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Notitas de un viaje del yang al yin: 4. Los cantiles del Todopoderoso

Cliffs of Moher, County Clare, Irlanda – En el oeste de Irlanda, las partes que miran al mar ofrecen vistas inmensas, variadas, a veces salvajes. Por algo la llaman algunos Wild Atlantic way si en los 1,600 km que mide la costa desde Derry, Irlanda del Norte, hasta la importante ciudad sureña de Cork.

En esa costa atlántica se puede practicar el surf y encallan naves víctimas de tormentas, se puede tomar el escaso sol sobre rocas o grava o arena, apreciar espectaculares vistas, vivir enamoramientos, hacer preciosas fotografías, animar películas, y apreciar algo inusual para el detestador del calor tropical que esto escribe: un mar frío, donde se agradece llevar bufanda y un sombrero o gorra de Donegal Tweed, mi lana favorita, fabricada en County Donegal, al norte de Irlanda.

Debo reconocer que ese clima, ese mar, ese viento frío que ataca mi cara y echa a perder el precario peinado que haya logrado conseguir en mi más que precaria cabellera, es el clima que más me cuadra. No sólo eso. Me identifico con mucho del carácter de Irlanda o Escocia, y de Inglaterra (salvo su política y sus grandes finanzas, hermanas siamesas feas e indistinguibles). Creo que, así como la Isla Esmeralda se equivocó de región al ubicar a esa gentilísima población irlandesa tan lejos del Mediterráneo, yo nací en un lugar equivocado donde abunda la gente a la que le gusta el calor. Mi querida patria tiene poco que ver con mi carácter. Numerosas veces me he preguntado por qué, o para qué, nací en México…

En esa zona atlántica vi por primera vez el Atlántico irlandés, en un balcón carretero que se asoma al mar cerca de Clifden, en Connemara, County Galway. Es un paraje evicador para el mejor guía que pudimos tener en Irlanda, país importante en la vida de un primo-sobrino, doble compadre, maestro, y sobre todo, amigo. Nos llevó él a Irlanda con dos de sus hijos, ahijados nuestros ambos y sacerdote uno de ellos, hijos de una dublinesa. Mucho de lo que pongo en esta pequeña ayuda de memoria de un viaje inolvidable cuyos detalles no quiero olvidar, se lo debo a ellos. No me pude haber imaginado mejor y más agradecible compañía para un periplo tan significativo como el festejo de 40 años.

Son paisajes donde se columbran escenas inmensas desde carreteras bordeadas de flores (es apasionante ver cómo en Irlanda abundan las flores, pequeñas, coloridas, delicadas, en los campos y especialmente en las ciudades), con juegos de sol y nubes especialmente apreciables para quien tuvo la fortuna de encontrar un clima fuera de serie, a veces hasta con algo parecido al calor.

En 1970 vi la buena película La hija de Ryan, de David Lean. Ocurre en 1916 en un poblado del County Kerry, al suroeste de la isla. Rosy Ryan (Sarah Miles) está casada con un aburrido maestro (Robert Mitchum) que ama la música de Beethoven pero su esposa se enamora de un mayor del ejército inglés, en un pueblo que detesta a esos invasores y apoya a la Irish Republican Brotherhood (IRB). La trama es lo de menos para lo que quiero evocar aquí: los paisajes y el jugo que les sacó el excelente camarógrafo. Recuerdo vivamente que el padre Collins (Trevor Howard) ver unos macizos de nubes que se abalanzaban sobre unos tremendos cantiles, y decía al presenciarlos “parece que estuvieran anunciando la llegada del Todopoderoso”.

Es buena idea pensar en el Todopoderoso cuando se aprecian ciertos paisajes irlandeses. No he vuelto a ver esa película pero bien pudo esa escena haber sido filmada en unas montañas que caen casi verticalmente al mar desde una altura que llega desde 120 hasta 214 metros sobre él; más que la Torre Latinoamericana. Y esos tremendos cantiles se alzan a ambos lados de un pequeño golfo de piedras rocosas y aguas multicolores. Imposible que los clavadistas de La Quebrada pretendieran una hazaña como echarse desde ellos, pues caen casi en vertical sobre el mar pero con destino en aguas llenas de rocas; a la entrada hay un monumento a las numerosas víctimas de los acantilados de Moher.

En una parte alta de esas montañas se alza una redonda torre de vigía, como varias que se ven en diversos puntos de la costa. Es una de las Martello Towers, sistema de vigilancia de las costas construido por los ingleses para protegerse de una invasión (fueron termiandas cuando temían la llegada del Adolf Hitler del siglo XIX, Napoleón). Todas ellas estaban suficientemente cercanas para poder mirarse de una a otras dos. Aparecen frecuentemente en los viajes cercanos al mar.

Y hablando de torres, en cualquier parte de este país aparece un castillo medieval o un palacio o las ruinas de una abadía, cuando no un monumento prehistórico megalítico con menhires o dólmenes. En el camino a Moher está el castillo de Dungaire, del siglo XVI, donde se ayudan para mantenerlo organizando comidas “medievales” donde seguramente sirven platillos muy interesantes pero con papas y jitomates, que en el medioevo no existían… No sé si esté siendo injusto en mi muy probable infundio porque los muy serios precios para tal atracción sin duda atraerán a los más insidiosos e incultos turistas: los chinos. Para unos viajeros como nosotros (no somos turistas, vámonos respetando), ese banquete resultaba prescindible.

Los castillos o palacios suelen bordear lagos a veces inmensos, o entradas de mar (rías o fiordos) a veces tan entrantes, hasta 30 km, que no es fácil distinguirlos de los lagos a menos que se pruebe si el agua es dulce o salada. Y lagos los hay en todas partes, con nombres en gaélico difíciles de retener.

Un notable palacio, enteramente victoriano, es el suntuoso Wylemore Abbey, en una región fértil de Connemara, County Galway. Mucho más bonito que el inmediato correlato que asalta a la memoria, el televisivo Downton Abbey. Éste está a las orillas del Pollacapall Lough (lago Pollacapall) con juncos en las orillas, aguas tranquilísimas y posibilidades sensacionales de fotografías que evocan una combinación de majestad yang con serenidad yin. Además el lugar está al pie de unas montañas altas.

Difícilmente podía concebir algo más suntuoso en Irlanda. Lo hizo un verdadero burgués, ese tal Mr Henry, a partir de 1867, cuando en México estaba siendo fusilado el emperador Maximiliano I (suceso que nada tiene que ver con un superpalacio inglés en Irlanda pero me gusta ubicar con referencias históricas).

Además de albergar 70 cuartos, 33 dormitorios y ¡4 baños, vaya costumbres higiénicas! el enorme terreno tiene una igual de enorme capilla neogótica de las que tanto gustaban en esa época, y un evidentemente enorme jardín victoriano, con todo y su Crystal Palace, género que se puso de moda en toda Europa a partir de la Gran Exhibición de 1851 en Hyde Park, Londres.

Esos grandes señorones ingleses no se andaban con modestias. Pero tampoco eran muy modestos a la hora de acudir al tapete verde, porque eventualmente Mr Henry le vendió su palacio al duque de Manchester y éste a su vez tuvo que venderlo para pagar deudas de juego. Ecos de mis recientes comentarios sobre Las Vegas y sobre ese gran aniquilador y redistribuidor de fortunas que son los juegos de azar, contra los que mi sabia madre hizo tan bien en prevenirme.

Eventualmente, luego de la gran tragedia de la Gran Guerra, que trastocó al mundo por todo un siglo, y ya con una Irlanda independiente, los monjes benedictinos tomaron posesión de ese palacio y allí siguen.

Hablaba de la suntuosidad en Kylemore Abbey pero no antes de ver el Ashford Castle, vecino a nuestro centro de control en la impecable, pequeña, caminable y amable ciudad de Cong. Colosalmente grande, de piedra muy oscura, con orígenes que van hasta principios del siglo XIII, y que a mediados del XIX compró nada menos que Benjamin Guinness, nieto de Arthur, ese gran hombre que desde 1770 se convirtió en benefactor de la humanidad como fabricante de la mejor cerveza del mundo (un producto tan bueno, que varios irlandeses dan ese black stuff como alimento a sus hijos, y madres embarazadas la beben para que su hijo salga más rollizo y saludable). Ese prohombre hizo un castillo realmente espectacular, grandísimo y lleno de plantas y árboles variados, con ese empeño naturalista que caracterizó a la cultura victoriana. Un verdadero latifundio, con pastos delicadísimos y a las orillas del Lough Corrib, muy cerca del Lough Mask. Esta fértil región está tapizada de lagos.

Conservan tal lujo los nuevos dueños del Ashford, hoy hotel de quién sabe cuántas estrellas adonde llegan pequeños cruceros fluviales recibidos por un gaitero escocés y atendidos por ujieres de librea verde que se deben sentir como monos de circo (de los que prohibió el egregio Partido Verde) al ser retratados por los visitantes. Por módicos superprecios estás disponible para hospedarse allí, o para tomar un high tea a partir de las cuatro de la tarde.

Frente a tal lujo conviven los restos de la abadía de Cong, que data del siglo XIII, con sus parques y puentes y entrantes de agua, y especialmente algo que jamás había visto: en una como islita sobre el río, y comunicada por un puente de dos inmensos bloques de piedra, una cabaña de piedra con un par de pequeñas ranuras en el suelo sobre el río, para que los ermitaños o monjes que la habitaban pudieran tirar una línea y desde allí obtener su alimento y cocerlo en un espacio donde había un quemador para leña con su chimenea. No debe haber sido por flojos sino para que la salida al mundo, y al frío, no los distrajera de sus oraciones. Vaya contraste de esa primaria y primigenia modestia monacal, con la suntuosidad de los castillos y fortalezas que merodean en el vecindario.

En la pequeña Cong, en 1950, ese vaquero con horrible acento texano llamado John Wayne filmó con Maureen O’Hara la película The quiet man, que hasta su museo tiene, y una escultura de bronce del Wayne descendiente de irlandeses cargándola. Todo eso, rodeado de lo que abunda en paredes y banquetas y puentes y comercios y parques de toda ciudad chica o grande o mediana de Irlanda: macizos de pequeñas flores multicolores, perfectamente cuidadas y mantenidas, en macetas sobre la calle, en las entradas de las tiendas, o colgadas de atriles de fierro de pubs y de restaurantes y hasta de gasolinerías. Flores y flores y flores, y después de esas flores, más flores.

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Fecha: 
Lunes, 31 de Agosto 2015 - 18:00
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"Tras el Grito"

Titulo: Tras el Grito

Autor: Johan Hari

Editorial: Paidós

“Las leyes contra la droga, causan más daño que la propia droga”
Johan Harari

¿Qué tienen en común el ex Presidente de México Vicente Fox y Johan Harari el autor de este libro polémico como fascinante? Que ambos buscan la legalización de las drogas blandas y el fin de la espiral de la violencia que ha vertido infinidad de ríos de sangre y tinta.

El autor, periodista de The Guardian, escribió un libro donde nos muestra el verdadero rostro de la guerra contra las drogas, iniciada hace un siglo por un puritano de nombre Harry Aslinger (1872-1975), titular de la Oficina Federal de Estupefacientes (y no por Nixon, como comúnmente se cree), quien desde 1920 inició una cruzada contra las drogas, anatematizando a los consumidores, tildando a las drogas como “armas de los negros e hispanos para dominar a la nación blanca americana”.

Bajo esta premisa, Aslinger después de que acabó la llamada “Ley Seca” fue nombrado titular de una dependencia casi sin presupuesto encargada de vigilar la comercialización de las drogas que hasta antes de 1914 se podían adquirir en las boticas y establecimientos de toda la Unión Americana.

Gracias a su campaña racista (similar a la de Donald Trump) al decir que la razón principal por la que luchaba contra el comercio de las drogas era porque “los negros, los mexicanos y los chinos las consumían, olvidando su lugar en la sociedad y atentar con ello contra la sociedad blanca”, inició una campaña sangrienta, que sigue arrojando muertos, en todo el orbe, sin que la espiral de la violencia llegue a su fin, al criminalizar a los adictos (como a la cantante de jazz Billie Holyday, a quien acosó hasta su muerte) y relegarlos de la sociedad, tal como lo hacían en el medioevo con los leprosos.

La persecución iniciada bajo su égida, era tan burda y absurda como ”perseguir a enfermos de diabetes sólo por consumir insulina”, llevando al lector a un viaje periodístico a lugares como Portugal, donde la penalización de las drogas fue abolida en los 90s y los enfermos son atendidos y asistidos para integrarlos a la sociedad exitosamente, logrando que la tasa de adictos del país luso, sea una de las más bajas de la Unión Europea, o Nueva York donde la lucha iniciada por un adolescente ex adicto de la banda “Souls of Mischief” logró que los centros de detención a menores fueran abolidos, circulando en sus página otros personajes que el autor entrevistó “in situ, haciendo que su obra sea referente para acabar con ésta guerra absurda orquestada por los Estados Unidos.

Como decía Einstein “Es un tonto el que hace lo mismo esperando resultados diferentes” y tal parece que un siglo de penalización de las drogas, han demostrado que la guerra contra ellas ha arrojado más mal que beneficios, demostrando con los hechos que los millones de recursos destinados para ella, serían más benéficos si fueran destinados para la educación y no para la persecución.

El autor nos cuenta la odisea de la activista Marisela Escobedo, quien murió buscando el castigo para el asesino de su hija, quien fue ultimada por su pareja, quien al pertenecer al Cártel de los Zetas, tenía la impunidad que da la corrupción en un gobierno donde la autoridad no hace indagación alguna, al grado que la activista fue asesinada arteramente frente al palacio de gobierno, sólo por exigir justicia en un país plagado de  funcionarios corruptos, donde la  narco política es la letra de cambio.

La violencia, tan vendida y pregonada en los medios masivos, es producto de la lucha entre bandas rivales, quienes a sangre y plomo, buscan imponer su hegemonía en tan lucrativo negocio, cuyas jugosas ganancias desaparecerían sí las drogas fueran reguladas por los gobiernos que las sancionan y persiguen.

Las drogas son una vía de escape para personas que buscan olvidar sus penurias o que buscan la recreación y la satisfacción que dan a quienes las consumen, llegando a demostrar que hay muchos adictos a la cocaína y otras drogas que son funcionales para la sociedad (como Sigmund Freud) y que han dado al mundo obras literarias sublimes como los poemas de William Blake y Aldous Huxley  por citar algunos.

La guerra de las drogas, iniciada por EEUU además de ineficaz y racista (al encerrar a negros e hispanos), ha demostrado que es un excelente pretexto de su gobierno para mandar a todo el orbe a agentes para so pretexto de erradicar las drogas, se inmiscuyan en asuntos internos y presionar a los gobiernos para que sigan las directrices de Washington, haciendo que la frase del ex mandatario Felipe Calderón “Ellos ponen los adictos, nosotros los muertos” sea una cruda realidad.

Pero no todo es negro, ya que hay una luz al final del túnel y se ha dado en países como Uruguay, donde su ex presidente Mujica legalizó la marihuana con fines medicinales y recreativos, Bolivia donde Evo Morales legalizó el consumo de la ancestral hoja de coca, o como Holanda, donde sus picaderos son el ejemplo de cómo se pueden inyectar adictos en lugares específicos bajo supervisión, en lugar de hacerlo en lugares públicos o en lugares lúgubres.

También en la propia nación americana se han dado visos de hartazgo, en ciudades como California, donde hay cafeterías donde los adictos pueden consumir sin ser perseguidos, o como el estado de Washington, donde la cruzada la inició un adicto al cannabis, quien acusó al alcalde propietario de una cervecería, al demostrar que había más muertes y violencia gracias al alcohol que al uso de la marihuana.

Paradójicamente, como nos dice el autor, los narcotraficantes son los principales opositores a que se legalice la droga, ya que por obvias razones perderían el monopolio de su distribución y las jugosas cantidades que este negocio proporciona a sus integrantes, sumas que harían languidecer al mismo emperador Creso, famoso por su riqueza en la antigüedad.

Prueba de lo anterior, fueron los ataques perpetuados por cárteles a los centros de atención a adictos en Ciudad Juárez en 2008, donde comandos armados atacaron y asesinaron a los jóvenes que se encontraban en  tratamiento.

Al igual que el alcohol al legalizarse finalizó con las mafias distribuidoras de etílicos de mala calidad, de legalizarse las drogas blandas (cannabis, cocaína y heroína), los cárteles perderían el mercado y por ende, desaparecerían al no contar con los inmensos ingresos que han hecho que barones de la droga como Pablo Escobar y mediático Chapo Guzmán creen Estados paralelos que rivalicen en poder con los gobiernos electos.

La solución está a la vista de todos. Las drogas que destruyen, son la basura como el crack y el Krokodril, que además de dañar el cuerpo de los adictos, engancha a los jóvenes y los lleva a la perdición y a la violencia.

En fin, la guerra contra las drogas ha demostrado ser una falacia y una guerra perdida, una guerra que sólo va contra aquellos que no pueden pagarse un abogado, destacando que no es la droga la que provoca una conducta nociva, sino el ambiente, ya que como dice el autor; “La adicción no es una enfermedad. Es una adaptación. No está en ti, sino en la jaula en que vives”.

Un libro polémico que nos hará ver el infierno de las drogas desde otra perspectiva. Una obra que nos invita admitir que “la guerra contra las drogas, ha sido y es un completo desastre”.

 

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Fecha: 
Viernes, 28 de Agosto 2015 - 16:00
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Seis fotografías textuales que revelan la obra Retrato involuntario de Marina Azahua

“La fotografía es violenta no porque muestre violencias, sino porque cada voz llena a la fuerza la vista y porque en ella nada puede ser rechazado ni transformado” con esta cita de Roland Barthes inicia Retrato involuntario (Tusquets. 2014) de la ensayista, narradora y traductora mexicana Marina Azahua.

Ya de inicio, desde la propia portada, Marina Azahua advierte al lector sobre el otro lado, sentido, desde el cual pretende desvelar, la parte oscura de la fotografía; es decir, aquello que se le escapa al lente. Abre el debate con la leyenda siguiente: “el acto fotográfico como forma de violencia”.

Tal violencia es el misterio que queda fuera del cuadro, de la imagen, pero que, una vez nos enteramos del contexto de la fotografía, resulta muy revelador, y en muchos casos, perturbador pues muestra el antes y después de la foto que aparentemente se ve tan neutral, en un estado de quietud inocente.

El libro intenta precisamente revelarnos el revés de la fotografía, como por ejemplo en uno de sus capítulos donde aborda el tema del conflicto, en 1960, entre franceses y argelinos, una de las preguntas que se intentan responder, a través de lo que cubre lo no expuesto en la fotografía concreta, es ¿cuál fue el contexto en que se realizaron los retratos de las mujeres argelinas a las que se expuso con el rostro desnudo, obligadas por los franceses a perder su sagrada identidad, su protección, el haik que en sí mismo es “su segunda piel”?

Es decir, Retrato involuntario es un libro de contextos que a la misma vez reflejan los diversos usos que se le pueden dar a la fotografía. Las distintas formas en que funciona la cámara fotográfica siempre manipulada por el hombre. Me refiero a que deja claro, en algún momento, que la foto en sí es ambivalente y la exculpa, no así al que aprieta el gatillo: el hombre, éste que muta invariablemente con cada gatillazo de su cámara.

El hombre como paparazzi, el hombre como conquistador, el hombre como verdugo, el hombre como individuo superior, el hombre como testigo de linchamientos, el hombre como embalsamador, el hombre como ladrón de almas, el hombre como retratándose a sí mismo en toda su naturaleza.

La obra ataca y presenta al hombre y su contexto gracias a una de sus mayores armas: la fotografía.

Para bien o para mal e irónicamente, la fotografía no solamente presenta al retratado o equis situación sino que desenmascara al hombre, lo revela y esto es una forma de devolver la bala al que vendía como suvenires, por ejemplo, sus fotografías de negros colgados en árboles en el sur de Estados Unidos. Negros linchados por los blancos donde éstos posaban tranquilamente ante el cuerpo del desdichado.

La fotografía es también la historia del hombre, el recuerdo perenne de lo que puede significar también la naturaleza humana.

Retrato involuntario es una serie de seis fotografías (capítulos) reveladas que se vuelven nítidas y claras de cara al lector.

Es una obra que se presta al debate, al diálogo, a la confrontación. Invita, de igual manera, a tomar una posición contraria a la obra, si se quiere, para defender no a la fotografía, sino al hombre.

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Fecha: 
Viernes, 28 de Agosto 2015 - 18:00
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Dueños del Paraíso: El Narco se pone retro

Cuando pareciera que en el terreno del entretenimiento no hay nada nuevo qué aportar, la nostalgia suele ser un buen recurso.

Lo vemos constantemente en la industria musical y en el cine, donde la fórmula de actualizar viejos éxitos o realizar “remakes” de películas exitosas ha sido una estrategia recurrente para atraer a las nuevas audiencias. Fórmulas repetidamente probadas con nuevos envoltorios…

En el campo de las telenovelas, que otrora fuera uno de los puntos fuertes del monopolio televisivo mexicano, parece ser que la creatividad ya quedó agotada desde hace varios años. Es por ello que ahora me ha llamado la atención la estrategia seguida por Telemundo Studios Miami para tratar de innovar: aprovechar la coyuntura de un tema de moda para mezclarlo con elementos de nostalgia y crear así un producto nuevo.

“Dueños del Paraíso” es una telenovela producida en el vecino país del norte que entremezcla dos elementos interesantes: por un lado, el reciente auge del género de las “narco-novelas”, es decir, melodramas donde los protagonistas son narcotraficantes o sostienen romances con ellos (verbigracia “El Señor de los Cielos” o “Las Muñecas de la Mafia”), con un atractivo adicional: se encuentra ambientada a finales de la década de los 70.

Se trata de una historia que hasta cierto modo entra en los clichés tradicionales de la telenovela latinoamericana. Su protagonista, Anastasia Cardona (interpretada por la mexicana Kate del Castillo) es una mujer de origen humilde, que logra ascender económicamente al casarse con un narcotraficante. Sin embargo, dicha unión marca su destino, al ser víctima de la violencia y las venganzas entre bandos rivales. Tras la muerte de su marido, Anastasia decide abrirse paso en el mundo del tráfico de cocaína al precio que sea.

La producción cuenta con un reparto internacional, con actores y actrices conocidos ampliamente en distintos países altamente consumidores de teledramas: México, Chile y Venezuela. Su reciente distribución a través de la plataforma digital Netflix amplió su penetración a otros mercados.

A pesar de que la historia podría parecer repetitiva, es de reconocer el esfuerzo de la producción en lo referente a la ambientación de época: vestuario, peinados, mobiliario y vehículos que reflejan con veracidad la época. La producción cuenta con varias tomas en exteriores, que seguramente requirieron de trabajo adicional.

Para el público adulto, resulta particularmente interesante adentrarse en la idea de cómo se movía el mundo de la delincuencia organizada antes de la era de la internet, los teléfonos celulares y las redes sociales. Millones de años luz separan a los imaginarios traficantes que aparecen en esta serie de la subcultura de los “narco juniors” mexicanos que presumen sus lujos y excesos en Twitter o Instagram.

¿Qué otras temáticas valdría la pena recrear en ambientes retro?

Podrían ser ideas maravillosas para nuevos proyectos.

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SOUNDTRACK PARA LA LECTURA

Lucía Adúriz Bravo (Argentina) “Dueños del Paraíso”

 

Hector Lavoe (Puerto Rico) “Juanito Alimaña” 

 

Two Man Sound (Bélgica) “Capital Tropical” 

 

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Jueves, 27 de Agosto 2015 - 16:30
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Columnas:

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Historia de una fotografía

El fin de semana viajamos de la ciudad de Mons (Bélgica) a París. Llegamos al medio día. Visitamos el Café de Flore. Pasamos la tarde en el Batobus, un barco que hace amplios recorridos a lo largo del Sena. A las once de la noche, regresamos. El extrarradio de París es pobre y feo. En los semáforos había gente pidiendo dinero. Como mexicanos estamos acostumbrados a dar dinero a esas personas. En Bruselas y Lille habíamos visto a gitanos y otras minorías hacer lo mismo. Pero no imaginábamos encontrar lo mismo en París. No a las once de la noche y menos a un niño de unos once años de radiante sonrisa que, al leer la placa de nuestro automóvil, nos preguntó : «ça va La Belgique? (¿Todo bien en Bélgica ?)». Lavó el parabrisas. María Teresa y yo buscamos monedas por todas partes. No llevábamos dinero en efectivo con nosotros. Ella bajó la ventanilla y le dijo: «Je suis desolée, chéri. Je suis vraiment très desolé (lo siento, cariño ; verdaderamente, lo siento mucho)». La mujer que aparece detrás, en la imagen, podría ser la madre del niño. Tal vez era un niño turco o marroquí. Quizá, rumano. Podía ser de cualquier parte. El niño le pidió a María Teresa que subiera el vidrio de su ventanilla. María Teresa parecía desorientada. «Remontez-la! Remontez-la! ( ¡Súbalo! ¡Súbalo!)», le decía. Finalmente, ella lo subió. El niño, con el utensilio que tenía para limpiar las ventanillas de los coches, le dibujó, hábilmente y con una gran sonrisa, un corazón de agua y jabón sobre el vidrio. El semáforo se puso en verde. Avanzamos. La sonrisa del niño se fue borrando conforme nos marchamos. A María Teresa se le escurrieron las lágrimas. Algunos kilómetros más adelante, me dijo : «Nunca voy a olvidar esto. Jamás voy a olvidar la lección que me dio ese niño». 

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Miércoles, 26 de Agosto 2015 - 16:00
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Atrapador de Gallinas

Una persona no se atreve a enfrentarse a los demás porque quiera conquistarlos, se atreve porque hay mucho más que sueños en el corazón, porque no sabe la diferencia entre su vida y las otras, porque no conoce el precipicio donde pudieron haber caído muchos. Mantenerse alejado por temporadas o durante toda la vida de las cosas superficiales, de la tecnología, las novedades, la moda y quedarse rodeado únicamente de amigos y familia, hace que una persona se atreva a caminar un poco más lejos solo por ver lo que hay al otro lado, por curiosidad, sin expectativas.

La sencillez de una persona que no sabe de poses ni estereotipos, alguien que atrapa gallinas en los graneros para ganar el sustento de su familia y espera el atardecer después, sentado en las maderas a la entrada de su casa, enseñándose a sí mismo a tocar la guitarra, atrapar también palabras y momentos para regalar música e inventar sus propias canciones.

Se atreve a enfrentar monstruos porque le parece que será divertido, no sabe que se puedan reír de él, no sabe que su forma de hablar y vestir no es la indicada y no sabe que su físico no encaja en la modernidad. No sabe que lo juzgarán por todo eso, porque él no sabe etiquetar a nadie, él solo sabe cantar y quiere cantar en el foro de concursos que sus amigos y su familia le han señalado.

Mucho nos enseñan las personas que tienen poco que se vea porque sus riquezas no se tocan, sus riquezas se sienten. Yo no sé tantas cosas y no sé suficiente de mi vida, de las vidas de los demás, no tenía idea que existiera por ejemplo, el trabajo de atrapar gallinas que hace Kevin Skinner en su natal Mayfield, KY.

Por eso me gusta la gente que parece lejana, ausente, solitaria, abandonada y hasta triste. Esos a los que fácilmente se les llama “pobres”, “ignorantes”, “vagabundos”, “antisociales”, “sucios”, “amargados o acomplejados”. Me apeno delante de ellos porque existe en mí la necesidad de recordar la esencia del ser humano y la única forma de rescatar lo que olvido por andar viviendo en la jungla de concreto, cables y conexiones, es tomarlos de la mano y sentir su riqueza, recordar la mía.

La historia de Kevin Skinner no es la única en el mundo, no es la única que se conoce, existen millones de historias de personas como Kevin que son simplemente felices con lo que tienen, con lo que son, con lo que les toca vivir, quizá un día triunfen de la forma que el mundo conoce y tengan en la mano la riqueza material y nunca lo sabremos. Quizá se queden viviendo así, sencillamente bien sin necesidad de conocer más.

La modernidad también indica dentro de su libreto, que alcanzar el sueño se traduce necesariamente en fama y fortuna, y a veces pasa. El problema es que se llega a pensar que caminar para conseguir el sueño, significa hacerse millonario, y a veces pasa. ¿Y cuando no? Si la meta era solamente dinero a cambio de talento, la frustración lleva a ese precipicio que Kevin Skinner no conoce.

En el concurso de talentos (America’s got Talent 2009) https://www.youtube.com/watch?v=vYtDEFDtIc4 se rieron de Kevin, le criticaron su forma de vestir y de hablar, tenía además de su guitarra y su voz, la ventaja de no conocer a la sociedad de concreto y piedras, entonces nada de eso le importó.

No sabe cuántos tipos de trabajo existen en el mundo, no tiene idea de cuántas carreras académicas existen en las escuelas.

Los amigos de atardeceres lo impulsan porque creen en él y él solo se divierte, los escucha y se anima a concursar un poco por darles gusto, un mucho por atreverse.

De tener en sus manos un puñado de gallinas a atrapar un millón de dólares como premio no lo cambia, regresa a los escalones de su casa a abrazar a su familia y a compartir el dinero entre sus amigos y su gente.

Graba discos, crea sus propias canciones, hace conciertos y conoce personalidades del mundo de la música, no se preocupa por la educación académica de sus hijos, entre tanta fama tuvo también tiempos de confusión y después de todo Kevin Skinner sigue siendo el mismo granjero de siempre, con algo de dinero en el bolsillo.

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Fecha: 
Martes, 25 de Agosto 2015 - 16:00
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Sin ‘peros’ por favor

Las grandes novelas, los estudios, estadísticas y las conversaciones comunes todas van acompañadas de un ‘pero’ cuando en realidad no les hace falta.

conj. advers. Enlace que une dos oraciones o sintagmas cuyos significados se contraponen, se restringen o se limitan.Pero, Hija de Neleus, rey de Pilos

Cuando existe el ‘pero’ la conversación tiene una continuidad y se sigue la idea, los pensamientos se construyen de ideas y el vocabulario los comunica,  hablar por hablar y escribir por lo mismo puede no ser relevante hasta que se atraviesa un ‘pero’, uno que invariablemente tiene connotación negativa y además es una condicionante subliminal que no permite el acceso libre a una idea equitativa.

Decir ‘pero’ sin escucharlo es también una potente muletilla que cabe en todos los espacios vacíos de la conversación y aun cuando el ‘pero’ sea utilizado como nexo sigue siendo una sutil negativa. “El documento es interesante, ‘pero’ le falta información” Desde conversaciones comunes diarias y en grandes conferencias los ‘peros’ abundan como frenos invisibles que no dejan crecer a la comunicación acertada.

Ejemplos existen tantos como se quiera imaginar, entre los más simples y muy significativos están los dirigidos a los niños y que muchas veces invalidan su sentido común y de lógica, algo así como decirle que su éxito del día en verdad no lo es tanto: “te felicito por el gol en el partido, pero rompiste el pantalón”  “Me da mucho gusto que sacaste 10 en matemáticas pero platicaste mucho en clase” “Tienes permiso de ir con tus amigos pero regresas temprano”  “Te quiero mucho pero me haces enojar”  

Y los comentarios acerca de cosas y personas se condicionan de la misma forma: “Es muy buena persona pero habla mucho” “La empresa se congratula por el premio pero tenemos que seguir trabajando” “El gobierno está en marcha pero falta mucho por hacer” “Qué bonito día pero va a llover más tarde” “Lo estás haciendo muy bien pero tienes que leer más” “Las vacaciones estuvieron muy divertidas pero llovió mucho” “Está bonita su casa pero es muy chiquita”

Si a las simplezas anteriores  se les cambia el ‘pero’ por una ‘y’, la dirección y la expresión se concretan equitativas, entonces vale tanto la intención como el complemento, de la misma forma pasaría con los importantes discursos y conferencias. -Regrese a los ejemplos señalados quite el ‘pero’ y lea de nuevo, la diferencia es clara-

“No hay pero que valga” reza el dicho y significa que no se permite el ‘pero’ como excusa para no seguir una indicación: “cumple con tu tarea y no quiero peros” aunque ni siquiera la orden requiere el ‘pero’

Todos los ‘peros’ minimizan y le restan importancia a las ideas centrales, el ‘pero’ funciona como advertencia o descrédito en cualquier aspecto. Buscando en los grandes discursos y en todos los idiomas existe el ‘pero’ sin necesidad, ni la retórica ni la dialéctica indican que se deban incluir ‘peros’. Hay ocasiones en que, ni el ‘pero’ ni el complemento son necesarios “lo estás haciendo muy bien” “ve a limpiar tu cuarto”.

En la costumbre del lenguaje hablado son tantos los ‘peros’ que si se eliminan la conversación en tiempo se reduce, sea por eso que son necesarias tantas muletillas a falta de vocabulario o ideas y en la costumbre, tanto en el lenguaje hablado o escrito es tan sencillo como cambiar los ‘peros’ por una ‘y’ una coma, o de ser absolutamente necesario ‘no obstante’ o ‘sin embargo’ y estos funcionan para completar o agrandar la idea principal.

¿Cuántos peros se encontrarían en el día si la atención se centra en el habla? Y ¿Cuántos de esos se pueden eliminar? ¿Cuántas veces se dice ‘pero’ diariamente?

El pensamiento acelerado y las ideas recurrentes, la urgencia de comunicar y la necesidad de extender la conversación no permiten razonar o analizar cómo se están diciendo las cosas y lo mucho que se puede estar condicionando una acción.

Pensar lo se escribe, escuchar lo que se dice, vocalizar, articular y pausar la palabra antes de invalidar la importancia de las comunicaciones con un ‘pero’ es un entrenamiento diario. Deténgase al hablar y piense, deténgase a pensar y hable.

‘Pero’ si usted cree, después de todo que solamente incluyendo ‘peros’ su lenguaje puede funcionar como de costumbre, entonces puede empezar por invalidar la percepción que por costumbre tiene de progreso en su vida.

Y, a menos que sea usted Bias y que tenga  que traer cierto ganado en poder de un príncipe en Tessalia para conquistar el corazón de Pero es que puede decir tranquilamente “Pero me está esperando”.

Por lo demás un ‘pero’ siempre sobra. 

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Viernes, 21 de Agosto 2015 - 18:00
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Hotel Regis

Autor: Sergio Peralta Sandoval

Editorial: Diana

"En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta.”
Carlos Fuentes

Un libro para nostálgicos, que nos transportará en sus páginas a épocas y personajes que dibujaron la otrora ciudad de los palacios.

Peralta nos cuenta las historias de quienes hicieron de éste hotel insigne, una leyenda y un ejemplo de hospitalidad y servicio, digno de reyes y duques.

Por sus habitaciones de lujo y buen gusto transitaron políticos, escritores y actores de la época del cine nacional e internacional. Frank Sinatra, Elvis Presley, Richard Nixon, Cantinflas, María Félix y un innumerable etcétera, hicieron de éste lugar punto de referencia para bohemios, dandis y  hedonistas por igual.

El lujo y el buen gusto hicieron de éste hotel, la meca de todo aquel que quisiera ser visto y llegar a ser alguien, al grado que su propietario Anacarsis Peralta Díaz Ceballos (a) Carcho llegó a tener derecho de picaporte con Presidentes y políticos, haciendo que el Regis fuera la antesala del poder desde su creación en los locos años veintes.

Lamentablemente, éste ícono que abrió sus puertas en 1913 y para 1922 ya contaba con el primer sitio de taxis de la ciudad, trunco su existencia en uno de los desastres naturales que sacudieron a la otrora muy noble y leal Ciudad de México.

Sus baños (donde los personajes que forjaron el México moderno hacían política y destapaban Presidentes) así como sus centros de espectáculos (El Capri y la Taberna del Greco), donde el flaco de oro, Agustín Lara tocaba y hacía las delicias de los afortunados que lograban tener un lugar en tan exclusivo enclave.

Pero como todo inicio tiene un final, un temblor fatídico derrumbó a este coloso quien desde sus cimientos colapso en aquel fatídico 19 de septiembre de 1985, siendo su imagen derruida un ícono en la psique de los capitalinos que caminamos esta gran urbe llamada México.

El autor nos cuenta como la tragedia trajo la desgracia al momento en que el gobierno expropio el predio, sólo para hacer una plaza deslucida llamada de “La Solidaridad”.

Un libro que nos llevará a un México que ya no existe, pero cuyo legado pervive en muchos corazones.

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Viernes, 21 de Agosto 2015 - 17:30
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La importancia de preservar nuestra cultura

El peligro de desdeñar la cultura no solamente concierne a aquellos involucrados directamente en las artes sino a todos.

La importancia de conservar y apoyar las iniciativas culturales es vital para seguir sosteniéndonos no sólo como individuos, sino para preservar nuestra identidad.

Tal identidad es la que nos diferencia de esa otra parte del mundo que igualmente se preocupa y ocupa de sostener sus características que los hace únicos.

Podemos irnos al concepto de ser latinoamericano. ¿Qué es aquello que nos hace ser Latinoamericano? ¿Únicamente el idioma o por la diversidad de lenguas nativas de cada país?

Ser latinoamericano engloba una serie de elementos de mucho peso que nos distinguen, en buena o mala medida, de los demás actores del mundo, como puede ser la pobreza, desesperanza, pocas oportunidades de trabajo, sobreexplotación laboral; la insistencia en creer en un gobierno paternalista, nuestras creencias, las formas que tenemos de resolver problemas, nuestras revoluciones, el sufrimiento humano, el nivel de violencia, la sangre del narcotráfico; el sistema educativo fallido, y ¿por qué no?, también los sueños y los anhelos por conseguir ser algo que, pensaría Descartes, tenemos negado por simple naturaleza.

Esas son unas cuantas características que compartimos los latinoamericanos. Y lo sabemos por medio de la historia, de los libros, del arte, de nuestra artesanía, de las civilizaciones precolombinas, etcétera.

Conservar y seguir desarrollando nuestra cultura es fundamental para nuestro crecimiento y conocimiento de nosotros como seres que vivimos en sociedad.

Hoy el tiempo es negro, mucho por esa pérdida cultural que tenemos y padecemos.

Sí, es un mundo globalizado, pero tal serie de elementos que funcionan a nivel global, deben de adaptarse a nuestro estilo de vida y forma de pensar; es decir, de nuestra cultura.

No podemos ser totalmente materialistas, porque en esencia no lo somos. Todavía volteamos al cielo para encontrar respuestas.

Es día en el que se venera a una Virgen de Guadalupe donde Octavio Paz vio a Tonantzin: “Madre de dioses y de hombres, de astros y hormigas, del maíz y del maguey (…) fue la respuesta de la imaginación a la situación de orfandad en que dejó a los indios la conquista”.

Gran parte de nuestro deterioro como sociedad tiene que ver con el hecho de no haber aprendido a adaptar costumbres extranjeras a las nuestras, sino que las quisimos e impusimos con calzador.

El problema del querer ser, del culto a la posesión de lo material, el apegarse a las ideas delirantes de futuro; es decir, todo el sistema capitalista y cosificado que prevalece en la actualidad, y desde el cual se puede ensayar sobre la motivación de, por ejemplo, los involucrados en el narcotráfico (dejando a un lado las circunstancias de pobreza y de maldad), tiene que ver con esa pérdida de valores que se han ido erosionando con el paso de los años.

Sí, nuestra historia está llena de sangre con nuestras guerras intestinas, civiles, independentistas, revolucionarias, etcétera, pero la pregunta es, ¿cuál ha sido el motivo de éstas? Válidas en su mayoría, pues había una razón que competía a nuestra cultura, como puede ser la Guerra de Reforma, la propia Revolución o la Guerra Cristera.

Lo de hoy, la del narcotráfico, es una guerra que no debió enraizarse en nosotros, que no era nuestra, que en su núcleo está podrida pues allí no habita ninguna virtud como lo pudo ser antes el de la libertad.

Pensemos en que dependemos de nuestra cultura para salir adelante de nuestros problemas.

Leer el pasado sirve para prever las consecuencias del futuro. Los focos rojos están encendidos; hay que saber leerlos para poder resolver todos nuestros problemas que como sociedad nos están consumiendo.

No esperemos que el gobierno resuelva los problemas que ellos mismos no han aprendido a descifrar, porque no tienen los elementos necesarios para solucionarlos ya que no conocen ni quieren saber de nuestra propia cultura.

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Viernes, 21 de Agosto 2015 - 16:30
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El asalto del cine “Gangsta”

Desconozco si será producto de una casualidad, o una muy bien pensada estrategia de mercado, pero resulta que en nuestro país prácticamente coincidieron los estrenos de dos películas que abordan, desde distintas ópticas, una temática similar: el mundo del rap, el hip hop y la sub cultura urbana.

“Los Jefes” es el título de la primera de estas cintas; una producción mexicana dirigida y coescrita por Jesús “Chiva” Rodríguez es una historia que retrata de manera cruda y directa el submundo del narcomenudeo y la delincuencia organizada, teniendo como escenario la zona suburbana de la ciudad de Monterrey, Nuevo León, donde movimientos musicales como la cumbia colombiana y los narcocorridos compiten en simpatizantes con el hip-hop, el rap y el freestyle en español, teniendo como sus principales exponentes a la banda regia Cartel de Santa, cuyos integrantes protagonizan esta pieza de ficción. 

El barrio bravo de Santa Catarina y la música de hip-hop sirven como escenario y referente para esta historia, que brinda un repaso al entorno de arrogancia, violencia y adrenalina que envuelve el complejo universo del tráfico de drogas, donde consumidores y traficantes se entremezclan en una angustiosa vorágine. Por momentos la película parece más una apología que un retrato del ambiente pesado en el que se desenvuelven los integrantes del Cartel de Santa y sus seguidores.

Cabe recordar que MC Babo, el líder de esta agrupación ha señalado que más allá del grupo, Cartel de Santa es una comunidad que aglutina a tatuadores, graffiteros y todo tipo de artistas urbanos que comparten el mismo origen e ideología. Las letras de Cartel de Santa no buscan predicar, su principal objetivo es entretener y “marcar territorio”, y eso mismo hace este colectivo con su primera película.

El segundo filme lleva por título “Straight Outta Compton”, cinta norteamericana dirigida por F. Gary Gray, y que retrata los orígenes, ascenso y caída de una de las bandas seminales del “gangsta-rap”: N.W.A., cuyo nombre fue toda una declaración de principios (son las iniciales de la frase “Negros Con Actitud”, en su traducción del inglés).

A mediados de los ochenta, cinco jóvenes del barrio de Compton, California, conforman una agrupación de rap que decidió llevar al extremo la intención de reflejar en su música el estilo de vida de los suburbios, donde la violencia, las peleas de pandillas, las drogas, la segregación y los abusos policiacos fueron el cotidiano combustible para detonar uno de los fenómenos culturales más influyentes de finales del siglo pasado, cuando el hip-hop dejó de ser una música festiva como la que produjeron a principios de los ochentas los artistas e intérpretes de Nueva York, para dar paso al descarnado retrato urbano de los raperos angelinos. Iniciaba la rivalidad entre las costas Este-Oste.

A diferencia de la fábula urbana aspiracional retratada por la pseudo autobiográfica película del rapero Eminem “8 Mile” (Curtis Hanson, 2002), donde la historia busca revindicar la figura de un atormentado MC de Detroit que busca sobrevivir  de su infierno marginal enfrentando el rechazo y sus propios miedos en las batallas de freestyle (estilo de rapeo sustentado en la improvisación y habilidad para rimar sobre una base musical), “Straight Outta Compton” refleja la lucha de un grupo de jóvenes afroamericanos por sobresalir en el mundo musical sin renunciar a su principio de pertenencia a su barrio, su raza y su marginalidad. Los integrantes de N.W.A. no quieren tener la fama para convertirse en artistas plásticos, sino para gritarle a un mundo que los segrega sobre la realidad que se vive en el barrio, donde matar a un rival deja de ser una opción, y donde la policía no representa a la autoridad que protege, sino el rostro de un sistema que somete y abusa.

Los integrantes de N.W.A., pese al tono agresivo de su música, pasaron a ser leyendas en el mundo del hip-hop: Dr.Dre,  Ice Cube, Eazy-E, MC Ren y DJ Yella.

Productos marcadamente distintos de una misma corriente y subcultura musical, las películas de Cartel de Santa y N.W.A. ratifican la sombría realidad de nuestro tiempo: la juventud busca anti héroes porque las historias con finales felices ya no representan su entorno ni su realidad.

SOUNDTRACK PARA LA LECTURA:

Cartel de Santa (México) – “Perros”

 

Cartel de Santa (México)- “Bombos y Tarolas” 

 

N.W.A. (Estados Unidos)- “Express Yourself” 

 

N.W.A. (Estados Unidos)- "Fuck Tha Police"

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Jueves, 20 de Agosto 2015 - 18:30
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