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cultura

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Sentimientos numismáticos

Lo más cercano a un lingote que pueden ver los ojos comunes, son las preseas olímpicas de oro, plata y bronce que corresponden a los tres primeros lugares de una justa deportiva.

En 1968 Vera Caslavska recibió oro y Pilar Roldán plata. Además de pensar  que las mujeres ahí la llevábamos pero que a México se le discrimina, tenía la idea de que cada medalla estaba hecha del metal que decían: la de oro era de oro. La de plata, enteramente de plata y la de bronce, ¡ni quién la viera! Al cabo que es el escaño más chaparro del pódium.

Años después puse la boca de plato y los ojos cuadrados al saber que el bronce es una mezcla de cobre con estaño y que las últimas medallas auténticamente de oro se entregaron en los juegos olímpicos Estocolmo 1912. Las de ahora tienen sólo un ligero baño de Au o Ag.

Mi niñez era el tiempo de los veintes de cobre, de los tostones grandotes  con la efigie de Cuauhtemoc en una cara y la del águila nopalera merendándose una serpiente por el otro lado. Los quintos también estaban hechos de cobre y los pesos, decían que ya no eran de plata pero de nuevos, brillaban así.

Esos dos metales preciosos me parecían algo escurridizo.  Mencionado nada más en un corrillo que decía que a Doña Blanca la cubrían pilares de oro y plata. Hoy pienso que el tal Jicotillo era un tonto por andar correteando a la doncella en lugar de hacerse con algunos pedazos de los pilares que lograba romper. Siendo oro, pues aunque sea de tepuzque, ¿no?

Gracias a la fea costumbre de mamá, mi abuela y las tías, que siempre estaban suspirantes y jale y jale con que todo dinero de antaño valía más, imaginé tlacos, centavos y un sol con forma de gorro frigio de las monedas de un real.

Por lo que encontré en algunos sitios web de acuñación de metales, cualquier moneda es susceptible de convertirse, con el tiempo, en un pequeño lingote. Aunque las de ahora sólo contengan acero inoxidable, aluminio y una ínfima cantidad de plata porque el oro, brilla más bien por su ausencia.​

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Jueves, 28 de Mayo 2015 - 14:30
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De rutinas, paseos y cortejos en la vida de la nobleza virreinal

Anónimo, El retrato de la familia Fagoaga Arozqueta a los pies de la Virgen de Aranzazú, óleo de 248 x 333 cm, colección de Concepción Obregón Zaldívar de Valadez, siglo XVIII.

Viajemos en el tiempo y situémonos en la época virreinal cuando México era Nueva España. Periodo gobernado por la corona española en donde los títulos de nobleza eran comunes, adquiridos al inicio de la colonia (siglo XVI) por conquistas y batallas o a lo largo de la colonia por donaciones a la corona o a la Iglesia.

En este y los próximos artículos me centraré en la vida cotidiana y rutinas de las familias de condes y marqueses que habitaron la Ciudad de México durante el virreinato. Usaré el arte que se produjo y se empleo en esas épocas para rescatar los detalles de hábitos de la nobleza virreinal.

En este artículo abarcaré por medio de planos las dimensiones de la ciudad. Hablaré de cómo iniciaba la mañana en los palacios y cuáles eran las primeras actividades en un día común en la vida de la nobleza de la Nueva España, todo apoyado con pinturas de la época que muestran las clases sociales de la época y los espacios de recreación y de ocio visitados durante las mañanas.

En el siguiente artículo continuaré relatando las actividades de la nobleza al medio día, la comida y el paseo a la Alameda por las tarde.

LA CIUDAD DE MEXICO A TRAVES DE PLANOS Y SIGLOS

La sociedad virreinal vivía en una ciudad que durante la colonia fue creciendo muy poco en dimensión, pero que fue embelleciendo cada vez más sus edificios.

A continuación se pueden apreciar diversos planos que muestran la ciudad en los diferentes siglos de la colonia (XVI-XVIII). Debo aclarar que presento estos planos ya que dan una idea de cómo era la ciudad que habitaba la nobleza virreinal. Ver sus calles, dimensiones, despoblados en todos los alrededores, incluso las acequias (acueductos), nos permite comparar lo diferente que era la vida entonces a la que conocemos hoy y más quienes habitamos la Ciudad de México.

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Anónimo, Primer plano publicado de México Tenochtitlán, archivo internet, 1524.

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Juan Gómez de Trasmonte, Forma y levantado de la Ciudad de México, archivo internet, 1628.

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Anónimo, “Vista de la Ciudad de México”, Biombo, Museo Franz Mayer, finales siglo XVII.

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Antonio Álvarez y Miguel Rivera, Plano de la Ciudad de México, 1720.

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Don José Antonio de Villaseñor y Sánchez, Mapa plano de la muy noble, leal e imperial Ciudad de México, 1753.

 

LOS OLORES Y SONIDOS AL ALBA

Cada mañana en los palacios virreinales, antes que la familia noble se levantara y aún antes de que amaneciera, los ruidos, los fogones y la actividad en el segundo patio iniciaban.

Estas grandes casas, llamadas palacios, contaban con dos a tres pisos de altura y dos patios. En el principal era donde se encontraban las alcobas y todos los salones de la nobleza, pero solo en la planta alta. Y en el segundo patio era donde se alojaba toda la gente del servicio, los cuales podían llegar a ser 25-30 personas (ya que incluso las costureras vivían en estos palacios). En el primer piso del segundo patio se encontraban las dependencias, es decir, cocina, despensa, guardavajillas, repostería, caballerizas, huerto, entre otros. Es en este patio donde a la aurora todos se despertaban, se daban un pequeño baño tipo “francés”, se acicalaban y bajaban lo más rápido posible para ponerse a las órdenes de la ama de llaves o de los mayordomos para iniciar las labores del día.

Una gran variedad de “castas” o mezclas raciales conformaban la servidumbre y poblaban las calles y la vida de la Nueva España. La colonia vivió una fuerte división dentro de la sociedad llamadas castas. A continuación presento algunos ejemplos de estas “mezclas” plasmadas en “pinturas de castas”, obras que mostraban los nombres de la casta a la que pertenecía cada “mezcla”. En los palacios se podían encontrar diversas castas, cada cual con una posición diferente y trabajo, siendo cada una limitada a ciertas áreas, responsabilidades o incluso siéndoles negada la posibilidad de trabajo dentro del palacio.

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Anónimo, Pintura de castas, ca. siglo XVIII

Volviendo al segundo patio al amanecer, en la cocina se comenzaban a avivar los fogones con carbón y madera para preparar los alimentos del día. Los olores a madera quemada, ollas de barro, especias, vapores y sazones invadían con aromas el patio completo. Los sonidos de loza lavándose en la fuente del patio, la verdura picándose sobre la mesa de madera sólida al centro de la cocina y las semillas moliéndose en metates sobre el piso, más el ir y venir de la servidumbre era lo único que el palacio escuchaba al amanecer.

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Édouard Pingret, Cocina poblana, óleo sobre tela, 63 x 51 cm, colección Museo Nacional de Historia, INAH, 1853

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Anónimo, Cocina. Exconvento dominico de Santa Rosa, Puebla, Siglo XVIII.

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José de Páez, De español y negra, produce mulato, óleo sobre tela, sin medidas, colección particular, México, hacia 1780.

Bajo el mando de mayordomos y amas de llaves el resto del “regimiento” de servicio alistaba las salas y salones. Corriendo los pesados cortinajes, desempolvando muebles, alfombras, tapices y encendiendo candiles y candelabros para las habitaciones más oscuras. Los caballerangos y cocheros tenían a los caballos alimentados, cepillados y alistados en los carruajes. Todo para tener lista y en orden la casa para cuando la familia y sus invitados despertaran.

 

PASEOS PARA LAS LARGAS MAÑANAS

Apenas comenzaba a calentar el día la familia del conde o marqués despertaba. La servidumbre ya estaba lista con agua caliente para el baño y los asistían para acicalar y vestir. Esto funcionaba igual para los invitados, quienes viajaban con su propia servidumbre pero en caso de no contar con ello se les asignaba alguien para que le sirviera durante toda su estancia. Era usual tener familiares de visita hospedados en la casa e invitados externos a la familia. Incluso podían llegar a hospedarse por temporadas largas como semanas o meses.

Una vez vestidos desayunaban algo ligero y sencillo para no estropearse el apetito debido a que a medio día se comía la comida fuerte. Vestían algo campirano ya que la actividad durante la mañana era pasear por los alrededores. Leer, tocar algún instrumento, cantar o simplemente caminar y adentrarse en la vegetación que la Nueva España ofrecía: mezcla de selva y bosque.

Puedo decir que la mañana se pasaba larga, pero solo para aquellos que no tenían nada más que hacer que esperar a que llegara la hora de la comida, es decir para la nobleza.

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Anónimo, Pintura de castas, óleo sobre lienzo, 104 x 245 cm, colección particular, México,  siglo XVIII. 

Dependiendo a qué lugar querían ir es que elegían entre el carruaje o caminar. Podían caminar por sus extensos terrenos adentrándose en la maleza. Buscando un lugar para sentarse a leer o simplemente para disfrutar de la naturaleza. Muchas de las veces estos paseos propiciaban o aspiraban el cortejo de alguien.

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Anónimo, Pintura de castas, óleo sobre tela, sin medida, México, siglo XVIII.

Las damas, hijas de los nobles, en caso de querer ir a pie y “solas”, debían de ir siempre acompañadas de un niño esclavo quien además cargaría su libro, abanico y cualquier otra cosa que necesitara.

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Anónimo, Pintura de castas, óleo sobre lienzo, sin medida, México, siglo XVIII.

Los nobles y sus invitados también podían salir en carruaje a visitar alguna hacienda aledaña a la ciudad, ya fuera propia o ser invitados por alguna otra familia para pasar la mañana y tomar algún refrigerio.

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Anónimo, El palacio de los virreyes, biombo de ocho hojas (incompleto), México, siglo XVII

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Anónimo, biombo de cuatro hojas (incompleto), México, ca. finales siglo XVII

Los condes del Valle de Orizaba, quienes construyeron y habitaron la casa que hoy conocemos como Casa de los Azulejos, por ejemplo, tenían su hacienda en lo que hoy es la avenida Ribera de San Cosme (edificio que hoy pertenece a la UNAM y es conocido como Casa de los Mascarones). En la fotografía que presento a continuación se puede apreciar la Casa de los Azulejos o palacio de los condes del Valle de Orizaba.

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Anónima, Casa de los azulejos, archivo internet, ca. finales siglo XIX.

En el siguiente mapa se puede ver la distancia entre la casa y la hacienda. Es muy probable que en aquella época les tomara llegar en carruaje aproximadamente entre media hora y unos cuarenta minutos, sino es que más. Pero podemos ver que en realidad su hacienda estaba realmente muy cerca del palacio y del centro de la ciudad.

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Google Maps, distancia entre Casa de los Azulejos y Casa de los Mascarones, internet, 2015.

A continuación presento una foto de finales del siglo XIX en la cual se puede ver la fachada de la hacienda, construcción que debió de ser tan solo una pequeña parte de toda la propiedad.

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Désiré Charnay, Casa de los Mascarones. San Cosme, archivo internet, ca. nov 1857- sep 1858

Otra familia noble que tenía una hacienda en los alrededores de la ciudad era la de los condes de Miravalle (su palacio es hoy el nuevo hotel Down Town del Grupo Habita, ubicado sobre Isabel la Católica entre 16 de Septiembre y Madero). La entrada principal a su hacienda tenía al frente una gran fuente y el resto de la construcción y terrenos comprendían parte de las actuales colonias Roma y Condesa.

La fuente que hoy conocemos como de la Cibeles y que está al centro de toda una glorieta en la colonia Roma era exactamente donde se encontraba la fuente original, pero en 1980 fue transformada colocando en su lugar la que hoy conocemos, esto como muestra de hermandad entre España y México.

La glorieta aun conserva la misma dimensión que tenía aquella fuente conocida como de Miravalle. En el mapa a continuación se puede ver la dimensión de la glorieta e imaginar el tamaño de la hacienda y sus terrenos.

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Google Maps, Antigua fuente de Miravalle. Hacienda de los condes de Miravalle, internet, 2015.

El paseo terminaba con la posición del sol justo sobre sus cabezas. Acompañado por las campanadas de la Catedral anunciando misa de 12. El hambre ya se dejaba sentir y todos volvían a sus palacios para refrescarse, cambiarse de ropa y asistir al comedor donde una vasta y variada comida de hasta más de 25 platillos diferentes los esperaba.

Continuará…

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Miércoles, 27 de Mayo 2015 - 19:00
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Sin vergüenza. Me gustan los reality shows, ¿y?

Lo confieso, soy adicta a los realities. No es algo que me enorgullezca pero tampoco lo voy a esconder. Ver a "una bola de ignorantes", como dice mi papá, hacer el ridículo a nivel global es sumamente entretenido. Cada quien tendremos razones diferentes para verlos, pero lejos de ser un placer culposo, es simplemente un placer.

No resulta sorprendente que el primer reality en la historia, The Real World, lo lanzara MTV en 1992, cuando el canal todavía gozaba de ser novedoso y polémico. El concepto no abarcaba otra cosa más que reunir en una misma casa a hombres y mujeres de diferentes orígenes, costumbres, creencias y estratos sociales.

Esta fue la inspiración para Big Brother, sólo que no había concursos ni nada, aunque todos parecían estar compitiendo por ver quien hacía el ridículo más grande. La idea de esto era que siguieran con su vida como lo harían normalmente sólo que una casa llena de cámaras y extraños. Obvio, no faltaban los estereotipos. Estaban los galanes, los players, las pueblerinas y/o inocentonas (que terminaran deschongadas era inminente), las putonas, los rebeldes, los revoltosos, los enfermos (literalmente), los étnicos, los/las de baja autoestima, los de preferencia sexual flexible, etc. Todos tenían que trabajar, socializar entre ellos y con la gente externa y trata de ejercitar su tolerancia, pero ahí ejercitaban su intolerancia mucho mejor para los productores. Supongo que esperaban que la convivencia diaria los llevara a conflictos, discusiones y, con suerte, a uno que otro acostón. Por supuesto que el elenco no se hacía del rogar.

Siempre que lo veía me hacía las mismas dos preguntas: ¿de dónde saca MTV a esta gente?, y, la más importante, ¿a quién le inspiraría rechinar el catre enfrente de un montón de cámaras? Seguramente ahora para mucha gente resulta una abominación hacerlo SIN una cámara, pero en ese entonces no existía la difusión de los videos caseros (de esa índole) como un medio justificable para el fin, a la Kim Kardashian. En fin, no cabe duda que hay de todo y para todo. Todas las temporadas de The Real World eran como un choque aparatoso que no puedes dejar de ver y eso hacíamos exactamente,  ver con morbo y fascinación.

Después de The Real World, MTV siguió sacando más realities igual o peor de irrelevantes. ¿Cuál habrá sido el punto de mostrar a las chamacas de dieciséis años que se casan y viven en casas rodantes? Mucha gente acusó a MTV de querer "glamorizar" el embarazo juvenil con realities como 16 & Pregnant o Teen Mom, pero todo el concepto de bebés teniendo bebés no se escucha muy glamuroso para empezar.

Adelantándome más de dos décadas a los realities de ahora, como Keeping Up With The Kardashians, The Real Housewives of..., Here Comes Honey Boo Boo, etc., entre arrestos, escándalos familiares, peleas y demás, pues no es un atrevimiento decir que son disfuncionales, digo, por eso están en la televisión y por eso queremos ver, ¿qué no?

Lo que no hay que dejar de lado es que la televisión sigue siendo una plataforma extremadamente poderosa. Va más allá de alguien comer yeso o ingerir esmalte de uñas en mi extraña obsesión, también hay los que inspiran a uno.

A principios de los 00's estaba obsesionada con Dr. 90210, (un reality transmitido por el canal E!). Ya sé que por el nombre uno se puede imaginar que hacían puras narices, culos y bubis, pero no, aunque eso también cambie la vida de algunas personas. También había otras operaciones, como las de cambio de sexo que no sólo consistía en hacerle la jarocha a alguien y ya; veíamos cómo empezaba su procesos desde la ingesta de hormonas, operación en cuerdas vocales, levantamiento de cejas, afinar facciones, y, bueno sí, también incluía la "menos-poética-pero-siempre-necesaria-en-cualquier-transformación" colocación de bubis y culos. No sólo era interesante ver cómo se transformaba la persona, sino que siempre eran conmovedoras las historias.

Después de ver la entrevista que Diane Sawyer le hizo a Bruce Jenner (medallista olímpico, mejor conocido como la figura paterna en Keeping Up... y últimamente como transgénero recién salido del closet) me cayó el veinte que siempre ha existido esa tácita ventana de oportunidad para hacer del reality un género respetable; bien podría aprovecharse para hacer el bien en lugar del ridículo y tal vez, no sé, lograr que como sociedad nos volvamos más tolerantes. Pero, en lo que eso sucede, yo me sigo burlando de ellos, reírse es bueno para la salud.

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Miércoles, 27 de Mayo 2015 - 16:00
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Después de Auschwitz

Autor: Eva Schloss

Editorial: Planeta

En este maldito Auschwitz todas las profecías se cumplen, si son malas.
Tadeusz Borowski

El libro es un testimonio conmovedor sobre el holocausto ya diferencia de otros libros que narran pormenorizadamente la tragedia sufrida en los campos de concentración, el libro de Eva Schloss (quien es hermanastra de Ana Frank, debido a que su padre Otto Frank se casó con la madre de la autora) nos cuenta la odisea de los miles de sobrevivientes de los campos de exterminio y los problemas para intentar vivir una nueva vida.

Un testimonio de una mujer que le tocó ver acabado su mundo cuando Adolfo Hitler subió al poder y tras absorber Austria en el Anschluss, el padre de Eva, Erich Geringer quien era un próspero comerciante, tuvo que mudarse con su familia a Amsterdam, donde por azares del destino, vivieron en el mismo edificio que otra familia judía: Los Frank.

El libro nos narra la vida de los judíos en plena persecución, y como muchos tuvieron que malbaratar sus pertenencias y como eran presa de los famosos “Caza Judíos” que vivían de las recompensas de denunciar a los ciudadanos con los que antes hacían vida social.

Eva nos cuenta como su familia tuvo que pagar papeles falsos y como su padre tuvo que vivir con su hermano Heinz (dos años mayor que ella) y como hasta que los nazis invadieron los países bajos (que eran neutrales) el infierno apareció en la vida de miles de judíos que habían emigrado de Alemania y Austria, buscando una nueva vida.

Tras haber sido arrestados y trasladados a los campos de exterminio de Auschwitz y Birkenau, Eva y su madre sobrevivieron, más no los varones de la familia, quienes fueron asesinados, como los miles de judíos que sucumbieron bajo el régimen genocida nazi.

Una vez rescatadas ambas mujeres por el ejército, inició el calvario de intentar vivir una nueva vida en una Europa devastada y gangrenada, hasta que el destino las llevó a Otto Frank, a quien junto con su familia (y la famosa Ana) habían conocido en Ámsterdam y quienes habían perecido en Auschwitz.

Eva narra como el famoso diario de Ana llegó a las manos de su padre y como gracias al empeño de éste, se dio a conocer lo escrito por Ana en su ático hasta ser un libro de calidad mundial, un libro en contra de la intolerancia y el racismo.

En fin, una historia conmovedora que nos cuenta los pormenores de como en pleno siglo XX la barbarie se anquilosó en el seno de las sociedades civilizadas, que directa e indirectamente permitieron la llamada solución final y que el fin de la guerra, no trajo el fin de los prejuicios sino todo lo contrario.

Un libro para reflexionar y meditar sobre los peligros del racismo y la intolerancia, y como este binomio en manos de políticos sin escrúpulos pueden ser utilizados como banderas.

 

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Viernes, 22 de Mayo 2015 - 18:00
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El sentido de las palabras

La RAE (Real Academia Española) define “palabra” en su quinta acepción como “empeño que hace alguien de su fe y probidad en testimonio de lo que afirma”. Tal empeño es producto de la confianza que tenemos en lo que decimos. La palabra es palabra en la medida que creemos en lo que contiene; es decir, su sentido.

Creemos en cualquier palabra no por sus letras o el conjunto de ellas, sino por lo que significan, pero ahí es donde existe uno de los problemas mayúsculos de la humanidad y explica –un poco— por qué nos cuesta tanto trabajo entender o definir conceptos como la vida, la muerte, la eternidad o la finitud, por ejemplo, y esto es debido a que, como lo pensó Octavio Paz –voy a parafrasear—: a la palabra se le escapa parte de la totalidad de su sentido. Es decir, el sentido de todas las cosas es inabarcable (pertenece a otro lenguaje, tal vez, el primigenio) y así, la palabra sólo logra albergar una parte de su significado.

Es por esa razón que tantos pensadores a través de la historia, y al día de hoy, se han pasado la vida tratando de ver más allá de las palabras; quieren descubrir qué hay detrás de ellas y mejor, qué hay después de éstas. Porque quieren llegar a sus fronteras, abarcarlas en su totalidad para saber realmente qué significan.

Por ello, se han escrito libros y tratados que tienen que ver con el amor, la amistad, la muerte, el ser, etcétera, porque la palabra concreta no nos basta, porque ella sólo nos muestra, acaso, su núcleo, mas la completa forma de su cuerpo permanece en la oscuridad. Tal misterio es el que nos llama a escribir sobre los conceptos; esas ganas por descubrir lo que en realidad contienen; es decir, lo que contenemos.

No es novedad cuando decimos que todo es percepción y perspectiva, que en realidad lo que tenemos son nociones de algo, no hay nada concreto. La verdad no es la definición absoluta de algo, sino que la verdad es sólo una visión parcial de lo que en realidad es un objeto o situación o cualquier cosa.

Esto es que al decir una verdad sobre un objeto solamente estamos captando una sola de sus partes –desde nuestra visión y experiencia—, esto fundamentado por la palabra que lo define, pero como la palabra no logra abarcar la total magnitud de la definición real del objeto (tangible o intangible), siempre quedamos un poco a merced de la interpretación que le da cada individuo.

Vemos entonces que sí, todo está hecho de palabras, estamos hechos de palabras, y en nosotros habita el sentido que nos define, y de tal cosa sólo percibimos una parte, habrá que hacer mucho más esfuerzo para descubrirnos completamente, o por lo menos, ver más allá de nuestra propia apariencia. Tal vez de esta forma, al descubrir el significado de las palabras que nos conforman, algún día seamos capaces de entendernos a nosotros y al mundo.

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Viernes, 22 de Mayo 2015 - 16:00
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DAREDEVIL: Un mundo urgido de héroes…

Dicen los clásicos que la Justicia es ciega. Y probablemente así sea. En países como el nuestro, es bastante probable que la justicia no solamente sea ciega, sino también sorda, gorda e insensible, y que probablemente la dama que sostiene la balanza resulte ser prima, hermana o pariente de un político o un narco.

Vivimos en un mundo deshumanizado, en el que cada vez resulta más difícil comprometernos con causas de ningún tipo. Muchos de nosotros andamos por la vida sin conocer el nombre de nuestros vecinos, o sin mostrar mayor preocupación por lo que ocurre en nuestra comunidad.

Por ello resulta refrescante el hecho de que una plataforma como Netflix haya seleccionado, entre la amplísima gama de propuestas disponibles para nutrir sus contenidos, una historia como la de Daredevil, el alter ego de un imaginario abogado neoyorkino llamado Mattthew Murdock.

De toda la baraja de superhéroes de Marvel Comics, el también llamado “Hombre sin Miedo” tiene varias características que lo hacen peculiar. No se trata de un ser proveniente de otra galaxia o de un mutante segregado por la sociedad. De hecho, se trata de un hombre que vive un drama personal que lo marca de por vida: en su niñez sufre un accidente, al salvar a un anciano de ser arrollado por un camión sin frenos. El vehículo derrama su carga, un misterioso material radioactivo, que deja ciego al futuro superhéroe.

De acuerdo con la historia, Matt tarda algunos años en descubrir que la misma sustancia que le ha provocado una discapacidad, le ha proporcionado una hipersensibildad que detona al máximo el resto de sus sentidos sanos; e incluso, obtiene la capacidad de utilizar su oído como una especie de radar que le permite no sólo desplazarse sin problemas a pesar de ser ciego, sino que maximiza su capacidad de equilibrio y le permite advertir toda clase de ruidos y señales provenientes del entorno, lo que le proporciona ventaja a sus oponentes.

A diferencia de otros personajes de historieta, Daredevil no posee una fuerza sobrenatural ni es completamente inmune a los ataques. Además posee otro rasgo especial: se desempeña como abogado en un modesto despacho de la zona de Hell’s Kitchen, donde muchos de sus clientes terminan convertidos en sus protegidos, en historias que entremezclan asuntos tan reales como la mafia corporativa, las guerras de pandillas, la corrupción policiaca y el abuso dele poder.

En lo personal, tuve mi primer contacto con Daredevil a inicio de los ochentas, cuando Novedades Editores obtuvo los derechos para lanzar distintas series de cómics: El Hombre Araña, Capitán América y Los Vengadores, en adaptaciones directas a las versiones originales de Stan Lee y su equipo creativo. Varios de mis amigos se me adelantaron y adoptaron de inmediato como sus favoritos a los personajes más populares, como Spider Man, Thor o Iron Man, así que el lanzamiento de una nueva serie me pareció oportuno para crear mi propio objeto de culto.

En México, Novedades Editores lanzó la serie bajo una traducción poco afortunada como título: “Diabólico, El Destructor del Crimen”, y en las primeras entregas de la serie, el protagonista aparecía con un inexplicable uniforme amarillo con negro, digo, poco relacionado con la imagen popular que tenemos del diablo (al que siempre nos presentan de rojo) o a lo mejor como para hacer más contundente la idea de que Murdock era ciego (afortunadamente, hasta el momento no tengo el gusto de conocer al diablo como para verificar su croma original).

Uno de los aspectos que me hizo padecer cierto grado de bullying por parte de mis amigos, era la ambientación de la historieta, ubicada en la atmósfera un tanto oscura y bohemia de la Gran Manzana en la década de los cuarentas. Mis amigos me decían que el cómic les parecía “anticuado” porque los personajes aparecían ataviados con sombreros, gabardinas, trajes con chaleco y las mujeres con velos y mantillas. Sin embargo, en mi defensa podía argumentar que las historias de este héroe eran mucho más creíbles y terrenales que las del resto de sus colegas enmascarados.

Afortunadamente, la versión creada por Drew Goddard para Netflix, en sociedad con Marvel Television y ABC Studios, ha logrado actualizar la trama con positivos resultados, en un mundo en el que la aparición de la tecnología y diversos cambios sociales no desentona con los afanes justicieros del protagonista. A pesar de que muchos de los conflictos enfrentados por los superhéroes de mi infancia podrían resolverse en la actualidad con elementos tan banales como un teléfono celular o una aplicación  de última generación, el reparto encabezado por Charlie Coz, Rosario Dawson, Vincent D’Onofrio y Eden Henson saca adelante la trama con gran decoro y credibilidad.

Definitivamente el mundo sigue necesitando héroes. De acuerdo con los últimos reportes, la recepción de Daredevil por parte de la audiencia en el mundo digital ha sido positiva, a grado tal que ya se anuncia una segunda temporada que verá la luz en el 2016. Así que podemos abrigar la esperanza de que, aunque sea en el mundo del entretenimiento, habrá alguien dispuesto a hacer el bien, literalmente, sin mirar a quién.

SOUNDTRACK PARA LA LECTURA

“Devil Inside” – INXS (Australia)

“Know your enemy”- Rage Against The Machine (Estados Unidos) 

“Heroes” – David Bowie (Inglaterra) 

“New York City Cops”- The Strokes (Estados Unidos) 

 

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Jueves, 21 de Mayo 2015 - 16:30
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Como te ven, te tratan ¿Qué no?

Es algo que desde siempre se ha dicho y que nos han repetido hasta el cansancio en la radio, la televisión, nuestros familiares, etc. Es una idea injusta, frustrante y desalentadora. Por un lado, podríamos pensar "mis habilidades están por encima de todo eso, ¿por qué se me juzgaría por algo tan superfluo?", y, por otro,  "lo que no tengo en habilidades lo compenso con presentación". La gente con mejor presentación y menos capacitada que otros se quedan con el empleo. Desgraciadamente, esta es la realidad en la que vivimos.

"Qué me pongo?" y "¡No tengo nada qué ponerme!" son dos cosas que nunca dije gracias al uniforme que fue mi bendición y mi cruz durante los primeros dieciocho años de mi vida. Imagínense a ustedes mismos a los dieciocho, ¿habrá algo más cruel para un adolescente que su propio reflejo a las 5:30 de la mañana?

Cómo olvidar la humillación que representaba tener que andar por la vida con una calceta roja en un pie y una blanca en el otro para distinguir entre derecha e izquierda. "No sólo me veo como una tonta", pensaba, "¡sino que están implicando que no sé distinguir entre izquierda y derecha!" Estaba tan indignada como lo pueda estar alguien de cuatro años. Cuando por fin se acabó ese trauma me sentí triunfante. Nunca me imaginé que, más adelante, otras cosas se convertirían en mi proverbial "calceta roja-calceta blanca".

En mis últimos años de primaria mis compañeras ya empezaban a enrollar sus faldas en la cintura para que les quedaran lo más cortas posible y yo me rehusaba. Es más, entre las calcetas kilométricas y mi falda a la altura de las rodillas, no había centímetro de mi cuerpo que quedara descubierto. No lo hacía porque pensara que me vería mejor, al contrario, me veía fatal y lo sabía, pero bueno, por algo siempre tuve fama de contreras. En parte creía que ya había hecho las paces con el hecho de que el uniforme nunca se me iba a ver regular siquiera, mucho menos… bien.

Lo peor de lo peor era el uniforme de Deportes, no sólo porque implicaba la promesa de alguna actividad física, sino también porque era obligatorio usar short. Sí, el temido short. No sólo fue un trauma, también un suplicio, una tortura. Me quebraba la cabeza pensando qué diría en la semana para no tener que ponérmelo, y si de paso me libraba de estar en la clase, mucho mejor. Creo que abarqué todos los pretextos, no faltaban los clásicos, "se me olvidó" y  "no tengo"; el que nadie se atreve a cuestionar, "me está bajando";  y el siempre infalible "no quiero".  "Morales, ¡póngase el short!", "Morales, si la próxima semana no trae el short, ¡la repruebo!", "Morales, ¿ahora sí trajo el short o le está bajando, otra vez?", "Morales, es usted muy irregular, chéquese", me decía el igualado cuando usaba dos semanas seguidas ese. Sobra decir que no hubo año que no hiciera un examen extraordinario de Deportes. En fin, así me la pasé durante secundaria y prepa.

Cuando entré a la universidad me enfrenté a situaciones muy diferentes. Primero, quiero aclarar que no me gusta hacer generalizaciones, ni nada, pero si lo digo es porque lo viví. Yo estudié Ingeniería y Producción Musical, o sea, estaba rodeada de músicos . Repito, no quiero generalizar, pero, al menos en mi escuela, todos los músicos eran… unos mugrosos. No cabía duda que todos teníamos un concepto diferente de lo casual. Para la gran mayoría no era algo exclusivo de su vestimenta, sino que lo llevaban aún más lejos bañándose, quizá, dos veces por semana, máximo. Ni hablar de su ropa, que no gozaba del mismo privilegio.

No quiero ser injusta, digo, todos hemos sido víctimas de las prisas y no nos queda otra más que ponernos algo con un ligero "aroma a éxito", o sea, olor a varias puestas anteriores. ¡Pero tampoco hay que pasarse! En un salón de clases, encerrado y con treinta y tantas personas, se mezclaban toda clase olores, ¡la de historias que podrían contar esos jeans rotos! Y yo me preguntaba "¿cuántas borracheras/crudas más tendrían que pasar para que consideren imperativo lavar su ropa?" Una amiga mía diría "¡equis, somos chavos!", parece que mostrar un mínimo de esfuerzo e interés en nuestra apariencia no es bien visto entre mi gente, ¿será que la apatía que caracteriza a mi generación afecta también nuestra higiene?

En fin, mi concepto de casual, luego aprendí, era muy diferente al de los demás. En un día normal me vestía con suéteres largos (variaban en color y grosor dependiendo), jeans y tops (casi siempre negros) y botas de piel negras. Para mí, eran cosas buenas, bonitas y cómodas; mi mamá me veía con desaprobación algunas veces, pero no decía nada; y para mis compañeros era demasiado arreglo. Varias veces, los que no me conocían, llegaban a hablarme de usted pensando que era una maestra o la mamá de alguien, el horror. ¡El colmo era cuando de plano me soltaban el "señora"! "¿Por qué el señora?", siempre me quedaba con las ganas de preguntar. No creo que la juventud y el arreglo sean conceptos excluyentes entre ellos…¿pero y si sí?

En varias ocasiones tuve la oportunidad de visitar a dos amigos en sus respectivas escuelas, ninguna de las dos tan alternativas como la mía, y  nadie me veía dos veces. Ni por desarreglo, ni por… "sobrearreglo"; nadie me habló de usted. Todos iban vestidos de acuerdo a sus propios conceptos de "casual", también noté que iban bañados y hasta olían bien; fue una experiencia totalmente diferente. 

No fue hasta la universidad cuando comprobé lo cierto de esta frase que menciono. Mi arreglo me ha costado críticas, miradas de extrañeza, y hasta burlas, por otro lado, también se me ha tratado con deferencia; me ha servido para conseguir una mejor oficina y hasta para saltarme largas filas al baño. A final de cuentas, la percepción que los demás tienen sobre nosotros es algo tan arbitrario y subjetivo que no hay manera que no lo podamos controlar y usar a nuestro favor. Total, si hemos de tener etiquetas, ¿quién mejor que nosotros mismos para escogerlas?

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Martes, 19 de Mayo 2015 - 16:30
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El ropero de la abuelita

El paso de la humanidad por el tiempo ha gestado épocas, generaciones, tendencias, estilos, modas, usos y costumbres. Cada objeto descubierto o inventado por el hombre ha dejado huella en la historia, algunos se extinguieron convirtiéndose en muestras de museo y otros, han trascendido y conservan su vigencia.

Cada cinco semanas en este espacio, echaremos un vistazo a esas cosas que van guardando y atesorando nuestras abuelitas en el ropero como “cápsulas del tiempo”, cuyo contenido nos sorprende y nos asoma a un pasado que se va para no volver o que ha influido de alguna manera nuestro presente.

Del rebozo al fular

Crecí escuchando decir a mi madre: de la moda, lo que te acomoda. Cuando era adolescente odiaba la frase porque yo quería vestir como las otras chicas de mi edad y hacer lo mismo que ellas hacían, “estar a la moda”. Con el tiempo, entendí que en efecto no todo está hecho para todos, sino que cada uno va encontrando y seleccionando lo que le va bien, con lo que se siente a gusto y así va perfilando un estilo propio para vestir y vivir.

En el mundo de la moda, existen variedad de estilos y accesorios que son utilizados como lo más chic del momento, luego pasan a la historia y con el tiempo, vuelven a estar en la cúspide o son encerrados en el clóset para no volver.

Por tradición o costumbre, algunas prendas son imprescindibles y trascienden el paso del tiempo; tal es el caso del rebozo, esa tela de forma rectangular con flecos en los extremos que en México se utiliza desde el siglo XVI.

Su origen como tal no es muy preciso; sin embargo, los historiadores consideran que si bien en la época prehispánica ya se usaba el ayate (manto de ixtle compuesto por dos lienzos, utilizado para transportar cualquier tipo de mercancía y usado indistintamente por el hombre y la mujer de la época prehispánica) y el mamatl (lienzo rectangular en cuyos bordes se distinguían unas franjas hechas de diferente material y también utilizado para transportar mercancías) pudo ser la influencia colonial lo que daría origen a la prenda como actualmente la conocemos.

Para el siglo XVIII el uso del rebozo en México era de lo más común y de acuerdo a la clase social de las mujeres, estos eran de algodón para las clases bajas o bordados con seda, listas de oro y plata y de múltiples colores para las clases altas. Durante el siglo XIX, el rebozo era ya considerado como prenda indispensable y una artesanía mexicana.

La producción artesanal del rebozo data de 1764 en Santa María del Río, San Luis Potosí, como respuesta a la necesidad que tenían las mujeres de cubrir sus cabezas al entrar a los templos; sin embargo, su uso ha sido de lo más variado, por lo que se convirtió en símbolo de mexicaneidad.

Con el paso del tiempo y la llegada de la modernidad que trajo nuevos estilos en las vestimentas, el rebozo conservó su estatus de artesanía y dejó de ser una prenda de uso cotidiano para convertirse en un accesorio que algunas mujeres utilizan a manera de chalina como complemento de su atuendo.

Por tradición, el rebozo también ha sido utilizado para cargar bebés, todavía podemos ver en los poblados o incluso en la ciudad, cómo es que las mujeres atan a sus hijos a la espalda o el pecho y los traen con ellas en todas sus actividades. La nueva ola de la crianza con apego ha impulsado nuevamente el uso de rebozos o fulares: “Dentro de un rebozo el bebé se siente acompañado, arrullado y calientito… es como un nidito, un capullo que puede ayudarte a conocer mejor a tu bebé y darle la seguridad y confianza que ayuda a sentar las bases para que llegue a ser un niño seguro y feliz”.

El fular, es una especie de rebozo pero de tela más ligera y elástica con unas anillas en los extremos, con él se pueden hacer varios amarres para sujetar mejor al bebé garantizando una mejor postura para la mamá y se ha puesto de moda pues empieza a ser común ver por la calle a las mujeres llevando de esta forma a sus críos; sin embargo, el rebozo además de hermoso y típico tiene la ventaja de ser simple, ligero y funcional tanto para el invierno como la primavera, es suave y se adapta al cuerpo del bebé, no necesita de anillas y no hay más que cruzarlo y amarrarlo al cuerpo.

En 2014, se exhibió la muestra “El Rebozo. Made in Mexico” en el Fashion and Textile Museum de Londres, con la finalidad de dar conocer la importancia de los textiles en la historia de México y desde el pasado 15 de mayo ya podemos apreciarla en el Museo Franz Mayer, misma que en mi opinión se queda corta ante la riqueza de formas, figuras y colores que podemos encontrar en los diferentes rebozos a lo largo de la República Mexicana y de lo abundante de su historia; sin embargo, se suma a los esfuerzos de algunas instancias en aras de enaltecer y mantener vigente el uso de tan importante prenda, ícono de México.

Para finalizar, cito uno de los textos que podemos encontrar en el Franz Mayer, a propósito del rebozo: “…sincretismo cultural, mestizaje; es continuidad, tradición, cuna y abrigo, coquetería, pudor y luto”.

Si en tus próximas vacaciones o en el ropero de tu abuelita encuentras un rebozo, no dudes en rescatarlo del anonimato y ¡Atreverte a usarlo!

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Fuentes:

http://www.arts-history.mx/sitios/index.php?id_sitio=7041&id_seccion=272...

http://www.elrebozo.gob.mx/historia.html

http://espanol.babycenter.com/a5200049/el-rebozo-y-sus-beneficios-para-e...

Imágenes

Google

https://casamejicu.wordpress.com/2013/08/14/rebozo-con-figuras-y-aroma/

http://www.oem.com.mx/elsoldepuebla/notas/n3529741.htm

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Martes, 19 de Mayo 2015 - 16:00
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¡Esquina bajan!

Para nadie es noticia las malas condiciones en que se encuentra el transporte público de nuestra ciudad. Todos sabemos el deplorable estado de los microbuses y camiones, y qué decir de los malos tratos de los choferes y su falta de civilidad.

No tengo coche, no me gusta manejar, me parece una de las actividades más desgastantes y menos civilizadas que el mexicano puede llevar a cabo. Es atrás del volante donde aflora nuestra verdadera educación y civismo, que dejan mucho que desear. Para mi es intolerable el tráfico, tener que pasar horas en el coche peleando con automovilistas que no ceden el paso, que invaden las cebras peatonales, que agreden a los ciclistas, que obstruyen los cruces de las calles con tal de ganar un par de metros.

Es cierto, hay distancias en que es casi obligatorio moverse en coche, pero afortunadamente son pocas las veces que recorro distancias demasiado largas o rutas en las que no puedo llegar por medio de transporte público. Mis necesidades de transportación y recorridos me dan la fortuna de poderme desplazar en metro, metrobús y en algunas ocasiones RTP; a pesar de no tener el mejor servicio y de que la falta de corridas de trenes y camiones nos hacen viajar apelmazados en las unidades, en general me parece que son bastante eficientes.

Sin embargo en estos días tuve que llegar a donde ni uno ni otro lo hacen y para ello fue necesario recurrir al mentado microbús, cosa que tenía mucho tiempo sin hacer. ¡Apa viajecito insoportable!

Es de verdad increíble que estas destartaladas cafeteras sigan circulando. Me pregunto si los choferes de los microbuses gozan de algún tipo de fuero que los hace intocables por los policías de tránsito, porque de otra manera no me explico cómo es que se les permite manejar (¿será ese el término correcto?) de la manera en que lo hacen. Subirse a una de estas unidades es todo un reto, un malabareo infinito por guardar el equilibrio es, sin temor a equivocarme, jugarse la vida hasta llegar a nuestro destino.

Pues ahí estaba parado su gallo sobre importante avenida de la ciudad esperando la llegada de mi carruaje. Después de pedir la parada a por lo menos cuatro unidades, por fin llegó la quinta que tuvo la amabilidad de pararse (es un decir) para que pudiera yo abordar. Y es un decir porque ya saben que para que el camión no pierda el vuelo uno tiene que correr a su lado agarrado de la puerta para poder subir a brincos. Cuando por fin logré estabilizar el paso subí a prisa los pequeños escalones y al llegar al último ¡zas! Tremendo cabezazo en el techo del abollado camión que hizo que las monedas cayeran de mi mano. Ahí me tienen agachado intentando recoger los cinco pesos (peso sobre peso) cuando el conductor decide de último momento dar senda frenada que me invitó a inspeccionar el piso desde cerca. Ya estando abajo me fue más fácil encontrar el dinero, lo recogí, me paré y pagué. De pie, con las rodillas y cabeza golpeadas y el orgullo algo más que maltratado, recorrí el estrecho pasillo en doble fila hasta la parte trasera.

 

Fue entonces que entendí el porqué de mi golpe al subir ¿no se han dado cuenta los diseñadores de estos camiones que los mexicanos hace mucho que miden más de 1.50? ¿Por qué los microbuses siguen siendo tan chaparros? Tres pasajeros (dos hombres y una mujer) y yo íbamos con la cabeza metida en el pecho para no pegar en cada bache o en cada tope, de haberlo hecho el camión podría haber estrenado algunos quemacocos. Clavada la mirada en el piso noté el detalle de distinción: un panorámico hoyo del tamaño de un pie que dejaba ver el asfalto a nuestro paso. Me hizo recordar aquellas lanchas con fondo de cristal en las que se recorren los arrecifes coralinos, pero la vista era muy distinta, un tanto desilusionante a decir verdad.

 

Tenía que tomar las cosas con filosofía, a mi trayecto le faltaban aún varios minutos que empezaron a ser eternos. Me sumergí en la música de mi teléfono cuando una señora frente a mí intentaba pararse para anticipar su bajada. Fue entonces que el chofer decidió que el carril derecho era muy lento y en un fitipaldesco acto aceleró bruscamente y cambió al carril izquierdo sin importar si detrás de él venían coches, si alguien se le embarraba o si el pasajero que viajaba en la puerta salía volando como succionado por un hoyo negro. Los que íbamos parados nos agarramos fuerte del tubo que parecía que caía con nosotros, plantamos los pies en el piso sin mucha fuerza para no terminar en el pavimento y clavamos la cabeza en el techo para guardar el equilibrio; pero la señora, que sí medía el 1.50, se agarró con tres dedos del tubo mientras se paraba y cuando el atolondrado chofer regresaba a su carril ganando el paso a otro camión, quedó volando como en trapecio de circo con una cara de susto que ni en las mejores películas he visto.

 

Me senté en el lugar que la trapecista dejaba libre, pero en el liliputiense camión de feria sentía que le clavaba las rodillas en las costillas, si no es que en los pulmones al señor de enfrente. Para estas alturas ya habían subido los payasos que a nadie hacen reír, los que nos quisieron vender pulseras y chocolates “para no asaltarnos” y los trovadores de dos pesos que iban noqueando a los pasajeros con las guitarras a su paso. El viaje era infernal. Acalambrado, con un extraño dolor de cabeza y temiendo por mi vida, hice un enrome esfuerzo para salir de mi encajonado lugar. El microbusero venía peleando con el coche de junto y amenazando con el motor al de enfrente, antes de que arrancara sobre él pedí la parada, pero el timbre no servía ¡esquina bajan! Grité.

Faltaban aún cuatro cuadras para llegar a mi destino, pero prefería caminarlas, al llegar me di cuenta que había un metro cercano.

Paren el micro, que me quiero bajar…

Voy vengo.

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Viernes, 15 de Mayo 2015 - 17:30
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El hombre y sus invenciones

No hay nada nuevo cuando hablamos estrictamente de crear, de generar algo nuevo a partir de la nada. Aquel que piense, en cualquiera de las áreas creativas tanto artísticas como comerciales, que ha inventado o creado algo totalmente original, no sólo se engaña sino que contribuye a esta falsa mentira que no deja de pulular por la cabeza de muchos de nosotros.

Auguste Rodin (escultor francés) no se equivocaba al afirmar que “en la naturaleza están todos los estilos futuros”; es decir, nada estamos por crear sino por descubrir: desenterrar ese otro mundo lleno de elementos ya existentes a los que nos encanta (re)bautizar y llamar inventos.

La creatividad no es otra cosa que la capacidad que tenemos de percibir ese otro lado de las cosas que ya existen. El creativo entonces es aquel que tiene las aptitudes para expresar o rehacer aquellas formas y composiciones que han existido incluso antes que nosotros, los seres humanos.

Confucio fue certero al decir: “no invento, transmito”. Sí, ninguno de nosotros inventa, transmitimos, y algunos demasiado bien. Me refiero a que todas las sensaciones que experimenta un ser humano “moderno”, ya han sido vividas por otro que habitó en la Grecia clásica o en la Edad Media, por poner un ejemplo.

La manera en que se retrasmiten los conocimientos —vivencias, sensaciones, sentimientos; historias, acontecimientos y demás tópicos referentes a la humanidad—  es lo que cambia, y aun así, dichas formas de representar tal o cual cosa (estilo), no son completamente originales; es decir, no son únicas. Por ejemplo, un escritor que a mediana edad encuentra un “estilo propio”, o su “voz poética” como gustan decir muchos, ha sido formada con base en la gran cantidad de lecturas que lleva a cuestas, y de las experiencias que ha adquirido durante su vida (sin olvidar las palabras de sus guías o profesores o maestros que han influenciado su manera de ver el mundo).

Así, el estilo termina siendo la conjugación de todo lo anterior que, con suerte, y por las aptitudes y genialidades propias del escritor, éste terminará por pulir, dando como resultado una aparente nueva forma de percibir y transmitir su mundo.

El lugar común nos habla acerca de que ya todo está dicho y que no hay nada nuevo bajo el sol, es cierto; pero eso no significa que nos echemos a la hamaca y nos callemos, porque no debemos olvidar que forma es fondo, y muchas veces podemos estar diciendo algo relevante o contando una historia que puede desvelarnos otras realidades, pero que nuestro estilo (puede ser torpe, complicado o rebuscado, etcétera), impide llegar a transmitir todo lo que quisimos decir.

La transmisión de ideas, a través de los hombres, es vital para la conservación de la humanidad pues con esta característica hacemos que prevalezca algo indispensable como lo es el conocimiento. Incluso, sin dicha transmisión de conocimientos, no sabríamos quiénes somos y cuál es nuestro origen.

Nietzsche lo supo al decir que lo único que trasciende o se mantiene vivo es la idea. Borges habla del instrumento más asombroso para mantener el conocimiento: el libro, como “extensión de la memoria y la imaginación”.

Es decir, el ejemplo tangible de que no inventamos, sino transmitimos lo tenemos en los libros, esos que siguen empolvándose, no solamente por la falta de interés en leer, sino en el hecho de no saber qué contienen y para qué sirven —a este respecto y siguiendo en el campo de la literatura, nada más habría que echarle un ojo a los libros de filosofía china o griega, o conocer a los poetas franceses de la segunda mitad del siglo XIX, o a nuestra propia literatura mexicana del siglo XX para darnos cuenta si realmente estamos teniendo nuevas ideas o solo las estamos reinterpretando.

En fin, que estamos “inventando” lo ya inventado, y esto sólo puede ocurrir en una época como en la que vivimos donde ya cada vez menos se recogen las transmisiones pasadas o actuales, porque claro, estamos en una era brillantísima donde cualquiera es un genio, cualquiera inventa, cualquiera es un artista, cualquiera es la Verdad. Y estando en esa dinámica, obviamos o se hacen imperceptibles muchos de nuestros errores.

Deberemos entonces ser un poco más humildes como humanidad. Y una forma de conseguir esto es a través de la lectura. Aquí una razón más del porqué es tan necesario leer.

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Viernes, 15 de Mayo 2015 - 16:30
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