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Un Policía Honrado

Miércoles, 21 de Junio 2017 - 16:00

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Sergio Ávila

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En aquella mañana de principios del otoño de 1895, en el puerto de La Paz, capital del Distrito Sur de la Baja California, (hoy Baja California Sur), un policía municipal hacía su ronda a pie, al sur y al norte por las calles "Playa", "Primera", "Segunda", "Tercera", etc. Nuestro personaje no portaba ningún revólver ni escuadra, pues en esos tiempos era un pueblo tranquilo y se estilaba por ello que, el equipo de los guardianes se integrara solamente por un fuete y un silbato negro de plástico.

 

De cuando en cuando detenía su andar para saludar a los carretoneros  encontrados a su paso, que transportaban desde los ranchos aledaños frutas, legumbres, huevos de "gallo-gallina", dulces "Guayabate" y "Mangate", queso seco y frescos "Chopitos", sin faltar la leche con gruesa nata de vacas recién ordeñadas, ofertando tan sanos productos casa por casa.

 Los más conocidos o parientes del guardia, cortesmente le presentaban un saludo militar y, desde el pescante le pichaban alguna fruta que cachaba con su desgastada gorra "moscova" y, después de dar las gracias reiniciaba su jornada mordisqueando el  jugoso obsequio.

Ese 10 de octubre el guardián avanzaba con su habitual paso lento, pero firme, vigilando constantemente hacia ambos lados de la calle... de pronto, al transitar sobre una alta banqueta de piedra gris vio un reflejo y al acercarse sonrió, pues se trataba de un elegante prendedor. Desanudó del cuello su rojo “paliacate” y secó la serenada joya, que tenía forma de flecha, con una perla en el centro y un brillante en cada uno de sus extremos.

Se ignora si el agente Juan Orozco le rindió parte o no al Sr. Ignacio Romero, Jefe de la Policía Municipal, el hecho es que entregó el prendedor en una oficina de palacio de gobierno. Al saber del asunto el Jefe Político y de las Armas, Coronel Rafael García Martínez, giró órdenes para que se actuara  estrictamente con apego a derecho; y tal como lo establecía el  Código Civil en su Art. 711 se procedió a nombrar a dos peritos valuadores: Miguel Laimón y Luis G. Peñuelas.

Después de escudriñar el prendedor, los expertos joyeros certificaron por unanimidad que era de oro y le asignaron un valor de $7.00; y continuando con el procedimiento administrativo, las autoridades de acuerdo al Art. 712 del citado código, mandaron fijar los avisos respectivos en los lugares públicos de la ciudad, donde al propietario se le otorgaba plazo de un mes, a partir del 28 de octubre para reclamar la áurea prenda.

Llegó el 28 de noviembre pero nadie se presentó y el remate se efectuó el día 11 de diciembre. Después del consabido “¿quién da más?” se vendió el susodicho prendedor en $5.25; aunque nunca se supo si quien lo adquirió fue alguna dama, posiblemente de aquellas graciosas féminas de sombrero de ala ancha, o tal vez un apuesto caballero portando fino sombrero hongo.

Si acaso ella lo compró, seguramente  lo quería para lucirlo entre sus amigas en la ya muy cercana y esperada cena de “Nochebuena”, sujetándolo en su vestido negro al lado del corazón; o a lo mejor un varón resultó el mejor postor, ya que el día de la subasta era víspera de “Nuestra Señora de Guadalupe” y, por lo mismo, al día siguiente se lo regalaría a su novia Lupita con motivo de su onomástico.

Y bien, del producto de ese remate público, a Juan Orozco le tocó la cantidad de $1.31, o sea, la cuarta parte del monto en que fue subastada la pieza. ¡En vez de alegrarse, un rictus de tristeza se dibujó en el rostro del humilde policía! No sabía firmar; pero un señor de nombre Loreto Cota se acercó presuroso al escritorio y firmó por su amigo Juanito.

Ya iniciado el invierno, 23 de diciembre, como un simbólico regalo navideño, los restantes $3.94 fueron donados al hospital “Salvatierra” por el jefe político, Coronel de Caballería, Rafael García Martínez.



Número 29 - Mayo 2019
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