voluntad o en defensa propia. Me he dedicado a escuchar y a observar durante los pasados meses, como no recibo visitas, me invento mi propia visita cuando las otras internas cuentan sus momentos con sus familias o sus esposos o novios.

“Etapas de la vida –dicen- procesos obligatorios –me contaron- por algo pasan las cosas –escuché- aprovecha el tiempo –me aconsejan-“

Todas esas palabras toman su propio sentido en mí ahora, me sorprende de mí, que lo único que hago es mirar a todos lados y escuchar cuanta palabra suena. Desconozco esa parte de mí que vive callada, en silencio todo el tiempo. He dicho pocas palabras, no he pronunciado nombres, no he pedido ayuda legal. Pienso mientras miro al techo de mi celda, y pienso a veces nada, a veces hago una película imaginaria de cada uno de mis pasos afuera.

No creo que yo haya sido ella, no puedo concebir la desatención que le tuve a la vida, a la escuela, a las malas compañías y aún más sorprendente es que yo misma haya sido una pésima compañía para otros chicos y que ningún adulto les hubiera prohibido su relación conmigo, y pienso cuántos de ellos estarán ya en camino a una cárcel.

Yo quiero culpar a tantos de mi estancia en esta prisión, y cuando escuché los lamentos de otras compañeras, vociferando que los culpables de sus delitos eran sus padres y todos los adultos que las criaron, supe qué tan ridículo se escuchaba en una persona mayor aunque no dejan de tener razón, fuimos la mayoría hijas de otras mujeres como nosotras mismas, ninguna razón es tan potente que pueda borrar el tiempo que vivo y el lugar en el que viviré el resto de mi vida.

Los familiares de mi víctima vinieron a ver mi rostro, me gritaron y escupieron la reja que nos separa, se enrojecieron de rabia y desbordaron frente a mí toda su frustración, su desconsuelo y la ira que yo sembré en la familia, el dolor que guardarán y los recuerdos de ese familiar que maté con mis propias manos.

Qué puedo decirles, ¿me disculpo? Eso no vale ni en frase, ni en letras de oro y plata, ni con el corazón en la mano.

No supe qué decir. Los escuché y cuando bajé la mirada me gritaron cobarde, cuando levanté la mirada me dijeron cínica, cuando dije perdón me gritaron estúpida, cuando se me salió una autentica lágrima me dijeron hipócrita.

No supe qué hacer y por primera vez en toda mi vida lloré sin consuelo en mi celda por días enteros, no me dolí yo, me dolieron ellos, ésa familia que asesiné al mismo tiempo que a su pariente. Me dolerá el dolor de ellos, nunca me dolerá suficiente y tengo la seguridad de que nunca podré sanar sus corazones aunque el mío se pudra en el intercambio.

He pensado en suicidarme, también he pensado en hacerme la valiente, he pensado que puedo hacerme de un arma,  he pensado en escaparme, he pensado que puedo llamar a mi familia y pedir ver a mi hijo y hacerme la víctima y exigir que hagan algo por mí y que me liberen… Cuando me vi pensando… me escuché pensar… me supe razonando, sequé las interminables lágrimas, me acaricié la piel dolida cuando me supe presa en mí.

Entonces le tomé una certera razón a mi vida, éste debió ser mi lugar hace muchísimo tiempo. Me supe yo entera, yo Mujer de Gris. Lejos, muy lejos de consolarme y victimizarme, de hacer de mí un mártir, pienso que el silencio de mi voz es mi refugio íntimo. Y, aún más lejos de tratar de convencer a los demás de mi supuesta inocencia, tomo éste tiempo y ésta reclusión en paz, me vuelvo silenciosa y pacífica conmigo misma. Ofrezco mi tiempo y mi crecimiento a ésa persona muerta y a ésa familia dolida. A mis padres que se desentendieron de sus hijos y que sin palabras me mandaron a prisión.

Si le sirve a la sociedad saber que sufro, sepan que sufro, si le sirve a la familia saber que soy una miserable, sépanlo. Si les sirve a mis padres saber que ya no existo, sépanlo. Si me sirve a mí saberme, lo sé.

Desde aquí las cosas se ven de otro color aunque lo único que vestimos es gris. Desde esta celda veo lo que se sufre afuera cuando no se atiende. Quien me gritó ¡detente! sabía que yo terminaría aquí. Mis maestros sabían que sin dirección de mis padres yo acabaría mis días encerrada.

Desde aquí quisiera solamente gritarles a los adultos que sean responsables con los niños, advertirles a los jóvenes que no se sabe caminar solo, que se necesita la compañía de quienes advierten que nos detengamos.

La vida aquí no es fácil, como no lo es afuera, y cada uno decide en qué clase de prisión se quiere vivir.

A mí, en esta cárcel, me tocó la fortuna de haber encontrado a mi mejor amiga y vivir con ella, platicar mis cosas con ella, decirle cuánto la quiero y saberme querida por ella. Mi mejor amiga, la que siempre caminó conmigo y no la vi. Yo misma.

Pedir perdón no fue aceptado, bajar la mirada no sirve, levantarla tampoco, enojarme no funciona, rebelarme más no está en cuestión, vivir la vida que me corresponde es mi obligación y la tomo con toda la consciencia que estoy conociendo.

Soy la Mujer de Gris y tuvieron que vestirme de un solo color para que me fuera posible ver los colores que me ofrece mi propio pensamiento.

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Martes, 28 de Julio 2015 - 16:00
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